Chile. Pueblo o nada

Por Revista ROSA*. LQSomos.

Debemos volver a ser millones en las calles y en la política, ir al combate como tantas veces, haciendo oír más fuerte que nunca eso de que “aquí nada termina, aquí cada día es continuar”. Esta es la hora de salir al encuentro de la clase trabajadora, porque así se derrota al pinochetismo, al de ayer y al de hoy. La elección del 21 de noviembre nos deja solo dos opciones para el próximo mes y más allá: o somos pueblo, o somos nada

Si las campañas definen trayectorias, conviene recordar lo sucedido en la última semana, cuando la retórica de la candidatura presidencial de Gabriel Boric viró hacia la defensa de seis puntos críticos para las condiciones materiales de reproducción de la vida: salario mínimo, condonación del CAE, fin de las AFP, pensiones dignas, reducción de la jornada laboral, impuestos a los más ricos. La escena abierta por esa definición fue elocuente. Entre los adherentes con reservas, se convirtió en una plataforma de aproximación que soldó confianzas en un momento decisivo. Entre sus detractores, se convirtió en un contenido nítido que habilitó una crítica concreta, o al menos distinta a la banal, que hasta ese minuto solo había podido reparar en cuestiones como la inexperiencia o la ingenuidad valórica. En ambas escenas, la ruta se dibuja claramente: cuando la candidatura entró en definiciones materiales, fijó mejor su posición. Desde esa memoria reciente se puede afirmar que, si hay ánimo de crecimiento, hay que partir por ampliar los límites de la resonancia habitual, desahuciando la identificación de la propuesta de Boric únicamente con los intereses de las clases-medias-profesionales-metropolitanas, que incluso se reflejan fenotípicamente en su comando, y plantarse en aquellas preocupaciones universales a través de la cual ser audibles entre aquellos que no tienen la elasticidad ni la musculatura necesarias para colarse en un afiche coreográfico con La Moneda de fondo.

En estas horas, de poco sirve la retórica antifascista de esquela, esa que recita “al fascismo no se le discute, se le combate” con la impostura de quien en su vida ha cargado un arma. Tampoco nos sirve la retórica reconfortante de la estética republicano-española, con sus fotografías del “No pasarán” y las memorias ya desdibujadas del exilio, como si importara agenciarse con urgencia una gesta como ésta. No hay nada de provecho en seguir haciendo gárgaras con la simbología “antifa” si al final el propósito se limita a frenar al contrincante, incluso a costa de que la vida siga costando tanto como antes. Esta futilidad está dada no solamente por la capacidad de convocatoria mostrada por la opción postfacista en primera vuelta. El tercer lugar de Franco Parisi en las presidenciales da cuenta de la extensión de un “neoliberalismo popular” del que no hay mapas confiables, solo señas que orbitan en torno a tipos ideales de encuestas. Para una generación criada en la salvaje democracia neoliberal del cuentapropismo y la PyME, las convocatorias a una defensa ideológica de la comunidad política democrática son totalmente indiferentes. Hace tiempo que un segmento amplísimo de la sociedad tiene bastante que perder aparte de sus cadenas, y las contradicciones que de ello emergen son más que comprensibles. El neoliberalismo con el que lidiamos ha dejado obsoleta la vieja excusa de la “falsa conciencia”. Aprender a tratar con eso es un desafío urgente de cara a la segunda vuelta.

Si hay alguna salida productiva a esta coyuntura, ella radica en moverse a la izquierda ya no de manera identitaria, sino de la mano de las demandas por todos conocidas, pero aparentemente ignoradas en la coreografía electoral. Porque en diciembre perfectamente se puede derrotar al fascismo, aunque al precio de que la escena política nacional se reconstruya tal y como lucía el 17 de octubre de 2019. Ello es inevitable si la apuesta es moverse al centro y suponer que la izquierda seguirá “arriba del árbol” por miedo o inercia. Basta con mirar los resultados para advertir que en esta vuelta no hay ningún piso seguro, y que asistimos a la descomposición de los referentes políticos previamente existentes.

Puesta en esta situación, Apruebo Dignidad se encuentra ante la disyuntiva de definir de manera clara a quién quiere convocar para vencer en la segunda vuelta ¿Se apostará a darle tranquilidad a un votante de capas medias profesionales que probablemente votó por la Concertación en las décadas pasadas o que posiblemente la hizo por el Frente Amplio en la primera vuelta? ¿O centraremos nuestros esfuerzos en convocar a esa amplia clase trabajadora que dispersó su voto en las candidaturas del Partido de la Gente, o simplemente que no se sintió convocada a las urnas este domingo?

