Gresca

Jesús Gómez Gutiérrez*. LQSomos. Junio 2017

Yo lo pondría en portada

La gresca tiene un origen, claro. No se han empezado a insultar porque coincidieran casualmente en el mismo pudridero, sino porque alguien ha manoseado lo que no debía. Siempre habrá políticos que olviden lo que son y se crean otra cosa, un vecino, un periodista, un artista (como todos en el país). ¿Han visto un país con más artistas? ¡Vamos, si el arte lo hace cualquiera! No es como ser odontólogo o gestor, sea lo que sea ser gestor), pero siguen siendo políticos y, cuando hablan en calidad de políticos, montan follones políticos. De ahí la gresca. Vino uno de esa especie y dijo «feliz, feliz» fiesta religiosa a los fieles de una religión, por supuesto (en eso anda fino todavía, aunque a punto de gritar «¡bingo!» en una partida de tute), lo cual molestó a los fieles de otra porque (cito) su subespecie dentro de la especie (la supuestamente progresista) nunca dice «feliz, feliz» fiesta religiosa cuando se trata de la otra (falso) o porque critican la otra (medio cierto) mientras lamen el pandero de las étnicas (simbólicamente cierto). Y bueno, lo típico: Imbécil, cabrón, furcia, tonta, traidor, etc. Los ultras, de ultras (vaya banda); los laicos, de aquí perdemos sí o sí (indiscutible) y los seguidores del personaje en cuestión, gritando «¡muerte a los críticos!» con antorchas de algodón de azúcar y navajas de color rosa, menos violentas (afirman) que las normales.

Al final del día, algunos apelan a la separación de Iglesia y Estado y a varios conceptos elementales que la subespecie desconoce (no están en los libros de autoayuda). No, tampoco en los talleres de sensibilidad integral). Y hacen bien, muy bien, verdaderamente bien. Pero, ¿qué pasa con la consecuencia ordinaria y casi única del parto del buen rollito, que es de donde parten por sistema los «feliz, feliz» de esos personajes? Que la alegre cofradía vuelva a sus cuentos y vidas de hadas no implica en modo alguno que el pudridero se vacíe y, mucho menos, que la gente se bese. ¿Qué pasa con el cabreo? Yes, en efecto, el cabreo. Banalizar los conflictos, despreciar la realidad y comportarse como si se estuviera en un espectáculo televisivo para niños de teta no libera a los «humildes» (término novísimo y súper progre de otro genio) de la carga de ser hombres y mujeres, es decir, bichos en peligro y peligrosos; sólo contribuye a desmontar su cultura (ya bastante desmontada, aunque ése es otro tema) y a provocar un cabreo que se va acumulando gota a gota por mucho que los columnistas adjuntos a la subespecie (manada de horteras donde los haya) escriban «ay corazoncito» cuando la realidad susurra: «me cago en tus muertos». Por lo demás, la lluvia en Sevilla es una maravilla. Yo lo pondría en portada.

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