Experimentos con gaseosa nuclear

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

Continuamos con el artículo precedente –sobre la guerra nuclear. La II Guerra Mundial (IIGM) obligó a los milicos gringos a cesar provisionalmente en su inveterada costumbre nacional de arrasar las tierras ajenas. Tuvieron que experimentar su armamento dentro de sus fronteras. Odiosa tesitura que resolvieron gracias a que, en el Sudoeste, había “desiertos”. Además, para su gran fortuna, esas ‘desoladas’ extensiones estaban habitadas por el enemigo interno: los indígenas Pueblo –denominación genérica-, Acoma, Zuni, Hopi, Navajo, Mescalero Apache y Jicarilia Apache, terminados de doblegar desde hacía no muchos años y, por ende, todavía levantiscos.

Esta nota se centrará en los Pueblo y en los Navajo (hoy, Diné), éstos últimos hoy relativa y recientemente conocidos por la purrela consumidora gracias a la película Windtalkers (2002) que narra (torticera y patrióticamente) la peripecia de los 3.700 Diné que fueron reclutados como carne de cañón para la IIGM pero también como mensajeros gracias a que su lengua no era conocida por el enemigo; de ahí que la prefirieran a unas comunicaciones encriptadas que nunca fueron seguras. [Los Diné también fueron utilizados para hacer propaganda de sombreros cuando su tierra no es de sombrerería sino de experimentación nuclear. Una confusión más a añadir a la larga historia de la confusión sobre estos indígenas. Por ejemplo, en la película “El gran combate” (Cheyenne Autumn, John Ford, 1964) eran Diné reales los que actuaban de extras… pero lo que hablaban era una jerga pseudo cheyenne]

Como es harto sabido, la fabricación de las primeras bombas atómicas fue dirigida por un ente secretísimo al que llamaron Manhattan Project (1942-1946; en adelante MP) llamado así porque comenzó en el barrio neoyorkino de Manhattan bajo el nombre de Development of Substitute Materials. Su sede y epicentro estuvo en Los Alamos National Laboratory (LANL, Nuevo México) y, como es incluso todavía más conocido, sus milicos y sus científicos obtuvieron el (dudoso) galardón de elaborar las bombas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki. Como es nuestra no menos inveterada costumbre, no vamos a caminar sobre lo hollado sino que atenderemos a las víctimas que hubo durante el proceso de experimentación, prueba y error.

Un ejemplo entre millones de las víctimas que, tras Hiroshima, seguía provocando la experimentación atómica: en 1953, la Operation Upshot-Knothole utilizó a 12 soldados “voluntarios” para exponerlos a una distancia de 7-14 millas de cinco explosiones nucleares. Les cubrieron un ojo y les añadieron filtros oculares pero las cobayas de uniforme quedaron automáticamente ciegas. Los doctores pasaron a medir su recuperación que concluyó en que, con el debido equipo ocular, los pilotos podían manejar un avión de combate –en tiempos de guerra, así sea fría, los soldados no mueren, sólo se quedan tuertos… o ciegos. Fue, simplemente, uno de los precios que la gente del común pagó en carne propia para que los EEUU, entre 1940 y 1996, gastaran 6 billones (trillions en USA) de US$ en fabricar 70.000 armas nucleares.

El MP y sus derivaciones, ramificaciones y continuaciones, se desarrollaron en varios Estados de los USA y de Canadá –con ramas menores en el Reino Unido-, desde Tennessee y Utah hasta los cuatro Estado contiguos del Sudoeste de los EEUU delimitados con tiralíneas. Aquí mencionaremos a Nuevo México, territorio pueblo, porque es dónde se encuentran las reservaciones de los Diné.

Mapa de advertencias a los turistas (cortesía de All Peoples’ Coalition)

Naciones indígenas en la vecindad de LANL (apud un mapa de LANL)Colmenas dentro de LANL (cortesía LANL)Robots de insectos diseñados en LANL (cortesía LANL)

Los amerindios aprecian especialmente a las abejas –no creemos necesario abundar en el porqué. Pero, por malafortuna, las abejas son muy sensibles al tritium, uno de los numerosos productos que desperdigan las explosiones radiactivas. Para los Diné, fue desastrosa la contaminación radiactiva que produjo en las colmenas la experimentación del LANL. Y lo sigue siendo porque su territorio –y el de los pueblos indígenas vecinos-, sigue contaminado.Santa Fe, Nuevo México. Activistas madereros nuevomexicanos cuelgan en efigie a un ecologista (foto de Joseph Masco)

