Daniel, microrelatos, de Cullá y II

microrelat2Daniel de Cullá. LQSomos. Enero 2015

Chúpame una T

Fui a pedir prestada una galga para cazar una liebre muy grande y con pelos que había visto, y la mujer del galguero me dijo:

-Chúpame una T…

Ante tal repuesta me fui a cazar mariposas, y en el ala de una dibujé un fragmento del panteón de Canovas, que quiero mandar al Museo de Miniaturas en Mijas, Málaga.

También, traigo dos mariposas monarcas, cuyas cabezas se me parecen las dos al busto de Pedro Ruiz de Minguijuán, un piadoso mercader amariconado casado con Julia, con busto de Helena de Troya, telefonista en el Archivo Municipal “Conde de Castilfalé” en Burgos, frente a la puerta catedralicia de la Coronería, e hija de lujuria de un ermitaño de san Agustín.

Voy acompañado de un caminante peregrino del Camino de Santiago, que come ahora, en un banco del Paseo del Espolón, su pan con morcilla de Moradillo de Aranda y huevo de codorniz, que él llama “Cojonuda”.

Vamos a la Catedral de Burgos, sitio obligado para cualquier caballero andante que come al olor de los santos y al sabor de los muertos. Nuestro primer deseo es visitar la capilla del Cristo de los Huevos. Al entrar en la Catedral, han volado las dos mariposas monarca hacia el Papamoscas, payaso autómata que a todas las horas en punto abre la boca al tiempo que mueve su brazo derecho para accionar el badajo de una campana, y todos los visitantes, al mirarle, abren su boca.

-Ay, el badajo, dice el peregrino.

Yo le pido que me hable sobre el Cristo de los Huevos. El me dice:

-Yo transcribo lo que dejó escrito el ermitaño de san Agustín, que me regaló el escrito a cambio de un palomino:

“El Cristo es de madera recubierta con piel de búfalo traída por un templario del tiempo de las Cruzadas. Tiene las barbas y el pelo nacientes en la misma tabla de madera. La cabeza se mueve como en alto relieve esperando una corona de honor, que no sea de espinas. Los brazos si se desclavan, caen como desfallecidos en un vencido de hoy. En sus manos hay unas uñas incrustadas en los dedos donde Quevedo escribió algunos versos picarescos, hoy borrados a propósito por el clero. Sus pies reposan en cinco huevos de avestruz traídos por el jansenista y teólogo escritor francés Pasquier Quesnel que hacía el Camino de Santiago, y a quien se le apareció un Querubín del primer coito angélico, en su camino francés, séptima etapa, Torres del Río-Logroño, quien les examinó para ver si estaban arreglados a la medida o proporción de los suyos, llorando al ver que no y entregándoselos no sin antes haberles fechado con el sello del rey y, en su contorno, la firma de un prelado, que se lee san de bas privat, teniendo general aceptación y primer lugar en la gracia y risotada del rey, que les daba vueltas de uno a otro en las manos para producir reflexión, retracción y descomposición de la fe.

Propiedad de un mercader, Prisciliano, natural de Galicia, agnóstico y maniqueo, les ató físicamente a los pies, por una promesa dada a su esposa, quien le ordenó donarles al Cristo, instándole y obligándole a que obrara con prontitud o, en caso contrario no alcanzaría la gracia del Sexo, cortándole ella a él los suyos y poniéndoles a los pies del Cristo.

El esposo marchó a escape, a la carrera, no olvidando la encomienda, colocándoles a los pies del Cristo. Volviendo a casa con alegría y contento, abrazó a su esposa, haciéndose dos en uno, hasta que él la levantó y la asió por el culo, y ella levantó el grito diciendo:

-Amado, ahora tienes dos huevos fuera, y un pájaro dentro; echándose de pechos al amor para besar y matar su sed.”

Paz en calderilla

Dice el rey en boca del presidente que todos tienen olla y hasta un cuarto de lechazo en la casa de acogida.
No sabía que el pueblo no comía, ya que está harto, pero tiene sed y gana de los dineros que ellos cobran, hurtan y despilfarran.
Advertido al oído de que el pueblo no come por algún disgusto, habló al pueblo y les dijo:

-Ay, ciudadanos y ciudadanas, ya se os está dando el bienestar en calderilla y unos candaos para que cerréis la boca. No os preocupéis, que la castaña de la corrupción se sacará de la lumbre con la mano del gato.

A esto dijo el portavoz:

-Esto es cantar.

Y replicó el de la oposición:

-Esto es copla.

Sesos

Sosegadamente, Setabis, sesquipedal de pie y medio de largo, que es de Játiva, torcía a un lado o atravesaba una cosa hacia un lado. Son los sesos de una cabrita torcida, cortada o situada oblicuamente en el plato de barro de asar.

Sentado como un juntero de una junta hurgaba la masa nerviosa contenida en la cavidad del cráneo, como el aburrido en un baile por falta de pareja. En ella percibía la aptitud del alma y adivinaba vocablos o frases. Vio reflejado un corazón u ovario femenino que tenía sorbido el seso de uno y otro lado.

“De toma un seso o daca un seso, van dos sesos”, pensó, al tiempo que se dijo que la simpatía y el amor eran como piedra o ladrillo con que se calza la olla para que asiente bien en razón de tres a dos.

Frente por frente está el horno de asar, hecho de adobe y ladrillo. Pavesas y mocos de luz cubren el firme. Un cepo para ratones mordía una moneda de 50 cms. de euro como si estuviera acuñando a martillo.

Siete veces diez revolvió los sesos y les dividió en partes, que rebozó en harina y huevo para freír, pues no quería asar la cabecilla, tan solo freír los sesos.

Un sétter aceituní cerrado de palos o varas entretejidas ladraba pidiendo la cabeza.

Como un seudo profeta, tonto, simple, Setabis se tocó sus partes, meditando y cavilando mucho, diciendo en voz alta:

-Esto ya no me sirve ni es útil para algo, tan sólo para mear. Ya no será obsequio de criada o sacristán, ni beneficio o prebenda eclesiástica.

Vajilla, vasos y demás utensilios estaban sobre el suelo.

Sacándose el miembro, bajo, humilde y de poca estima; por estimación inexcusable de hacer una cosa como el orinar, mirándola y devanándose los sesos pensando en las pasiones o afectos de antaño que producía, le habló así:

-Me haces un flaco servicio. Ya no tienes más cortesía que para el bacín.

Orinó y, a continuación, se limpió con una rodea o paño de cocina, de lienzo o algodón de menor dimensión que el mantel, sobre la que colocó un plato vado y blanco sobre el que puso los sesos fritos sin quemarse. Sus manos, como las del marinero que está de vigía cerca de la serviola, o como las del religioso servita de la orden de este nombre fundada en Florencia, comenzó a partirlas con un tenedor, pincharlas y comerlas.

Una vez comido, reposó la cabeza sobre un cojín, llevando sus dos manos a la entrepierna y diciendo:

-Sescuncia, así llamaba a su miembro viril, eres como la antigua moneda romana que valía la octava parte del as; apareciendo en su sesera un sueño en el que vio que su pene era de madera y tenía sesenta palmos de largo y tres por dos de escuadría.

– El rió de lo que vio y mucho, pues esa sonrisa, dicen los que le vieron, que la llevo incluso a la tumba.

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