¿Conmemorar o celebrar Repúblicas?

Lilith Rojo*. LQS. Abril 2021

Damos por supuesto desde nuestros sillones que era lo que tocaba en aquel momento, pero hemos de preguntarnos que hubiéramos hecho de haber estado allí, si nos hubiera tocado comprometernos, defendernos y poner en riesgo lo que más amamos

Las que tuvimos la suerte de vivir el llamado Procés desde su ilusionante ascenso a la montaña de la ruptura democrática hasta la cima de octubre de 2017.
Las que soñamos con la valentía de la clase política y del pueblo para construir la República Catalana.
Las que con ese clamor quisimos asentar los cimientos para que las repúblicas de la entelequia España erupcionaran y arrasaran con su lava un estado sin derecho, que el franquismo ligó a la corona que nos legó.
Las que contemplamos el descenso en forma de intervención de nuestras instituciones, de la ocupación de la Generalitat, de prisión, exilio, juicios, imputaciones, de palos y multas, de humillación y de genuflexión.
Las que salimos al hervidero de unas calles tomadas por la transversalidad solidaria sin ser más del 50 por ciento, para volver siendo más del 50 por ciento a nuestras casas a confinarnos más allá del imperativo coronavirus, desmotivados, con la justicia vengándose incluso con quienes se han negado a si mismos.
Las que hemos vivido todos estos años hemos visto que la represión funciona, divide, nos empequeñece, nos resigna y nos individualiza volviéndonos conservadores y egoístas. Hemos contemplado que aquí la democracia es solo un papel que lo aguanta todo y que solo es efectiva en su monopolio de la violencia cuando tiene que reprimir a los que quieren devolverle su significado.

Y por qué en el aniversario de la República empiezo hablando del Procés, pues como ejemplo de que debe ser el pueblo el que elija a sus representantes para sus revoluciones, pero también el que no debe dejar la batuta a quienes tras desobedecer se vuelvan obedientes acatando el imperativo del estado, porque ese es el final del camino para cualquier reivindicación prohibida por el sistema. Porque la República tiene un precio y debemos preguntarnos si estamos dispuestos a pagarlo.

Un día de abril de hace 90 años se proclamó la II República y también la República Catalana. La gente que salió a la calle de manera espontánea y pacífica a celebrar que el rey cogió su maleta con destino a su exilio fascista, estuvo a la altura del reto que significaba el nuevo período de conquistas sociales. Esa misma gente supo dar la cara cuando los conspiradores armados se levantaron contra la voluntad popular poniendo todo, hasta sus vidas, al servicio de la defensa de la legalidad republicana. Damos por supuesto desde nuestros sillones que era lo que tocaba en aquel momento, pero hemos de preguntarnos que hubiéramos hecho de haber estado allí, si nos hubiera tocado comprometernos, defendernos y poner en riesgo lo que más amamos. Siento ser negativa, pero creo que la guerra hubiera acabado antes de empezar. Y no me vale el argumento de que en aquel entonces poco tenían que perder como si ahora no hubiera un proletariado explotado, aunque sin conciencia de clase, cada día más precarizado y excluido. Y no me vale el argumento del aburguesamiento tampoco, porque la pequeña burguesía progresista peleó por la República y pagó un precio por ello. Delante de mi pantalla tengo que confesar, que hoy por hoy, tiempo de mordazas represivas, yo sola no daría un paso hacia una república efectiva, tampoco con un entusiasta grupo reducido, ni tan siquiera con una masa que no fuera sacrificada, incansable, perseverante, incombustible, solidaria y monolítica en la batalla contra el Régimen del 78. Es muy triste ver adalides de causas nobles desaparecer tras los muros de las prisiones; ver invisibilizadas acciones, reivindicaciones y batallas por tantas conquistas que tenemos por delante por falta de altavoces; señaladas y criminalizadas tantas luchas justas y dignas por unos medios de comunicación infectos y serviles; estigmatizadas ideologías como en tiempos que jamás nos abandonaron, mientras el fascismo crece porque ha sido bendecido por el sistema como una opción más del arco democrático con el que nos disparan sus flechas envenenadas de la banalización del mal.