Dícese que, para algunos Pueblo noroccidentales, su mito fundacional versa sobre su nacimiento y emergencia étnica partiendo desde dentro de la Tierra. Con la ayuda sobrenatural de algunas entidades y/o guías animales, cual semillas que germinan, salieron de la oscuridad y se presentaron a plena luz del día. ¿Estamos ante una mitografía sibilinamente ‘adaptada’ para aproximar a los indígenas a las propiedades de una sustancia encerrada en la Tierra como es el uranio? No somos mitólogos pero podríamos sospechar de esta versión porque, en muchos casos, los amerindios nacen de arriba, del sol o de la luna, no de las profundidades ctónicas –por ejemplo, cual los zombies o los demonios mayas de Xibalbá. Sea como fuere, en el siglo XIX, los Pueblo no encajaban en las categorías identitarias de entonces por lo que fueron relegados a un limbo hasta que, en 1913, se les concedió oficialmente el estatus de ‘indios’ –al parecer, hasta hace hoy un siglo, eran demasiado civilizados para ser indios y demasiado salvajes para ser americanos… Eran los ‘primeros americanos’ pero, asimismo, los antagonistas de lo ‘americano’.

Cuando el MP llegó a un paraje clave del Sudoeste USA, el Pajarito Plateau, muchos indígenas creyeron que era una ‘bendición’ que les aseguraría trabajo, educación y seguridad. Pero, para Agoyo, uno de sus líderes, los 50 años del LANL sólo dejaron “cenizas”. En 1993, tuvo lugar el primer encuentro público entre los funcionarios de LANL y del ministerio de Energía (DoE) y los líderes de los amerindios. En aquella ocasión, Agoyo ofreció su interpretación del MP centrada no en sus conquistas científicas sino en las relaciones interétnicas a lo largo del relevo generacional.

Hoy, además del espinoso tema de la propiedad del territorio (¿es de los amerindios o del LANL?) han irrumpido las seudo-religiones New Age que se apropian de las mitologías indígenas para establecer sus kioskos de velas, incienso y cristales. Los que, para los verdaderos indígenas, contaminan sus santuarios y trastocan sus requisitos para allegarse a distintos niveles de comunicación e incluso de mera existencia.

La antes mencionada ambivalencia y hasta contradicción decimonónica entre las genealogías de los ‘nativos’ y los prejuicios de los científicos nucleares, estuvo en la raíz del inestable estatus legal de aquellos amerindios cuyos territorios se aprestaba a invadir ‘la Ciencia’. Por ejemplo, el LANL ancló explícitamente en el glosario indígena sus referencias a la nomenclatura de sus laboratorios. De ahí que los llamaran kivas –templos semisubterráneos que llegaron a albergar a cientos de indígenas. En 2001, reaccionando por fin a las protestas de los indígenas, LANL suprimió que los centros críticos de investigación se siguieran llamando “kivas”.
(cf. Masco, Joseph. 2006. The nuclear borderlands: the Manhattan Project in post-Cold War New Mexico. Princeton University Press; ISBN-13: 978-0-691-12076-“¿Armas de destrucción masiva? Mejor mira en casa”. Señal en la carretera puesta por Los Alamos Study Group en 2003 durante la guerra USA-Irak (foto por Joseph Masco)

Los indígenas y sus predadores

Octubre 2006. El indígena Ned Yazzie, expulsado de su casa por los detritus radiactivosNoviembre 2006. Alambrada alrededor de una dependencia peligrosa del (ex)LANL.
El letrero dice ‘Área Restringida’ en inglés y en lengua diné.
(cf. Price, V. B. (Vincent Barrett) 2011.
The orphaned land: New Mexico’s environment since the Manhattan Project.
ISBN 978-0-8263-5051-0 , electronic

Apagado el brillo de los hongos atómicos, apaciguados los desastres ambientales de las otrora tierras indígenas, amenazados los Diné et al hasta lograr que sólo hablen en sordina, nos queda por ver el problema de los residuos nucleares. Durante los años 1990’s, las corporaciones nucleares gringas se acercaron a 200 reservaciones indígenas para convencerlas de cuánto mejoraría su suerte si recibieran parte de los remanentes nucleares formando parte (socios, supongo que les dirían) del programa Monitored Retrievable Storage. Once de los 14 que aceptaron quedarse con la basura tóxica eran indígenas. Miedo nos da actualizar estos datos.Robert Oppenheimer, jefe del LANL (izquierda) y el general Leslie Groves (derecha) en el Ground Zero después de la primera prueba atómica. A sus pies, protegidos sólo por zuecos de tela, los restos de la torre de acero de 30 mts. desde la que se lanzó la bomba.
(cf. Kloda, Samuel S. 2022. The atomic bomb in images and documents: the Manhattan Project and the bombing of Hiroshima and Nagasaki. ISBN (print) 978-1-4766-8488-8; ISBN (ebook) 978-1-4766-4331-1)

