Cartografía jesuítica

Por Nònimo Lustre*. LQSomos.

Un anciano jesuita, buen amigo, me preguntó un día: “Sabes que Dios es omnisciente, ¿no? –Más o menos, le respondí- Pero probablemente no sabes que ni Dios en su infinita sabiduría conoce cuatro cosas: una, cuántas congregaciones tiene la Iglesia católica; dos, cuánto dinero tienen los dominicos; tres, qué es el Opus Dei; y cuatro, qué piensa un jesuita”. En efecto, no sólo nunca conoceremos las cogitaciones de un jesuita sino que, además, poco sabemos de esa forma excelsa de ocultación que es la falsificación. Hoy vamos a navegar por una insólita impostura: la cartográfica.

Nos parece que es fácil falsificar textos, pinturas e incluso voces pero nos parece innecesario y hasta imposible falsificar un mapa porque éste tiene el respaldo del firmamento y de la tierra; basta con avizorarlo u hollarla para comprobar si el mapa es correcto o falso. Sin embargo, proliferan las falsedades cartográficas –no siempre obligadas por motivos estratégicos, bélicos y/o comerciales. De algunas no son culpables los cartógrafos sino la presión –generalmente, nacionalista- de sus estudiosos y medios de desinformación.

El Cantino planisphere, de 1502. Por primera vez, América aparece desgajada de Asia

En este panorama, comenzaremos con una precisión de menor cuantía: la indebida preponderancia otorgada al entendido como ‘el primer mapa en el que aparece el hemisferio americano’ o, si nos apuran las críticas, ‘el primer mapa en el que aparece la palabra América’. Nos referimos al mil veces reproducido Universalis Cosmographia atribuido desde 1507 a Martin Waldseemüller –exhumado en 1907 por Fischer, un jesuita alemán que volveremos a observar. Fischer SJ fue muy poderoso a principios del siglo XX y lo demostró pregonando su hallazgo. Sin embargo, su mapa no merecía la primacía cartográfica porque el primer mapa en el que se dibujó a América separada de Asia fue publicado cinco años antes que el Waldseemüller. Por tanto, el honor le corresponde al Planisferio de Cantino (ca. 1502), un mapamundi, seguramente portugués pues los portugueses eran entonces los más viajados y mejores cartógrafos occidentales. Por ello, los sirvientes de los condotieros italianos viajaban a Lisboa y Sagres para espiarles y, si había suerte, robarles o comprarles algún mapa. Alberto Contino, espía al servicio de un duque que asesinó a sus dos hermanos, se hizo secretario privado del rey Manuel I gracias a lo cual se apoderó del Planisferio para entregárselo a su amo, el fratricida Alfonso I de Este, duque de Ferrara, Módena y Reggio.

El Contino (2,18 × 1,02 mts) es portugués puesto que dibuja perfiles continentales que los europeos desconocían pero no los lusos. Ejemplo definitivo: la costa de Brasil aparece esbozada confirmando así la conjetura del explorador Pedro Álvares Cabral quien, dos años antes, había afirmado que esa terra incognita no era pequeña, sino enorme y que se prolongaba mucho más al sur.

Mapas falsos o dudosos

Velasco, c. 1610, durmiente hasta 1887 en el Archivo General de Simancas

En internet, requiere poco esfuerzo encontrar estudios sobre la delincuencia cartográfica; por ejemplo, http://www.maphistory.info/fakesnotes.html se nutre de unos cuarenta mapas falsos. De ellos, sólo citaremos el Mapa de Velasco de circa 1610. Este mapa manuscrito representa el noreste de los EEUU y el sureste de Canadá. Y se supone que es copia de otro que Alonzo de Velasco, embajador de Felipe III ante el rey James I, consiguió en Londres e hizo llegar a España donde terminó almacenado en el Archivo General de Simancas hasta que fue exhumado por el historiador norteamericano Alexander Brown en 1887. No fue el primer caso de mapa ‘inglés’ enviado a España por algún embajador hispano predecesor de Velasco pues le antecedió la Carta Zúñiga, una copia del mapa de Virginia que Robert Tindall (Tendal oTyndall) esbozó en 1608 pero que no fue publicado hasta 1925. Desde el punto de vista etnohistórico, Tindall es más ilustrativo que Velasco puesto que detalla los encuentros del cartógrafo con los pueblos indígenas de Virginia, entre ellos los Powhatan, pueblo de la nombradísima Pocahontas (ver Maurice A. Mook.1943. The Ethnological Significance of Tindall’s Map of Virginia, 1608. https://doi.org/10.2307/1923191)

