El cine ambulante de gira

“Si los africanos permanecen relegados al simple estatus de consumidores de imágenes cinematográficas y televisivas concebidas y producidas por otros, se convertirán en ciudadanos del mundo de segunda categoría a quiénes se les impondrá un destino que no tendrá en cuenta su historia, sus aspiraciones fundamentales y aún menos sus valores, su imaginario y su visión del mundo. Si África no adquiere una verdadera capacidad para construir su propia mirada y confrontarse a su propia imagen, perderá su punto de vista y su conciencia.” Gastón Kaboré,cineasta de Burkina Faso.

¡Basta de películas africanas cultas que solo se ven en los grandes festivales de Cannes o de Venecia, concebidas exclusivamente para un público occidental! Las películas africanas de calidad también deben llegar al público africano, en su propia tierra. Sin embargo, en la mayoría de los países de África subsahariana, las salas de cine no existen o son simplemente un privilegio de las grandes ciudades. Aportar el cine africano de ficción a los rincones más recónditos y lograr que el público se identifique con las historias y los personajes, es precisamente la razón de ser del cine ambulante, presente en nueve países africanos, dentro de los cuales Camerún.

La imagen tiene un poder grandioso. No solo cautiva y divierte al público, sino que lo educa y lo confronta a nuevas realidades. Es por ello que el cine ambulante difunde también documentales sobre problemáticas de desarrollo enraizadas en el cotidiano de los africanos, como son la prevención del paludismo o la protección del medio ambiente. El ferviente debate que desatan los cortos atestigua el éxito rotundo de una imagen que interpela y a la cual el público se identifica. En África, la imagen supo recrear y hasta encarnar la tradición oral milenaria de los cuentos y las historias.

Miércoles, seis de la mañana. Etienne carga en el auto el material de proyección y partimos hacia Baham, una localidad al oeste de Camerún. Vamos a participar en un festival que conmemora la cultura Baham durante cinco días. Etienne no se siente del todo bien, tiene un poco de fiebre.  –El paludismo se asoma de nuevo –me comenta. Quiere comprar remedios en el camino pero llevo lo necesario para calmar la fiebre. Anda callado y taciturno, como nunca antes lo había visto. Cruzamos la Sanaga, un río ancho que recorre el país de norte a sur, desde la región del Amadoua hasta desembocar en el océano Atlántico. A tan solo cien kilómetros de Yaundé, Etienne empieza a bailar con los brazos, único baile factible cuando se está al volante, por lo que entendemos que se siente mejor.

Al borde de la ruta caminan hacia la escuela decenas de niños. La peregrinación congrega desde criaturas de dos años hasta adolescentes, con uniformes rosas, azules o verdes. ¿Cuántos kilómetros caminarán por día? No se sabe. Llegamos al primer peaje. Aquellos peajes europeos de diez carriles, para camiones, autos, motos, tarjeta de crédito, efectivo, manual, automático, en los que uno duda y demora en acomodarse, se reducen aquí a un hombre sentado en una silla de plástico, una mano extendida para cada carril. Se torna difícil alcanzar la mano del “señor peaje” cuando una caravana de mujeres se amontona en las ventanillas del auto proponiendo frutas peladas, tubérculos, verduras de todo tipo, mandioca y maní, sobre todo maní. El oeste del país es, al parecer, el reino del maní.

Llegamos a Baham al mediodía y aprovechamos para visitar la chefferie, un complejo de casas donde vive el jefe Baham, guardián de la cultura y de la tradición local. El festival empieza recién a la tarde pero antes debemos terminar con unos papeleríos: además de pedir una autorización para proyectar películas a la municipalidad, hay que negociar con el jefe del pueblo, entidad independiente capaz de bloquear cualquier iniciativa en un abrir y cerrar de ojos. El lugar que nos ha sido otorgado para las proyecciones no nos parece adecuado. Así que decidimos elegir otro terreno, en el cruce de varias calles y a la vista de cualquier alma perdida que llegue por primera vez a Baham. Comenzamos luego una gira en auto para anunciar la llegada del cine al pueblo. Vanesa saca el alto parlante por la ventana y anuncia: –Amigos de Baham, somos el cine ambulante. Realizaremos una proyección de cine esta tarde a partir de las 18h30 en la estación de buses del centro urbano. ¡La función es totalmente gratis! ¡Los esperamos! –. Mientras tanto, Etienne va acercando el auto de los peatones para que Laura y yo distribuyamos el programa. –La gente lo agarra con las dos manos –me dice Etienne –significa que consideran que es algo importante.

