Glotones, diosas, y mucho mucho boogi-woogie

Erasmo Magoulas. LQSomos.1391432682uanw9 Abril 2015

–Nací en Antioquia, en el centro del país, que es una región ganadera, minera e industrial, y una de las más importantes del país. Es la primera zona que se industrializa en Colombia.
Habíamos acordado reunirnos en el Hotel Habana Libre, esa mole que se yergue en 23 y L, como apología del funcionalismo arquitectónico.
El estaba en el lobby, sentado en los cómodos sillones del hotel, que alguna vez fuera sede del Estado Mayor del 26 de Julio.
Hernán es un tipo cálido, sereno, ronda los 60 años, pero guarda una sonrisa infantil que da confianza y transmite la sensación de un natural acercamiento, como en el juego de muchachos del mismo pueblo, que se reconocen en los códigos de las miradas y los gestos.

Esperábamos a Alberto, que había ido a estacionar el carro.
–Mejor salgamos –me dijo Hernán–, y lo vamos a encontrar por 23. Cruzamos L en pleno hervidero de Oldsmoviles del 57, Cadillacs del 56 y de los Peugeot y Hyundai que incorporó la industria del turismo, en esa hora fatal de las cinco de la tarde.
–Comenzamos a peregrinar por todo el país, huyéndole a la violencia y a la muerte, a la persecución política, desatada contra los liberales de esa época. Los liberales por aquellos años eran de dos tipos, unos que se iban acercando cada vez más a los sectores reaccionarios, y los otros, que se identificaban más con las ideas socialistas. Estos últimos eran acaudillados por Jorge Eliécer Gaitán. Con su asesinato sobrevino lo que se conoció como La Violencia.
Encontramos el carro, estaba estacionado en 23, frente al Coppelia. Apareció Alberto con su rengueo, producto de un proyectil calibre .30 que casi le destruye la pierna derecha. Alberto es un campesino colombiano, un tipo transparente, cuyo discurso político no tiene los vericuetos semánticos de los politólogos de izquierda. Echa de menos la acción, se siente incómodo con la pasividad a la que lo sometió ese disparo, destinándolo a ser el representante de la organización político-militar en La Habana.
Subimos al carro, un Subaru sedán, del 93 o 94.
Llegamos a Tulipán, en el reparto de Plaza de la Revolución. Alberto nos dejó a la entrada de los bloques de apartamentos y se despidió.
–¿Un tintico? –me preguntó Hernán sonriente.
–Claro, por supuesto –le respondí orgulloso por saber de lo que se trataba.

Se rió con esa risa de niño de campo.
El apartamento está humildemente decorado, algunos banderines de la organización, una foto de Marulanda, algunos libros, entre los que reconocí “Rosario Tijeras” del colombiano Jorge Franco, unos muebles, lo elemental.
El café me reanimó, prendí un Vegas Robaina. Él no fuma, me dice, pero tampoco le molesta el humo.
–Lo que recuerdo de mi niñez… fines de la década del 40, es la persecución contra las familias de origen liberal. A los ocho o nueve años comencé a sentir los rigores de la guerra. Mi padre era un maestro de escuela rural…

–Levántate, Hernancito, tú también Pedro, Elvidio, vamos, arriba, Martita, Dolores, Rosa, a levantarse, que hay que irse, que vienen los chulavitas. Y tú, mujer, carga algo de arroz, frijoles y un poco de maíz.
Daba órdenes a su familia, él que nunca había sido capaz de eso, que consensuaba todo, incluso con los niños. Se tenían que ir lo antes posible. La cabeza le iba a estallar, y no era capaz de gobernar ni sus brazos, ni sus piernas; cuando en ese momento golpean la puerta y gritan…
–¡Maestro, Maestro! El corazón se le detiene, se queda sin aire, hace un esfuerzo por abrir la boca para tragar y llenar los pulmones. Se acuerda de esas bigotudas que pescaban con su padre en un afluente del Río Patía. Abrían la boca y las agallas, y no había caso, se morían.
–¡Maestro, Maestro! No pueden ser los chulavitas, ellos tiran la puerta abajo, pensó. Todavía no podía respirar, pero llegó a la puerta y la abrió.
–¿Leoncio… que haces tú aquí otra vez?
–Es que… Maestro, los chulavitas están en San Marcos.
–Eso me lo dijiste hace quince minutos.
–Es que… ahora deben estar más cerca, Maestro.
–Te dije que te fueras con tus padres y tus hermanos para las montañas.
–Es que…ellos no se quieren ir, dicen que los chulavitas no son tan malos, que machetean solo a esos liberales que hablan de la unión sooo…
–Unión Soviética, Leoncio. Está bien, entonces te vienes con nosotros.

