Exorcismo

Por Juan Gabalaui*. LQSomos.

Ahora vemos con claridad que detrás de la marca España pervivía el viejo, carca y estúpido espíritu de la dictadura fascista. Si no fuera así, la penetración de las ideas derechistas intolerantes y discriminatorias no tendrían apenas recorrido y se mantendrían en los márgenes de la sociedad

Ángeles Escrivá, una escribiente de El Mundo, adjetivó el gesto de Pablo Iglesias como guevariano. La intencionalidad es muy burda pero muy efectiva. Guevariano, Che Guevara, comunismo. Carlos Herrera, un vocero de la COPE, se refiere a Pedro Sánchez como comandante. Ahora que Cuba se ha vuelto a poner de moda en las cloacas derechistas españolas podríamos evocar al comandante Fidel Castro. Una simple palabra pone en marcha el circuito prejuicioso de miles de exaltados derechistas. El resto del discurso es solo adorno intelectualoide que busca enardecer, fanatizar y movilizar a las masas. La ofensiva mediática de la derecha es disparatada y muy peligrosa. Hace unos días un conductor de autobús escuchaba la diatriba de Herrera contra el gobierno español a raíz de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estado de alarma. Dejé de leer y afiné el oído para escuchar. No creo que sea saludable hacerlo regularmente pero sentí curiosidad por ver cómo armaba la homilía. No estamos hablando de nada que tenga que ver con el periodismo, con información o con la descripción de un hecho o de un suceso. Estamos hablando de opinión construida conscientemente para manipular. Se aplican en generar marcos interpretativos y argumentarios para vituperar al gobierno. El uso de palabras evocativas, símiles y metáforas es habitual. Tienen la intención de llevar al oyente a un lugar en el que solo hay una perspectiva posible para llegar a conclusiones incuestionables, aunque partan de una lógica perversa que bebe de una mirada deformada de la realidad. Pero, sobre todo, influyen en la emoción con la activación de intensos estados emocionales. Fabrican personas enfadadas preparadas para la agresión y la violencia, o para su justificación.

La derecha española se lo plantea como un juego. Cuando pierde el poder, inicia una encarnizada batalla mediática y política para crear un estado de tensión insoportable, que, a su vez, le sirve para justificar sus perturbadas acciones y decisiones. Son como los pirómanos, que prenden fuego, y después critican ferozmente el incendio. Cuando vuelven a acceder al control del gobierno, disminuyen la tensión y se modifica el discurso. De repente, las cosas empiezan a ir mejor. Es decir, el pirómano que agarra la manguera y apaga el fuego que provocó. Esta ficción ha sido muy sugerente para los millones de votantes derechistas, que lo utilizan como argumento una y otra vez. Cada vez que gobierna la derecha, la situación del país mejora. El factor en la ecuación, que eleva el peligro a su enésima potencia, es el fanatismo, la intolerancia y la ceguera intelectual, alimentada por décadas de exposición mediática de sus votantes a las mentiras, manipulaciones y conspiranoias de los partidos políticos y medios de comunicación controlados por la derecha española. Esta manipulación se ha permitido desde la tergiversación de las ideas de la libertad de expresión y la pluralidad mediática, pero, sobre todo, desde la financiación pública de estos medios. Los gobiernos de la derecha han regado con millones de euros el jardín de las patrañas. Las mentiras han cobrado vida propia y ahora anidan en los cerebros de millones de personas que, en el colmo de la estupidez, se ven a sí mismas como librepensadoras, inconformistas y amantes de la libertad. Hay personas que se han formado leyendo a César Vidal, Pío Moa y han construido opinión a partir de la de Jiménez Losantos o Carlos Herrera. Nada bueno puede salir de esto.

Hay algo positivo en esta situación. Ahora vemos con claridad. La ultraderecha ha conseguido que salga a flote lo que estaba escondido. Nos han contado tantas veces que formamos parte de un país tolerante, solidario, dialogante y fraternal que se ha dado por hecho. La realidad es que en este país la constitución de 1978 y la mitificación de la transición han servido como excusa para eludir la reflexión, la reparación, la verdad y la justicia sobre los 40 años de dictadura y una herida que recorre cada uno de los pueblos de este estado. Se ha pretendido construir una democracia desde el mirar hacia otro lado. No se ha valorado públicamente la huella sociológica y psicológica que han dejado años de opresión y de propaganda en la población española. Murió el dictador y pareció que todo lo anterior ya no tenía apenas influencia, excepto en los nostálgicos y patéticos seguidores de la dictadura. De sujetos adaptados a una dictadura a fervientes creyentes de la democracia, la igualdad y la tolerancia. No nos convertimos en demócratas por convicción sino por devoción, algunos, y por acomodación al entorno, otros. El revisionismo franquista dio paso a la equidistancia demócrata. De repente, por arte de magia, las víctimas y los verdugos fueron indistinguibles. Esta perversidad ha pasado por normalidad. Lo que antes, durante la dictadura, se decía a voz en grito, ahora se reservaba a pequeños grupos. Los más radicalizados. Una gran parte de la sociedad se lo guardó para uno mismo. Formaba parte de un discurso interior que se cuidaba de hacerse público. Así en el estado español dejó de haber racistas. Todos tenían un amigo gitano y les encantaban los negros. Dejó de haber homófobos. Todos tenían un amigo homosexual o pensaban que lo era. Todos éramos demócratas y molaba.

Este discurso oculto, de una parte importante de la población, ha sido explotado por la derecha española mientras la izquierda institucional vivía en el país de las maravillas. Han construido un contexto social y psicológico en el que opiniones racistas, homófobas, machistas y supremacistas pueden volver a defenderse públicamente sin pudor alguno. El revisionismo histórico vuelve a estar de moda. La guerra civil española empezó en 1934. Aumentan las agresiones racistas y homófobas y se reactiva el espíritu españolista al toque de corneta para defender la unidad de España. Ahora vemos con claridad que detrás de la marca España pervivía el viejo, carca y estúpido espíritu de la dictadura fascista. Si no fuera así, la penetración de las ideas derechistas intolerantes y discriminatorias no tendrían apenas recorrido y se mantendrían en los márgenes de la sociedad, incluso para los propios votantes derechistas. No podemos olvidar que esta ofensiva ideológica está siendo financiada por dinero público, no solo en su vertiente mediática sino también, y preferentemente, en la política. Su capacidad de llegar a la sociedad se ha multiplicado por mil de tal forma que sus ideas aparecen en horario de máxima audiencia. Sus ideas arraigan donde ya había terreno abonado, pero lo más peligroso es que se están implantando en las cabezas de muchos jóvenes sin excesiva dificultad. No solo hay que evitar que reciban dinero público. También hay que empezar a debatir, a reflexionar, a cuestionar y a dar sentido a ideas como libertad o igualdad. Y dar batalla a cada uno de sus actos. Si se quiere construir algo en este páramo, hay que exorcizar el espíritu fascista.

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