‘Farha’, una historia palestina

‘Farha’, una historia palestina

Por Teresa Aranguren*. LQSomos.

Lo ocurrido en Palestina en aquellos terribles años está muy bien documentado, pero mucho más eficazmente tapado. La imponente maquinaria de la propaganda israelí intentó e intenta borrar la memoria de aquellos hechos. Y ahora, 74 años después, se pone en marcha una vez más para que una película no se vea

Farha, la película de la directora jordana de origen palestino, Darin J Sallam, ha sido candidata al Oscar por Jordania en la categoría de mejor película extranjera de este año, pero si usted quiere verla a través de la plataforma Netflix, que cuenta con los derechos de exhibición, no le va a ser fácil. Se diría que está escondida o al menos que se necesita ponerle cierto empeño para acceder a ella, y si usted acude a San Google que todo lo sabe y pone el título de la película, se encontrará con esta curiosa entrada: “el truco para poder ver Farha en Netflix”. O sea que hace falta truco o ¿quizás trato? No es que no haya mucho interés en que la película se vea, sino que hay mucho interés en que no se vea.

Farha forma parte de la historia oculta, mejor dicho, ocultada, de Palestina. Es una historia real o, tal como figura en los títulos de crédito, “basada en hechos reales”, los que ocurrieron en Palestina durante los meses previos y posteriores a la creación del estado de Israel, es decir la expulsión en masa de la población autóctona, tanto musulmanes como cristianos, de sus tierras. Los árabes lo llamaron Nakba, que quiere decir catástrofe, así fue como lo vivieron las gentes de Palestina, una catástrofe que de la noche a la mañana los convirtió en refugiados, pero el término apropiado es otro: lo que ocurrió en Palestina desde diciembre de 1947 y a lo largo de todo el año 1948 no fue una catástrofe sino un crimen, una atroz operación de limpieza étnica llevada a cabo por milicias sionistas, luego ejército israelí. La cronología es importante para desmontar determinadas ideas muy asentadas en la opinión pública occidental que buscan si no negar los hechos, algo harto difícil ya que todo lo ocurrido en Palestina en esas fechas está muy bien documentado, sí suavizarlos, diluir la responsabilidad de los autores tras un aura de inevitabilidad trágica en la que no hay culpables y el crimen es simple fatalidad. De modo que la salida en masa de la población palestina de su tierra se presenta no como resultado de una operación planificada de “vaciado del territorio” sino del caos de la primera guerra árabe-israelí que estalló tras la proclamación del estado de Israel el 15 de mayo de 1948. Pero basta mirar las fechas y los datos para comprobar que la expulsión masiva de población palestina comenzó mucho antes, en concreto en la primera semana de diciembre de 1947 y que, para mayo de 1948, más de 300 mil personas habían sido ya expulsadas de sus pueblos y aldeas. En realidad, las peores matanzas destinadas a sembrar el terror y provocar la huida de la población se llevaron a cabo en esos meses previos a la proclamación del estado de Israel. Una de las más conocidas es la perpetrada por milicias del Irgún y del Lehi en la localidad palestina de Deir Yasin, el 9 de abril de 1948. El delegado de Cruz Roja en la zona Jacques Renyer fue el primero en llegar a la aldea cuando los atacantes aún seguían allí y lo describió así en A Jerusalem un drapeau flottait sur la ligne de feu: “Entre la tropa había algunos muy jóvenes, casi adolescentes, todos en vestimenta militar y con casco, hombres y mujeres armados hasta los dientes con pistolas, metralletas, granadas y también grandes cuchillos, la mayoría aún ensangrentados, una joven muy bella me mostró el suyo aún goteando sangre como un trofeo… Me abrí paso entre ellos y entré en una casa. La primera habitación estaba a oscuras con todo en desorden, pero en la habitación contigua encontré bajo los muebles y los colchones reventados varios cadáveres ya fríos. La operación de limpieza la habían hecho primero con ametralladoras, después con granadas y finalmente con los machetes sin ninguna preocupación por que no se descubriese. La misma escena encontramos en la siguiente habitación, pero en el momento en el que iba a salir escuché lo que parecía un suspiro. Removí los cadáveres hasta que toqué un pequeño pie que aún estaba caliente. Era una niña de diez años, estaba malherida por una granada, pero aún viva… Revisamos las otras casas y en todas encontramos el mismo espeluznante escenario. Sólo encontramos otras dos personas vivas, dos mujeres, una de ellas una anciana acurrucada entre los fogones, llevaba horas escondida allí…”

Años después, Menahen Begin, que había sido dirigente del Irgun y que en los años 80 llegaría a ser primer ministro de Israel, se refirió a la matanza de Deir Yasin como “una batalla sin la que no hubiéramos logrado nuestro estado”.

