Celso y las nécoras

Celso y las nécoras

Por Pedro Leiva*

Celso acaba de cumplir 75 años y lo celebra como un día más. Se levanta antes del amanecer, prepara café y mientras el fuego hace su trabajo sobre la vieja cafetera él se asoma a la ventana que da a la ría para intentar divisar los barcos que han faenado durante la noche. En el que fue su barco navega ahora uno de sus hijos, Xesús.

La cafetera empieza a silbar y Celso apaga el fuego y empieza su ritual diario. Prepara una taza con una buena cuchara de azúcar y de una alacena coge una botella de orujo casero. Levanta la tapa de la cafetera y con lentitud empieza a remover el líquido que se ha formado del agua y el café molido. Con sus lentos movimientos, provoca que los aromas del café le lleguen a las fosas nasales y confirma que es un buen café. Ahora hay que convertirlo en excelente y vierte en la cafetera un buen chorro de orujo. El siguiente paso es dejarlo reposar unos minutos.

Minutos que aprovecha para volver a la ventana y observar que ya llegan los barcos y entre ellos el Andarica. Cada día, sin saber porque, se le humedecen los ojos viendo llegar aquellos barcos que el distingue perfectamente en la lejanía cuando entran en la ría de Aldán.

Celso no tiene internet. Ve poco la TV y le encanta escuchar la radio, especialmente Músicas Posibles que presenta Lara López de 6 a 7 de la madrugada en RNE3. Cada día cuando faltan unos minutos se sirve el café con orujo, enciende cigarrillo y radio y se sienta en su vieja mecedora a observar el pequeño puerto de Aldán.

Lara López introduce la primera versión del día. Celso no conoce a Charles Lloyd pero su versión de réquiem Live le emociona y a la vez le produce algo extraño en su interior y su mente le transporta a 1970 y los hechos que acabaron con él y un buen número de paisanos detenidos en Vigo, apaleados y en la cárcel y entre ellos su buen amigo Xosé Humberto. No puede acabar de escuchar el programa pues el Andarica está cerca del puerto y aunque Xesús le dice que no hace falta que baje a ayudar Celso es cabezón y cada día le ayuda a descargar las nasas con los camarones y las nécoras, las Andaricas.

Así que ahí está el plantado con sus botas y chubasquero, sus manos encallecidas de tanto remar y atar cuerdas. La noche ha sido provechosa y padre e hijo transportan la pesca a la cofradía para su subasta.

Separan de los camarones las algas, pequeños peces y cangrejos y pasan a las nécoras. Las agarran por las patas traseras para evitar lesiones, separan por tamaño en tres grupos. Antes de abrirse la subasta ya hay curiosos alrededor de la gran mesa de aluminio donde están depositadas las capturas y Xesús oye la cantinela diaria del cuchicheo del público cuando observan a Celso separar y meter en un pequeño saco unas cuantas nécoras. El que parece que sabe más de pesca comenta “es para el sobresueldo”. Celso también lo oye, sonríe y se dice otro analfabeto que le diré a mi amigo que apunte en su libro de los estúpidos.

Padre e hijo se miran y asienten. Celso se acerca al “listo” y le dice “quiere ver algo diferente”. El aludido asiente desconfiado le acompaña junto a otros visitantes.
La rampa del puerto es resbaladiza y les aconseja observar desde la distancia. Baja con su saco y se arrodilla al lado del agua, mira a sus invitados, y repite, como cada día, va por ti Xosé Humberto y comienza a devolver al mar las nécoras.
El “listo” le interpela porque hace esto y Celso con mucha calma le explica que un pescador tiene códigos y devolver a la mar las nécoras preñadas es la mejor garantía de poder continuar pescando.

El “listo” vuelve a preguntar y ese nombre que repitió varias veces es un Santo del mar o una forma de dar gracias a algo. Celso le contesta sin perder la calma “mire señor, cada día cuando devuelvo vida a la mar digo su nombre pues, aunque lo fusilaron un triste septiembre de 1975 nunca lo olvidaré, es mi forma de mantenerlo presente, de que sigue vivo.

Xesús, que conoce el ritual, casi diario, desde que descubrió aquella carpeta llena de papeles amarillentos donde aparece parte de la vida de su padre mira desde detrás de los curiosos y le llama “vamos Pai que nos esperan en el bar del puerto para almorzar y las sardinas se enfriaran.

* Pedro y el duende

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