El otro carnaval del Vaticano: canoniza que algo queda

Después de las procesiones… llega el jolgorio de las canonizaciones con presencia de los Borbones. No es por hacer un «pareado» fácil, pero es que los representantes de Dios nuestro señor Jesucristo a veces te lo ponen tan fácil… El abigarrado fetichismo católico pone en marcha este domingo su particular espectáculo verbenero-cristiano con la canonización de dos de sus monarcas más emblemáticos del último siglo veinte: Juan XXIII y Juan Pablo II. No hace falta decir que con la generosa aportación del imprescindible aparato publicitario de Falsimedia, esto es, medios públicos y privados a disposición del fundamentalismo católico y la inestimable presencia de la satrapía política mundial que sirve de sustento al bodrio vaticano. A pesar de que en los curas ya no crea ni Dios. Y a pesar de la escandalera en que se hayan visto envueltos sus dictadores teocráticos canonizados (abusos sexuales, corrupción económica, apoyo decidido a criminales fascistas, derrocamiento de gobiernos, etc.) y, en definitiva, el descrédito moral que ha acompañado a sus reinados (en particular, el de Karol Wojtyla). Es que, ya se sabe, los grandes pecados sólo pueden ser expiados por decreto de Dios. En la Tierra no hay cuentas, ni cuentos, que ajustar con la justicia terrenal.

Del primer emperador vaticano, Juan XXIII no hay mucho que decir salvo que fue etiquetado como el de «la Paz», el «aperturista», el generador del Concilio Vaticano II, ese contubernio donde la Iglesia monta su particular circo romano, cada x siglos, para redactar con el habitual lenguaje verbalista vacuo y pedante los principios rectores de su doctrina sacramental fetichista, es decir, para seguir fomentando la ignorancia entre sus vasallos-fieles. Porque decir que hubo «aggiornamiento» (renovación) en los postulados de la curia romana de Juan XXIII…si acaso una operación cosmética para que no aparecieran excesivamente perceptibles las habituales riquezas y negocios sucios de la Iglesia. Bien es cierto que Juan XXIII fue acusado de ser un Papa «blando» con el comunismo soviético, demasiado «dialogante» con el ateísmo que había puesto freno al intolerante proselitismo católico en el Este socialista y, también, de que se había deslizado demasiado hacia la «pobreza». De ahí que EEUU y su banda de criminales, la CIA, al parecer, montaran en cólera. En cualquier caso, de la Iglesia sólo se puede esperar continuismo, estulticia, fanatismo, conspiraciones y mala fe entre sus más altas jerarquías. Y este Papa, de breve mandato divino y admiración inquebrantable por el Opus Dei, es posible que se salvara de la quema de la perenne maledicencia clerical vaticana, pero al fin y al cabo fue eso, otro Papa más porque, como decía Puente Ojea con la solvencia crítica y certera que le caracteriza. En las grandes cuestiones, la Iglesia sigue siendo fiel a su integrismo dogmático y a su impenitente vocación de interven-cionismo en la vida pública, siempre orientada por una triple pre- ocupación: consolidar su propio poder, en primerísimo término; proteger la fe heredada, luego; y, por consiguiente, mantener el proselitismo pugnaz y arrollador por todos los medios operables en función de la coyuntura.

El otro canonizado, el Papa de Reagan y la CIA, el pinochetista Juan Pablo II, santo protector de pederastas y otros abusos sexuales perpetrados en la Iglesia de Cristo, accedió al trono vaticano después de que diesen matarile a su antecesor Juan Pablo I, quien iba a poner en su sitio a la corrupta santa iglesia del becerro de oro o, al menos, a intentar maquillarla lo máximo posible. La iglesia católica es, en sí misma, una involución ideológica, pero digamos que con este Papa polaco se produjo un verdadero golpe de Estado (si así puede llamarse) dentro de ese pseudoestado, entre mafioso y conspirador, llamado Vaticano. Wojtyla, anticomunista hasta la médula, estaba claro que actuaría a las órdenes directas de la CIA para movilizar a sus obispos polacos y  los meapilas de Solidaridad (el sindicato amarillista antigubernamental de la Polonia socialista) para, desde las iglesias polacas, derribar al gobierno del general Jaruzelsky y, de este modo, provocar un efecto dominó en todo el Este comunista de Europa, incluida la URSS.

Impagables servicios del Papa polaco a los fascistas Reagan y Thatcher en la guerra fría, abrazos solidarios fraternales con Pinochet…pero también declarado apoyo sin reservas al ultraderechismo católico de los Legionarios de Cristo, una rama ultraintegrista de la Iglesia, con el encubrimiento de su líder espiritual Marcial Maciel Degollado, autor de delitos continuados de abusos sexuales a menores. Este personaje fue uno de los múltiples abusadores sexuales protegidos (inclusive en las guaridas vaticanas) por los últimos Papas romanos. La complicidad de Juan Pablo I en estos crímenes es tan obscena que el sólo hecho de que el esperpento canonizador de mañana se haya ventilado en tan corto espacio de tiempo, para lo que es habitual en los procesos «canonizadores» del Vaticano, mueve a la sospecha de que se trata de una operación relámpago para tratar de ocultar su pasado criminal  (incluido el político, añado yo).

Pero qué importan los crímenes «divinos» si hay una cobertura mediática gigantesca…que mueve al sonrojo más descarnado, si hay millones de masas fanatizadas regocijándose en las víctimas del crimen, si hay Borbones, mamones, ladrones, jefes de torturadores o rufianes de medio mundo asistiendo a la entronización celestial del criminal…loando sus gloriosos crímenes.

* Urania en Berlín

Loquesomos: Laicas y librepensadoras

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