El pisito celestial de Rouco

rouco-lqs-varelaPatxi Ibarrondo*. LQSomos. Junio 2015

“En algún sitio tenía que vivir”. Esta es una de esas frases que definen, que sitúan a quien la pronuncia. Sobre todo si no es un alguien ayuno de formación cívica, y su cargo oficial es ser arzobispo de Madrid. Su nombre de pila es Carlos Osoro y, cómo no, es oriundo de Santander.
La frase contiene ese tono de pena proferida con boca pequeña pero gran capacidad de absorción, como de queja lastimera permanente, de martirologio, de sentirse fantasmalmente perseguido por ser cristiano aunque quien la pronuncie sea efectivamente el perseguidor.

La insensibilidad de los jerarcas de la iglesia católica española es proverbial. Raya con el misticismo de la apropiación cleptómana. Y esto sin apelar al siniestrismo de la historia reciente y antigua de su vasta labor en este alanceado país de su predilección pastoral. “En algún sitio tiene que vivir” se refiere a la modesta vivienda que acogerá en su jubilación dorada a su predecesor en el cargo, Rouco Varela. El ático vale 1,2 millones de euros. Eso en tiempos de desahucios con violencia inexorable del capital que los púlpitos no denuncian y que no puede evitar ni el flamante alcalde democrático de Cádiz. El Papa y sus encíclicas e intenciones loables quedan lejos; aquí estamos en la periferia. El escándalo queda lejos. Rouco es un personaje rijoso, intrigante, profundamente fascista, trepa indisimulado y colaborador total del caudillo Franco Bahamonde.
Siempre ha habido clases. “En algún sitio tenía que vivir»·, Osoro dixkit; la justificación rezuma también un poso de soterrada soberbia suave, incisiva; esa aparente sorpresa por la estupefacción evidente, reflejada en el rostro del interlocutor. Algo así como “después de todo el bien que hacemos, también los curas tenemos derecho a la vida”. A la buena vida. Rouco seguirá recibiendo puntualmente los exquisitos pescados y mariscos de su Galicia. Y en el piso de 1,2 millones tendrá una criada o más de una para todo pagada con cargo a todos los mentecatos españoles, con los 11.000 millones anuales que pagamos a la iglesia, de los Presupuestos Generales del Estado.

La iglesia católica hace ya siglos que abandonó la humildad y la cambió por el martirologio mentiroso. Con ella no va la pobreza de Cristo, el sermón de la montaña, ni la vida ejemplar, la sencillez. Lo suyo es el boato, la pompa, el oropel, el fasto. Vivir a todo tren en un pisito de 1,2 millones es el equivalente humanísticamente a una blasfemia.

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