Europa infame

Se consumó el retorno al pasado y al clímax de la infamia. Ayer, 18 de junio de 2008, la Unión Europea (UE) aprobaba, por aplastante mayoría, la Directiva de Retorno o, dicho con más propiedad, la “Directiva de la Vergüenza” que permitirá que 8 millones de inmigrantes sean deportados. Sí, suena a nazismo puro y duro.

También permitirá esta Directiva que los inmigrantes sean encarcelados por un periodo de tiempo de hasta 18 meses sin haber cometido delito alguno; permitirá la expulsión (deportación) de los menores de edad a diferentes países aunque no sean los de origen; y se les prohibirá volver a la UE durante, al menos, cinco años.
El dinero circula libremente. Las personas son encarceladas. ¿Su delito? no tener dinero. Ser pobres.

Este día 18 de junio será recordado como el día del racismo, la xenofobia y la indignidad. Europa condenó a millones de ciudadanos a la cárcel, a la miseria y a la muerte mientras las empresas europeas siguen esquilmando los recursos naturales de los países de origen de los inmigrantes.

Los “demócratas” europeos pueden estar satisfechos. La raza aria vuelve a imponerse con la ayuda de los “socialistas civilizados”. Por ejemplo, los eurodiputados “socialistas talentosos” españoles que, de un total de 19, votaron a favor de la deportación, 16.

El Presidente de Bolivia, Evo Morales, o el de Ecuador, Rafael Correa, han manifestado, indignados, su protesta ante esta Directiva que hace más grande la zanja que separa a una Europa usurera, de una América Latina expoliada.

Voy a extraer unos párrafos de la carta, cargada de razón, justicia y dignidad, que el presidente boliviano, Morales, ha enviado a la Unión Europea y que fue hecha pública el pasado 14 de junio por el diario mexicano La Jornada.

“Hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, Europa fue un continente de emigrantes. Decenas de millones de europeos partieron a las Ameritas para colonizar, escapar de las hambrunas, las crisis financieras, las guerras o de los totalitarismos europeos y de la persecución a minorías étnicas. Hoy estoy siguiendo con preocupación el proceso de la llamada “Directiva Retorno” (…)

A los países de América Latina y Norteamérica llegaron los europeos, masivamente, sin visas ni condiciones impuestas por las autoridades. Fueron siempre bienvenidos, y lo siguen siendo, en nuestros países del continente americano, que absorbieron entonces la miseria económica europea y sus crisis políticas. Vinieron a nuestro continente a explotar riquezas y a transferirlas a Europa, con un altísimo costo para las poblaciones originales de América (…) Las personas, los bienes y los derechos de los migrantes europeos siempre fueron respetados (…)

La “Directiva Retorno” prevé la posibilidad de un encarcelamiento de los migrantes indocumentados hasta 18 meses antes de su expulsión (o “alejamiento”, según el término de la Directiva). ¡Dieciocho meses! ¡Sin juicio ni justicia! Tal como está hoy, el proyecto de texto de la Directiva viola claramente los artículos 2, 3, 5, 6, 7, 8 y 9 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. En particular, el artículo 13 de la declaración reza:

1.- Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.

2.- Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.

Y lo peor de todo, existe la posibilidad de encarcelar a madres de familia y menores de edad, sin tomar en cuenta su situación familiar o escolar, en estos centros de internamiento donde sabemos ocurren depresiones, huelgas de hambre, suicidios. ¿Cómo podemos aceptar sin reaccionar que sean concentrados en campos, compatriotas y hermanos latinoamericanos indocumentados, de los cuales la inmensa mayoría lleva años trabajando e integrándose? ¿De qué lado está hoy el deber de injerencia humanitaria? ¿Dónde está la “libertad de circular”, la protección contra encarcelamientos arbitrarios? (…)

Promover la libertad de circulación de mercancías y finanzas, mientras enfrente vemos encarcelamientos sin juicio para nuestros hermanos que trataron de circular libremente. Eso es negar los fundamentos de la libertad y de los derechos democráticos (…)

En nombre del pueblo de Bolivia, de todos mis hermanos del continente y regiones del mundo, como el Maghreb, Asia y os países de África, hago un llamado a la conciencia de los líderes y diputados europeos, de los pueblos, ciudadanos y activistas de Europa, para que no aprueben el texto de la “Directiva Retorno”.

Tal cual la conocemos hoy es una Directiva de la Vergüenza. Llamo también a la Unión Europea a elaborar, en los próximos meses, una política migratoria respetuosa de los derechos humanos, que permita mantener ese dinamismo provechoso para ambos continentes y que repare, de una vez por todas, la tremenda deuda histórica, económica y ecológica que tienen los países de Europa con gran parte del tercer mundo, que cierre de una vez las venas todavía abiertas de América Latina. No pueden fallar hoy en sus “políticas de integración” como han fracasado con su supuesta “misión civilizadora” del tiempo de las colonias”.

