Comisarios de ayer y de hoy

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

Wild manejando sus negocios como perista y chivato desde la Policía o desde la cárcel. Pinchar sobre la imagen para ampliar

En el siglo XVIII, Jonathan Wild (c. 1683-1725) fue el criminal más famoso en el Reino Unido. Criminal o policía porque fue diestro en ambos oficios. Sus actividades policíaco-delincuenciales se desarrollaron en un Londres que contaba con poco más de medio millón de habitantes, la mayoría en el conurbano. Era una megalópolis que no tenía cuerpo oficial de Policía, extremo que, en lenguaje posmoderno, equivale a traducir que, hace tres siglos, el primer nivel de su sistema represivo ya estaba privatizado.

En 1710, Wild fue encarcelado en una prisión para morosos. Huelga añadir que, como todas, Wood Street Counter era una cárcel donde los funcionarios vendían y compraban de todo. Chapoteando en una corrupción total, el treintañero Wild se sintió como el pez en el agua. Abusando de los reclusos, se hizo usurero, pagó sus deudas anteriores y hubiera salido millonario de la cárcel de no haber tenido que empobrecerse para pagar los sobornos que le consiguieron la libertad de puerta –pernocta, tercer grado-. Es plausible suponer que los magistrados comprados tenían un cachet alto-medio; además, les repugnaba la idea de que uno de sus reclusos sacara de su cortijo ni una sola esterlina. Dijeron -“Lo que produce nuestra fábrica, no sale de ella porque va directamente a nuestros bolsillos”. Por cierto, esa seudo-libertad le fue no-tan-graciosamente concedida pues, a cambio, le exigió que participara en la lucha contra sus colegas de menor estatus –léase, los renuentes a la delación. En 1712, estas trapisondas fueron legalizadas por el Parliament mediante una ley que absolvía a los pillos que se hubieran declarado insolventes.

Mientras Wild estaba digamos que preso, en 1711, su socio Charles Hitchen se había transformado en Comisario de Policía mediante el sencillo trámite de comprar el cargo con 700 libras. Cuando Wild recuperó toda su facilidad de movimientos, se hizo proxeneta y hasta cometió bigamia casándose con la prostituta Mary Milliner a quien elevaría a la condición de Madama para, poco después, repudiarla no sin antes dejarla físicamente marcada para siempre. Y se especializó en el oficio de perista (receptador de objetos robados, fence)

El Coro canta:
“Entonces seré un Mohock, un Mohock seremos / Ninguna ley detendrá / Nuestro reino de libertad /
Reñiremos, beberemos y libres viviremos…. // … Este vino y una puta / A los Mohock nos alboroza /
Bebamos sin temor. / Con la andorga llena de licor, / buscaremos del pecado la ruta. /
¡Salud!, brindemos por una bella moza”
(mi traducción no es mejor que el ripioso original)

Wild arrestando a un supuesto ladrón, probablemente un ex cómplice suyo al que llevará al patíbulo. Pinchar sobre la imagen para ampliar

Por aquel entonces, aparecieron los periódicos diarios. Prosperaron gracias a que se nutrieron de los numerosos asesinatos que se perpetraban en las ciudades. Su amarillismo atrajo el surgimiento de los Mohocks (corrupción de Mohawks, indígenas iroqueses que alcanzaron fama popular durante su visita a Londres), pandillas de insolentes de clase alta que se divertían humillando a ancianas, robando a los pobres –hoy diríamos, a los pakis, sean o no de origen pakistaní- y, por supuesto, violando a cuanta mujer tuviera la desgracia de cruzárseles en su deriva callejera.

El final de la Guerra de Sucesión española vomitó por Londres a una soldadesca sin soldada ni trabajo. Hitchen fue ascendido a Jefe de la policía de Londres -en realidad, sólo Under-Marshal. Wild se enriqueció siguiendo su habitual modus operandi: dando el santo (identificando casas y fortunas susceptibles de ser saqueadas) y arrestando a sus ingenuos colegas para apropiarse del botín que hubieran logrado. Ya entonces, elaboró un archivo con datos de sus ‘empleados’; cuando ‘caducaban’ sus servicios, vendía sus fichas y cobraba una recompensa de 40 libras.

