Experimentos y felicidad eudaimónica

Por Nònimo Lustre*. LQSomos.

Para J.

Ahora que los experimentos con animales son criticados por los animalistas, quizá convenga recordar que fueron precedidos por los experimentos con humanos. La gran diferencia entre ambos reside en que los ensayos con humanos no terminaron en la muerte de los cobayas pero el fundamento teórico fue el mismo: observar empíricamente el comportamiento de las víctimas.

En la Antigüedad Clásica, buena parte de los experimentos se diseñaban para corroborar una idea filosófica preconcebida. La enjundia de la evidencia empírica era un valor de menor cuantía. Un debate vivo se desarrolla alrededor de Progreso, hoy mutado en el motor de la experimentación: ¿creían los greco-romanos en Él? Negando la mayor, J.B. Bury dijo que no creían puesto que la noción de ‘progreso’ es reciente -quizá no confiaban en el progreso científico, una duda que los escépticos mantienen en la actualidad.

In illo tempore, la vivisección y la disección de animales fueron prácticas rutinarias. Semejantes métodos continúan ejecutándose. Por ejemplo, durante los años 1950’s, no menos de 4.000 macacos fueron sacrificados cada mes para asegurar la producción de la vacuna contra la polio (Anita Guerrini. 2003. Experimenting with Humans and Animals: From Galen to Animal Rights) Pero la disección de cadáveres humanos (anatomē = disección) estuvo prohibida, por ejemplo en Alejandría, hasta el siglo III ane. Después de unos pocos siglos, volvió a prohibirse hasta que, en el siglo XIV, se evaluaron sus hipotéticos potenciales como herramienta para el mejor conocimiento del cuerpo humano y fue readmitida en las escuelas de medicina. Herófilos, ensalzado como el Padre de la Anatomía Humana, es fama que realizó 600 disecciones de personas ¡en público!, magnos eventos que aprovechó para comparar las morfologías animal y humana.

Todos, absolutamente todos, los experimentos científicos con plantas, animales o con personas, han sido y son por el bien de la Humanidad –al menos, así lo han proclamado sus fautores ocultando otros objetivos oscuros. Como siempre, el caso reciente más escandaloso es el de los doctores nazis. Incluso cuando Mengele no distinguía entre cosas, bestias y niños, perpetraba sus ensayos por un bien superior, humanitario y universal -aunque, en la práctica, sólo sirviera para satisfacer su ego y para incrementar la eficacia y el sadismo de las SS y de la Wehrmacht.

Huelga añadir que esa clase infecta de los proyectos científicos, explota la miseria de los aherrojados. Pongamos un único ejemplo: entre 1932 y 1972, en Tuskegee, Alabama, los servicios federales de Salud Pública experimentaron con –i.e., contra- 399 jornaleros varones afroamericanos (la mayoría analfabetos, sin “conocimiento informado” y engañándolos al decírseles que tenían “mala sangre”) con sífilis sin tratar, a pesar de que, desde 1930, se conocía la eficacia de la penicilina. Entre aquellos negros, 128 murieron de sífilis y 100 de complicaciones médicas asociadas; 40 de las esposas de los sujetos resultaron infectadas y 19 niños sufrieron sífilis congénita.

Los dos bandos del SPE, presos y guardianes

Pero secuestrar como conejillos de indias a los desheredados es consustancial a la desigualdad humana y sigue siendo la base de la economía de la investigación. Pero, como la lista actual de esas canalladas la saben todos los que ojeen la actualidad, vamos a cambiar de tercio para referirnos a los experimentos con caucásicos (WASP en los USA) relativamente acomodados.

En 1963, Stanley Milgram, psicólogo en Yale, llevó a cabo el experimento de Milgram, una serie de ensayos de psicología social (no entendemos este término) en los que todo era indoloro –ejemplo, los gritos de las ‘víctimas’ eran grabaciones, los electro-shocks eran falsos y no se permitió el contacto entre abusones y abusados. Sus conclusiones fueron tan palmarias y razonables que fueron inmediatamente tergiversadas y censuradas. El propósito de Milgram era ‘probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico’. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. “La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.” (Milgram. 1974. Los peligros de la obediencia) Un veterano del Vietnam, escribió a Milgram: “Pocas personas se percatan de cuándo actúan de acuerdo con sus propias creencias y cuándo están sometidos a la autoridad.” Evidentemente, había sufrido la autoridad en sus carnes.

No contentos con torturar y asesinar, los milicos gringos se mofan del cadáver

En 1971, Philip Zimbardo, igualmente profesor de psicología en Yale, perpetró el famosísimo Stanford Prison Experiment (SPE) Pese a que cerró a los seis días, su crueldad, incongruencia metodológica y secretismo interno lograron que Zimbardo y su ‘experimento’ borraran del imaginario colectivo a Milgram. Unos cardan la lana y otros llevan la fama -en criollo, cachicamo trabajando pa’ lapa. Item más, la agresividad militaroide de Zimbardo debió ser bienvenida en aquella universidad pues, no por casualidad, Stanford alberga a la Hoover Institution on War, Revolution and Peace, una de las diez más importantes think tank belicistas en unos EEUU castrenses por esencia.

