Grecia, la parábola del naufrago y el socorrista

La Unión Europea (UE) ha salvado su unidad de mercado saboteando la democracia allí donde nació en épocas remotas. La pírrica victoria de los conservadores de Nueva Democracia (ND) en las elecciones del pasado 17 de junio en Grecia ha seguido la tradición de desprecio a la deliberación popular a que nos tiene acostumbrados Bruselas desde que el proyecto de moneda única se pusiera en marcha hace algo más de una década. Igual que en su día abortaron olímpicamente los referendos adversos cosechados en Francia, Holanda e Irlanda sobre distintos aspectos de la construcción comunitaria, ahora los partidarios de las purgas de austeridad diseñadas por el alto mando alemán han tenido que valerse de toda su artillería persuasiva y disuasiva para arrancar un “sí quiero a los mercados” en ese devastado país, incurriendo en una nueva afrenta a los principios democráticos que en teoría informan el proyecto europeo.

Sólo el voto del miedo aventado por los lobbies financieros y empresariales, la presión de instituciones y dirigentes comunitarios y la emponzoñada campaña de buena parte de la prensa helena, presentando los comicios como un plebiscito entre el bien y el mal, han logrado dar la victoria a los predicadores del continuismo del cuanto peor mejor, socialmente hablando. Lo obtenido a trancas y barrancas el 17-J, tras demonizar a Syriza y a su líder Alexis Tsipras (“El hombre más peligroso de Europa”, según el Financial Times en su edición germana), no es más que la versión canalla de la más diplomática defenestración de Yorgos Papandreu por la troika (BCE, FMI, UE) cuando en noviembre pasado el jefe del gobierno griego quiso convocar un referéndum sobre las condiciones del segundo rescate al país.

Una razón de Estado supranacional, auspiciada en tándem por los mercados financieros y la Comisión europea, ha convertido en diana cualquier política que pretenda rectificar la hoja de ruta trazada por los arquitectos de la Unión. Sin autorización expresa de los pueblos que la conforman, y sin que conste en ningún lugar esa prescripción, la región está sometida de facto a una especie de derecho de injerencia que impide toda disidencia radical. Se cumple así lo anunciado por teóricos de la globalización como Samuel Huntington respecto a los peligros de un “exceso de democracia” para la gobernanza de las sociedades complejas.

Sin embargo, tras la batalla electoral griega, y a pesar de los intentos de pasar página como si nada hubiera ocurrido, se acumulan los interrogantes. Al dinamitar la natural alteridad ideológica derecha-izquierda, en provecho de un posicionamiento maniqueo a favor o en contra de las draconianas medidas de austeridad, se ha logrado rescatar in extremis los restos del bipartidismo denostado por la población griega en pasadas consultas por su responsabilidad en la crisis, pero a un alto precio. Al forzar que volviera a entrar por la ventana lo que la ciudadana había echado por la puerta, el resultado final ha sido erosionar gravemente la credibilidad del sistema. Entre las consecuencias más alarmantes de ello está la aparición de una extrema derecha xenófoba incrustrada en sus instituciones representativas.
Un mensaje envenenado para quienes hayan sufrido parecido ninguneamiento democrático por parte de sus gobiernos, como el golpe de mano perpetrado entre Zapatero y Rajoy que llevó a modificar la constitución española al margen de la voluntad general. Seguramente, la Alemania de Angela Merkel, en su obsesión por evitar que una política demasiado condescendiente con sus deudores resucite aquella nefasta inflación que dio la llave de aterrizaje al Tercer Reich, no ha caído en la cuenta de que el peligro que se quería conjurar puede incubarse precisamente por su despótica gestión de la crisis. La historia no se repite si dos no quieren, pero los errores crean tendencia. En los años treinta el crac vino adobado con el colapso de la socialdemocracia y la esquizofrenia del partido comunista. Hoy también pintan bastos.

Decía el recientemente desaparecido historiador Tony Judt que “algo va mal” al referirse a la mutación neoliberal del socialismo que prosperó al calor del Estado de Bienestar, y el caso griego puede ser la última prueba de esa deriva. Descartados los partidos claramente antieuropeos (como los comunistas del KKE y los neonazis de Amanecer Dorado), la hegemonía de la izquierda griega es clara si se suman los resultados obtenidos por todas las formaciones que así se reivindican (el 26,9% de Syriza, el 12,3% del PASOK y el 6,3% de Izquierda Democrática). El 45,5% de los votos emitidos, un 12,8% más que lo recogido por la derecha (29,7% de Nueva Democracia y 7,5% de Griegos independientes). Pero no toda la izquierda piensa igual. No sólo muchos simpatizantes del Pasok han votado a ND para cortar el paso a Syriza (esa es la única explicación de su espectacular derrumbe, que le ha hecho pasar de 160 escaños en 2009 a 33 en 2012), sino que será gracias al apoyo de los socialdemócratas griegos que los conservadores podrán profundizar las lesivas políticas de austeridad que han traído la calamidad a gran parte de la población, devaluado la democracia hasta el escarnio y provocado un peligroso efecto llamada a los partidos totalitarios. Lo que le dijo el naufrago al socorrista: es peor el remedio que la enfermedad.

* Publicado en Rojo y Negro

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