El cadalso era conocido y temido como el Tripple Tree –triple árbol. Pinchar sobre la imagen para ampliar

En 1718, Wild se autonombró Cazador General de Ladrones –Thief Taker General of Great Britain and Ireland- y envió al cadalso a más de 60 pequeños delincuentes. Pero se peleó con su ex socio Hitchen -de quien, oficialmente, era subalterno, deputy. Se cruzaron libelos. Wild le acusó de visitar asiduamente los molly houses (burdeles para homosexuales), denuncia verdadera o falsa que dejó malherido a Hitchen pues la homosexualidad era un delito gravísimo.

Privatización de la ‘Justicia’ y comercialización del morbo. Ticket para presenciar el ahorcamiento de Wild. Pinchar sobre la imagen para ampliar

En 1720, Wild era tan famoso que el ayuntamiento de Londres le contrató como gurú en la hipotética erradicación del delito. Frecuentaba los saraos de la High Society puesto que era el favorito del partido Whig –uno de los dos partidos dominantes. Pero llegó un momento en que su estrella empezó a declinar. A sus rencillas con sus antiguos colegas, se unió que Wild salió salpicado por la prensa en la captura y ejecución de Jack Sheppard, un ladronzuelo fuguista muy popular en Londres. La prensa amarilla –toda lo era-, entendió que vendería muy bien una confrontación entre un héroe caído y su sanguinario perseguidor adjudicando el papel de verdugo al policía manifiestamente corrupto.

Hunterian Museum, Londres. Esqueleto de Jonathan Wild.

Wild fue arrestado y condenado a muerte por haber robado 50 yardas de tela a una de sus admiradoras. En los tres meses que pasó prisionero, sus guardianes cobraban entrada a sus amigos de la alta sociedad. Pero sus aristocráticas amistades no quisieron librarle de ser ahorcado un 24.V.1725.

Hemos visto que, además de comisario, Wild era chivato, chulo de putas, traidor a sus dos gremios y asesino directo y también vicario. Y sabemos algunos detalles penosos: se separó de Milliner pero después de marcarle la oreja como prostituta, como si fuera un bravo toro de lidia, un perro o incluso un van Gogh. Cuando se aproximaba su ejecución, no pudo comer ni acudir a la iglesia, tuvo delirios y gota. La mañana de su ahorcamiento, mientras el populacho se aprestaba a apedrearlo, dio una única muestra de valor intentando suicidarse mediante una dosis de láudano –analgésico compuesto de opio, clavo, canela, azafrán y vino blanco- pero lo vomitó y entró en un seudo-coma definitivo.

El cadáver de Wild fue exhumado y vendido al Real Colegio de Cirugía. Su esqueleto se exhibe en el Hunterian Museum de Londres –con sucursal en Glasgow. Comparte morbo con John Byrne, un gigantón escocés que medía 2.31 metros de altura, y con toda suerte de ‘monstruos’ en formol o en cuadros pintados.

Resumen: Desde hace siglos, el caso Wild nos demuestra que, entre el delito y sus agentes represores, la frontera es escandalosamente porosa.

España hoy

Es obvio el parentesco entre la peripecia Wild y esa afamada novela picaresca que, digámoslo de una vez, no es exclusiva de una auto-adjudicada peculiar idiosincrasia (¿) española sino que es universal. Por otra parte, a principios del siglo XVIII, en España regía una política policial-delincuencial similar a la inglesa pero con algunas diferencias. Por ejemplo, sobre la pena de muerte: como sumo, los nobles afrontaban el destierro mientras que a la plebe la esperaban con seguridad el patíbulo, el tormento, el presidio y/o las galeras. Con una particularidad: la horca y el garrote vil eran prerrogativas de la ‘justicia’ civil mientras que la Iglesia, en su desmedido afán por el espectáculo, prefería la hoguera –todo ello sin olvidar a la Inquisición.