Zimbardo pretendía averiguar cómo una persona ‘normal’ llega a apropiarse de una gran autoridad y cómo puede ejercerla bien con moderación, bien con tiranía. El funcionamiento del SPE se puede leer en cientos de sitios electrónicos: continuando la tradición inaugurada por Milgram de no explotar más a los desheredados –negros, hispanos- Zimbardo contrató por 15 USD diarios a 24 estudiantes ‘saludables, inteligentes y de clase media’, les dividió en guardias y reclusos, y les confinó en un decorado carcelario construido en un sótano de la universidad. No estamos seguros de que Zimbardo les engañara para que pelearan entre ellos, principalmente porque no lo necesitaba: dos docenas de jóvenes WASPS encerrados sin desheredados en los que derramar su psicopatía, seguro que se entrematan en cuestión de minutos.

Torturas de la CIA y el Ejército norteamericano en la prisión de Abu-Ghraib, Irak. Max Ginsburg, 2009. Óleo sobre lienzo

Después del SPE, nuestra distinguida autoridad psicológica, escribió muchos best-sellers y fue llamado por el US Army para que testificara en calidad de “experto” en el juicio militar que juzgó a un puñado de oficiales gringos de poca monta como supuestos culpables de las atrocidades cometidas en la prisión irakí de Abu Ghraib –su enésimo libro al respecto, The Lucifer Effect, se vendió como pan caliente. Se debatió ante el tribunal si el procesado de mayor rango, el jede de la Intelligence en aquella mazmorra, el coronel Pappas, estaba o no ‘deteriorado mentalmente’. Al parecer, pocas semanas antes de que se conocieran las atrocidades que se desarrollaron en Abu Gharib, el 20.IX.2003, los insurgentes atacaron con morteros al entorno de aquella cárcel. Murió el chófer del coronel y, pese a que Pappas salió ileso, Zimbardo & Co. adujeron que sufrió un desarreglo mental que le condujo a comportarse ‘bizarramente’. Inaudito pero congruente con el US Army o con cualquier otro ejército: torturar y asesinar a prisioneros enemigos, es bizarro –odiamos esa palabra. Sobra añadir que el peritaje de Zimbardo justificó que las condenas a los torturadores de Abu Ghraib fueran simbólicas.

En el virreinato de Pappas, en Abu Gharib, el caso de Al-Jamadi es uno de los poquísimos que trascendió al público: este ciudadano irakí, sin ninguna conexión con ningún grupo rebelde, murió allí asfixiado tras permanecer media hora colgado de las muñecas y con las manos retorcidas con saña y atadas a la espalda. Obviamente, fue uno más en la inmensa plétora de asesinatos de irakíes en aquella ergástula pero se filtraron unas fotos que, para desgracia de sus allegados, le llevaron a la fama mediática.

Desquiciados por trabajar

Para los empresarios, el mercado laboral es la parte menos importante del Mercado con mayúsculas. Antes de comentar las últimas convulsiones de lo laboral, conviene subrayar en rojo y con letras gordas, que el mercadito y el Mercado no existen. Carecen de autonomía porque dependen de las decisiones políticas –vulgo, chanchullos-, más aún que a la recíproca –políticos dependientes de la cooptación –vulgo, soborno- económica. La inexistencia de los mercados no es propia del capitalismo porque su fantasmagoría se remonta a milenios atrás –a no ser que creamos que la Humanidad siempre fue capitalista, una manipulación filológica que cuenta con infinitos adeptos. La enumeración de las evidencias de la fusión esencial entre mercado y política nos llevaría varios tomos; hoy, sólo vamos a nombrar una de las que tiene mayor repercusión en la vida cotidiana de la Humanidad: si fuera verdad que, tanto la economía como la política, están al servicio del Bienestar, del Progreso… y de la Producción, ninguna de esas dos gemelas permitiría la producción intensiva de la Destrucción. Léase, no existiría la industria militar ni, correlativamente, el mercado de armas.

Actualmente, en Occidente, el susodicho mercado laboral mantiene la entelequia de su existencia real gracias a muchas razones. Entre ellas, a) el prestigio religioso-social del trabajo que cohabita sin roces con la esclavitud; b) la prodigalidad digna de mejor causa de la mano de obra matrimoniada sin reparos con las inauditas restricciones –burocráticas, chovinistas, sindicaleras incluso- a su libertad de movimientos; c) la vigilancia estatal y, para no llegar a la z), etcétera. Pues bien, puesto el mercadito de marras a exprimir el jugo de los trabajadores, ahora está siendo caucionada por la Ciencia, aunque sólo sea en su rama psicologizante.

¿Juega o trabaja?

Nos referimos al último hallazgo laboral: la rápidamente etiquetada como felicidad eudaimónica o trabajo voluntario de los jubilados. Como los ilustres científicos han empezado vinculándola a la felicidad, sería de mal gusto objetarla señalando que, en general, la voluntariedad es una lacra que degrada el trabajo en sí y que, además, corta el acceso al trabajo de los jóvenes e incluso de los adultos. Sin embargo, es de buen gusto ensamblarla ‘con el altruismo y con la consecución de objetivos o gratificaciones simbólicas a largo plazo’. Para otorgarla un marchamo científico de última generación, recurren nada menos que a la neurología: por ello, ‘se asocia a una mayor actividad de la corteza prefrontal, la misma que gobierna funciones superiores como la planificación de la conducta y la toma de decisiones’. Dicho en plata, ese cortex es superior a otras rudas cortezas que rigen funciones despreciables como el deseo y el ocio. Pues nada, si nuestro mejor cerebro nos lo aconseja, trabajemos gratis hasta morir –ah!, y, por lo que conlleva de adicción pecaminosa, olvidemos el infamante término workalcoholic.

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