Desde su aparición pública, la autenticidad del Velasco ha sido cuestionada por ser ‘demasiado’ exacto –mucho más que los mapas posteriores de los rastreadores John Smith 1612 y Samuel de Champlain 1613. Pero, como suele suceder en los mapas coloniales, esta exactitud podría deberse a que el mapa incorporara información de los indígenas. En cualquier caso, hay un cierto consenso en que el mapa, de haber sido falsificado, lo fue en las décadas anteriores a 1887, época en la que surgió un gran interés en la historia de las colonias franco-norteamericanas. Mientras no se analicen con las últimas técnicas el papel, los pigmentos y la escritura a mano, las espadas siguen en alto.

La Societas Iesu imita a los falsificadores

Los jesuitas se quejan continuamente de ser víctimas de incesantes falsificaciones de su Compañía. Por ser tan conspicuos en la escena religioso-política, alguna adulteración habrá pero la mayoría son obras que disienten de su política y, simplemente, la denuncian. Un supuesto fraude harto comentado es la Monita secreta -Instrucciones o consignas secretas- pauta promulgada por el General Claudio Aquaviva (1543-1615, a veces considerado como el segundo fundador de la Compañía) para uso exclusivo de la élite jesuítica. Esta Monita advierte a los subalternos que, si pecan contra la confidencialidad, serán castigados: “Como muchos profesos conocen estos secretos, la Sociedad arregló desde su origen, que los que los sepan no puedan pasar a otras órdenes, a no ser a la de los Cartujos, por el retiro y silencio en que viven, y el Papa nos lo concedió”

Fischer, erudito, impostor ¿y anti-nazi?

No podemos saber si los jesuitas de principios del siglo XX decidieron imitar a los falsificadores porque vieron que eran enemigos pero eficaces o si les llevó a la corrupción cartográfica cualquier otro motivo pero el caso es que, uno dellos, el erudito alemán P. Josef Fischer, SJ (1858-1944, antes mencionado a propósito del mapa Waldseemüller) está acusado de haber creado una colosal impostura pergeñando el archicitado Mapa de Vinlandia.

Este mapa demostraría que los vikingos llegaron al Nuevo Continente mucho antes que Colón, un hecho sospechado por los americanistas para Groenlandia desde hace decenios y corroborado arqueológicamente para tierra firme cuando, en 1960, se descubrieron restos vikingos en L’Anse aux Meadows, una punta de Terranova. En 1957, el Vinlandia fue donado a la universidad de Yale por uno de sus antiguos alumnos, el magnate Paul Mellon. Desde aquella fecha, el valor monetario del mapa se fue incrementando hasta llegar a los 25 m. US dólares –o valor superior. Hoy, vale lo que valga como muestra de fraude.

Cuando se empezó a dudar de su autenticidad, se sospechó de dos delincuentes tonsurados: el dominico Luka Jelic (1863-1922) y el jesuita Fischer, ambos prestigiosos cartógrafos especializados en mapas antiguos. La patraña tenía que haber sido perpetrada por excelsos expertos. Desde el principio, se supo que el pergamino era realmente del siglo XV, seguramente curtido entre 1423 y 1445, pero el análisis de las tintas desveló restos indudables de anatasa, un derivado del óxido de titanio, compuesto sintetizado en 1923. El engaño, pues, podía estar en la tinta. Se celebraron varios simposia monográficos sobre el caso pero una parte de los científicos se negaron a creer que un apacible erudito como Fischer pudiera haber perpetrado semejante delito.