Víctimas en la Polinesia

Las víctimas ocasionadas por los primeros experimentos nucleares no se limitaron al territorio USA. Después de LANL, entre 1946 y 1958, los EEUU detonaron 23 bombas nucleares en el atolón Bikini (Islas Marshall, Polinesia) Ensayadas por tierra, aire, mar y bajo el agua, su poder explosivo conjunto ascendió a 42 millones de TNT, la medida que en la época se usaba para calcular la peligrosidad.

Días antes de Hiroshima-Nagasaki, la aviación USA lanzó sobre Japón millones de panfletos como éste.

Pero los indígenas polinesios tuvieron mala suerte… pero mejor que los Diné. Antes de estallar las bombas, los 167 indígenas de Bikini fueron deportados por la US Navy al atolón de Rongerik, un islote seis veces menor que Bikini. Para mayor inri, la Armada gringa no les suministró ni agua ni bastimentos. Aun así, los bikinianos plantaron huertos y se aplicaron a la pesca… sólo para comprobar que el suelo no era apto y que la pesca era demasiado escasa. Dos años después, cuando estaban a punto de morir de inanición, fueron trasladados a Kwajalein, a 200 millas de Bikini. En 1970, los EEUU permitieron que 160 bikinianos regresaran a su casa. En 1978, los análisis de sangre descubrieron que los restos del cesio-137 habían aumentado once veces, así como los niveles de plutonio 239 y estroncio 90. Los 223 isleños de los atolones de Rongerik, Rongelap, Ailinginae y Utirik, todos ellos descendientes o parientes de los antiguos bikinianos –léase, irradiados-, se querellaron contra los USA y lograron una indemnización de 75 millones US$. Ah!, y los EEUU demostraron cumplidamente que amaban a los polinesios bautizando a sus bombas con nombres indígenas (i.e., Cherokee 3,75 megatones; Tewa, 5 megatones) En definitiva, contaminaron letalmente 50.000 millas cuadradas de océano. No quedaron vivas ni plantas ni animales.

El desprecio, la ignorancia, la improvisación… o el racismo de los milicos nucleares aliados (USA, Canadá y Reino Unido) no terminó en los polinesios. Hubo más asesinados: en 1954, el pesquero Lucky Dragon 5 (Daigo Fukuryū Maru, hoy restaurado y desnuclearizado en un museo japonés) se encontraba persiguiendo a los atunes y a los (pescados) bonitos muy cerca del Ground Zero de una explosión nuclear clandestina. Por parte de los EEUU, ningún militar ni científico responsable de los experimentos atómicos que, años antes, habían comenzado en Nuevo México, les había avisado del peligro que corrían pese a que estaban en aguas internacionales ‘sanas’, a 80 millas del epicentro de la bomba. Sus 23 tripulantes no se libraron de la lluvia radiactiva.

Peor fue la suerte de los aborígenes australianos que, dos años después, en 1956-1957, vivían en su territorio, el (aparentemente) desierto de Maralinga. Sin ningún tipo de aviso, a aquellos Tjarutja les cayeron encima siete bombas atómicas británicas. Y, como remate, entre 1957 y 1962, todavía tuvieron que sufrir varios experimentos ‘menores’ que dispersaron plutonio por su hábitat. Todavía no se sabe cuántos resultaron pulverizados. Más aún, tuvieron que esperar hasta 1984 para conseguir la simbólica compensación de una ley sobre sus derechos a su tierra.

Resumiendo que es gerundio: la hecatombe de Hiroshima-Nagasaki sólo fue la culminación de un proceso de experimentación atómica que, desde cinco años antes, había hecho estragos entre los pueblos indígenas afectados –víctimas de una Invasión (científica) cuya improvisación e irresponsabilidad social (también científicas) suele minimizarse. Dicho en breve, el inconfesado e inconfesable racismo de las élites científicas había encontrado ¿casualmente? al enemigo interno de los EEUU y no dudó en castigarle –en beneficio de la Ciencia, of course.

– Imagen de cabecera: Laboratorio Nacional de Los Álamos (Los Alamos National Laboratory, también conocido como LANL)

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