Estaba respirando, las piernas le dolían y los brazos los tenía agarrotados, pero estaba respirando. Se cargó a Hernancito a la espalda y le pidió que no hablara, les rogó a todos que no pronunciaran palabra. Salieron por el patio que parecía un galpón lleno de fantasmas taciturnos, anclados a la tierra, a punto de despertarse de un sueño. El sol aún no había dado la señal de la mañana, cuando los aguacateros y los palos de guayaba estiran su cabellera. La niebla cubría el suelo como si fuera una alfombra espesa de medio metro de nieve. Los pies hacían remolinos, pequeños tifones, con cada uno de sus pasos, con el pie derecho los tifones eran centrífugos, con el izquierdo eran centrípetos.
Entró al gallinero. Las siete ponedoras dormían, cada una en sus cubículos alfombrados de aserrín y paja. Les iba a robar los huevos. Su mujer, Elvidio, Pedro, Martita, Rosa, Dolores y Leoncio, al que le había ordenado que tomara posición en la retaguardia de la fila india, lo miraban como preguntándose, ¿cómo se puede acordar de las gallinas en estos momentos? o ¿son estos tiempos para andar jodiendo con las batarazas?
Metió la mano entre la pechuga y el aserrín. Las gallinas tienen, desde un poco mas abajo del buche hasta las verijas, unas plumas muy suavecitas. Eso estaba deliciosamente caliente, pensó. Tenía dos Rhode Island Red, de buen tamaño y excelentes ponedoras, Carlota le dió dos huevos y Clotilde tres, las tres Leghorn le dieron siete, Catalina dos, Cleopatra tres y Celestina otros dos. Cuando llegó a las Playmouth Rock que eran buenas ponedoras pero también de excelente carne, ya sabía que después de robarles las iba a sacrificar. Cándida le dio dos y Clodomira solo uno. Le pasó el morral con los huevos a su mujer, por encima de la tela de alambre del gallinero y volvió frente a Cándida y Clodomira. Les cogió los cuellos muy suavemente con cada mano y con un solo movimiento las sacó del cubículo ya muertas. No tuvieron tiempo de darse cuenta de lo que se les venía. Ni abrieron los ojos.
–Es que los huevos tienen mucha proteína – le dijo a su auditorio, para disiparle las dudas. Hasta cierto punto era la verdad, pero no toda la verdad. La parte que no confesó, aunque era de público conocimiento, y que le traía más de una burla socarrona entre los hombres de los alrededores, era que a él le fascinaban las gallinas. Mientras que casi todos los hombres del caserío criaban gallos de pelea, para las riñas de los domingos después de la misa de once, él criaba gallinas ponedoras. Ni a misa ni al reñidero.

–… y nosotros una familia numerosa y él liberal, pero defensor de la Unión Soviética y eso era una novedad en los pueblos por los cuales andábamos. En una ocasión nos volaron la casa con una bomba, eso fue cuando yo tendría no más de diez años.

