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No hay revolución política sin revolución cultural

Lo voy a decir de esta forma: ¿cuántas asambleas ciudadanas se necesitan para crear un Valle-Inclán, un Antonio Machado, un Blasco Ibáñez? ¿Cuántos procesos de confluencia política? ¿Qué grado de democracia en la toma de decisiones? ¿Qué grado de participación social? No es un chiste; es un resumen. Evidentemente, esas cosas no sirven para crear autores. Ni científicos. Ni, por extensión, el plano que ocupan el arte y la ciencia en la cultura.

Pues bien, sucede que no hay revolución política en ausencia de un contexto cultural revolucionario. Sin la ilustración, no hay 1789; sin las vanguardias, no hay 1917 (tampoco sin Gorki, Tólstoi, etc.). España ni siquiera habría llegado a su II República si los Valle-Inclán, Machado y Blasco Ibáñez no hubieran sentado las bases de una cultura republicana; de hecho, no habría llegado a la II República si esos y otros autores no hubieran participado activamente en el partido que desequilibró la balanza a favor de las fuerzas progresistas: Acción Republicana, fundada por otro escritor.

¿Dónde están hoy esos autores? Y sobre todo, ¿preocupa su ausencia? Ninguno de los proyectos políticos y sociales de estos días, incluidos los más pegados al hecho parcialmente cultural de Internet, es consciente de que los trabajadores de la ciencia y la cultura son la condición sine qua non del cambio que buscan. Sus preguntas (¿cuántas asambleas? ¿cuántos procesos?) pueden tener algún sentido en su sector, pero ni se dirigen al sector que falta ni contribuyen a cerrar la brecha más grave: la que el franquismo y la monarquía crearon entre la política y la cultura, reducida ésta a la categoría de entretenimiento.

Hace unas semanas, un grupo de trabajadores del teatro fundaron la Liga de las Artes, en cuyo nombre tuve algo que ver. No sé si tendrán éxito en sus reivindicaciones; no sé si serán capaces de respetarlas; sólo sé que, si la cultura no da un paso adelante y se empieza a explicar a sí misma, si no se esfuerza por ocupar el espacio que perdió en 1939, si no crea su propia política contra toda reacción formal y conceptual, estamos perdidos.

* Escritor y traductor literario. Editor del diario La Insignia

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