El boxeo, camino de la pobreza a la miseria

Arturo Seeber Bonorino. LQS. Diciembre 2020

Tenía 17 años. Mi tío Jorge me invitó a presenciar una pelea en el Luna Park. Fue la primera vez que pisé el estadio. Era el 10 de abril de 1965 y se enfrentaban por tercera vez el «Intocable» Nicolino Locche y Abel Laudonio. Reconquistaría Locche el título argentino de los livianos.
Venía de comer en un restorán de enfrente del estadio una milanesa «de las que se salen del plato» (pequeña trampita que se lograba sirviéndola en plato de postre) con papas fritas a caballo. Más porteño imposible.
Estábamos en la entrada esperando que nos dieran el pase cuando me topé por vez primera, «en vivo y en directo», como quién dice, roñoso y completamente en pedo, tirando la manga en la cola para chupar, a Pascualito Pérez. Yo sólo lo conocía por fotografías.

Pascualito fue campeón mundial en la categoría mosca. Nuestro primer campeón mundial. Su corona se extendió desde el 26 de noviembre de 1954, en que, en el estadio Korakuen, de Tokio, le quitó la corona a Yoshio Shirai, hasta el 16 de abril de 1960 en que perdió el título ante el tailandés Pone Kingpetch.

José María Gatica, llamado el Tigre» por los que lo amaban y el «Mono» por quienes lo odiaban, no fue campeón de nada. Como Pacualito, uno de los provincianos que vino con su familia a Buenos Aires con la vana esperanza de mejorar su vida. Al cabo, un chico de la calle más, que se la fue rebuscando como limpiabotas y canillita en la estación Constitución. Orgulloso y agresivo, logró hacerse respetar en aquel mundo marginal por la fuerza de sus puños. Un día, un peluquero de la zona, Lázaro Koczi, con contactos con el mundo del boxeo, lo convenció para que peleara en el The Sailos’s Home, un alojamiento para marineros sin trabajo de la misión británica. Avasallante, con una trompada demoledora, no dejaba a sus rivales que llegaran al final del combate.

En el peso liviano se estrenó en el Luna el 7 de diciembre de 1945 ganando por knockout. Fanfarrón, altanero, pagado de sí y desprendido con sus colegas los pobres, se convirtió en un ídolo popular, pese a no lograr arrebatarle el título argentino a Alfredo Prada tras varios combates. Protegido por el General Perón, viajó a EEUU donde venció por knockout a Terence Young, lo que le dio paso a disputar el título mundial con Ike Williams. Relata el periodista deportivo Fioravandi, que estuvo con él antes de la pelea, que se presentó en muy mal estado físico, falto de entrenamiento, y así y todo su comentario fue lo voy a matar. Con esa idea subió al ring, tan seguro que se mandó la fanfarronada de provocarlo avanzándole la mandíbula. Tres golpes y tres caídas, ganaba el campeón Williams por knockout en el primer asalto.

Resentido, peronista, manosuelta, fue fanáticamente odiado por los reiterados desaires que hacía a los «oligarcas», furiosamente amado por los de abajo, sus favorecidos (como ejemplo cuentan que a un canillita, o lustrabotas, no recuerdo bien, en fechas navideñas lo llevó a un almacén y lo compró de todo para que festejara a gusto los fiestas. Esto es sólo un ejemplo).

Se lo amó tanto como se lo amó a Perón, se lo odió tanto como se lo odió a Perón. Esa grieta que abrió su personalidad, esa grieta que revivió Perón (sería buen informar que la «grieta» no es un invento kirchnerista, es algo que arrastra nuestro país desde el comienzo de la conquista española) precipitó su ruina. Tras la Revolución Libertadora del 16 de septiembre de 1955, que derrocó al General Perón, como castigo se le quitó la licencia como boxeador. Todo ganado, todo perdido, pasó sus últimos días en una villa miseria. Alcoholizado, murió bajo las ruedas de un colectivo cuando salía de vender muñequitos en la cancha de Independiente, a los 38 años de edad.

Como a casi todos los que salen de la pobreza, de lo más bajo de la sociedad, les sobra rebeldía y les falta ese poco de cultura necesaria para hacerlos verdaderos revolucionarios. Gatica, como tantos otros que se han visto «elevados de súbito en la escala social», se burlaron y atacaron a los “oligarcas», pero comparándose con ellos. En cuanto el éxito los llenaba de guita, se dedicaron malamente a imitar los lujos de los de arriba: la mejor pilcha, los mejores restoranes, los mejores coches… No supieron diferenciarse y tendieron a igualarse, y los «oligarcas» vencieron, y su propio desborde los mató.

Pero, al menos, queda en el corazón del pueblo como un paradigma, y porque fracasó, se lo ama mucho más.

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