El General Lucrecio Chainsaw Torch patea la puerta y entra eufórico a su despacho. Con su talón, un temible espolón con el que podía partir un perro en dos, cierra de un portazo una de las hojas de la puerta de caoba, ebanisteada con pájaros y flores en relieve. El Ministro de Guerra se traga el portazo.
Golpea, el General no contesta, vuelve a golpear, sin respuesta.
Abre y asoma la cabeza por detrás de la puerta.
–¿Qué me mira Coronel? Pero no sea pendejo hombre, pase y cierre la puerta con cuidado.
–Eso es lo que quiero Coronel, mano dura para todos esos irrespetuosos de la ley, acabemos de una vez por todas con esos liberales, y golpea el escritorio con su mano izquierda, que es el lanzallamas de cobre reluciente de una soldadora autógena, siempre encendido con su llamita blanco amarillenta, que despide unos caracoles fugaces de humito negro.
Controla la entrada de oxigeno y el nivel de acetileno, y la llama se estiliza como si fuera una bayoneta de azul celestial, purificadora.
Con la otra mano, que es una sierra circular de cadenas, señala al Ministro, y le ordena que preste especial atención a los maestros liberales, que andan alborotando a sus gobernados con ideas foráneas. Mientras le dice esto desactiva el embriague de la sierra, y la cadena de dientes comienza a girar amenazadora. El Ministro da un paso atrás, tiembla, asiente con la cabeza y balbucea un Si, señor Presidente, y se retira del despacho sin darle la espalda.
La secretaria se levanta de su diminuto escritorio de taquígrafa y se dirige hacia Lucrecio Chainsaw, abre una de las innumerables gavetas del enorme escritorio del Presidente, saca un mondadientes gigante, del tamaño de una aguja de tejer, mientras Lucrecio abre sus fauces.
La secretaria es una trigueña de un metro 75, que calza zapatos de gamuza verde de la casa Finenza de Italia, donde va personalmente cada año a comprarlos, y que la elevan al metro 85 de estatura. Las medias de nylon las compra a su pasada por París en la casa Evelyn, son de color beige claro. La pollera tubular es de casimir inglés de la casa James Smart de Londres, y la blusa blanca es de seda china, comprada en Taipei, cuando recorre la capital del flamante presidente Chiang Kai-shek, abordo de la limousine presidencial.
Pero lo que más le interesa a Lucrecio Chainsaw es la ropa interior de la secretaria. La especial textura de ese material levanta sus sensibles niveles de testosterona. La finísima ropa era producto de una secretísima combinación de algodón, seda, e hilos de la tela del arácnido Loxosceles variegata, descubrimiento celosamente guardado por la casa Tiffani de Nueva York.
Lo excita cuando acaricia con su mano de cierra circular las tensas y orondas nalgas de la secretaria, todavía cubiertas por los “panty” marca Nicebumps, o las increíblemente paradas y suculentas tetas cubiertas por los “soutiens” talle 44 D marca Gorgeoustits.
La secretaria se levanta la pollera tubo hasta más arriba de sus muslos y se encarama arriba de las cortas piernas de Lucrecio. Este separa levemente las mandíbulas y un olor fétido emana de su garganta verde y espumosa, mientras un hilo de baba chorrea y cae hasta perderse en ese cañón formado por los pechos de la secretaria.
Eighty five my dear, be patient, it’s almost done –le dice melosa la secretaria, que continúa escarbando con el mondadientes gigante los ochenta y siete espacios interdentales de Lucrecio, mientras éste modula un complaciente Grouaaaaa, grouaaaa.
Restos de caparazón de langosta, huesos quebrados de faisán, el t–bone de un bife de costilla argentino, y la mitad de una lata de cerveza Czechvar, fueron los últimos remanentes alimenticios que la secretaria extrajo del intersticio 87.
Una nube de feromonas color verde fosforescente, comienza a salir por entre los huecos de la camisa a punto de explotar de Lucrecio, que parece va a despedir los botones como proyectiles. Las dos docenas de medallas del impecable traje militar, color caqui, se desparraman por el piso. La secretaria desabrocha los bermudas del Presidente dejando emerger por debajo de una barriguita apenas prominente y blanca, un falo verde y escamoso de un pie y medio de largo.
Fuck me now, sweetty. Screw me with your sausage –le ordena con ternura maternal la secretaria.
–Mi puerquita, me fascina tu pronunciación del Bronx –replica cerca del paroxismo el Presidente.
Lucrecio y la secretaria eran amantes.