La respuesta inicial del comando de Gabriel Boric pareciera ser la primera, habida cuenta de su discurso de la noche del 21 de noviembre, y de las primeras entrevistas de personeros de AD y del mismo candidato en las horas posteriores a los comicios. A nuestros ojos, esta es una postura destinada al fracaso. La única posibilidad de que AD convoque a esas amplias mayorías desafectas con el modelo –y que en términos de la votación se reunieron no solo detrás de la izquierda, sino también en la abultada votación obtenida por Parisi, MEO, Artés e incluso sectores de JAK– es que la campaña asuma una postura claramente contra-elitaria, haciéndose cargo de las principales problemáticas que precarizan la vida de las y los trabajadores del país a partir de propuestas construidas desde la izquierda. Se debe iniciar el combate allí donde la contradicción es más evidente entre el candidato de los ricos y el candidato de la izquierda. Por ejemplo, comunicar con claridad que mientras Boric propone una pensión básica universal para una jubilación digna y segura, el candidato de la derecha propone aumentar la edad de jubilación y reventar a la tercera edad en una esclavitud sin final establecido. Destacar, sin duda, que es esencial retirar las pensiones y otros ahorros de la clase trabajadora de una economía altamente especulativa, propuesta de manera seductora por las candidaturas de la derecha neoliberal. Deberemos batallar no donde tengamos mayores seguridades, apegados a los partidos de identidades de dos o tres barrios, sino que combatir y disputar las masas, y no desde la tarima, sino allí donde habitan y sufren las mayorías que necesitan los cambios, en donde la derecha solo se hace fuerte ofreciendo balas.

En este sentido, no es posible continuar evitando la interrogante sobre cómo un eventual gobierno de Apruebo Dignidad enfrentará la delincuencia, el narcotráfico y al crimen organizado, entre otros problemas de seguridad. En esta evasión, ha primado un discurso más próximo a la academia que a la practicidad de las políticas públicas, recordando una y otra vez que se trata de un “complejo problema estructural” y cuya solución escapa a cualquier agenda corta. Mientras tanto, siguen muriendo personas en balaceras en poblaciones de La Pintana, Peñaflor, Antofagasta o Puerto Montt; y el Estado continúa haciéndose presente únicamente cuando las policías –corruptas e ineficientes por igual– entran a reventar los barrios populares para obtener algo de publicidad. Si no se resuelve esta distancia con acciones concretas, con propuestas de políticas públicas eficaces y posibles, no hay garantías de gobernabilidad que ofrecer a la ciudadanía. La gobernabilidad no puede prometerse solo a empresarios o a la DC, debe prometerse sobre todo a las clases populares, hartas de precariedad y miedo, sectores para los que su única herramienta política y anclaje al desigual modelo político chileno es justamente el voto.

Por lo mismo, la opción no es adoptar una retórica semejante a la del candidato fascista en temas como la seguridad y la gobernabilidad, sino que generar las condiciones para que el pueblo se reapropie de los territorios, haciendo retroceder al crimen organizado y al narcotráfico, así como racionalizando los recursos existentes en el propio Estado y las policías en pos de un bienestar general. Si queremos que la migración se dé en condiciones dignas para quienes buscan un mejor futuro en medio de condiciones paupérrimas que asolan el continente, debemos golpear a las mafias del trabajo ilegal y trata de personas, recuperar el control de la frontera y cerrar los pasos ilegales que el narcotráfico utiliza, aprovechando la desesperación y necesidad de quienes migran. Para un país seguro para las y los trabajadores, como se ha planteado en otras ocasiones, resulta fundamental contar con otras policías, derrotar a la corrupción al interior de los cuerpos armados y frenar el tráfico de armas, cautelar los derechos humanos y el compromiso de acabar con la violencia contra las mujeres y diversidades. Para evitar las pulsiones autoritarias, necesitamos fortalecer el derecho al trabajo, la vivienda y los servicios sociales dignos (salud, educación, pensiones). En lo cotidiano, ello significa que las salas de las escuelas públicas no se lluevan, poder pasear en la plaza del barrio sin miedo a recibir un disparo o contar con una casa lo suficientemente digna como para no oír las conversaciones de la familia vecina a través de la pared.

Necesitamos cambiar de rumbo. Necesitamos que Apruebo Dignidad y Gabriel Boric convoquen a la única mayoría estable y dispuesta a dar la pelea, las clases populares que protagonizaron tantos octubre. El humillante espectáculo de las candidaturas senatoriales de la Región Metropolitana en que la izquierda se planteó en competencia directa con Fabiola Campillai o la incapacidad que tuvo Apruebo Dignidad de ampliar su base electoral siquiera hacia los votantes de Marco Enríquez-Ominami o de la Lista del Pueblo, nos pueden dar pistas de lo que llevamos haciendo mal y debemos mejorar. Debemos volver a ser millones en las calles y en la política, ir al combate como tantas veces, haciendo oír más fuerte que nunca eso de que “aquí nada termina, aquí cada día es continuar”. Esta es la hora de salir al encuentro de la clase trabajadora, porque así se derrota al pinochetismo, al de ayer y al de hoy. La elección del 21 de noviembre nos deja solo dos opciones para el próximo mes y más allá: o somos pueblo, o somos nada.

* Comité Editorial Revista ROSA
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