Cocinando caníbales

Nònimo Lustre*. LQS. Junio 2021

Nos ocurrió a menudo durante nuestros años mozos. Cuando algunos indígenas comenzaban a hablarnos con cierta confianza, solían preguntarnos: “¿De verdad no eres caníbal?”. Su suspicacia se fundaba en muchas razones y, entre ellas, destacaban las palabras rituales de los misioneros. ¿Cómo explicar a gentes que no hablaban apenas ninguna lengua ‘homologada’ que eso de “Comed y bebed, éste es mi cuerpo” era sólo una mecánica fórmula retórica que no debía entenderse ni siquiera como metáfora y menos como prescripción?

Hoy, nos interesa aclarar un canibalismo del que tenemos muy pocas evidencias textuales las cuales, para colmo, provienen en su mayoría de los recuerdos de los vencedores de la II Guerra Mundial (IIWW), en contadas ocasiones de los vencidos y en ningún caso de los indígenas que lo sufrieron. En ausencia de éstos últimos documentos –los más importantes-, hemos de conformarnos con materiales de derribo en nuestro fútil empeño por averiguar cómo las tropas de ambos bandos –japoneses y Aliados-, literalmente canibalizaron a los indígenas melanesios –sobre todo, a los de Papúa Nueva Guinea (PNG)

Hoy, canibalizar es un término que describe el despiece de máquinas para su posterior reciclaje. Se refiere, pues, a materiales físicos y por ello lo utilizamos como sinónimo de actos antropofágicos; porque, cuando la IIWW llegó a Melanesia (PNG, Islas Salomón y algunos mínimos rincones), los melanesios no sólo fueron carne de cañón sino, más aún, sus cuerpos fueron destazados (despiezados) y devorados. ¿Por quién?: suponemos que por los dos contendientes y en ambos por parecidas razones; no tanto por hambruna que es lo primero que nos asalta, sino por deleite, experimentación o, según reza la ignorante ‘sabiduría convencional’, para “apropiarse de la fuerza del enemigo vencido” -cargante catón que sólo debería usarse en los casos de antropofagia puesto que, en efecto, la proteína del cocinado da fuerzas al vencedor.

En la colosal maraña que hemos consultado -desde informe militares hasta papers-, hemos evitado las referencias a escenarios no melanesios –Filipinas e islas japonesas. Tampoco hemos atendido a los conocidos casos de prostitución forzosa -¿hay alguna que no lo sea, en guerra o en paz?-, secuestro de niños, innobles reclutamientos, episodios de colonizadores európido-chinos, etc., consustanciales a toda guerra. Resumiendo, sólo nos han interesado los melanesios devorados; léase, unos loci nunca estudiados o, todo lo más, perdidos en los archivos. Desgraciadamente, no sabemos nada de japonés, importante carencia cuando la mayoría de los materiales utilizados atañen a los japoneses (japs) caníbales. Somos conscientes de que también nos falta el testimonio de los soldados aliados que recurrieron al canibalismo –tuvo que haberlos pero no los hemos encontrado ni albergamos esperanza de hallarlos.

Los ejércitos nipón y aliado en Melanesia

Cuando estalló la IIWW, la población de la gran isla de PNG (no distinguiremos entre la mitad indonesia y la mitad australiana), ascendía a millón y medio de personas, indígenas en su inmensa mayoría. Durante la guerra en el Pacífico, más de tres millones de soldados japs inundaron el océano de los que bastante menos de un millón lucharon en PNG e islas próximas. Por ende, dentro del abrumador corpus sobre la IIWW en aquel mar, estamos ante una minucia marginal.

Lamentablemente, muchos testimonios de soldados y oficiales japs se perdieron porque los Aliados –en PNG y Melanesia, australianos, gringos y británicos-, se empecinaron en no hacer prisioneros. Reforzaban así el mito aliado del nipón irreductible que comete harakiri antes que rendirse lo cual, de paso, engrandecía el valor de quienes les derrotaban. Todo era falso. Lo pude comprobar in situ: “En agosto de 1983 y en mayo de 1985, tuve oportunidad de visitar Guadalcanal donde, de la mano de Lawrence Foanaota -director del Solomons National Museum y primer graduado en antropología de aquel país-, entrevisté a algunos ancianos que me ofrecieron ad honorem sus testimonios sobre las masacres de prisioneros” (cf. A. Pérez. 1999. “¿Llevan papel higiénico los soldados?”, pp.121-127 en Viento Sur 44) Aquellos ancianos melanesios fueron testigos oculares de las matanzas de los prisioneros japs porque, a los ojos de los afusiladores, sólo eran una minúscula parte del paisaje natural; eran negros que no hablaban inglés y, por tanto, meros adornos del paisaje.