–En aquella época…….disculpa –me dice Hernán y se para y busca algo en un estante de la biblioteca. Encuentra un sobre transparente del que saca un mapa y lo despliega sobre la mesa. Es un mapa político de Colombia– en aquella época, vuelve sobre sus pasos, a Antioquia, Caldas, Tolima, El Valle, parte de los Santanderes, nosotros los conocíamos como la frontera agrícola, pues el máximo desarrollo de ese sector se encontraba en esos departamentos. Una de las causas fundamentales de la violencia, que comienza en aquellos años, es precisamente la de desplazar a todos los campesinos hacia las grandes ciudades, donde se iniciaba un desarrollo acelerado de la industria, especialmente de capitales norteamericanos.
Esto le solucionaba a la burguesía dos cosas, mano de obra barata alrededor de los centros industriales, y el éxodo del campo y la consecuente concentración de la tierra en pocas manos.
Hernán me señala Antioquia y desplaza su dedo hacia el sur, mientras me dice Claro, no todos los campesinos se deciden por la ciudad, muchos comienzan un largo peregrinar hacia el sur, en una especie de colonización, una larga marcha por la vida y por la tierra.
Entonces van apareciendo colonias de campesinos desplazados en el Meta, en el Guayare, en el Caquetá y en el Amazonas, y se produce lo que se conoce como la Colonización Armada.

–A ver, paisa –le dijo el Maestro a Leoncio– vaya al río por un poco de agua, y no se me quede entretenido por allá, que lo necesitamos para comenzar las clases de táctica militar.
Tenía que comenzar a dar sus clases en la escuela del campamento. Sobre las bateas de madera, doce mujeres doblaban el espinazo fregando la ropa, que sacaba espuma gracias al jugo del maguey.
Algunos hombres desmalezaban una parcela de maíz, y otros, una de frijoles, mientras dos tensaban una lona de arpillera a cuatro estacas para secar los granos de café. Los niños se entretenían en juegos y correrías, con excepción de volar cometas, que estaba prohibido.
Otros compañeros volvían de la espesura con pesados troncos que acarreaban entre cinco o seis, y que el maestro carpintero utilizaría para mejorar las casas, los chiqueros, el corral de las cabras y los gallineros.
Él se había olvidado de las gallinas, su pasión por los plumíferos desapareció, luego de aquella madrugada en que mató a Cándida y Clodomira, o tal vez fue por la muerte de la menor de sus niñas, Martita. Nunca le encontró una explicación al por qué siempre relacionó a las mujeres con las gallinas.
Lo de Martita fue por el Tolima, antes de llegar al Meta. La niña comenzó una noche con escalofríos, sudoraciones y una fiebre altísima. Estaban en el medio del monte, sin poder entrar a los pueblos, porque los Chulavitas o los Pájaros, como los llaman en ciertas regiones de Colombia a los paramilitares, habían comenzado una caza indiscriminada de campesinos y de movilizados en el campo y en los caseríos. En el Quindío, como un mes antes de lo de Martita, había bajado a un poblado de no más de trecientas casas. Era de noche e iba con el propósito de encontrarse con el maestro del pueblo para pedirle ayuda. El lugar parecía deshabitado, todas las persianas estaban cerradas, y por las hendijas de las tablas de madera rústica no se animaba a salir ni el más mínimo haz de luz. Solo la luna dibujaba todos los perfiles, hasta el detalle más insignificante.
De repente sintió gritos desgarradores de una mujer, venían de la vuelta de la esquina, corrió pegado a las paredes de las casitas y asomó apenas la cabeza para mirar, desde el borde de la ochava.
Un grupo de siete chulavitas armados con machetes y carabinas, sacan a empujones y patadas a una familia de su casa. El hombre los insulta, mientras la mujer llora y pide clemencia, pide especialmente por sus hijos, que tiemblan como esos perros pura piel y huesos, luego de un aguacero en la sierra.
Los chulavitas cogen al menor de los niños de apenas unos añitos y lo meten en una bolsa enorme de arpillera, cruzan un palo por fuera, para hacer una división y luego traen un mastín desde uno de los automóviles. Meten el perro en el espacio que queda de la bolsa, la cierran y entre dos paramilitares levantan el palo.
El niño y el perro están separados por el travesaño, en dos compartimentos. Los dos chulavitas con el palo sobre los hombros se pasean por la calle, mientras el resto de la familia es atada unos con otros, formando una sola fila, como un tren de seis vagones. El padre, la madre que está tirada en el suelo, la niña mayor de unos quince años, y tres varones de entre doce y seis.
–Que comience el espectáculo para el maestrico liberal –ordena el jefe de la banda. Los dos hombres apoyan la bolsa en la calle sin retirar el travesaño–. Ahora, grita el jefe.
Uno de los chulavitas suelta el palo y el otro lo retira y la bolsa comienza a tomar vida, a rodar como un ente autónomo y a cambiar de formas, efímeras esculturas monstruosas y grotescas.
Por el entretejido de yute comienza a manar un líquido espeso que la luna lo hace brillante. El espectáculo termina, la bolsa se apacigua lentamente, hasta quedar inmóvil. Uno de los chulavitas desanuda la bolsa y el perro sale bañado en ese líquido espeso y brillante por el golpe de luna.
La bolsa no se mueve.
Uno de los paramilitares va hasta el carro y trae un bidón de gasolina. Comienza a rociar al menor de los niños, y sigue hasta el padre que es el único que se mantiene de pie. La mayor de las niñas se incorpora y con ella el resto menos la madre, que parece muerta. Les prenden fuego y sueltan las estacas que los mantenían en fila india. Los niños comienzan a gritar y correr para un lado mientras el padre trata de acercarse a los chulavitas para quemarlos. Se inicia una danza de hogueras humanas, mientras los chulavitas se burlan simulando jugar a las escondidas con las antorchas de seres aún vivos. Uno a uno fue cayendo aún en llamas.
No lo vieron. Salvó su vida.
Pero con lo de mi Martita, no hubo milagro que funcionara. Ni la quinina que extrajeron de los árboles, ni los rezos de las viejas, ni las pócimas de los brujos, dieron resultado. La segunda noche Martita deliraba como un animalito desorientado, mientras los escalofríos, las fiebres y las sudoraciones la iban rindiendo. Se fue consumiendo poco a poco entre los temblores y las convulsiones que le provocaba la malaria. Murió por la madrugada, rodeada de candelas improvisadas, hechas con la cera de las abejas silvestres, y de todas las familias de refugiados que los acompañaban. El cuadro parecía una peregrinación, que había hecho un alto en el camino para venerar a una virgen, en un altar espontaneo.
Fue su primera pérdida, más tarde vendría la incorporación de Pedro y Elvidio a las guerrillas del partido, y Leoncio, que se había transformado como en un hijo, los seguiría poco después.
Dolores y Rosa machacaban maíz sobre el metate y Hernán, corría detrás de una pelota.
–Los niños…que comienza la escuela, gritó y casi al instante se habían formado dos grupos, uno de niñas y otro de varones.

