Cuando la normalidad es anormal

Marta Haserrea. LQS. Mayo 2020

Hay un hilo conductor entre una sociedad global, no diversa, en disputa con el entorno y con el planeta y una pandemia que se extiende sin remedio…

Madrid, 2 de mayo

Este pasado 1 de mayo no se pudieron celebrar manifestaciones ni celebraciones por la lucha de la Clase Trabajadora, porque, tú sabes, las aglomeraciones son altamente peligrosas para la salud, ayudan a transmitir el virus, el coronavirus. Pero sí se celebró el cierre del Ifema, ese hospital de campaña que ha ayudado a que la mayoría se olvide de que teníamos hospitales de verdad que han sido desmantelados por años, incluso de que había médicos, enfermeros y personal no sanitario, con sus contratos y sus vidas dignas. En su lugar, aparece una presidenta autonómica que representa en todo su ser el estertor de una civilización, despidiendo al personal contratado para una crisis sin igual, sin medios de protección y, sobre todo, sin ninguna dignidad. Políticos liberales se sacan selfies y se abrazan, porque el Ifema, en su halo de protegerles de la exhibición del recorte del Estado del Bienestar, al parecer, también protege del contagio y exenta de las medidas estrictas que se exigen al resto de la sociedad.

Y yo me pregunto qué virus es el que se quiere combatir, si la COVID-19 o el de la conciencia de clase y el de la lucha social.

Llegó el 2 de mayo y comenzó el desconfinamiento. Los parques y zonas públicas estaban cerradas pero la élite celebra el día de la Comunidad de Madrid en la Puerta del Sol. Los medios lo aderezan con imágenes de calles «aparentemente abarrotadas», acusando a las clases populares de no tener disciplina, de caer irremediablemente en el caos si no se aplican sanciones y control estricto sobre la población. Como si fuera fácil mantener distancia en calles y ciudades no preparadas para peatones, como si los lobbies pudieran dar lecciones de comportamiento y no estuviéramos aquí por su modelo explotador y su falta de previsión.

No hay nada nuevo en todo esto, al igual que hay un hilo conductor entre este virus y el modelo social y productivo que llevamos años siguiendo, siguiendo o dejando que otros tejan por nosotras, porque nos resignamos a ser las ovejas que visita el jefe ridículo de la oposición en plena cuarentena, y así nos dibujan como tales en las fotos de las calles cuando nos abren las cancelas.

Hay un hilo conductor entre una sociedad global, no diversa, en disputa con el entorno y con el planeta y una pandemia que se extiende sin remedio hasta que se logre una inmunidad que aún está lejos. No podemos abstraer este virus de todos los anteriores, ni de una huella ecológica en forma de deforestación, de exterminio de pueblos originarios, de contaminación y de nuestra propia castración inmunológica.

Cuando la normalidad es anormal

Parar y reflexionar se hace difícil y es mucho más fácil pensar que los desastres vienen del azar incluso que este desastre es fabricado y la solución es culpar a «los chinos», que esto es otro ataque como ya lo fue Pearl Harbor. Es más fácil conmutar al plano de la guerra entre pueblos lo que siempre fue una guerra entre clases, de la burguesía en su ansia y deriva de explotación contra las clases populares y los recursos y biodiversidad del planeta.

Así que cómo vinimos hasta aquí ya no vamos a salir de ésta. Nos pensábamos que un mundo con miles atrincherados en campos de refugiados, colgados de las concertinas, apiñados en favelas, ahogados en pateras, era asumible, era viable. Pues bien, ese Excedente Social que estábamos dispuestos a tolerar para continuar en esta cadena de locura ha venido a invadirnos. Y mira que teníamos bien soldadas nuestras fronteras, pero el Discurso de la Escasez se ha colado entre ellas y ahora también sobramos Nosotros. El excedente ha llegado a las salas de urgencias de los hospitales, al triaje de las ucis. Nunca antes el mensaje de «Aquí no llega para todos» fue tan evidente y lo sufrimos tan en nuestras carnes. Ya no son miles de niños en El Congo los que mueren de sarampión porque las farmacéuticas especulan con las vacunas. Son nuestros padres los que se asfixian en una cama olvidada de una residencia vendida a un fondo buitre porque ya no caben, porque, ¿alguien tiene derecho a seguir viviendo si ya no produce para los que mandan, para los que llevan años viviendo de nosotros y de un planeta que no debería tener dueño?

Todas a encarar lo que venga, «aunque el frío queme, aunque el miedo muerda»

Mucho me temo que no saldremos de ésta como vinimos porque la salida tampoco puede abstraerse del camino que nos trajo hasta aquí. Tras este colapso se producirán muchos más, en forma de shocks, globales o parciales, y se producirán con mucha más rapidez que antes. No es sólo una cuestión económica, es una crisis Social y Global.

Mucho me temo que declarar ERTEs, ayudas mínimas, incluso impuestos a los ricos (es evidente que todos los políticos no son iguales) no va a ser suficiente. No creo que la lucha de clases pueda darse sólo dentro de los márgenes que le ha permitido el modelo productivo hasta ahora porque el propio planeta es el que ha dicho que no cabe la subsistencia dentro de ese modelo por mucho tiempo más. La ciencia lleva años avisando de que el cambio climático es ya en buena medida irreversible que, aunque la totalidad de la especie humana desapareciera del planeta ahora mismo, nuestro paso por él ya ha dejado una huella degenerativa imborrable.

O la mayoría social toma el control de su «distancia social», de la producción y de la subsistencia y nos alejamos del rebaño de Casado y de las pizzas de Ayuso o la aceleración y la sucesión de microcolapsos que vienen en lo sucesivo va a ser imparable e invivible.

En todo este caos hablar de lo Social y lo Colectivo se hace cuesta arriba pero nunca antes el crimen que ha supuesto el individualismo y la deriva privatizadora ha sido tan visible. Posiblemente ahora la elaboración de un programa de transición ecosocialista podría permitirse ser «menos transitorio que nunca» porque, (repito) nunca antes, hemos visto tan necesaria una alternativa al capitalismo, a la explotación y a la escasez de medios públicos.

2 de mayo y quién tiene narices de salir a allí fuera, porque están los que nunca soltaron sus bayonetas ocupando nuestro espacio y saltándose sus normas y, además, hay que cruzarse con el rebaño al que visitan en plena cuarentena.

2 de mayo y salimos Todas a encarar lo que venga, «aunque el frío queme, aunque el miedo muerda».

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