Haití. Una intervención que se perpetúa

Mientras en la cumbre del MERCOSUR de Montevideo, el fin de semana pasado, los países del bloque hacían coro en defensa del presidente boliviano Evo Morales, víctima de una humillación con acentos colonialistas, por la puerta trasera se les colaban asociaciones que les recordaban que por casa hay cosas que huelen mal y los invitaban a mirar hacia Haití.
Henry de Boisrolim, representante del Comité Haití Democrático, fue el encargado de transmitir en Montevideo el mensaje de una serie de organizaciones sociales contrarias a la permanencia de tropas de las Naciones Unidas (tres de los países del MERCOSUR: Argentina, Brasil y Uruguay, son precisamente los que predomina en ellas) en Puerto Príncipe con la excusa de que son necesarias para “estabilizar el país”.
“Mucha gente cree que la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH) es una misión de solidaridad. ¡Nosotros no! Nosotros afirmamos que es una violación de nuestra soberanía y de nuestro derecho a la autodeterminación y creemos que políticamente no hay posibilidad de resolver los problemas de nuestro país sin la recuperación de la soberanía”, dijo Boisrolin en Montevideo.
Desde que están presentes en Haití, hace casi una década, luego del golpe de Estado contra el presidente Jean Bertrand Aristide, los cascos azules de la ONU “se han limitado a reprimir al movimiento social, que no ha dejado de plantear sus reivindicaciones, entre otras cosas por un salario mínimo, ocasión en colaboraron con la policía haitiana en la represión”, dijo el activista, que hoy reside en Córdoba, Argentina.
“Muy poco han hecho en favor de estabilizar positivamente su situación en lo que más les importa a los haitianos: tener un nivel de vida digno. Por el contrario: las propias tropas de la MINUSTAH se han convertido en factor de desestabilización social, al haber transmitido una epidemia de cólera que se sabe que partió de la base nepalesa de la misión y costó a los haitianos, ya saturados de enfermedades de todo tipo, más de 6.000 muertes y cien veces más de infectados.
Sin contar las violaciones y otras agresiones sexuales que han sufrido mujeres y hombres haitianos, por ejemplo de parte de soldados de Sri Lanka y hasta de soldados uruguayos.
A Boisrolin le cuesta encontrarle “algo positivo”  a la MINUSTAH
“No sólo sus solados no ayudan en lo que realmente se necesita en el país y perjudican sino que ni siquiera responden por los delitos que se ha probado que cometieron”, dice, aludiendo a los casos de violaciones de niñas de 12 años cometidos en 2007 por 114 soldados srilankeses identificados y a una masacre de niños en la villa miseria de Cité du Soleil. “Gozan de inmunidad, lo que equivale a impunidad”.
Mejor haría la ONU –dijo– en destinar el dinero que dedica a financiar una intervención militar en ayudar a combatir la hambruna que afecta a seis de los 10 departamentos del país o a las decenas y decenas de miles de personas que todavía viven en campamentos tres años después del terremoto que mató a un cuarto de millón de haitianos.
“Tal vez en cien años los países latinoamericanos que participan en la MINUSTAH o la apoyan pidan perdón al pueblo haitiano, como terminaron haciendo con Paraguay por el genocidio de la guerra de la Triple Alianza, pero no podemos esperar cien años.
Somos un pueblo que como todo pueblo tiene sus problemas pero que es capaz de darse una institucionalidad propia. Necesitamos ayuda, y más que ayuda solidaridad, pero nunca tropas de ocupación”, concluyó Boisrolin.

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