¿Descolonizar* los museos?

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

Cuando éramos estudiantes, algunos compañeros querían ir en autostop a las islas griegas para empaparse de Antigüedad Clásica europea –simple subproducto de lo egipcio-mesopotámico. A tan heroicos alumnos, les aconsejábamos: “¿Quieres conocer el arte griego?, pues mejor vete al British Museum que está más cerca” [Décadas después, en 1982, la enorme actriz Melina Mercouri, entonces en su calidad de ministra de Cultura de Grecia, pidió que volvieran a su país los frisos del Partenón, obra de Fidias, robados en 1801-1805 por lord Elgin –fundador de una dinastía de saqueadores compulsivos que se alargó hasta el saqueo del Palacio de Invierno en Pekín perpetrado por uno de su clan. Hasta la fecha, el altanero British ni siquiera ha respondido a las continuas exigencias de los griegos]

El caso de los mármoles de Fidias es muy conocido; si lo citamos es porque, entre los ‘argumentos’ del ladrón para justificar su expolio aparecen dos triquiñuelas que continúan usándose en la actualidad: a) según el aristocrático pirata, disfrazado de ecologista dos siglos antes de que se hablara de pudrición urbana, saqueó los frisos para ‘protegerlos de un ambiente contaminado’; b) para sacar los mármoles, Elgin falsificó un permiso del sultán otomano. Como observaremos más adelante, “saquear para proteger” se sigue haciendo, ahora según la acreditada fórmula R2P (responsability to protect) Y falsificar licencias de exportación –generalmente mediante soborno de las autoridades locales- es delito usual en la colonización museística de ayer, de hoy y nos tememos que de mañana.

Descolonizar los museos de los países colonialistas –eufemismo por imperialistas-, dejaría vacías las cajas fuertes de Occidente. Pero, tranquilos, eso no ocurrirá a corto plazo porque la moral occidental a la que se acogen los ladrones está radicalmente podrida de avaricia. Un ejemplo: “Es un lugar común decir que el pasado no se puede cambiar o que los contemporáneos no somos culpables de las acciones de nuestros antepasados. Ambas ideas son en general ciertas.” (La derecha, la democracia y la descolonización de los museos: ¿nostalgia imperial?, González de Oleaga 24/11/202) Es un artículo certero que, sin embargo, parte de un lugar común equivocado hasta la obscenidad: al contrario, nosotros pensamos que el pasado se cambia continuamente y, en España, más aún como lo demuestra la permanente reificación y ocultamiento de la II República y del genocidio franquista. Item más, la moral no ha cambiado en cinco siglos: lo que era un claro exterminio de indígenas en las primeras invasiones asesinas (en La Española, hoy República Dominicana y Haití) fue denunciado desde el principio por laicos como Francisco Roldán (1498) y, 13 años después, por fray Antonio de Montesinos, ambos muy anteriores a Las Casas.

En el caso español, las miradas han ido directas al Museo de América del cual no diremos nada porque es fácil documentarse. Pero sí recordaremos que no sólo las Yndias sino otros países han sufrido el saqueo hispano dizque colonial: ¿y Filipinas, ahora atesorada en conventos puesto que fue mucho más una colonia frailuna que civil?, ¿y el Sáhara exespañol? Incluso las momias guanches serían un ejemplo de despojo de las Canarias. Otrosí, el caso más notorio es el de los artistas neerlandeses y belgas que ahora se exponen en museos tan importantes como El Prado, comenzando cronológicamente en El Bosco hasta Rembrandt y Rubens. Los Tercios de Flandes, el atroz saqueo de Amberes y la delirantemente estúpida ejecución de los ¡pro hispanos! condes Egmont y Horn en Bruselas 1568, ¿no tienen nada que decir? -aparte claro está del pertinaz blanqueamiento del hipernacionalista Pérez-Reverte. Sin embargo, la Historia da muchas vueltas y los que antaño eran países dominados, ahora son más ricos que Iberia, de ahí que el patrimonio expoliado en aquellas guerra ahora esté siendo recuperado por sus legítimos propietarios mediante dos vías: a) por compras nunca transparentes, b) por falsificaciones que inundan el mercado gracias a pillos justicieros al estilo de ‘Erick el belga’.

