El cielo acostumbrado

Hay días en que basta un garbeo al azar para toparse con el desasosiego. Uno de estos días otoñales de surada en la bahía de Badenmer, ciudad imaginaria. Las aguas encrespadas, bailando al frenético son de un viento forastero. Las crestas del intenso ballet zarandeadas por el ritmo del aire. Oblicuos reflejos del ocaso solar en las canas de de espuma del viejo Cantábrico. Tus cabellos en desorden absoluto, las ropas flotantes y y una locura transitoria en el semblante tenso de gozo. Es un día de vendaval en la bahía y puede que este sea el más preciado y gratuito lifting para la piel del alma. Los traspiés del zarandeo al caminar mueven a risas, solitarias o cómplices. Es la voluptuosidad de sentirse juguete desordenado, pequeña cuota de caos dentro del orden que nos anuda. Una traviesa venganza pasajera. Sincopados bongós percutiendo en la bóveda del cráneo. En tus orejas escuchas una melodía que te transporta a la inconsciente infancia de juegos y despreocupación por el mañana. En aquel entonces el futuro no existía jamás. 

El silbar insistente del viento te lleva al ensueño de cuando bastaba un cartón, un alambre, un trozo de madera o un dulce para detener el tiempo. Amargamente piensas un instante, mientras sigues andando, que ahora precisas cada vez más cosas para conseguir lo mismo que entonces. Y entonces sopesas, para no ponerte fúnebre, que tampoco es cuestión de contar todos los fracasos habidos en semejante empeño. Como paseante casual sigues flotando por los muelles marineros, viendo y tocando con las yemas de los ojos la rotunda desnudez de las montañas al fondo. En un día de sur eso es posible, mientras que la roca verdegris muestra un perfil esquivo y fantasmal, entre un velo de bruma eterno el resto de los días.

Y en esto que te vas acercando a la melancólica silueta de las grúas portuarias y es en ese punto preciso donde uno se encuentra con el escalofrío. La pituitaria avisa de un olor distinto al del salitre; pero aún así, como cuando la salada mujer de Lot, la curiosidad siempre puede más que la advertencia. Y lo que se ve hipnotiza por absurdo. Cientos, acaso miles de peces de todos los tamaños revolcándose y compitiendo frenéticos, incansables, furiosos por ser los primeros en acercarse a una cloaca constante. Aguas residuales lo llamamos, para evitar el nombre de un Botín vulgar y maloliente. Una y otra vez lo intentan, vuelven y revuelven. La meta es acaparar lo concreto antes de que se disuelva en el mar de los sueños imposibles. Se empujan unos a otros en el empeño, no hay amigos en la lucha por conseguir el residual trofeo.

Y a uno le asalta la duda existencial entre ser un ser humano o un pez, formas biológicas aparte. O, mejor, cabe preguntarse cómo podría el ser humano diferenciarse de unos peces histéricos en su afán de alcanzar el cielo de una alcantarilla. 

* Director del desaparecido semanario "La Realidad" 

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