El perejil y la aguja de bordar

El perejil y la aguja de bordar

Los países y gobiernos erigidos sobre tumbas, represión, y criminal rabia,  deshaciendo o desbaratando un cuerpo de gente unida, roturando o dando el primer hierro o pistoletazo a la tierra, en cunetas, loberas, paredones,  cortando o interrumpiendo un estado de cosas elegido, rompiendo la armonía de un estado, atropellando todo género de respetos, y apoyados en hechos sobrenaturales, exvotos, con gobernantes que, por circunstancias o coincidencias místico fascistas casuales y extrañamente criminales, en consagración de la copla y la recopla, porque llevan colgado el milagro que canta “tal galardón recibe quien a Dios y a sus santos sirve”, con formalidad nimia y rodeos innecesarios, requiebran y vuelven a quebrar en sujetos más domesticados a su pueblo sometido, adulando y  alabando sus atractivos  con el fin de llevarlo a la miseria, y así  poder hacer de él un guiñapo, cual sujeto que anda roto y andrajoso, pudiéndole meter por justicia cierto palo de palanca para poner en movimiento  la bomba de achicar el agua de la nave, sujetando, subyugando, reduciendo a la obediencia, poniendo bajo el poder de uno la colectividad, como así se quiere hacer con el colectivo de mujeres, no viniendo el son con la castañeta, no cuadrando unas cosas con otras, habiendo desproporción o falta de armonía entre ellas. Porque ¿a son de qué?, ¿a qué son?, ¿a cuento de qué?, ¿con qué motivo estos gobernantes gañines, de formas suaves pero falsos y mal intencionados,  que comen a cuenta del pueblo, cantan el arte amatorio, bufo, vulgar, entre carantoñas y zalamerías, estando en estado de preñez permanente, y que la dan a conocer en continua amenaza, pues hasta quieren ver parir a las caromomias de carne magra y seca de los cadáveres embalsamados, sabedores de que los patriotas se quedan preñados de la hembra vivípara en paraísos fiscales, trastrocando el orden que deben tener las cosas, que no es de recibo que la mujer que se siente con preñez causada  por pasión, error de los sentidos, afrodisia o excitación sensual,  tenga que volver al perejil, esa planta herbácea vivaz y la aguja de bordar para practicarse un aborto, y mal parir, viendo caer la flor sin fructificar,  cual perejila o sota de oros en el juego de naipes pornoeróticos, ayudada por la aguijadera, mujer que se empleaba en las labores de punto de abortar, o por ella sola, entendiendo la aguja de marear, sabiendo lo que se trae entre manos, cantando; “aquí perdí una aguja, aquí la hallaré”, con decisión firme de no abandonar esta empresa que se comenzó,  puesta sobre un banco o mesa, haciendo agua desde cierta altura, aboquillando la vagina, dando a la abertura u orificio forma abocinada y, después, saltando, alta de agujas, baja de agujas, alabando su aguja y mérito del perejil por haber abortado; o, si no, maldecir al pavo que la dejó preñada,  y no tiene un euro para poder llevarla a la comadrona que posee la virtud para hacer abortar sin brebajes ni pinchar con aguja?

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