Yo iba por el cuarto tintico y casi la docena de Vegas, la grabadora rodaba el segundo casete. En cualquier momento me pediría un cambio de baterías que previsoramente guardaba en mi cartera. Me alegré de haberlas cargado la noche anterior. Hernán se mantenía entusiasmado, seducido. En definitiva, pensé, el arte de entrevistar es un arte patas arriba, el que tiene que seducir lo tiene que hacer con el menor gasto de energía posible, ahorrando palabras, solo sugiriendo las piezas de un rompecabezas, a veces por lo complejo, tridimensional. No es el despliegue de fuegos artificiales, sino el saber encender al otro.
–Habíamos tomado las tierras, nos habían desplazado y no teníamos otras opciones, teníamos que sobrevivir y la única forma era cultivando y proveyéndonos de nuestros propios alimentos, lo que habíamos hecho toda la vida. La mayoría eran campesinos, a excepción de mi padre que era maestro, y algún otro que tenia un oficio citadino. Yo había cambiado los juegos infantiles por las clases de economía–política, historia y táctica militar. Leoncio se había ido a combatir hacia ya unos años y mis dos hermanos, Pedro y Elvidio, eran comandantes de frentes por el Caquetá. Mi padre seguía con su escuela por las tardes, mientras por las mañanas, desde muy temprano salíamos con casi todos los hombres del campamento, a cavar unas trincheras larguísimas. Se había decidido hacer una guerra con base en la defensa del terreno. Decisión que nos costó cientos de hombres.

