Cine y compromiso social

Ayer, en la misma sala donde no más de una docena de personas veíamos esa excepcional peli de Aki Kaurismäki (El Havre) sobre la inmigración, entre el público alcancé a descubrir a una joven pareja con un niño de entre tres y cuatro años y otra niña de no más de siete. No pude por menos de comentárselo a mi pareja, pues bien creí que se habían equivocado de sala. Pero no fue así, pues aguantaron toda la cinta, como si de El Rey León se tratase.

Con riesgo del malentendido y ya en la calle, me dirigí a la niña, preguntándole si le había gustado el film, a lo que me respondió que era muy bonita. A lo que yo comenté: ¡Vaya cine que te traen a ver tus padres! Ellos afirmaron que les traían a ver todo tipo de cine. Allí ya no pude evitar recomendarles La fuente de las mujeres, Un dios salvaje y The artist.

Tras ver esta película, no pude llevarme mejor impresión de aquella sala.

No pude evitar trasladarme con la memoria a aquellos años cuarenta en que mi padre, recién llegado del trabajo, decía la frase mágica: “prepárate que nos vamos al cine”. De ahí viene mi pasión por el cine.

Aquellas películas: La jungla de asfalto, de Houston, Monsieur Verdoux, de Chaplin, Fort Apache, de Ford, Arsénico por compasión, de Lubitsch, serían las que, con los años, enderezarían mis pasos hacia el cine de J. Lossey, A. Kurosawa, Buñuel, V. Erice, Bresson; a los libros de Gorki, de V. Hugo, de Malaparte, de Lenin, los Aldecoa, Benedetti… hasta desembocar en Saramago. Mi pasión por los libros me llevaría a la actividad de librero, profesión ésta que, a lo largo de treintaiocho años, además de algunos sinsabores, me proporcionó los momentos más apasionantes de mi vida. Quiero creer que aún puede que lea estas líneas alguna de aquellas personas que se acercaban periódicamente a mi puesto en El Rastro para comprarme el último libro de Ruedo Ibérico, Las 120 jornadas de Sodoma, Lolita, El amante de Lady Chatterlay, El Capital, la Antología rota de León Felipe; cuando el tío de El Pardo limitaba aún nuestras lecturas a J. M. Gironella,  a J. M. Pereda y a Arniches.

Tengo fe en que algo permanece del viejo espíritu, en mi afán de venderle a cada mujer que por allí pasaba un ejemplar de La mujer habitada, de Guioconda Belli.

No es éste el lugar para contar la vida de uno pero, con todas las miserias que pueda arrastrar, como cada ser humano que tuvo que hacer frente a momentos difíciles, me siento honrado en haber hecho mi parte del camino con gentes que creyeron que se podía cambiar el Mundo. Ni más ni menos que ahora   

En tanto haya padres como estos que con riesgo de que se les duerma el más pequeño llevan sus hijos a ver una película como la ya citada, que se preocupen en formar a sus hijos en el arte, la cultura y los derechos humanos, no habrá razón para preocuparse por la salud de estos. En tanto haya padres como estos no habrá razón para preocuparse por el riesgo de que arrasen con las banderas de la solidaridad. Siempre habrá en el mundo gentes dispuestas a detener un tren con residuos radiactivos; personas dispuestas a arriesgar su propia libertad y parte de su tranquilidad y bienestar por ayudar a un huido o un inmigrante perseguido por la Policía. Siempre habrá quijotes dispuestos a dar algo más que unas monedas o un bocadillo cuando la situación nos ponga ante los hechos. Siempre habrá un hombre que, como el sacerdote del libro El vicario, estarán dispuestos a renunciar incluso a lo mas sagrado para no desertar de la solidaridad para con el ser humano. Siempre habrá hombres y mujeres que, como el Burt Lancaster de El tren o el Rick de Casablanca, estén dispuestos a jugarse la piel por un Picasso, un Cezanne o una idea de Patria que no pase necesariamente por los despachos de los actuales ministros, ni por los escaparates de El Corte Inglés ni por los departamentos de TVE, pero que sea compartida con otros millones de trabajadores de bien y de progreso.

Con la actual crisis económica quizás surjan aquí y allá nuevos Hitler, nuevos Franco y nuevos Mussolini dispuestos a salvarnos de no sé cuántas cosas. Pero en tanto exista cine como el de Kaurismäki y gente que lo vea, dejadme creer que todavía hay razones para creer en la raza humana, en el compromiso y en los valores que dan sentido a nuestras vidas.                      

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