El patrimonio colonial de Occidente es siempre sospechoso. Y no contemporáneamente sino de muy antiguo. Un ejemplo antiquísimo pero reciente: se acaba de demostrar que el manuscrito más antiguo guardado en los archivos de la Nobleza española, es una falsificación cometida por unos frailes del siglo XII para hacerse con una propiedad inmobiliaria -¿alguien se sorprende de la delincuencial complicidad entre el clero y la dizque nobleza? A fin de cuentas la Arqueología patria está plagada de sepulcros royales con dos cabezas, de tumbas de paladines fortachones que albergan restos femeninos y, la manía más majadera y, por ende, más española: la obsesión por negar que Colón fuera italiano –ahora se están gastando millones en investigar su supuesta cuna gallega.

Y no hablemos de los ‘países de nuestro entorno’. Ejemplo: Luis Carlos, el Delfín de Francia, hijo de Luis XVI y de Mª Antonieta, hubiera llegado a rey con el nombre de Luis XVII si, circa 1795, no hubiera muerto en prisión encarcelado por los sans-culottes. Poco importa que no se tenga testimonio ni evidencia física que lo demuestre; la pura propaganda royalista no cesa. Si hemos de comulgar con ruedas de molino, creeremos que Luis Carlos fue torturado en “situaciones de crueldad hablaba y caminaba poco, tenía la barriga hinchada por la desnutrición y el cuerpo cubierto de llagas indescriptibles. Sus cuidadores lo obligaban a beber alcohol, decir obscenidades y cantar La Marsellesa”. De propina, nos aseguran que a sus cuatro años de edad “fue increíblemente valiente. Se asomó por la ventana y gritó ‘¡perdonen a mi madre!’«. Con la Restauración Borbónica de 1814, más de un centenar de impostores aseguraron ser el Delfín y el más conocido fue el relojero prusiano Karl W. Naundorff -¿cuántas dinastías monárquicas fueron creadas por embaucadores? Diríamos que todas.

No obstante, el caso occidental más famoso es el de los Romanov que incluye a las docenas de presuntos supervivientes de la matanza de Ekaterinburgo 1918; lo único que no suelen recoger las hagiografías zaristas es que la familia imperial llevaba más de 1,3 kgs. de diamantes cosidos en su ropa por lo que hubo que rematarla a la bayoneta -demostración de que el humanitario pelotón no apuntó a las cabezas.

Para apropiarse de la Cuna de la Humanidad
–dudosa denominación-,
nada mejor que los cañonazos.

En el hipotético caso de que la presión del otrora Tercer Mundo –en breve, China e India- obligara a Occidente a descolonizar sus museos, ¿qué clase de Patrimonio puramente occidental nos quedaría? Si no incluimos los hallazgos paleo-arqueológicos, ya lo hemos visto: un acervo de centenarias falsificaciones, una tenaz propaganda monárquica y unas obras que se calcan a sí mismas desde hace 15 siglos –caso más longevo: el estilo bizantino. Y, por supuesto, un desprecio psicopático por el mundo más allá del Mediterráneo cercano –lógico, hasta el siglo XV, la paupérrima península euroasiática bastante tenía con frenar a duras penas las invasiones que llegaban de África y de Asia. Censurados sistémicamente sus vestigios, aún afloran incluso en los más ‘indígenas’ de los Antiguos Próceres. Ejemplo reciente, el caso del patrón de Madrid, san Isidro: al reconstruirse su cara, suponiendo que no fuera la de cualquier vecino, se ha visto que era amazigh (bereber) lo cual era de esperar por su condición de labrador.