El General Lucrecio Chainsaw desciende del helicóptero, luego lo hace la secretaria, que carga en bandolera una máquina taquigráfica de miniatura. El helicóptero es una especie de acorazado volador. Todo su exterior está cubierto por osteodermos, como mosaicos protectores, similares a la piel de Lucrecio.
La secretaria viste un conjunto de pantalón y cazadora camuflados, de piel de antílope, tan ceñidos al cuerpo que parece estar desnuda.
Lucrecio tiene puestos unos bermudas y una musculosa, más propios para un día de playa que de combate, y el gorro militar con el águila y el planeta en sus garras, que él dice le regaló el General MacArthur luego de su desembarco en Filipinas.
El Estado Mayor los recibe con honores de parada militar, mientras la banda del Colegio de cadetes ejecuta en seguidilla, la Marcha de San Lorenzo, God save the Queen, When the Saints go marching in, y Bridge on the Wayne River.
La reunión del Estado mayor no dura más de cinco minutos. Lucrecio simula escuchar atentamente a sus generales, mientras le hace miraditas de lagarto sexy a la secretaria, que taquigrafía imperturbable.
–¿Qué opinión le merece el plan mi General? Han sido tres duros meses de estudio, para llegar a esta conclusión –dice lacayuno, el General más joven.
Lucrecio lo mira con detenimiento por unos segundos, y luego se yergue sobre sus patas, alcanzando los cuatro metros de altura, y lanza un ensordecedor bramido.
–Me los comeré a todos –ruge despiadado.
Los cinco generales se agazapan debajo de la mesa cubierta de mapas.
–A ustedes no, imbéciles. You mother fuckers, bunch of morons. Get, all of you, up.
–Me voy a comer a todos esos comunistas disfrazados de liberales, a esos que están cavando trincheras, los muy idiotas.
–Ahora quiero escuchar música –ordena Lucrecio y sale de la tienda camuflada del Estado mayor.
Uno de los generales se acerca diligente al director de la banda, un anciano genuflexo con cara de cuervo, al que le ordena al oído, un ballenato.
–¿Qué cree…le gustará? –le pregunta indeciso el General.
El director levanta los hombros, mientras afirma con la cabeza.
–Viejo pendejo, dígame sí o no, usted tiene que saber los gustos musicales de nuestro General.
–El General es un gran bailarín –contesta el director.
–Dirija y hágalo bien, que en esto se me va la vida…y la suya detrás.
–¿Bailamos? –le pregunta Lucrecio a la secretaria.
I’ll be delighted, my dear.
Lucrecio es un eximio bailarín, que no repara en recurrir a todos sus artilugios y trucos danzarios, para despertar las más corrosivas envidias entre los hombres, y despechos suicidas entre las mujeres no elegidas.
–Soy un cinta negra en baile, ¿no es cierto mi puerquita?, le susurró jactancioso Lucrecio.
¡Brillant Ali, Brillant! –le contestó la secretaria, extasiada, usando el diminutivo de Ali, por aligator.
–Qué siga la música, ordenó Lucrecio, y traigan amplificadores.
Lucrecio y la secretaria bailaron el resto de la mañana y parte de la tarde, casi sin parar.
Durante todo ese tiempo la banda toco cumbias, pasodobles, tangos, mambos, sones, rumbas, chachachás, boleros, fox trots, habaneras, joropos, sambas, merengues, calipsos, marineras, bachatas, ballenatos, bossa novas y hasta un jarabe tapatío al que Lucrecio le inventó una coreografía.
Mientras tanto, a escasos tres mil metros, los hombres abandonaron los picos, las palas y las faenas de la defensa. La música sensual de esos ritmos no los dejaba tranquilos. Los casi trescientos, desde adolescentes hasta ancianos, volvieron para el caserío. Era la oportunidad de gozar de un día de felicidad, después de años de miseria, ostracismo y aburrimiento de jornadas siempre iguales. Las mujeres los estaban esperando, no hizo falta explicar nada, mucho menos organizar asambleas, ni formar comisiones, ni elegir delegados. Un tonel de cerveza apareció en medio de la plaza improvisada y junto a él, otro de aguardiente. Guirnaldas caseras colgaban de cables tensados de mástil a mástil, junto a piñatas llenas de golosinas para los niños. Las fogatas alumbraban los rostros pero simulaban las intenciones. Los puercos se asaban lentamente a cada vuelta de manija, mientras que los chivitos crucificados se dejaban golpear por el calor de las hogueras, que les daba en el lomo para dejarlos cocidos pero jugosos. Las achuras chirriaban en las parrillas alimentadas por brasas de carbón, y ya los bailarines le hacían el diente a lo que se podía. Desenvainaban los enormes cuchillos y trozaban un riñón, o una tripa gorda, se la ofrecían caballerescos a sus partenaires y entre los dos se la engullían, sin parar de beber cerveza y aguardiente.
Los niños corrían guajolotes, los enlazaban como habían aprendido en algunos comics de Billy the Kid, les abrían el pico y le llenaban el garguero de aguardiente. Los perros lamían sedientos los charcos de cerveza que se multiplicaban como lagunitas por todos lados. Los guajolotes completamente ebrios corrían marcha atrás en un desorden de patas revoleadas, mocos temblorosos, cogotes zigzagueantes y aleteos infructuosos. Los perros se les tiraban encima con intenciones recreativas.
Los gatos miraban el festín desde los techos sin el menor ánimo de participar.
Hasta el padre de Hernán, siempre circunspecto y solemne, tenía un ánimo festivo, abrazaba lascivo a su mujer y ella se reía como no lo había hecho por décadas. Los abuelos y abuelas rejuvenecieron, sus piernas flotaban y el resto de sus cuerpos tenía un orden de movimientos juveniles, en el caos que les producía el alcohol y el desenfreno. Uno de los ancianos levantando un vaso lleno de aguardiente, gritó… –Viva Don Lucrecio. Una vaca lechera recibió un hachazo en la coronilla que casi le parte la cabeza desde el cráneo hasta las mandíbulas y enseguida comenzó a ser cuereada. Las visceras para la parrilla y el resto fue estaqueado para correr la misma suerte que los chivitos. Hernán se le acerco a una niña, una indiecita de trenzas larguísimas y ojos negros enormes, que no dejaba de mirarlo con cierta timidez. El estaba exultante y no paraba de hablar y de relatarle planes para el futuro, mientras la indiecita se reía con simulada ingenuidad, al tiempo que le metia la mano por las braguetas para acariciarle los huevos. El festín parecía no tener fin.

