En busca de las afrocubanas presas en Chafarinas

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

Mis abuelos me enseñaron esta cuarteta: “Con las barbas de Maceo / voy a hacer una escoba / para barrer los cuarteles / de las tropas españolas”.

Fue una copla muy popular pero cabe preguntarse, ¿cuál Maceo? Porque fueron muchos los hijos de la estupenda mambisa Mariana Grajales Cuello, hija de mulatos libres haitianos, y de su esposo Marcos Maceo. Llegaron a ser siete varones y dos hembras: Antonio Maceo Grajales (n. 1845), José, Rafael, Miguel, Julio, Tomás y Marcos, así como dos señoras, Baldomera y Dominga. Casi todos murieron en las guerras por la Independencia de Cuba.

El primero en caer fue Marcos, el pater familias, quien siendo sargento murió en combate en 1869. Felipe es fusilado por ser capitán; Fermín y el teniente coronel Miguel murieron en la batalla de Cascorro; Manuel cayó con el grado de sargento; Justo, capitán, es fusilado; Julio, subteniente, murió heroicamente en 1870. Concluida la contienda del 1868, a Mariana solamente le quedaban cuatro hijos varones: Antonio y José, quienes caerían gloriosamente en la gesta del 1895. A la postre, a las varias guerras sólo sobrevivieron Tomás y Marcos. Por su parte, la matriarca, tampoco tuvo mejor suerte pues murió en 1893, en el exilio, antes de conocer la emancipación. De todos ellos, hoy nos interesan especialmente Mariana –por mambisa negra y por heroicidad suma- y su hijo Rafael, general de brigada, quien fue secuestrado a traición al concluir la Guerra Chiquita y enviado al presidio de Chafarinas, donde murió en 1882.

Rizal, oftalmólogo y mártir, es conducido por los frailes a su asesinato

Este traicionero secuestro merece unas líneas: la Guerra Chiquita fue una de las guerras que se libraron en Cuba para conseguir su independencia. Fue iniciada en 1879 por los independentistas opuestos a la Paz de Zanjón que, oficialmente, había puesto fin a la guerra de los Diez Años (1868-1878) Entre ellos estaban Calixto García, Guillermón Moncada y los hermanos José y Rafael Maceo. El ejército español pudo sofocar este intento emancipador y, en el verano de 1880, los líderes cubanos se rindieron acogiéndose a las promesas hechas por el Capitán General Polavieja de respetar sus vidas y permitirles que fueran al exilio con sus familias donde quisieran –eligieron Jamaica. Pero los cubanos no sabían que el lugar donde pasarían su exilio sería en las africanas islas Chafarinas. El primer día de navegación, cuando estaban en alta mar rumbo a Jamaica, un cañonero español interceptó el navío. Los jefes fueron apresados y los demás pasajeros retornados a las costas cubanas. Sin embargo, un inaudito terrorismo de Estado se cernió sobre la familia del general Moncada: su septuagenaria madre, Mª Dominga Trinidad Moncada (1810-1905), su hija Felipa, tres mujeres más, así como 5 niños, entre los 3 y los 11 años, fueron arrojadas a un bote de remos y abandonadas a su suerte en medio del Caribe. Dominga fue la principal remera mientras las

A la izquierda, el general Valeriano Weyler. A la derecha, los resultados del genocidio de su “reconcentración” de 1896 –dos años antes de la victoria libertadora-, campos de concentración para medio millón de cubanos ‘rebeldes’ y el exterminio del 10% de la población.

otras cuatro se turnaban con el otro remo. Pese al intento de asesinato, consiguieron retornar a la todavía cercana Cuba donde fueron encerradas en las mazmorras de Santiago (Campos Nodal, Iraida) donde Dominga convenció a las autoridades para que soltaran al resto de la familia, quedándose ella como única prisionera en el castillo del Morro.