Este racismo imperialista, se inscribe en el marco del conocimiento que la tropa aliada tenía de Melanesia. Aquellos jovencitos gringos, nunca llegaron a distinguir entre los variados pueblos melanesios; para ellos, todos los isleños eran simplemente gooks –amarillo o asiático, y también prostituta-. Y su descripción de los gooks, por ejemplo de la isla de Savo, se ajustaba al ‘modelo nativo’ por lo que, los hubieran visto o no, eran “achaparrados, con dientes sucios, pelirrojos y comportamiento infantiloide” (cf. Marty Zelenietz. 1991. “Villages without People: A Preliminary Analysis of American Views of Melanesians during World War II as Seen through Popular Histories”, en http://128.171.57.22/bitstream/10125/15566/OP36-187-205.pdf)

¿Amarillos los melanesios? He visitado a los de New Georgia y me ha parecido muy plausible que algunos los clasifiquen como los lugareños con un mayor índice de melanina, es decir, los negros más negros del planeta. ¿Dientes sucios?, mejor diríamos rojos por el betel. ¿Pelirrojos?, aunque nos sorprenda, muchos niños lo son y bastantes adultos, también. ¿Infantiloides? Para childish, la tropa aliada cuyas lecturas ‘melanesias’ se reducían a noveluchas como Cannibal Land (Johnson 1929) y Cannibal Caravan (Miller 1939) mientras veían películas como las que perpetró Martin Johnson filmando falsas fiestas caníbales en Vanuatu. La parte melanesia, les pagó con la misma moneda; para los indígenas, los “blancos” incluían japs, gringos y aussies.

En cualquier momento, no menos de 37.000 papúas trabajaron forzosamente durante la IIWW. Por su efectividad en la salvación de los soldados aussies, fueron llamados los fuzzy wuzzy angels. Lucharon sobre todo en el Kokoda Trail, el río Sepik River y en la isla de Bougainville. No hemos logrado ningún dato fidedigno sobre el número dellos que fueron guisados pero sí apuntes dispersos. Por ejemplo, dícese que el destino más ignominioso fue el sufrido por los Arapesh devorados en 1945 por el 18º Ejército Imperial. Pero una fuente incluida en un libro colectivo destaca la contribución de Donald Tuzin, gran estudioso tanto del canibalismo en general como de los Arapesh en particular, y éste escribe que aquellos japs estaban hambrientos (Tuzin 1983, cit. en GM White y L Lindstrom. 1989. The Pacific theater: island representations of World War II) Esta piadosa aseveración contrasta con lo (poco) que sabemos de una unidad que peleó en esa zona:

La rendición de Takenaga. La debilidad del 18º Ejército Imperial, abandonado en Melanesia detrás de las líneas enemigas so pretexto de que su teatro de operaciones no era estratégico, fue reconocida por la terrible Orden del 18.julio.1944 en la que todas las tropas debían obedecer al gyokusai –harakiri honorable sin rendición. La orden no fue respetada por la unidad (compañía, regimiento o batallón) comandada por el tte.col. Masaharu Takenaga quien, en 1945, se rindió a los Aliados en PNG Occidental, cerca de los Montes Torricelli. Aunque esta jiken sea recordada como única en la historia de Japón, al ser falso ese aserto (ver supra, Guadalcanal), sólo añadiremos que esa unidad tuvo fama de caníbal –en concreto se le achacó el guiso de un indígena de Tau. Pero, durante la investigación criminal, sus soldados adujeron que todos los antropófagos habían muerto en las trincheras. En este caso, el quid de la cuestión está en que la unidad no estaba hambreada –excusa común en aquellos juicios-, luego delinquieron por razones subjetivas, desde afianzar el compañerismo interno hasta el mero placer. En cualquier caso, Australia no la empapeló.

Los milicos japs, ¿se volvieron caníbales en Melanesia por hambre o por otras razones? Suponemos que por todas las razones imaginables, gástricas o cerebrales, lo cual nos deja libres para preguntarnos si su racismo imperial influyó de alguna manera en que los cocinados en PNG fueran indígenas mayoritariamente. Sea como fuere, es cierto que la ocupación japonesa no fue peor que la ocupación australiana. Aunque los vencedores nos quieran hacer creer que hubo diferencias entre ambas: los aussies no canibalizaron a nadie (¿seguro?) y, en especial, no llegaron a la “deliberate cruelty” que se les endilga a los japs (¿seguro?)

