¡Bailaré sobre tu tumba, Margaret Thatcher! (Segunda parte)

El espíritu de las Malvinas
 
En política exterior, Margaret Thatcher secundó a Estados Unidos en la “Guerra Fría” contra la Unión Soviética. No puedo probar que fuera un peón de la OTAN como afirman Stalker y Ken Loach, pero lo cierto es que respaldó la iniciativa de desplegar misiles de crucero y misiles balísticos nucleares en Europa Occidental. Además, triplicó las fuerzas nucleares británicas, comprando misiles balísticos intercontinentales para submarinos de fabricación norteamericana. La pionera de la austeridad desembolsó 12.000 millones de euros de la época, mientras recortaba más y más “las perniciosas ayudas sociales”. Al mismo tiempo, establecía un trato comercial exclusivo con Sikorsky Aircraft Corporation, subsidiaria del conglomerado de empresas norteamericanas United Technologies Corporation, con sede en Hartford, Connecticut. Sikorsky Aircraft Corporation es una empresa dedicada al diseño y construcción de helicópteros, con las tecnologías más avanzadas para uso comercial y militar. Michael Heseltine, ministro de Defensa británico, dimitió por considerar que Margaret Thatcher favorecía los intereses de la Sikorsky Aircraft Corporation, despreciando cualquier otra opción y obrando por motivos poco éticos.
 
La Dama de Hierro presumía de su amistad con el presidente sudafricano Pieter Willem Botha. De hecho, le invitó al Reino Unido en 1984 y calificó al Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela de “típica organización terrorista”. Su visceral anticomunismo no le impidió enviar al SAS a entrenar a los jemeres rojos para que lucharan contra la República Popular de Kampuchea, apoyada por Vietnam, pues entendió que el gobierno de Hanói era mucho más peligroso para los intereses occidentales. La utopía campesina de los jemeres rojos estaba abocada al fracaso y, en cambio, Vietnam disfrutaba de una prosperidad económica que lo situaba a las puertas de los países desarrollados, lo cual significaba una amenaza para los intereses occidentales en la región. La oposición de Thatcher a la integración europea sólo fue un efecto de su sumisión a Estados Unidos, pues creía firmemente en la creación de un Bloque Atlántico liderado por sus aliados norteamericanos y en ningún caso quería colaborar con la creación de una Europa social. En abril de 1986, permitió que los F-111 estadounidenses utilizaran las bases de la Royal Air Force para bombardear Libia y participó en la Primera Guerra del Golfo, que causó alrededor de 40.000 bajas iraquíes, si bien la coalición de 31 países liderada por Washington falseó las estadísticas para ocultar el intolerable sufrimiento de la población civil.
 
El 2 de abril de 1982, la Junta Militar que gobernaba Argentina intentó esconder el genocidio perpetrado contra la izquierda (30.000 asesinatos extrajudiciales), ocupando las Islas Malvinas, Puerto Stanley, las islas Georgias del Sur y el grupo de pequeñas ínsulas conocidas como Islas Sandwich del Sur. El 21 de mayo los ingleses desembarcaron en la bahía de San Carlos y el 14 de junio Argentina se rindió. Durante la guerra, se produjeron 225 bajas británicas y 649 argentinas, la mitad de ellas cuando el submarino nuclear HMS Conqueror hundió el crucero ARA General Belgrano, que se encontraba en el área de exclusión militar de 200 millas establecida por el Reino Unido. La orden del hundimiento partió del gabinete de guerra presidido por Margaret Thatcher que se había reunido horas antes en la residencia campestre de Checkers, situada en las cercanías de Londres. El presidente peruano Fernando Belaúnde Terry estaba realizando gestiones de paz y había obtenido ciertos avances, pero Thatcher quiso enviar el mensaje de que la victoria sólo podía ser incondicional y rotunda. Sabía que sólo de ese modo lograría el impulso que necesitaba para continuar su carrera política, por esas fechas muy dañada por los altos índices de paro y malestar social. Murieron 323 tripulantes del ARA General Belgrano, la mayoría soldados jóvenes, con escasa experiencia militar, y algunos en fase de formación (es decir, estudiantes). Se acusó a Margaret Thatcher de cometer un crimen de guerra, pero nadie se planteó iniciar una acción judicial. Testimonios posteriores, relataron ejecuciones sumarias, torturas y mutilaciones perpetradas por las tropas británicas. En 1992, Vincent Bramley, excombatiente británico, publicó el libro Viaje al infierno, donde narraba fusilamientos, malos tratos, atrocidades y una larga lista de abusos. En 1994, el cabo argentino José Carrizo afirmó que había sobrevivido a un fusilamiento en Monte Longdon, donde perdieron la vida nueve soldados, ametrallados sin piedad. Nunca se realizó una investigación internacional que verificara los hechos. La justicia británica se limitó a recoger testimonios indirectos y declaró que no había pruebas concluyentes. Lejos de afligirse por la pérdida de vidas humanas, Margaret Thatcher reivindicó el “espíritu de las Malvinas” como un ejemplo de su talante combativo e inflexible
 