–Esta orquesta es una mierda –rugió Lucrecio e inmediatamente pidió tribunal de guerra para dos trompetistas, un trombón, tres violinistas, dos violonchelos, tres acordeonistas, dos contrabajos y el director.
Luego de veinticuatro segundos de deliberación, el tribunal militar sentenció penal capital.
El pelotón de 253 fusileros armados con Rémington calibre .762, hicieron papilla los catorce cuerpos, que aun en el último minuto de aliento, no fueron capaces de producir un bello ordenamiento de los sonidos, más allá de muchos pedos, lloriqueos y balbuceantes onomatopeyas.
–Aquí falta un piano, un piano de cola –inquirió Lucrecio–, y también una buena banda que le de una mano a estos novatos –e inmediatamente el helicóptero partió en su búsqueda.
–¿Te acuerdas de ñiuorlins, mi puerquita? –le preguntó Lucrecio nostálgico a la secretaria.
¡What a times Ali, what a times!
–Aún guardo el sabor de esas langostas preparadas al estilo cajún. Esos descendientes de franco canadienses sí saben de cocina, no como estos payucos, sentenció Lucrecio, y del barrio Vieux Carré, te acuerdas?, y del carnaval de Mardi Gras, cuando me paseaste como una mascota por las calles, y todo el mundo te felicitaba pensando que lo mío era un disfraz y tú de domadora de circo.
How could I forget it, Ali?” –lagrimeó la secretaria.
–Y de las noches en Dixieland con la Creole Jazzband liderada por King Oliver, cuando Louis Armstrong “El brazos fuertes”, era segunda trompeta –insistió Lucrecio, queriendo quebrar emocionalmente a la secretaria.
–You are the greatest, Ali –sollozó la secretaria emocionada al recordar aquellos días felices en Nueva Orleans.
–Tócalo de nuevo, le ordenó Lucrecio, recostado sobre el piano y parafraseando a Humphrey Bogart. El tema era “Ebony Rhapsody” que lo había escuchado por el propio Duke Ellington y ahora era él quien lagrimeaba. La secretaria lo secaba con un pañuelo de seda y le acariciaba la papada.
–¿Te gusta el boogi-woogie, mi puerquita?
I really love it, Ali –afirmó la secretaria y la orquesta interpretó temas de Albert Ammos, Pete Johnson y Pine Top Smith. Luego volvieron a los clásicos de Ellington, Fletcher Henderson y Benny Goodman, como “Koko”, “Black, Brown and Beige”, “Solitude”, “Bach goes to town” y “Sophisticated lady”, el que se lo dedicó mientras bailaban.
Ali, you are irresisteble.
Lucrecio se la llevó para la tienda del Estado mayor, la recostó sobre los mapas desplegados sobre la mesa y de un solo y preciso sierrazo la desnudó. La secretaria elevó sus piernas, las abrió en forma de “v” y Lucrecio comenzó a beberla como un animal sediento.