Otrosí, los japs ¿guisaron a los papúas en castigo por haberse unido a los Aliados? Veamos: al principio de la IIWW en PNG, en las áreas montañosas, los expedicionarios aussies del Angau carecieron de los necesarios “indentured labourers” por lo que se dedicaron a reclutar indígenas en calidad de «casual labourers». Y su ayuda fue fundamental, para empezar por motivos psicológicos puesto que, según el informe cit. infra, cuando una patrulla aliada se deprimía (la embargaba el blue), los fuzzy wuzzy aparecían de la nada “furtively, silently, with long murderous spears, with tomahawks and machetes”. Y no menos por su efectividad en el campo de batalla: una unidad aussie mató a 93 japs mientras que sus papúas, menos numerosos y peor armados, neutralizaron a 65. Quizá por ello, el capitán Cole del Angau, organizó un sing-sing o fiesta esencial de los papúas, para celebrar la conquista de Maprik; los “natives attended decked with flowers and paint” (ibid infra)

Por otra parte, nunca olvidemos que los japs reclutaron y armaron a un “considerable number of friendly natives” –en dos meses detallados en el informe citado infra, los aussies mataron a 12 “armed natives.” Asimismo, esta fuente señala que los indígenas de Keram luchaban al lado de los nipones o bien cooperaban con ellos avisándoles con tambores de señales cuando avanzaban las patrullas amarillas. (cf. https://web.archive.org/web/20150217142457/http://static.awm.gov.au/images/collection/pdf/RCDIG1070081–1-.PDF )

Contra Australia, los japs llegaron a bombardear la ciudad de Darwin –más o menos, donde pisa la bota de este malvado nipón

En definitiva, ¿en qué trinchera lucharon los papúas? Ahora disponemos de infinidad de documentos subrayando que los indígenas se pusieron al lado de los Aliados -pero son materiales de los vencedores. Es más cierto que los papúas pelearon en uno u otro bando según dónde les agarró la guerra. Pero, como PNG y las Islas Salomón fueron conquistadas tempranamente por Tokio, es lógico pensar que, hasta que llegaron los aussies et allii, ayudaron al Sol Naciente. Por ejemplo, los moradores de la región Buna-Gona, apresaron a algunos soldados y civiles americanos y se los entregaron a los japs. Y algunos isleños solomoneses desplegaron una abierta hostilidad contra los aussies que se escondían de los japs “traicionando” (betraying, entrecomillado en el original) a sus antiguos amos coloniales (Zelenietz, op. cit.) Por nuestra parte, sólo podemos decir que, durante nuestras andanzas por una Melanesia atiborrada de pesqueros y empresas japs, escuchamos constantemente la frase: “Los japoneses perdieron la guerra pero ganaron en la paz”. Y, en la paz o conquista económica, ¿qué ganaron sus soldados?:

En 2020, Nishimura Kokichi declaró a un periodista aussie que, a sus 22 años, luchó en la cruenta batalla del Kokoda Trail. Su unidad fue borrada del mapa. En los meses siguientes, llegó a pesar 28 kgs. pero sobrevivió gracias a los caballos, ratas, cortezas de árbol que conseguía robar… y a la carne de unos pocos soldados gringos y aussies. La llamaban “white pork.” Para Nishimura, “It was eat or die” y así aparece en The Bone Man of Kokoda, el libro que publicó el periodista –un testimonio repetido o sugerido en estas notas. Lo interesante de esta caso es que el ex soldado jap, está empeñado en denunciar que, de las 127.600 compañeros que murieron en PNG, todavía restan 78.000 sin exhumar. Nishimura se queja de que, en el Japón actual, no rigen los valores en los que se educó, a saber, “duty, honor and sacrifice”.