Pues ya lo ves, compañero Presidente Morales. Volvieron a fallar y su prepotencia e insolidaridad se impuso. Y como decía al principio de este artículo que no quiere ser cómplice de la infamia: ya se consumó el retorno al pasado.

Ya podemos los miembros y “miembras” (por mucho que les joda a los puristas) de ese club excluyente, neofascista y xenófobo que es la UE, dormir tranquilos. Los ciudadanos y ciudadanas de esta Europa esclavista pero moderna, boyante pero arruinada, libre pero sometida, demócrata pero representada por personajes siniestros como Berlusconi podemos sentarnos a la mesa (cada vez más imposible de surtir) con el estómago temeroso de no llegar a mañana, pero con la placidez de saber que alguien más en precario que nuestra precariedad, van a estar a buen recaudo.

Se acabó el tiempo de la “solidaridad” mal entendida; el tiempo de integrarnos con culturas no tan “civilizadas” como la nuestra; el tiempo de ofrecer posibilidades a otros ciudadanos que tuvieron la mala suerte de nacer en tiempos de silencios vergonzantes o en tiempos ubicados bajo el precepto de “primero yo, después yo y en tercer lugar… yo”.

A partir de ahora los europeos podremos pasear nuestra miseria humana y ética por avenidas llenas de basura, como en Italia, por plazas llenas de sol y desesperanza pero libres de la horrorosa visión de otras miserias más miserables que la nuestra.

Los colores de la diversidad se han quedado ciegos; los acentos de la tolerancia, átonos; la música de la fraternidad, desafinada. El color ébano de la piel angustiada dejará de molestarnos. No necesitamos los ciudadanos de la UE tantas miradas amigas, tanta riqueza “foránea”, tantos sentimientos de amor, dolor y desesperación.

No necesitamos compartir con quienes son más pobres que nosotros aunque ellos compartan toda la riqueza de su pobreza; no necesitamos compartir lo poco que nos sobra porque también nuestros perros pasan hambre; no necesitamos sus tangos, vallenatos, cumbias, percusiones, salsas, boleros o sambas si no es para aliñar con la alegría de sus ritmos la tristeza de nuestras vidas carcomidas por el racismo.

Podemos estar tranquilos. No queremos ser parte de otra historia que no sea la historia de nuestra vocación depredadora. “No hay peor tirano/ que un esclavo con un látigo en la mano…”, cantaba Rafael Amor. Y nosotros, los europeos, esclavos de un capitalismo feroz, esgrimimos el látigo y arrancamos la piel de los que sólo tienen piel y miradas ávidas de vida. Brillo de esperanza en sus ojos y rictus de amargura en sus labios.

Nos molestan. Nos evocan con descaro nuestro pasado de parias, de exiliados de nosotros mismos y no podemos soportar la súplica de sus ojos que antes, mucho antes, fueron nuestros ojos.

Nada importa que con su trabajo silencioso, en condiciones humillantes, garanticen nuestro sistema de pensiones; que con su paradójica alegría de la vida renueven nuestras sociedades envejecidas y decadentes. Nada importa que sus manos entregadas y su disposición generosa laven el culo de nuestros ancianos de piel blanca y les den alivio a su soledad; alivio que ningún dinero puede comprar.

Podemos a partir de ahora, europeos renegados de nuestra historia, gozar de nuestra condición blanca acomodada en la desidia de no querer saber para no descubrir quienes somos ni de donde venimos.

Vergüenza ajena, vergüenza de comprobar cómo esposamos las manos que un día, no tan lejano, se abrieron para nosotros. Vergüenza de ver cómo negamos el derecho a vivir a aquellos que, cuando lo necesitamos, renunciaron a la suyo para hacerlo un poco nuestro.

Vergüenza de ver cómo enviamos a prisión a aquellos que alguna vez nos abrieron las puertas de sus casas. Vergüenza de vivir en esta Europa del “bienestar” sumida en una terrible crisis económica (la Europa de las próximas 65 horas de jornada laboral) que no quiere dejar una maldita migaja suelta para aquellos que un día repartieron, a partes iguales, lo poco que tenían para llevarse a la boca.

Vergüenza de saber que, al igual que con el nazismo, Europa vuelve a convertirse en una gigantesca prisión, en un campo de concentración donde no solamente estarán recluidos los luchadores por la vida, sino donde también acabarán encerradas nuestras conciencias.

Vergüenza de saber que a partir de ahora Europa vuelve a ser lo que fue en los tiempos de la conquista: la Europa de la cruz y la espada. La Europa de la infamia.

Reniego de esta Europa y marcho y lucho con mis hermanos, los inmigrantes. A ellos les falta el mínimo bienestar, pero les sobran valores humanos y dignidad.

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