Mapa de Vinlandia, presuntamente del siglo XV pero fabricado a principios del siglo XX y ‘aparecido’ en 1957

Hasta que se publicó la obra definitiva (Seaver, Kirsten A. 2004. Maps, myths, and men: the story of the Vinland map. Stanford University Press, 480 pp. ISBN 0804749620) En ella, la veterana especialista en vikingos Seaver (n. 1934), tras una meticulosa investigación que se manifiesta en su bibliografía y en cientos de notas a pie de página, demostró cumplidamente la culpabilidad del susodicho jesuita. Aun así, la feligresía jesuítica siguió aduciendo que Seaver cita “circumstantial evidence and complex reasoning” tanto para achacarle el delito a Fischer como para ‘justificarlo’ como un modo de mofarse del racismo de Hitler pues en el mapa se explicita que los vikingos, arios de ley para los nazis, llegaron a las Américas antes que nadie –menos que los amerindios.

Seaver encuentra un catalizador para la jesuítica travesura: en 1938, los Nazis obligaron a los jesuitas a vender Stella Matutina (desde 1856 un internado jesuita en Feldkirch, frontera austríaco-alemana) donde Fischer enseñó y se alojó. A partir de ese año, debió manufacturarse el fraude. Y añade unas cuantas pruebas adicionales de su desfachatez como que Fischer no sabía noruego ni las tradiciones patronímicas de los vikingos –escribe en el mapa un absurdo leiphus erissonius por Leif Eiriksson. Más aún, abusa de la terminología católica –no protestante. Y, en la esquina superior izquierda, figura una leyenda que no solo atribuye el descubrimiento de Vinland a Bjarni y Leif Eiriksson sino que, añade otra: un viaje posterior de un tal Eric »legado de la Sede Apostólica y Obispo de Groenlandia” –la Compañía se excedió en esta propaganda. Sin embargo, Seaver califica a Fischer como “aging, decent, scholarly priest”. Es decir, que nunca hace astillas del árbol caído.

¿Porqué esa defensa de la persona delincuencial? Quizá porque, dos años antes de la publicación del libro, el New York Times disparó una columna con un título revelador: Was ‘Old’ Map Faked To Tweak the Nazis? (NYT, Sept. 14, 2002) Para entonces, la hipótesis de la falsificación había ascendido a tesis pero no estaba claro que el supuesto anti-nazi Fischer hubiera confeccionado un mapa que, indudablemente, agradó a los nazis –arios conquistando América-, para burlarse de ellos. ¿Maquinó Fischer su estafa calculando el bochorno que tendría Hitler cuando él mismo denunciara la simulación? Quién sabe, alambicamientos más retorcidos hemos visto en esos frailes-soldados que ‘ni Dios sabe lo que piensan’.

Mapas indudablemente auténticos

Tras un sucinto recorrido por algunas cartografías occidentales dudosas, relegadas o descaradamente falsas, me voy a quitar el mal sabor de tecla finalizando estas notas con una alusión a los mapas que dibujan algunos pueblos indígenas de Venezuela. Estos, allí llamados ‘mapas mentales’, son planos a mano alzada donde se despliega una geografía humana repleta de cornucopias útiles para los indígenas, desde palmerales hasta cazaderos de animales.

La  región de Kamarata (Venezuela), según sus indígenas en 2006.

Escribí al respecto estimulado por la cita de una poetisa polaca: “La isla donde todo tiene explicación… A la derecha, una gruta donde yace el Significado… Pese a tanto deleite, la isla está siempre desierta… como si lo propio del lugar fuera partir / y para no volver sumergirse en la vorágine. En la vida inconcebible” (Utopía, W. Szymborska, en El Gran Número, 1976)

La enseñanza era clara: las geodesias occidentales rebosan de significados pero ellos o su tierra son tan ignorantes o desagradecidos que siempre acaban huyendo mientras que las cartografías indígenas, eminentemente pragmáticas, señalan los significados y hasta los dibujan como un puente entre la imagen y el concepto. Y, además, con arte (ver Antonio Pérez. 2009. “Mapas de la vida inconcebible”, pp. 19-27 en Cartografías indígenas, Equipo Anthropos (ed.); Museo de Arte Contemporáneo-Anthropos-PNUD; Caracas)

Pinchando sobre los mapas se pueden ampliar

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