El pie de foto nos asegura
que esta cabeza robada en Irak
fue descalabrada por los soldados invasores

Para terminar este acápite, actualicemos la R2P antes mencionada: en las recientes guerras contra Irak, el colosal saqueo de Mesopotamia lo justificó dizque legalmente el mayor saqueador de aquellas ocasiones, Ashton Hawkins (1937-2022), jurista de los grandes museos gringos quien redactó varios papers ‘científicos’ para demostrar que las reliquias de la pomposamente etiquetada como ‘cuna de la Humanidad’ estaban mejor en Occidente que en su lugar de origen donde, pese a la evidencia de que los irakíes las habían cuidado desde hacía milenios, su atraso museológico –léase, del mercado del arte- era causa de la pésima conservación de aquellas antiquísimas piezas. Resultado de su eximio vº bº para la piratería: el tráfico no-muy-clandestino de antigüedades mesopotámicas creció exponencialmente de manera que la mayoría de los venerables restos se perdieron en las inexpugnables mansiones de los millonetis occidentales (más info en Nónimo Lustre. 18.X.2020. El saqueo del arte: de Napoleón a Irak. Loquesomos.org) En pocas palabras: además de la Fuerza, Occidente quiere tener la Razón.

El joven Ashton aspirando a un trono. Poco antes de morir Ashton,
se subastó parte de la colección privada de Ashton y Johnnie.
Esta es una muestra de su arte preferido.

Las iglesias, ¿son museos a descolonizar?

En Occidente y en materia de conservación patrimonial, nadie como el Cristianismo. No sólo porque las invasiones bélicas han acumulado tesoros ajenos que han acabado en las sacristías sino, en especial, porque las iglesias los han manipulado a su conveniencia –toda efigie grande, necesariamente es religiosa y toda imagen femenina, es necesariamente de una diosa. El Estado ha contribuido fervorosamente a que la Historia, la Antigua y la Contemporánea, se convierta en objeto de latrocinio. Sería una acumulación primitiva de capital simbólico-artístico sino fuera por los millones de restos fundidos, quemados y deslocalizados que ha causado.

¿Por qué el Estado ha colaborado en semejante argucia? Porque, desde antes de que se ‘inventara’ el Estado-Nación, los Estados han aspirado a la cuasi-infinita permanencia del clero -es decir, por política de la Razón de Estado. Occidente pasó sin pena ni gloria la Ilustración y ahora, dos o tres siglos después del triunfo de la Razón –e incluso de la Déesse Raison-, sigue sin independizarse de la Religión –o de sus valores numinosos que son igualmente inasibles.

Pero, visto desde la Ciencia, los antecedentes del patrimonio religioso no ofrecen la menor garantía. Por ejemplo, las sacras reliquias que nos agobian desde el Medioevo hasta hoy –por no remontarnos a maravillas tan remotas como el sepulcro del Cristo y, si nos apuran, de Abraham. Ayer se veneraban tantas astillas de la Vera Cruz, el Lignum Crucis, como para poder juntarlas y construir el arca de Noé. Hoy, se prostran ante los restos de los innumerables mártires por la Fe. Casos recientes, el Vaticano beatifica de cientos en cientos a los Mártires de lo que ellos llaman La Cruzada -para el común, el genocidio franquista.

En cuanto a las trazas centenarias, acometer un breve repaso a las reliquias cristianas es un ejercicio inagotable no sabemos si de asombro, de desfachatez o de utilitaria religiosidad. Las hay a miles, incluyendo varios prepucios del Cristo, el cordón umbilical (chúpense esta, regios padres de princesas) y la leche de la Virgen, una pluma del Espíritu Santo (venerada en Oviedo), el suspiro de San José (en el Vaticano) y varias cabezas de San Juan Bautista (dos dellas, en Saint-Jean-d’Angely y en Constantinopla) y, lo que más nos ha asombrado: dos boñigas de la monja santa Teresa de Jesús –a quien, por cierto, desmembraron con el cadáver aún tibio de manera que deben circular por los conventos varios meñiques (Teresa no era polidactílica), un cerro de húmeros y no seguimos más para no caer en el morbo eclesial. Correlato: las audaces moderneces de aquellos artistas previos al 1968 que vendieron latas con su mierda y los actuales souvenirs de aire de Madrid o de Andalucía embotellados, son pálidos plagios de la flamboyante inventiva religiosa.‘Ídolo’ de un pueblo indígena del río Negro amazónico. Un misionero salesiano de cuyo nombre preferimos no acordarnos, lo capó para que nunca supiéramos su sexo. Foto A.P.

(*) Des-colonizar, sic. Nos negamos a emplear el neologismo/galicismo de-colonizar.

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