Ahora solo una pequeña minoría sigue estando al pie del cañón de causas que construyen democracia asumiendo todas las consecuencias ante un estado vengativo que amordaza y sanciona. Sigo siendo defensora de la idea de que la mecha del cambio la prende un grupo reducido, pero también de que si no hay un grupo mayor que custodie el recorrido de la llama hasta la detonación de las barreras impuestas a nuestros derechos, lo único que nos queda es la sensación de revolución sofocada como contenedor apagado. Fuegos artificiales hemos tenido en los últimos tiempos pero una vez se acaba el espectáculo de luz y color volvemos a nuestros móviles, nuestras pantallas planas y a las series que nos dicen como va a ser nuestro futuro. No nos flagelamos de más porque nos decimos que por lo menos tenemos conciencia de lo que va mal e incluso una idea formada de lo que se debería hacer, eso sí, para pelearnos de nuevo con los que compartimos más de lo que nos separa. Y así vamos pasando los días hasta la derrota final, si no ponemos remedio.

La máxima cuanto peor mejor como espoleta para la regeneración democrática en el estado español es contraproducente, porque cuando llega lo malo lo hace para quedarse, gobierne quien gobierne. Y más triste es que cuando gobierna lo que ahora llaman izquierda, según los depreciados baremos actuales, su indecencia hace que nuestra frustración alcance cotas estratosféricas. El PSOE ha sido un submarino del Régimen torpedeando la línea de flotación de la izquierda. No hay partido más defensor de la transición y de su constitución, de su ejército, su corona y su Iglesia, y nunca viven mejor estas subvencionadas instituciones que cuando gobierna el PSOE. Pervertidas sus históricas siglas no se sabe qué fue primero, si el nuevo PSOE o la transición, en cualquier caso, sus orígenes están contaminados de olvido indecente, mentira, injusticia y venta al mejor postor. Son la coartada de la transición y ésta su coartada en el crimen imperfecto de nuestra democracia, y el organigrama actual coronado por el jefe de los ejércitos es en esencia la justificación de su existencia, de ahí su defensa sin cuartel de la monarquía. Y se aferran a ese período para ellos glorioso, el del continuismo del franquismo en los estamentos del estado, torturadores y asesinos incluidos, premiados y condecorados. Y escupen a la cara de los socialistas fundadores de un partido centenario.

Cuando los que han quedado etiquetados como 15M acusaban y denunciaban al partido socialista del bipartidismo, éste, ladino le respondía que se presentara a las elecciones para llegar a las instituciones, se lo decía como el escorpión a la rana. Eso los sacó de las plazas y los llevó a los ministerios y a cambio de firmar unos acuerdos que no se han respetado, el PSOE ha convertido en extrema izquierda a los socialdemócratas para poder seguir llamándose ellos izquierda. Lo que es incomprensible es que haya gente de izquierda que siga incluyendo al PSOE en su club y llamen extrema derecha a partidos de centro derecha que están más a la izquierda que el actual PSOE. Así los que en un inicio no querían banderas republicanas en sus mítines y luego las abrazaron como signo identitario, se han visto formando parte de la corte de la transición, que protege a la monarquía como principio de la supervivencia de su statu quo. Víctimas de la trampa del más vale algo que nada, puestos en la picota, le dan una pátina de progresía a un PSOE que ni es de izquierdas, ni republicano, ni progresista en lo social y que por supuesto no está por la verdad, la justicia y la reparación más allá de ir a poner flores bicolores a expresidentes de la República.

Quizá me está quedando un texto bastante deprimente para un abril de conmemoración pero la verdad es que lo que veo desde mi ventana es auge del fascismo, represión del estado, injusticia, pobreza invisibilizada, cortesanos y vasallos, ejército franquista, Iglesia inquisidora y ladrona, masas adormecidas, autocensura, miedo, medios de propaganda neoliberal y franquistas, capitalismo despiadado, buitres de todo tipo y muchas más tristezas que no alcanzo con la vista. Alguien diría que este panorama es el mejor para el advenimiento de una república que nos salve de tanta miseria, pero para eso tendríamos que tener el valor de deshacernos de las mordazas y de pagar el precio que conlleva tan loable objetivo.

Para que no me tachen de derrotista decir que es cierto que no hay manifestación que apreciemos en la que no ondee una bandera tricolor, devolviendo a la vida sus colores más allá de estudios académicos, históricos o políticos. Retomando un significado que siempre han querido enterrar tan profundo como a los que las enarbolaron un 14 de abril de 1931 y permanecen en las cunetas de esta gran fosa llamada Reino de España. Hoy en día la república burguesa de 1931 sería considerada tan revolucionaria como lo fue para los que conspiraron contra ella, porque sus asesinos son los que todavía rigen nuestros destinos. A este paso la pregunta es si estamos dispuestos a romper con el Régimen o si nos veremos celebrando centenarios en la clandestinidad.

Por todas las repúblicas sembradas que esperan germinar en una primavera de derechos y libertades.

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