El sueño

losotros198Ángel Hernández Pardo. LQSomos. Junio 2015

A Marcos Pacheco,
y a todos aquellos que han sufrido torturas en España,
sin ser juzgados nunca sus torturadores.

Cigarrito en la boca, como postre a ese desayuno frugal, al que no le falta nunca una copa de licor para poner a punto su maquinaria. Espulgando el periódico. Comienza su andadura en la última página. El porqué de esta costumbre, o fijación en este comportamiento, sólo lo sabríamos si tuviéramos el privilegio de asentarnos en esa parte de su cerebro donde se guardan todas las cosas más importantes de la vida. Lo único que se le oía decir cuando alguien le hacía alguna observación sobre este detalle, es que los que intuyen de antemano el final de un acontecimiento cometen menos errores. Son las metáforas de su existencia, y es así como hay que interpretar su discurso.

Bueno, ahí estaba, una mañana más, en su quehacer diario. Miraba en esos momentos la sección de obituarios. Se fijó en un difunto en concreto. Debía ser alguien importante por lo que venía escrito y las esquelas que le acompañaban.

Al leer su nombre en el título, al que le seguía: GRAN DEFENSOR DE LA SEGURIDAD EN ESPAÑA, notó un pinchazo en la planta del pie izquierdo. Un trago y una buena calada a su amante cigarro le hicieron olvidarse del dolor por unos momentos. Hasta que su cerebro empezó a repetir como un mantra su nombre, consiguiendo con ello todo lo contrario a lo que se espera en estos casos: una forma de sosegar la mente. Sin embargo, lo único que experimentaba era un dolor intenso en el pie. Siguió leyendo al imaginarse que lo que leía podía ser algo realmente importante; y aunque la curiosidad le abrumaba, necesitaba conocer qué fuerza oculta lograba mortificarle al leer el comentario de esa noticia.

La nota necrológica ampliaba la información de este hombre. Se le admiraba al crear escuela con su ejemplo, y por eso se lo agradecían. En la última etapa de su vida como profesional desempeñó un cargo importante en una agencia de seguridad, gracias a sus conocimientos. Algunas de las empresas más importantes del país le habían contratado por su gran experiencia en esa materia.

A pesar de esa loa para celebrar lo que fue en vida el fallecido, no encajaba con lo que le estaba ocurriendo en esos momentos. El dolor en el pie que le producía el nombre del protagonista del texto era una muestra de ello. Su pie era un detector de tempestades pasadas, y en ese instante le estaba enviando un aviso. Siempre que le ocurría algo así procuraba levantarse como podía dirigiéndose a un cajón de la mesilla de su dormitorio, donde tenía una especie de diario. Desde hacía algunos años, tenía por costumbre apuntar en un cuaderno cualquier detalle de su vida, sobre todo de sus recuerdos. Había empezado a hacerlo el mismo día en que diseñaron en este país el olvido de la dictadura. Quiso ser precavido. Conocía a algunos que por no hacerlo cayeron en la demencia de la ignorancia.

El dolor le hizo ir de inmediato en busca de su diario y conocer su procedencia. Miraba año por año y se paró en 1973.

– ¡Sí, aquí está!, exclamó.

Al leer en el diario el nombre de este sujeto se sobresaltó. No cedía el dolor intenso del pie, todo lo contrario. Los recuerdos se agolpaban en su cerebro. Como piezas sueltas de un rompecabezas se iban alojando en su memoria. Venían con imágenes, sonidos, olores y, sobre todo, sensaciones. El rompecabezas se iba armando poco a poco cuando las piezas encontraban su lugar en la memoria. De pronto, se formó una imagen unida a un olor y le recordó un fragmento de su vida que desgraciadamente había olvidado. En esa imagen se vio corriendo por una calle de Madrid, escapaba de los guardianes de la dictadura. En la huida, tuvo la suerte de encontrarse detrás de una joven tratando, también en su escapada, de buscar una salida a ese acoso. La joven, con sus movimientos, exhalaba un olor a jazmín. A él le hizo olvidar y creer al mismo tiempo que se encontraba en otro lugar, donde la ciénaga no sustituye a la vida. Era tal su embriaguez por ese perfume que empezó a dar vueltas sobre sí mismo, creyendo ser un fenómeno de la naturaleza, un remolino, donde su cuerpo se alargaba hasta el firmamento. De pronto, notó que un golpe seco le destrozaba la espalda, seguido de otro en la cabeza. Los guardianes del terror le habían derribado ferozmente a porrazos.

La primera vez que vio al personaje fallecido fue la tarde de ese famoso día. La escena de ese episodio comenzaba a aparecer nítida en su cabeza, y empezó a recordarla perfectamente.

Cuando llegó a la DGS lo primero que hicieron con los detenidos fue encaminarlos por una fila de polis para darles una mano de hostias. Así iban, uno detrás de otro, cuando probaron los primeros palos de recibimiento, y entonces oyó a este siniestro personaje dar la orden para que los bajaran a las mazmorras. Él tenía el mando de todo.

Lo que pasó después fue realmente terrible. En los interrogatorios, insistían una y otra vez para que se inculpara de lo que le acusaban. Tenían un gran interés en forzarle con una actitud cruel, con la intención de que diera nombres de otros subversivos como él. Trataban de fichar a toda persona que él conociera. Cuantos más mejor. Ante la negativa de delatar a un amigo, conocido, familiar o a cualquiera que tuviera un nombre y una dirección -entre otras torturas-, con una vara flexible le pegaban en las plantas de los pies. Le subían a interrogar a cualquier hora, durante varios días. Y eso fue lo que recordó de ese personaje admirado.

Poco a poco la lectura del diario le fue amodorrando, hasta conseguir que el sueño le venciera. Y entró en ese estado donde el terror ya no existe, soñando que volaba hacia un jazmín para libar su néctar.

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