El Nani

Saltando tres siglos, el modus operandi del caso Wild fue calcado a principios de los años 1980’s por la conocida como ‘mafia o policía de los joyeros’, uniformados de gatillo fácil que instaban a pequeños rateros a asaltar joyerías para asesinarlos después de robarles el botín. Dos nombres destacan en este ejemplo: el de Santiago Corella, el Nani, detenido en 1983 en la Dirección General de Seguridad y desde entonces desaparecido. Y el de un ex policía hermano y musa filológica del académico Arturo Pérez-Reverte, por infausto nombre José María Pérez Reverte y Gutiérrez -condenado a unos 100 años por el Tribunal Constitucional, ver auto 420/1990, del 28/11/1990.

Retrocedamos una vez más hasta el siglo XVIII y seleccionemos algunos de los rasgos definitorios del caso Wild:

manejaba sus negocios desde su cárcel y desde su Comisaría
el Parlamento le favoreció dictando unas leyes que eximían de culpa a los empresarios de sus delitos económicos –delitos imposibles en el capitalismo que me recuerdan al niño Agustín de Hipona intentando trasvasar el mar a un hoyito en la playa.
la prensa diaria se interesó por los delitos menores pero olvidó los delitos mayores porque estaban enraizados en las más altas representaciones del Poder
tenía un archivo de todos sus cómplices y los vendía –a sus amigos y a los propios archivos.
asesoraba a las autoridades locales y regionales sobre la prevención del delito.
se codeaba con la más alta sociedad –en España, con la Casa Real y con los magnates financieros.
Sus hazañas propiciaron la aparición de pandillas asesinas de niños-bien –los Mohocks- cuyos delitos no eran nunca investigados.
en aquel sistema bipartidista, Wild era sostenido por el partido Whig –primero etimológicamente cuatrero y luego liberal.

Puede que sea consecuencia de mi debilidad mental pero, ¿no son éstos algunos de los rasgos que caracterizan al caso Villarejo? De ser cierto mi delirio, me van a permitir que me dirija directamente a este rutilante pero rudo, rudimentario y rupestre ex comisario:

Señor –es un decir- Villarejo: Usted está entrando en la Historia española. Es injusto que entre por la puerta de atrás y no bajo palio porque Usted está haciendo un gran servicio a la Patria: está evidenciando que el Reyno de España es un Estado policíaco. Que uno más entre los cientos de comisarios de policía que hay en este país se codee con todos sus dirigentes máximos, así lo demuestra. Que los haga bailar al son de sus archivos privados –y de sus empresas-, puede parecernos divertido pero subraya el calamitoso estado de los registros memorísticos oficiales, ya absolutamente capitidisminuidos desde una ley de 1985 que los clausura hasta pasados 50 años de su redacción y ello sólo si no afectan a la ‘seguridad nacional’. Y, asimismo, confirman la impunidad de quienes utilizan al Estado para guardar documentos malamente obtenidos –o para destruirlos, cual fue el caso de Martín Villa como ministro. Por todo ello, sólo le tengo una microscópica sugerencia: ¿acaso no debería agradecer públicamente a los Mohocks españoles de hoy, vulgo los pijos, que su complicidad subjetiva u objetiva le esté ayudando a desviar la atención pública sobre sus tenebrosas grabadoras y agendas?

Sr. Villarejo, ¿o debo dirigirme a Usted como Ilustrísimo o Excelentísimo?: le acusan de ser Chantajista Mayor del Reyno. Otra injusticia. Usted es un gran periodista de investigación; eso sí, con pistola, gorra de plato, una pechera ricamente decorada y una excelsa agenda que ni les cuento. Usted es un gran Capitán Araña capaz de endilgar unas puñaladas traperas a nuevos aristócratas como el yerno del marqués de Villar Mir, por más señas compi yogui de la Reina. Y no hablemos de la ahora plebeya Corinna Larsen, antes ennoblecida como zu Sayn Wittgenstein. ¿Cómo pueden unos viles creadores de opinión desconocer que Usted ha rendido un altísimo servicio desenmascarando a la aristocracia europea? Otrosí, ¿cómo no agradecerle que un policía de menor rango haya comprobado ser un gran emprendedor con fortuna multinacional?, ¿no es ello una rotunda prueba de la democracia consolidada y de la igualdad de oportunidades de las que gozamos los súbditos?

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