Emile Zola y el cine

Pepe Gutiérrez Álvarez. LQS. Junio 2021

El grave pecado de leer a Zola…

Recuerdo los comentarios de mucha gente cuando allá por la mitad de los años sesenta comencé a leer a Emile Zola, al que –decían-, le gusta menear la mierda, y ante el que se sorprendían que no estuviese prohibido, aunque era sin duda mal visto por la Iglesia y el régimen. De hecho, los libros que leí los compré bajo cuerda en el TOP Manta del domingo en el Mercat de Coll-Blanch, L´Hospitalet. Precisamente, no fue en los sesenta cuando se estrenó aquí la adaptación de Teresa Raquin (Thérese Raquin, Francia-Italia, 1953), dirigida por Marcel Carné, con Simone Signoret y Raf Vallone, se estrenó una década más tarde y debidamente cribada por la censura.

Esta ha sido una constante en las numerosas adaptaciones de Émile Zola a la gran pantalla, que fueron no pocas, y en muchos casos cinematográficamente importante aunque, por lo general, tendieron a rebajar el “hierro” del original literario, que causó una enorme conmoción en el momento de su edición.

Fue lo que sucedió con las dos magníficas versiones (asequibles desde el youtube) de La bestia humana (La Bète humaine, 1938), la de Renoir sustituye el contexto social por un lirismo más cordial, así por ejemplo suprime la parte final en la que el tren sin maquinista en marcha a toda velocidad y con unos vagones con soldados ebrios que no saben que van hacia la muerte, un hermoso film que se estrenó aquí décadas más tarde en régimen de Arte y Ensayo; y la de Lang, Deseos humanos (Human desire, USA, 1954), un excelente melodrama magníficamente interpretado por Glenn Ford, Gloria Grahame y Broderick Crawford, que también tiende a individualizar la historia.


Naná, que tanto escándalo provocó en su tiempo por su crudo tratamiento de la prostitución, ha conocido multitud de adaptaciones, siendo la mejor la de Renoir (Francia, 1926), su primera película, y fue financiada con la herencia de su padre, el pintor impresionista August Renoir.

Otra adaptación muy valorada fue la que efectuó Marcel l´Herbier de El dinero (L´argent, Francia, 1928), en la que un periódico anarquista toma partida a favor de una actriz acusada de haber perpetrado un crimen, y sobre la que escribe Carlos Aguilar “se puede descubrir valores insólitos en esta descomunal obra, cuyo principal defecto fue el intentar (por otra parte conseguido magistralmente) de integrar la fórmula vanguardista en el cine comercial. Siempre será una sorpresa grata para los amantes y estudiosos del séptimo arte” (1992; 325).


Después de Germinal, la más social de todas las obras de Zola fue «L’Assommoir» (que ilustra una próxima hoguera de obras de Zola efectuada por la reacción derechista durante el “affaire Dreyfus” en El juez y el asesino) que fue llevada al cine con el título de Gervaise (Francia, 1955), de la mano de René Clement en su mejor momento. Fue nominada al Oscar a la Mejor Película Extranjera, y su protagonista, Maria Schell, realizó el mejor trabajo de su discutible carrera por lo que el Festival de Venecia le concedió a la película el Premio de la Crítica, la reconoció como la mejor actriz. Con un guion escrito por el prestigioso Jean Aurenche, Clement se ciñó a la parte de la novela que aborda el drama de una mujer, la pareja de Gervaise Coupea, un trabajador honesto con el que tendrá dos hijos. Ella se desvive, atiende su casa y sus hijos, pero también trabaja en una lavandería mientras sueña salir del foso social, algo que está a punto de lograr cuando Gervaise muere sepultado. Gervaise es una de las películas obrerista más interesante de la época. Representa el mejor cine francés imperante antes de la “nouvelle vague”, luego criticado como un cine académico de “qualité française”. Su contenido obrerista y feminista, aunque marcados por el fatalismo de Zola. Dado su contenido, Gervaise no llegó nunca a nuestras pantallas.
Su filmografía es casi ilimitada y sigue siendo un autor imprescindible.

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