Coronanorte versus Coronasur

Carlos Olalla*. LQS. Mayo 2020

La desafección que puede provocar entre los hasta ahora acérrimos europeístas hispánicos puede ser monumental e irreversible. ¿Para qué queremos un paraguas si cuando llueve nos lo quitan? Pertenecer a una Europa de dos velocidades…

Que cigarras y hormigas salgan de los cuentos de una vez

Curvas, Epis, test, UCIs, coronavirus, respiradores, mascarillas quirúrgicas, FFP2, PCRs, confinamiento, cuarentena, desescalada, epidemia, pandemia, SARS, COVID-19… en pocas semanas estas palabras han colonizado nuestro vocabulario y hemos visto cómo han aparecido miles y miles de expertos que lo saben todo de lo mal que lo ha hecho el gobierno y lo bien que lo habrían hecho quienes lo critican, de la nefasta gestión llevada a cabo en nuestro país y de lo fácil que hubiera sido evitar esta tragedia de haber actuado a tiempo y como ellos dijeron… cuando nunca lo dijeron. Es repulsivo ver que estamos en el reino del todo vale con tal de destrozar al gobierno legítimamente elegido por los ciudadanos y ciudadanas de este país. Y es descorazonador ver cómo ese mensaje va calando entre una población que, dominada por el miedo a la incertidumbre, se aferra a cualquier salvapatrias que prometa lo que quiere oír. Y si a eso le añadimos los graves errores de comunicación cometidos por el Gobierno, las equivocaciones propias de enfrentarse a algo desconocido, los continuos bailes de datos y cifras, y las repetidas y lamentables rectificaciones nunca bien explicadas, tenemos el caldo de cultivo ideal para que la salida de esta crisis sea mucho más dura y cara de lo que podría haber sido.

Ver que los tertulianos y economistas de siempre se limitan a hablar de los problemas de siempre es frustrante. Centran su discurso en las eternas tres “Ds” sobre las que se apoya toda su doctrina económica:

Déficit (lo que gastamos de más de lo que tenemos o producimos), Deuda (con la que pagamos lo que gastamos de más) y Desempleo (un mercado que no crece no puede absorber toda la mano de obra disponible). Y, empeñados en querer resolver un problema nuevo con recetas antiguas, nos hablan una y otra vez de sus tres “Ds” en lugar de hacerlo sobre las otras tres “Ds” en las que deberían buscar nuevas soluciones que nos saquen de este abismo: Desigualdad (de oportunidades y recursos por el simple hecho de ser mujer o de haber nacido en un lugar u otro), Desequilibrio (entre países, entre el Norte y el Sur, en los ecosistemas y el medioambiente, etc.) y Decrecimiento (solo una economía sostenible no orientada al crecimiento puede salvar el planeta)

En la crisis anterior los países ricos del Norte de Europa nos dijeron que los manirrotos del Sur éramos culpables por haber vivido por encima de nuestras posibilidades y nos recetaron sus draconianas políticas de recortes calvinistas con las que nos hicieron pagar a los de siempre. Esta vez, ante la imposibilidad de acusarnos de haber provocado el coronavirus, argumentan que si nos ha zurrado tan fuerte es porque no hemos sabido gastar el dinero que, generosamente nos dieron (es una ironía, por supuesto porque nadie nos regaló nada), y que por eso esta situación nos ha cogido desarmados y en Babia. Ese argumento les exime a ellos de culpa por los recortes sufridos por nuestra sanidad y que nos ha hecho tan vulnerables al COVID-19. Y así llegamos a la conclusión de siempre: el Norte es rico, trabajador e inteligente y el Sur, pobre, despilfarrador y estúpido. El eterno cuento de la hormiga y la cigarra al que siempre recurren.

En la anterior crisis los países periféricos del Sur (Portugal, Italia, Grecia y España, a los que cariñosamente nos bautizaron como “Cerdos” por su acrónimo en inglés PIGs), fuimos incapaces de unirnos frente al ordeno y mando de los países del Norte que implementaron sus rescates y recortes a través de sus hombres de negro. Esa desunión hizo que la sanidad y la educación públicas salieran tan perjudicadas en los países del Sur. Nada dijeron los señores del Norte sobre la culpabilidad del capitalismo de casino de los Lehman Brothers y los paraísos fiscales. No, los culpables fuimos los despilfarradores hedonistas del Sur.

Enfrentarte a una crisis económica como no se ha visto en décadas con una deuda que supone el 50% de lo que produces (caso alemán) permite que te endeudes y puedas apagar los incendios sociales que esa crisis provoque sin excesivos problemas. Hacerlo cuando debes todo lo que produces (nuestra deuda es el 100% de nuestro PIB), es como ir a un duelo a espada con las dos manos atadas. Solo una inversión pública sin precedentes en sectores sostenibles y que creen empleo no precario y combatan la desigualdad pueden sacarnos de donde estamos. Pero esa inversión requiere unos fondos que no tenemos y que, por lo que parece, nuestros socios europeos no están dispuestos a que tengamos. Su espíritu calvinista y su terrible falta de miras les hace creer que de esta se saldrá como se ha salido de las anteriores, con sus recetas de siempre que aumentan la desigualdad y los desequilibrios. Parece que esta vez a las hormigas les importa poco o nada que mueran unas cuantas cigarras más o menos. Pero esta vez hay muchas posibilidades de que se equivoquen de pleno porque estamos ante un problema global, no local, que requiere soluciones globales, no locales. Por muy buena que sea su sanidad pública las pandemias seguirán llegando mientras la sanidad pública no sea universal en todos los países. Esta vez hemos tenido mucha suerte porque el COVID-19 es uno de los coronavirus con menor tasa de mortalidad. Pero, ¿pueden estar seguros de que también lo será el siguiente que nos llegue?

La desafección que puede provocar entre los hasta ahora acérrimos europeístas hispánicos puede ser monumental e irreversible. ¿Para qué queremos un paraguas si cuando llueve nos lo quitan? Pertenecer a una Europa de dos velocidades, una Europa en la que solo mandan los más ricos y, por sistema, dejan en la estacada a los más pobres, una Europa que solo nos quiere como su piscina, playa, campo de golf y tablao flamenco, una Europa a la que solo le interesa la libertad de mercado y el cierre de sus fronteras, la mano de obra barata y la total sumisión de sus ciudadanos, quizá no sea la Europa en la que creímos, la Europa que defendimos, la Europa en la que confiábamos. Nos vendieron que éramos socios de pleno derecho de un selecto y elitista club en el que podríamos codearnos con la flor y nata del mundo mundial, que íbamos a ser la crème de la crème, a jugar en la Premier Ligue de las naciones más desarrolladas, que… Este coronavirus quizá acabe por demostrarnos que sí estábamos en ese club, que nos dijeron la verdad aunque obviaron informarnos de un pequeño matiz: que en él en realidad jamás pasamos de ser el botones.

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