Granados y Delgado: Dos anarquistas

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez. LQSomos.

Xavier Montanyá y Laia Gomá demostraran las inmensas posibilidades del documental de investigación removiendo el caso hasta tomar contacto con los verdaderos autores de los atentados contra la DGS

El mes de agosto del año 1963 fue crucial para una nueva etapa en la lucha antifranquista. En dicho año continuaron las movilizaciones mineras asturianas iniciadas en la primavera de 1962 que se consideran punto de partida en el impulso de las primeras Comisiones Obreras. Este renacer que se traslucía también en la Universidad, influyó en la decisión del régimen por «dar un escarmiento» a los jóvenes anarquistas que estaban aumentando su actividad, con una campaña contra el turismo en España.

En el verano del mismo año, en Madrid, dos jóvenes militantes anarquistas del exilio, Francisco Granados y Joaquín Delgado cuyo caso fue considerado como los “Saco-Vanzetti españoles” (aunque ellos carecieron de la más mínima garantía legal y de cualquier posibilidad de hacerse escuchar), fueron detenidos y acusados de atentar contra la Dirección General de Seguridad, verdadera catedral de la dictadura franquista. Después, siguiendo el método de las torturas impunes, se les obligó a declarar la culpabilidad de unos cuantos delitos que no habían cometido y, tras el trámite sumarísimo de un consejo de guerra, se les condenó a garrote vil, como en el caso de Puig Antich, una tarea ejecutada por una de aquellas auténticas piltrafas humanas.

Genialmente, Martin Patino los consigue retratar en su salsa esperpéntica en Queridísimos verdugos. La operación fue vitoreada por la prensa como una hazaña policial y en el montaje publicitario no faltaron las fotos de Delgado y Granados con un aspecto distorsionado. No hubo ninguna reacción, y el embajador español en Francia, el “liberal” José Mª Areilza, informó que en Francia hasta los locales de las Juventudes Libertarias estaban cerrados por vacaciones.

Treinta años más tarde, cuando el episodio dormitaba bajo las montañas del silencio administrativo disfrazado de reconciliación nacional, dos jóvenes cineastas catalanes, Xavier Montanyá (una de las firmas que compuso el colectivo “Carlota Tolosa” que publicó un elaborado estudio sobre Puig Antich) y Laia Gomá demostraran las inmensas posibilidades del documental de investigación removiendo el caso hasta tomar contacto con, entre otros, los verdaderos autores de los atentados contra la Dirección General de Seguridad, que provocó accidentalmente unos treinta heridos: los también militantes Antonio Martín y Sergio Fernández. Su parte la cuentan ellos mismos, desde su exilio francés, en una impresionante confesión donde subyacen lágrimas, dolor, pelos de punta y décadas de mala conciencia, rencor y silencio. Sin renunciar a sus ideales, ambos declaran solemnemente: «Queremos que el mundo sepa que Delgado y Granados eran inocentes»; su objetivo era otro, justamente en atentar contra Franco siguiendo unas pautas no muy lejanas a la del atentado contra el almirante Carrero Blanco, mano derecha de Franco. Testimonios que se amplían con los algunos responsables de la organización a la que pertenecían, entre ellos el entrañable Octavio Alberola, y que vienen a refrendar los datos primordiales.

El documental (que TVE en su día pospuso su emisión una vez tras otra hasta que lo finalmente lo emitió en una Noche Temática), está trabado como un trabajo de investigación que ofrece al espectador las pruebas contundentes de que, ciertamente, Delgado y Granados eran inocentes de los atentados por los que fueron injustamente ejecutados sumariamente en una patraña de justicia, militar por supuesto, y en el que el abogado defensor no tenía ni el título. Todo aquello nos vuelve a revelar algo que no resistíamos a creer, a saber que la historia del franquismo es la historia de sus crímenes. Todo comienza por el testimonio conmovedor de María, la hija de Granados. Tenía cinco años, y después de que su padre fuera ejecutado por profesionales de la muerte, los otros niños del barrio le preguntaban: «¿y a tu padre, lo fusilaron o lo ahorcaron?».

En realidad, la misión de aquellos dos jóvenes no era otra que atentar contra el longevo dictador. Como no estaban todavía fichados, ambos pudieron viajar a Madrid, estudiar las idas y venidas del Caudillo, se agenciaron los explosivos y prepararon un golpe que tenía ciertas semejanzas con el que acabó con Carrero Blanco, pero, a la hora de la verdad, la cosa salió mal debido a una sospechosa mezcla de factores tecnológicos y humanos que desvió un acto que habría podido cambiar el curso de la historia, no sólo de España, sino de Europa. Aquel episodio, reconstruido para la televisión a través de testimonios y documentos que se contradicen y complementan armoniosamente describe en que consistió el enfrentamiento de unos idealistas inexpertos contra la maquinaria de un poder militarmente preparado para machacar al enemigo.

Vale la pena citar unas palabras el periodista Robert Escarpit escribió en Le Monde (22-8-1963): «Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez han dado su vida por algo pero, como siempre, los verdugos los han ejecutado por nada».

Se trata de documento fílmico que, aparte de revelar clamorosamente un error judicial prácticamente deliberado, va más allá de este aspecto. También es -por supuesto- un alegato contra la pena de muerte, un testimonio histórico sobre la naturaleza del franquismo, y sobre todo, una apuesta por la recuperación de la memoria de unos hechos olvidados, de la soledad de unos luchadores antifascistas, y como no, también de la discutible historia de los grupos armados anarquistas sobre los cuales el documental apunta la existencia de un duro debate sobre medios y fines al tiempo que da fe de dos luchadores que certifican el sacrificio de una generación que siguió luchando en condiciones tan terribles que les costó la vida sin llegar a haber actuado. Después de ellos, la resistencia libertaria queda prácticamente destruida… Los autores del documental ofrecieron constancia sobre la negativa de Manuel Fraga, entonces flamante Ministro de Información y Turismo, para hablar sobre estos hechos. Sin embargo, sí lograron los testimonios sobrecogedores de uno de los jueces, amén de otros jerarcas militares franquistas que no muestran el menor problema de conciencia ante lo ocurrido a pesar de las nuevas pruebas aportadas. Sus imágenes y sus palabras resultan francamente reveladoras de la sordidez criminal de esa parodia de legalidad de que se había dotado el franquismo, por supuesto, en contra la voluntad de sus autores, carentes de cualquier sentimiento de humidad.

Sin embargo, estos hechos no han tenido la repercusión militante que merecían. Unos hechos que revelan el titánico esfuerzo de militantes libertarios como Octavio Alberola cuyo activismo fue clave en la esperanza de una reconstrucción situada no solamente frente a la represión franquista, también a la “colonización” que socialdemócratas y comunistas oficiales habían impuesto en un movimiento obrero cuyas huelgas eran tachadas de “salvajes”.

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