Las ‘hazañas’ del marqués pontificio Camilo García de Polavieja y del Castillo-Negrete (1838-1914) no terminan aquí: según los manuales oficiales, era un regeneracionista (¡) e intervencionista defensor del imperialismo europeo puesto que, en su opinión, que los aherrojados trocearan el mundo era “una absurda protesta contra el sentido moderno del derecho internacional, el mayor peligro de los estados débiles” –dictum de rabiosa actualidad. Fue el verdugo de Marruecos, Cataluña, Andalucía, Cuba y Filipinas donde, por instigación de dominicos y franciscanos, ordenó fusilar en 1896 al Héroe Nacional José Rizal, uno de los asesinatos más estúpidos de la época. Aun así, continuó la majadera vesania de los gobiernos españoles; mentando la soga en casa del ahorcado, con motivo de las fiestas del Centenario de las Independencias latinoamericanas (1910), semejante “general cristiano” fue enviado como embajador a México por haber firmado ¡una biografía de Hernán Cortés!

Monumento a Weyler en Tenerife, islas Canarias

La criminal saña demostrada por Polavieja no terminó con él sino que culminó con su sucesor Weyler y con su política de Reconcentración –eufemismo por exterminio. La crueldad de las tropas españolas -pobretones que no tuvieron dinero para escpar de la recluta-, conmovió al mundo. A los insurrectos se les unieron forasteros de todos los continentes. Aquellas anónimas proto-Brigadas Internacionales, llegaron a contar con oficiales chinos como los comandantes José Wu Tang (Bu Tack) y Sebastián Sian (a quien se le atribuye en combate la muerte a culatazos de tres españoles) y los capitanes José Tolón (Lai Wa), Juan Sánchez (Lam Fu King), Andrés Li Ma y Pablo Jiménez.

Una suerte de Mariana Pineda en Cuba

En 1869, la población total de Cuba ascendía a casi millón y medio de habitantes: 763.176 blancos; 238.927 afrocubanos libres; 34.420 asiáticos… y 363.286 esclavos (hasta 1880 no se abolió teóricamente la esclavitud) “La Corona de España, la administración peninsular en la isla y la prensa insistieron en la táctica de representar la insurrección en Cuba como un evento racializado” pese a que “la ideología de la Guerra de Independencia en 1895 preconizaba crear una nación que no fuera de blancos, negros o mulatos, sino de cubanos”. Entre las más connotadas mambisas, nombra a Mariana Grajales, Dominga Moncada y Rosa la Bayamesa (cf. supra e infra, de Aranzadi; ver Ana García Chichester. 2020. “El legado de las mambisas afrodescendientes a la guerra de independencia cubana”, en Procesos Históricos. Revista de Historia, 38, julio-diciembre: 27-38; ULA, Mérida (Venezuela) ISSN 1690-4818)

Rosa la Bayamesa, negra, ex esclava y capitán del Ejército Libertador

Por otra parte, la dra. de Aranzadi ha investigado la grande y ninguneada (negreada, nunca mejor dicho) contribución de las mambisas revolucionarias de descendencia africana a las guerras de independencia de Cuba del siglo XIX. Y, al igual que Chichester, ha subrayado la importancia de tres heroínas afrocubanas: las ya citadas Mariana Grajales, Dominga Moncada y Rosa María Castellanos y Castellanos (1834-1907), más conocida como La Bayamesa. Rosa había nacido esclava de padres con el apellido de sus amos. Sus primeras acciones militares se centraron en la intendencia y en la enfermería pues tenía “conocimientos de los signos más característicos de las enfermedades de la manigua”. Llegó a ser una de nueve mambisas con grados militares. Como capitán del Ejército Libertador, “no se casó nunca, no tuvo hijos; su dedicación a la revolución fue contundente.”

Asimismo, señala en varios trabajos que los/as ñáñigos (congregación religiosa –secreta para la propaganda oficial- creada por esclavos negros llegados a Cuba hacia 1820, quizá procedentes de Nigeria; más tarde, incluyó a blancos y mulatos) deportados a la entonces Guinea española -hoy, Ecuatorial- revitalizaron las religiones indígenas de este país hasta el punto de que, al volver a Cuba, lograron que los ritos abakuá, prohibidos desde la Colonia, fueran seudo legalizados en la Cuba del siglo XXI (ver Isabela de Aranzadi. 2014. “Presencia de la sociedad Abakuá en Fernando Poo a finales del siglo XIX. Deportados ñáñigos cubanos en la prensa española”; en Batey. Revista Cubana de Antropología sociocultural V. 5 N. 5. 2014. ISSN 2225-529X) La misma autora sobre cinco tambores exhibidos en Madrid, cita la indiscutible autoridad de Fernando Ortiz quien, “en 1901, visitó este museo y pudo contemplar los atuendos de los íremes o diablitos y fundamentos (tambores litúrgicos), y los atributos (cetros, itones, etc.), que eran falsos o “judíos” (sin bautizar), “construidos a la carrera para poder conservar ocultos los verdaderos” (cf. “Los tambores ñáñigos en el Museo Nacional de Antropología (Madrid): La sociedad cubana secreta Abakuá y las trayectorias en el Atlántico negro”, pp. 160-187, en Anales del Museo Nacional de Antropología, XVII, 2025)

Las Chafarinas

A la izquierda, el cementerio en la isla del Rey. Al fondo, el cuartel en la isla de Isabel II.