Hernán le metió los dedos, eso estaba húmedo y caliente. Ella le desabrochó la camisa y le bajó los pantalones, él no atinaba a otra cosa que meterle el índice y el medio y escarbar como si fuera un jueguito, como se lo habían explicado los compañeros.
Ella lo montó atravesada, después de sacarle la mano de ahí y él quedó boca arriba frente a su sexo. Ella le apretó el miembro con fuerza y se lo empezó a chupar.
–No se te ocurra venirte pendejo, y no dejes de chupármela –es todo lo que la indiecita le dijo esa noche, pero en el transcurso de todo aquello él escuchaba esa música que jamás y nunca había sentido. Era una música para emborracharse y para el sexo. El festín había terminado para la mayoría, mucho antes que empezara esa música. Los cuerpos yacían desparramados por todos lados, algunos abrazados a los perros y a los guajolotes. Desde la colina en que estaba con la indiecita, Hernán veía todo aquello con un poco de tristeza.
Los despertaron los disparos y los gritos, los soldados macheteaban con impunidad a hombres, mujeres y niños. Algunos campesinos tuvieron tiempo de armarse y refugiarse en una de las casas desde donde iniciaron la defensa, pero un cañón de 200 milímetros los puso fuera de combate.
Otros se parapetaron detrás de cuerpos mutilados y mantuvieron una escuálida resistencia que enmudeció luego de una ráfaga de ametralladora calibre .50 montada en un jeep. Mientras tanto los soldados de a pie seguían con su festín, cortando cabezas, brazos y piernas.
Cuando encontraban a un bebe se deleitaban partiéndolo al medio, de un solo machetazo. El montoncito de visceras azules quedaba colgando como un ovillo flojo.
Los aviones comenzaron a volar muy bajo sobre los techos, ametrallando y dejando caer bombas que producían gigantescos fuegos de artificio anaranjados y rojos, que abrazaban a las casitas, convirtiéndolas en montoncitos de ceniza.
Hernán y la indiecita salieron disparados de allí, hacia la espesura del monte.
–Tal vez seamos los únicos vivos –le dijo la indiecita, luego de un largo silencio.

You really are a glutton, Ali –le dijo la secretaria en tono de regaño.
Lucrecio se había comido tres vacas, una cantidad considerable de partes humanas, seis puercas con sus 42 lechoncitos; aunque se lamentaba que los chivos se le habían escapado para el monte, los muy comunistas, dijo; 18 perros y 45 guajolotes al ron.
–Estos guajolotes están sazonados en su punto exacto. Ils sont vraiment de la haut cuisine française. Broeaaaa –eruptó Lucrecio.
El helicóptero bajó produciendo un torbellino de plumas y gotitas de sangre. El Presidente Lucrecio Chainsaw Torch y la secretaria se montaron.
–Al palacio de gobierno– ordenó Lucrecio.

–Así llegamos a Marquetalia y allí nos encontramos con Tirofijo y Jacobo Arenas. Eramos 46 hombres y dos mujeres, una de ellas, mi mujer, una indiecita muy simpática. Y ahí comenzó la cosa, que es historia conocida, me dijo Hernán.
Luego de dos semanas de convalecencia, Hernán salió del Cira García. La operación había sido un éxito, me dijo.
Tenía el billete de regreso para el próximo lunes. Lo fui a despedir al aeropuerto.
–Ya sabes, si quieres escribir un buen reportaje, te esperamos por allá.
–Sí, pero….
–No tenga miedo, hombre. Tenemos corredores de seguridad para periodistas.
–Sí, pero… ¿hay cocodrilos?
–¿Si hay cocodrilos?” –me devuelve la pregunta, desorientado.
–Sí, sí, ¿si hay cocodrilos?
–Bueno…supongo, en algunos pantanos.
–¿Y…. secretarias?

FIN.

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