A las cinco de la tarde, mientras armamos la pantalla en el terreno que habíamos elegido, un señor se acerca enfurecido para decirnos que el terreno es privado, que le pertenece y que debemos pagar para su uso. Desconcertados ante su reacción, llamamos de inmediato a los organizadores del festival para que nos aconsejen. En ese ínterin, otro hombre viene a decirnos que el terreno le pertenece. Luego, otro, otro y ¡hasta otro más! Todos piden a cambio algún billete. Una vez descubierto el modus-operandi de nuestros detractores, no nos queda más que ignorar sus demandas y continuar con la instalación.

El son de la música del oeste atrae poco a poco a los espectadores. Los chicos son los primeros en amontonarse frente a la pantalla. Los más intrépidos de ellos sacan a relucir algunos pasos.

Los hombres, quienes se acercan primero con un dejo de indiferencia, como si estuviesen de paso, terminan amoldándose cómodamente en las sillas. Las mujeres, muchas veces absorbidas por alguna tarea doméstica, son las menos asiduas a la función. Las proyecciones arrancan cuando se esconde la última luz del día.

La primera noche en Baham, comenzamos con un video sobre la prevención del paludismo, enfermedad que continúa causando estragos en el continente. Luego pusimos “Me hago el test, el test”, HIV por supuesto. Se trata de un corto protagonizado por unos jóvenes raperos que componen una canción para incentivar a la población a hacerse el test. La música es pegadiza e incita a muchos a mover el torso, aunque sentados. El debate que le sigue, animado escrupulosamente por Vanesa, es un momento de intercambio y de reflexión sobre los temas abordados. Generalmente son los más chicos quienes, sin vergüenza alguna, toman el micrófono ovacionados por el público.

La película de ficción es el broche de oro de la velada. De noche, hace frío en el oeste. Nos pusimos medias y abrigo para aguantar hasta el final de la proyección. Sin embargo, la fidelidad del público Baham, vestido generalmente con una simple remera, desafía las temperaturas. Los más ingeniosos son los niños, quienes se agachan cubriendo piernas y brazos con la remera, para intentar contener el calor. Los adultos ahuyentan el frío comentando cuanto gesto hace el personaje de la película con la persona que tienen a su lado. El público africano es más reactivo a las imágenes que cualquier otro público. Cuando se ríe, se ríe más fuerte y cuando una película le gusta, lo expresa claramente y sin rodeos.

La secuencia se repite cuatro noches más, hasta que emprendemos el viaje de vuelta. Camino hacia Yaundé, paramos en cada mercado de frutas y verduras que cruzamos en la ruta. Los precios son increíblemente más baratos que en la capital. Debido al material de proyección minuciosamente encajado en el auto, no tenemos espacio para las compras. Debemos llevar las sandías, las paltas, las papas, las zanahorias y los tomates en nuestra falda o en el techo del auto. La cantidad de fruta y verdura comprada de regalo es asombrosa.  –Cuando volvéis de un viaje y no traes regalos a los que se quedaron, no te van a decir nada pero lo van a tomar tan mal, ¡que te vas a acordar para siempre! –concluye Etienne.

* Publicado en África y culturas, donde los zapatos se llevan en la cabeza

Imagen de cabecera:además del cine africano de ficción, el cine ambulante homenajea también a los grandes clásicos. En pantalla, la película muda “El espantapájaros” de Buster Keaton (1920) que causó furor en los más pequeños.

 

 

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