Tras su traicionero secuestro (cf. supra), los hermanos José y Rafael Maceo fueron conducidos a Puerto Rico. Mes y medio después, llegaron a las Chafarinas en el verano boreal de 1880. Después de cuatro años de variadas fugas y nuevas prisiones, José logró definitivamente escapar. Viajó por Francia, Estados Unidos y Jamaica y finalmente arribó a Panamá donde se encontró con su hermano Antonio, entonces figura principal de la Insurrección. Su hermano Rafael tuvo peor suerte pues murió en aquella ergástula africana de alguna enfermedad respiratoria, o de disentería, o de tuberculosis –es decir, de miseria carcelaria. “En enero de 1955 tuvo lugar la exhumación a instancias del gobierno cubano de los supuestos r estos de los independentistas muertos en Chafarinas Rafael Maceo y el coronel Juan Cintra. Las dictaduras cubana y franquista organizaron toda una serie de actos de mutuo reconocimiento coincidiendo con el traslado de los restos de ambos patriotas” (Chafarinas durante el siglo XX, Carlos Esquembrí Hinojo)

En Chafarinas, los rebeldes cubanos encontraron una gran ayuda puesto que el gran anarquista gaditano Fermín Salvochea, quien se había incorporado de hoz y coz a la revolución cantonal de Cádiz, pagó su osadía siendo deportado a ese micro-archipiélago donde coincidió con la primera gran oleada de deportados cubanos en aquel presidio. Huelga añadir que les estimuló –hasta abrió una escuela para niños en su domicilio ya que muchos de estos desterrados venían con su mujer e hijos.

Fermín Salvochea durante una insurrección dirigida por él en el Puerto de Santa María, Cádiz, 1868. Más tarde sería confinado en las islas Chafarinas.

Los cubanos empezaron a llegar a Chafarinas a finales de la década de 1870. Uno de los primeros fue Emilio Bacardí. Junto a los condenados por juicio ordinario o consejo de guerra, estaban recluidos los llamados “deportados” quienes solían ser intelectuales, profesionales o clase acomodada de ideología independentista. Además del ya mencionado José Maceo, de aquel espantoso presidio, sólo consiguieron fugarse otros dos cubanos: Justo García, hijo del líder independista Calixto García, y Manuel Planas que lograron embarcar en un falucho francés que los llevó hasta Nemours desde donde alcanzaron Francia para embarcar hacia Cuba.

En octubre de 1880, tras el final de la llamada Guerra Chiquita, eran deportados a Chafarinas 190 hombres, 30 mujeres y 18 niños cubanos. Con el recrudecimiento de la guerra en 1895, el número de desterrados cubanos en Chafarinas volvió a aumentar. En abril de 1897 de un total de 180 penados, 99 eran de Cuba -¿y cuántas mujeres negras?-.

Al comenzar estas notas, albergábamos la esperanza de que podríamos centrarnos en la influencia de aquellas primeras 30 negras. Por ejemplo, ¿alguna tenía cargos militares? Nos interesaba conocer algo de esa treintena de presas afrocubanas y de la hornada de 1897, seguramente de mayoría ñáñigas, pero, dada la penuria de datos –o la plétora de la censura-, esa investigación requeriría indagar en archivos que no están a nuestro pueblerino alcance. A partir de los datos antes citados de Chichester y de Aranzadi –ambas insisten en refutar el consabido menosprecio de considerarlas sólo esposas de, hijas de, etc.-, es plausible inferir que su prisión fue determinante en la Cuba de ayer y de hoy, extendida hasta la hoy llamada Guinea Ecuatorial e incluso a otros países como Nigeria. Desgraciadamente, no podemos redactar nada más.

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