1945. Al terminar la II GM, el Tte. Gen. Yoshio Tachibana, fue el de mayor rango entre los militares japoneses acusados de canibalismo

Dos casos extra-melanesios: el Chichi-jima Incident (1944) y la Suzuki Unit (1945). El ‘incidente’ es muy comentado porque el ex Presidente George HW Bush presumió de haber sido el único piloto que logró escapar. Sus otros ocho colegas, también fueron abatidos mientras bombardeaban la diminuta isla japonesa de Chichi-jima (mil kms. al sur de Tokio) pero corrieron peor suerte: fueron torturados, asesinados… y devorados por orden del general Yoshio Tachibana, el Mayor Matoba Sueo y otros altos mandos. Durante el consejo de guerra que les llevó al cadalso, el almirante Kinizo Mori’s reveló que su chef, “had [the liver] pierced with bamboo sticks and cooked with soy sauce and vegetables.” Una delicacy que, seguimos con Mori, tenía fama de ser “buena para el estómago”. Cuando fue su turno, Matoba confesó que había participado “tres veces” en el festín antropófago; interrogado si se consideraba ‘caníbal’, respondió: “Sí, pero fue porque la guerra me tenía enloquecido”. Es reseñable que el canibalismo no estaba contemplado en las leyes militares ni en las internacionales por lo que, a la postre, el tribunal les castigó por otros delitos: asesinato y “prevention of honorable burial” –i.e., por haber impedido a los pilotos que se les enterrara con honor. Sin embargo, algo sabían esos mandos porque el Ejército Imperial dictó una orden secreta (18.XI.1944) previniendo a sus tropas que guisar a los no-enemigos, se castigaría con la muerte.

No me responsabilizo de la autenticidad de la foto. Pero reproduzco el pie de foto que leí: “Two Australian soldiers pose with human remains recovered from a Japanese encampment.”

La Suzuki Unit, operó en la comarca filipina de Bukidnon. Por no ser parte de Melanesia, no le prestaremos mayor atención. Nos limitaremos a transcribir –para no dispersarnos, sin traducir ni citar la fuente- el testimonio de un soldado jap que, en 1945, peleaba contra la guerrilla indígena: “We frequently ate human meat as our dinner. Boiled it with vegetables and ate it. The meat was brought into camp by patrols who had cut it up and dressed it. Sometimes the meat was dried and sun-cured. Since no other meat was available, we had to eat human flesh. For this reason, Filipinos were captured and butchered. I was so hungry I ate it, although I would have preferred pork.”

El canibalismo papúa, hoy

El anterior –y largo- exordio es solamente una glosa del paper cuyo resumen anuncia su propósito: “diálogo entre canibalismo occidental y canibalismo de indígenas no occidentales. Aludo a la contracción entre las evidencias caníbales de inspiración occidental y la lucha ideológica no sólo por expulsarlo fuera de nuestra cultura sino por otorgarle un papel fetiche, condensador de todos los males de la diferencia. Sin embargo a partir del siglo XX asistimos a distintos episodios que acercan el canibalismo (real y simbólico) a la cultura popular occidental de manera que se va matizando la relación entre canibalismo y mal y por tanto se va diluyendo su papel como signo diacrítico de la diferencia: eso abona el terreno para excentricidades artísticas pero también para el tráfico de órganos (Julián López García.2009. “Canibalismo siglo XXI. La actualidad popular de una vieja preocupación antropológica”; pp. 95-132, en RDTP, LXIV: 1. doi: 10.3989/rdtp.2009.027) Subrayaría la oportunísima alusión al tráfico de órganos que hemos enfatizado en cursivas; pero al que no comentaremos por salirse del marco melanesio.

Michel C. Rockefeller en 1960, sonidista del documental Dead Birds entre los Dani. ¿Fue luego devorado por los Asmat?

Excusamos decir que los indígenas de PNG han sido etiquetados como caníbales desde la primera invasión occidental. Era obligado que lo fueran puesto que también eran idólatras, viciosos, vagos, ladrones, etc. No vamos a discutir la veracidad de esa etiqueta –pueden serlo o pueden no serlo-. Sólo vamos a narrar concisamente unos cuantos ejemplos de dudosos canibalismos papúas cuyas hipotéticas críticas y verificaciones sufren las mismas inconsistencias y vaguedades que los canibalismos de la IIWW antes citados.

Probablemente, el caso más conocido de canibalismo inverificable sea el de Michael Clark Rockefeller (MCR; 1938-1961) El 17 o el 18.XI.1961, MCR naufragó en la costa del territorio Asmat (entonces Papúa holandesa) y su cuerpo jamás fue recuperado. Las especulaciones más sensatas apuntan a que murió ahogado o bien devorado por los cocodrilos o por los tiburones que abundan en esa costa pero, como los Asmat tenían y tienen fama de caníbales, de vez en cuando y hasta el día de hoy saltan noticieros ‘demostrando’ que, en realidad, fue comido por ese pueblo indígena.