Desde el principio de su mandato, la Dama de Hierro se mostró partidaria de llevar lo más lejos posible la política de recortes sociales. Cuando le presentaban los presupuestos, siempre repetía: “No son lo bastante duros”. Mantuvo la misma actitud en Irlanda del Norte, participando personalmente en la elección de las armas destinadas a la Royal Ulster Constabulary. Chovinista, antifeminista (“¿Qué han hecho los movimientos de liberación de la mujer por mí? Algunas mujeres nos habíamos liberado antes de que a ellas se les ocurriera pensar sobre el tema”) y racista (nunca disimuló su desagrado hacia la inmigración de origen asiático o africano), sus partidarios sostenían que había mejorado la situación económica del Reino Unido, pero los datos indican lo contrario. Alérgica al diálogo y la negociación (“No soy una política de consenso. Soy una política de convicciones”, “No me importa cuánto hablen mis ministros mientras hagan lo que yo quiero”), reivindicó la meritocracia para justificar las desigualdades y repudió cualquier planteamiento comunitario y solidario (“No existe nada llamado sociedad. Hay hombres y mujeres y hay familias”). En Escocia, desmanteló la minería, la industria naval y metalúrgica y el sector del automóvil, arrojando a la pobreza a miles de familias. Es cierto que incrementó del 7% al 25% el número de propietarios de acciones y promovió que un millón de familias compraran las viviendas sociales facilitadas en régimen de alquiler por los anteriores gobiernos laboristas, pero su “capitalismo de casino” incentivó las maniobras especulativas del mercado de capitales, estableciendo un modelo económico que favorecía la aparición de burbujas financieras y sus inevitables pinchazos, verdaderos tsunamis que posteriormente han devastado la economía de regiones enteras. Al relegar la industria y el trabajo productivo, el movimiento de divisas y las inversiones de alto riesgo reemplazaron a la economía real. Las consecuencias de este cambio definen el mundo actual, lastrado por una crisis inacabable, que comienza a despuntar como un nuevo sistema, con intenciones de perpetuarse y servir de pretexto permanente para restringir libertades e imponer a los trabajadores unas condiciones laborales abusivas, abandonando a su suerte a los más infortunados.
 
Un legado de miseria y desesperanza
 
En World orders old and new (1994), Noam Chomsky cita al economista Wynne Godley para señalar que <<el período Thatcher se caracterizó por “la ralentización del crecimiento, por la menor capacidad para competir en los mercados mundiales, por el acusado aumento de la deuda y del desempleo gubernamental y familiar, así como por histéricas oscilaciones en una economía alarmantemente inestable, que se unen a la pérdida de capacidad manufacturera>>. Más adelante, añade Chomsky: “En 1993 la prensa informó que una cuarta parte de la población, incluyendo al 30% de los niños y los adolescentes menores de dieciséis años, subsistía con menos de la mitad de la renta media, una cifra similar a la del nivel oficial de pobreza. La renta de las familias más pobres experimentó una reducción del 14%. Entre 1979 y 1993, las desigualdades crecieron vertiginosamente, superando incluso al aumento de la desigualdad en los Estados Unidos de Reagan. La comisión británica para la justicia social reveló que la desigualdad de rentas era mayor que cien años atrás. Un estudio de la organización benéfica Action for Children reveló que la distancia entre ricos y pobres era mayor que en la época victoriana y en algunos aspectos peor: “Un millón y medio de familias no pueden sufragar el coste de proporcionar a sus hijos la misma dieta que recibía una criatura de la misma edad en un hospicio de Bethnal Green en 1876”. Un informe de la Comisión Europea afirmaba que durante la década de los ochenta Gran Bretaña se convirtió en uno de los países más pobres del continente, situándose después de Italia y de algunas regiones españolas. El Financial Times señaló que Gran Bretaña había ingresado en “el asilo de los pobres” y que junto a España, Portugal, Irlanda y Grecia era “técnicamente lo bastante pobre como para solicitar fondos estructurales a la Comunidad Europea”>>.
 