En realidad, los atroces acontecimientos ocurridos en esas fechas en Palestina están muy bien documentados, tanto a través de fuentes árabes como europeas y, a partir de los años 80 cuando se desclasificaron los documentos del ejército israelí, también por historiadores israelíes. Sabemos las fechas y los lugares de las matanzas, los nombres de las localidades destruidas y hasta las órdenes que se dieron a las brigadas que llevaban a cabo las operaciones de limpieza, tal como lo recoge el historiador israelí Ilan Papé en su libro La limpieza étnica en Palestina: “Estas operaciones pueden llevarse a cabo de la siguiente manera: ya sea destruyendo las aldeas (prendiéndolas fuego, volándolas y poniendo minas entre los escombros ) o bien organizando operaciones de peinado y control según estas directrices: se rodean las aldeas, se realiza una búsqueda dentro de ellas y en caso de resistencia los efectivos armados deben ser liquidados y la población expulsada fuera de las fronteras del estado”.

La historia de Farha, que en la vida real se llama Radiyeh, se parece a muchas otras que todo refugiado palestino guarda en la memoria y a alguna de las que yo escuché en los años 80 en el campo de refugiados de Irbid en Jordania; la de Samira, por ejemplo, que tenía 12 años cuando el ejército israelí expulsó a la población de la ciudad de Lidda entre el 10 y el 12 de julio de 1948: “Los soldados entraron en nuestra casa y en las casas de nuestros vecinos y nos obligaron a permanecer en una habitación mientras registraban y destrozaban los muebles. Se llevaron a mi padre y a muchos otros hombres, creo que los encerraron en la mezquita… Al día siguiente nos sacaron a empellones de nuestra casa, todos gritábamos y llorábamos. Nos dijeron que teníamos que ponernos en fila y caminar por la carretera hacia Jordania. Éramos muchísimos, una fila interminable. Yo iba de la mano de mis hermanos, no teníamos agua y hacía muchísimo calor. Muchos niños y ancianos murieron en la carretera. A mi padre no lo volví a ver” (Palestina, el hilo de la memoria, Teresa Aranguren).

El relato de Samira tiene su correlato, The Birth of the Palestinian Refugee Problem 1947-1949, el que el historiador israelí Beny Morris hace de la expulsión de la población de Lidda: “La mayor parte de la población se encerró en sus casas tras decretarse el toque de queda, aterrorizados por el sonido de los disparos en la calle y posiblemente pensando que se estaba perpetrando una matanza. Los que intentaban salir se encontraban con el fuego de los soldados israelíes. Algunos soldados lanzaron también granadas en el interior de las casas. En medio de la confusión decenas de prisioneros desarmados que habían sido recluidos en la mezquita y en la Iglesia resultaron muertos por fuego israelí…”

Beny Morris no es precisamente un representante de la izquierda israelí sino un sionista convencido que defiende que la expulsión de la población palestina fue necesaria para crear el estado judío, pero es también un historiador y, aunque intenta justificarlos, da cuenta de los hechos.

La historia que cuenta la película Farha no es una anécdota ni un caso excepcional, sino que forma parte de una estrategia de terror cuyo objetivo, según lo expresaban los dirigentes sionistas de la época, era “conquistar el máximo de territorio con el mínimo de habitantes”. Un patrón que se repetía en muchas de las operaciones militares posteriores a la matanza de Deir Yasin, era rodear las aldeas y lanzar con altavoces el mensaje “abandonad vuestras casas u os pasará lo mismo que en Deir Yasin”.

Todo lo ocurrido en Palestina en aquellos terribles años está muy bien documentado, pero mucho más eficazmente tapado. La imponente maquinaria de la propaganda israelí intentó e intenta borrar la memoria de aquellos hechos. Y ahora, 74 años después, se pone en marcha una vez más para que una película que narra uno de los muchos episodios atroces ocurridos entonces, no se vea o resulte demasiado complicado intentar verla. La historia de una niña palestina que asiste, desde el cobertizo donde la ha escondido su padre, a la matanza de sus vecinos incluido el bebé de la familia, esa es la historia que, con exquisita contención, cuenta Farha, la película que, como los hechos en los que se basa, se quiere ocultar.

* Periodista y escritora. Licenciada en filosofía y letras, diplomada en psicología y antropología. En 1980 se trasladó a Jordania donde entró en contacto con el drama de los refugiados palestinos y esa experiencia determinó un giro en su trayectoria profesional y vital, cuenta con varios libros sobre la temática: “Palestina, el hilo de la memoria”, “Olivo roto, escenas de la ocupación” y “Contra el olvido”.
Nota original del diario ‘infoLibre’

La “ficha

Farha. Año 2021. Duración: 92 min. País: Jordania.
Reparto: Karam Taher, Ashraf Barhom, Ali Suliman, Tala Gammoh,
Samira Al Aseer, Majd Eid, Firas W. Taybeh, Sultan Alkhail, Leanne Katkhuda.
Dirección: Darin J. Sallam. Guion: Deema Azar, Darin J. Sallam.
Música: Nadim Mishlawi. Fotografía: Rachel Aoun.
Coproducción Jordania-Suecia-Arabia Saudí; TaleBox.

Una muchacha de 14 años, en la Palestina de 1948, observa desde una despensa cerrada cómo una tragedia consume su hogar. Inspirada en hechos reales, “Farha” relata la Nakba desde el punto de vista de una adolescente palestina que se encierra en un cobertizo durante horas para escapar de la violencia en las calles. Un momento histórico en el que miles de árabes fueron expulsados de su tierra por el Estado de Israel y cuyo conflicto dura hasta nuestros días.

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