Los Fore y los Korowai

Los Fore de Okopa, PNG, fueron muy nombrados en los años 1960’s porque el virólogo Daniel C. Gajdusek identificó que padecían kuru (kuria o guria, temblar, en lengua fore) una patología por priones similar a la enfermedad de las vacas locas –y las ovejas modorras. Gajdusek creyó que, en la etiología del kuru, era decisivo que los Fore comían el cerebro de sus deudos fallecidos y por ello le dieron en 1976 el Nobel de Fisiología/Medicina. Con el tiempo, se precisó que no eran caníbales sino muy ritualizados endocaníbales (como los Yanomami) y Gajdusek admitió que se había precipitado. Pero, aunque les prohibieron el ágape con sesos, la confusión sobre el endocanibalismo permanece y, para las empresas turísticas, los Fore son antropófagos de natural y de manual.

Caníbales Fore jugándose a los naipes las vísceras de los turistas. Foto AP

Hace muchos años, tuvimos el privilegio de visitar a los Fore. Para Pedro Saura Ramos (PSR), el camarógrafo que nos estorbaba, era una visita de alto riesgo porque, entre sus nulos conocimientos de los Papúa, daba la casualidad que había oído que los Fore eran caníbales. Lo que vio, le confirmó sus sospechas: estaban jugando a las cartas… pero con un propósito asesino.

Poco más tarde, en la plaza de la aldea vimos que estaban sacando del horno piezas de carne. Entonces, su pánico se aceleró puesto que era evidente que los Fore estaban comiéndose a algún cristiano. Fue inútil hacerle ver que las piezas horneadas no podían ser humanas pues ningún bípedo implume tiene unos muslos tan gruesos ni tan cortos.

Que un occidental teóricamente ilustrado como PSR -llegó a catedrático de Bellas Artes- se obsesionara con ver despojos humanos donde sólo había ludopatía, gastronomía rural y hospitalidad étnica, es una prueba más de la abismática profundidad que alcanza el prejuicio del canibalismo -huelga añadir que la mejor prueba contra el estereotipo racista de PSR radica en que él no terminó en la olla Fore; pero hubiera sido inútil recordárselo, entonces y ahora.

Para PSR, no son jamones de gorrino sino restos humanos. Nosotros seríamos los siguientes. Foto AP

Los Korowai, habitan en la Papúa Occidental o ‘indonesia’ –o ex holandesa. El misionero holandés Johannes Veldhuizen hizo el primer contacto con ellos en 1978. Su colega Gerrit van Enk co-escribió la monografía The Korowai of Irian Jaya. Y el antropólogo Paul Taylor realizó en 1994 el documental Lords of the Garden. Es decir, que han sido estudiados desde antaño.

Además, Raffaele (ver infra cita bibliográfica) reconoce que algunos Korowai se mudaron a aldeas levantadas por los misioneros e incluso que actualmente reciben a un flujo de turistas. Sin embargo, su reportaje está trufado con las habituales miserias del viajero que les visita doce días: le asaltan arañas gigantes, serpientes venenosas y (novedad) microbios letales. Una mañana, para desayunar le ofrecen unas chillonas ranas verdes, algunos saltamontes y una araña –todo fresco, recién cazado en el monte. Obviamente, siguiendo al misionero Veldhuizen, también nos cuenta la manida anécdota de que los Korowai no estaban seguros de su humanidad hasta que le vieron bañarse; la ropa (laleo-khal, piel del demonio) representa la frontera entre la humanidad (blanca) y la etnicidad. Y, por descontado, no evita la pregunta del millón “¿Qué coño estoy hacienda aquí?”.

Casa arbórea de los Min, cerca de la mina de Ok Tedi. Foto AP

Desde la primera línea, Raffaele asegura que los Korowai están entre los últimos pueblos que practican el canibalismo. Él quiere verse con personas que jamás han visto a un caucásico, un laleo («demonios fantasmales”) Pero resulta que estos salvajes conocen el dinero indonesio porque lo utilizan para comprar jóvenes de aldeas remotas pues, según este smithsoniano, son conscientes de los peligros de la endogamia. Y también porque saben amedrentar al intruso exigiéndole un peaje por haber incursionado en ‘territorio sagrado’ –el sacrilegio le costará un cerdo, 40 US$.