La bruja ha muerto
 
Hace unos años, Manuel Vicent escribió una brillante semblanza de la sangrienta Maggie: "Mientras Margaret Thatcher planchaba a los sindicatos, privatizaba a las empresas públicas, se enfrentaba a las huelgas y entronizaba el neoliberalismo más salvaje, desde Downing Street se dirigía a la Cámara de los Comunes con el bolso de cocodrilo charolado como el mismo espíritu con que iba a la tienda de ultramarinos de su padre. Fue el gran festín del librecambio con los perros de la codicia humana ladrando en el corazón del dinero. Pero aquella fiesta se convirtió en el baile maldito de esta durísima crisis económica. Ninguna de las hormigas y piojos humanos con los que se cruza en la acera, hoy sometidos al paro más despiadado, reconoce a esa anciana encorvada, que en realidad es la principal responsable de su miseria." Educada en un estricto metodismo que en su infancia le prohibió jugar con su hermano durante el día del Señor y, más adelante, acudir a las fiestas con chicos del sexo opuesto, Thatcher será recordada por muchos como una mujer perversa, cínica y manipuladora. Aunque acudan más de 2.000 personalidades a su funeral (algo semejante sucedió con Wojtyla y Teresa de Calcuta, dos personajes nefastos que impulsaron el fanatismo religioso, la desmovilización política de los pobres y la inocua caridad en detrimento de la justicia y la solidaridad), miles de ciudadanos anónimos ya han celebrado en la calle su desaparición, repitiendo el lema: Ding Dong, the witch is dead! (¡La bruja ha muerto!). La frase procede de la canción cantada por Judy Garland en El Mago de Oz para celebrar la muerte de la malvada Bruja del Este. Convertido en símbolo de las protestas, el tema se ha situado en el top 10 de ventas. En Londres, Glasgow y otras ciudades las manifestaciones de alegría son incontenibles. En Brixton, un barrio obrero, multirracial y profundamente deprimido por los despiadados recortes sociales de Thatcher, la gente se arrojó espontáneamente a la calle para festejar la noticia. Una mujer de Liverpool recordó su triste niñez, cuando sus padres y los de sus amigos se quedaron sin trabajo por el cierre de los muelles. Un profesor jubilado de enseñanza media la acusó de reavivar la lucha de clases, calificándola como “una de las mayores y más viles abominaciones en la historia social y económica”. “Su muerte –añadió, sin ocultar su júbilo- es "un momento para recordar”. Maggie ha muerto, pero su herencia sigue viva. Ese legado se llama revolución neoliberal y miles de desdichados continúan sufriendo por su abyecta política, prolongada por sus sucesores. El laborista Tony Blair profundizó aún más la brecha social, con nuevos recortes y una agresiva política exterior. David Cameron está finalizando la tarea, enterrando los últimos vestigios del Estado del Bienestar. Jonh McCullagh compuso la canción “ I’ll Dance On Your Grave Mrs Thatcher. Finalizo este artículo escuchando el tema y no puedo evitar emocionarme, pues yo también desearía bailar sobre la tumba de la mujer que robó la leche a los niños, envió al paro a millones de trabajadores y ordenó el asesinato a sangre fría de los patriotas norirlandeses. Espero que no encuentres la paz en un hipotético más allá. Somos muchos los que te recordaremos con ira y desprecio. Ojalá nunca hubieras existido. Tu nombre siempre será un sinónimo de crueldad, malicia e insensibilidad. Goodbye, bloody Maggie!
 
 
 

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