Batallitas aparte, el Intrépido destaca algunos detalles de los pasos previos a la antropofagia: un indígena le explica orgullosamente que partió un cráneo con su hacha de piedra para llegar a la delicatesen de los sesos y que la carne humana no sabe a cerdo como muchos le preguntan sino a pichón de casuario. Al parecer, la última ocasión en la que se comió a un paisano fue “hace un año” -¿cómo miden el tiempo los Korowai?. Lo cuenten como lo cuenten, saben que la policía indonesia les ha prohibido cocinar a sus semejantes y lo cierto es que a diario les recuerda el tabú con unos métodos pedagógicamente infalibles: a un par de ‘criminales’, les arrestaron y les encerraron toda la noche en un cajón sumido en un charco infectado con sanguijuelas para, de mañanita, obligarles a comer tabaco, guindillas, heces de animales y papaya sin granar.

Cuando está a punto de partir, un Korowai adulto le espeta: “Yo sé que has venido con la esperanza de ver a un demonio pero ahora sé que eres humano, como nosotros” –no entendemos ni la frase ni la intención de la frase. Finalmente, cuando el intrépido reportero les pregunta si devoran a los enemigos apresados vencidos o a cualquier otro, un joven Korowai, sorprendido por la cuestión, le contesta: “No comemos humanos, sólo comemos khakhua [brujos]” (cf. Paul Raffaele. Sept. 2006. “Sleeping with Cannibals. Our intrepid reporter gets up close and personal with New Guinea natives who say they still eat their fellow tribesmen”, en Smithsonian Magazine. https://www.smithsonianmag.com/travel/sleeping-with-cannibals-128958913)

Los Korowai; viven en los árboles y son caníbales (¿)

Cuando una institución tan respetable y multimillonaria como la Smithsonian difunde esta clase de periodismo, colegimos que la profundidad del tremendismo caníbal no es exclusiva de zopencos como PSR entre los Fore. No podemos negar que los Korowai hayan sido o sean antropófagos –existen informes que detallan su ritual antropofagia bélica-. Y bajo ningún concepto entraremos en cuestiones morales, tan mimadas como vapuleadas por la moral occidental. Pero es el caso que la Smithsonian abrió la compuerta del exotismo mórbido y morboso, regalando honores académicos a la invasión del mercantilismo turístico, popular y psicopático. No nos extrañe, pues, que los Korowai llevan demasiados años siendo estrellas entre los salvajes. Dos ejemplos más de su fama universal:

“De repente se oyen a lo lejos unos gritos de guerra que suben y bajan de tono bruscamente. Agung, mi guía de 30 años, me coge del brazo: -Son korowais- dice en voz baja. Reanudamos la marcha seguidos por los escalofriantes gritos. Me ha llevado una semana llegar a los apartados dominios de esta tribu, que vive en casas sobre los árboles y come carne humana.” (López, op. cit.)

Y, para terminar, una ‘noticia’ con la que terminamos esta nota para que nos quede un poso de documentadísima burla sardónica: “Tribu caníbal se compromete a consumir humanos criados en libertad. Son más caros pero los huevos saben a huevos de verdad, admiten los caníbales. Tras las quejas de la comunidad internacional y varias advertencias formales de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la tribu korowai de Nueva Guinea Occidental se ha comprometido finalmente a consumir únicamente humanos criados en libertad. «Queremos fomentar el consumo sostenible de carne humana y dejar de contribuir al mantenimiento de esas empresas capitalistas que tienen a los humanos encerrados en pequeños cubículos frente a un ordenador», explicaba esta mañana el jefe de la tribu, Samai Hrank-Lumumbi. «Los becarios también sienten cosas y si están tristes y agobiados su carne no es sana para nosotros», insistía. «Además, el sabor es completamente distinto», agregaba el líder mientras removía una olla rebosante de turistas criados en los campos del Tirol, sin hormonas ni exceso de colesterol. «Los huevos saben a huevos de verdad», apuntaba. El consumo de humanos libres es hasta un 60% más caro porque cada vez quedan menos ejemplares. En cambio, el excedente de seres humanos de producción industrial, muchos de ellos en paro, lleva a las empresas a ofrecer precios muy competitivos. «Los gobiernos nos los dejan casi a precio de coste porque hay sobrepoblación», argumenta Hrank-Lumumbi. «Los niños se han acostumbrado a comer las pechugas insípidas y ya envasadas y cuando ven a un gordo con el pecho peludo les da asco», reconoce Samai Hrank-Lumumbi. «A su edad salíamos nosotros mismos de caza y, si llegábamos con las manos vacías, aquella noche no se cenaba», recuerda nostálgico.” (Xavi Puig, Mundo Today)

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