Idas y vueltas: de Puerto Rico a la República Dominicana

Por Francisco Cabanillas. LQSomos.

‘Vampiresa en tu novela, la gran tirana…’,
ensayaba en el avión la Sirena camino a
la República Dominicana.
Mayra Santos-Febres

No obstante, cada vez más personas circulan
constantemente a través de zonas limítrofes e híbridas
entre espacios nacionales.
Jorge Duany

La santa bandera de Santo Domingo
tiene una cruz,
una cruz blanca que parte en cuarteles
la enseña divina de rojo y azul […]
José de Diego

I
Fue en la biblioteca de la Universidad de Connecticut, Storrs, durante la segunda mitad de 1980. De una de las estanterías en la sección de literatura latinoamericana, un libro de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) —¿el Antonio S. Pedreira (1899-1939) dominicano, hispanófilo, demasiado hispanófilo, que murió en Buenos Aires?— llama la atención. Hojeada rápida, casual, del libro (¿quién pudiera recordar el título?) que, fortuitamente, marcará desde entonces la memoria a partir de una oración que hoy, a tantos años, habría que parafrasear así: en verdad, lo que realmente quiere la humanidad (¿giro orientalista?), es no hacer nada.

Frente a la Biblioteca Nacional Pedro Enríquez Ureña, en Gazcue, relativamente cerca de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, la literatura y la crítica literaria se quedan boquiabiertas con las palabras del Maestro dominicano: ¿no hacer nada?

II
Desde la acera frente a la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña, se siente la presencia de Julia de Burgos (1914-1953) en la biblioteca. Tensión; el campo magnético que emana, quizás por las celebraciones que se llevaron a cabo durante el centenario (1914-2014) de la poeta boricua, crea una fuerza de gravedad que imanta hacia el interior del inmueble. ¿Promesa de que la biblioteca alberga el homenaje de Chiqui Vicioso, Julia de Burgos en Santo Domingo (2018)?

Por otro lado, desde la Ciudad Colonial llega la imantación de otra fuerza, igualmente poética, que obliga a gravitar hacia el límite sureste de la ciudad primigenia de las Américas; donde, en el Parque Julia de Burgos, la nuestra (también conectado con la escritora dominicana Chiqui Vicioso), una escultura de Julia, develada en su centenario (2014), reclama lo que le pertenece a esa sonrisa.

Tensión; entre la fuerza de gravedad de la biblioteca y la del parque, la presencia simbólica de Julia en Santo Domingo —porque ella nunca puso pie en la isla—altera la biografía de la musa que sabía muy bien su verdadero nombre:

“¿Cómo habré de llamarme cuando sólo me quede
recordarme, en la roca de una isla desierta?
Un clavel interpuesto entre el viento y mi sombra,
hijo mío y de la muerte, me llamarán poeta” (JB).

III
De Gazcue a La Romana, las referencias literarias cambian. Primero, para salir de Gazcue, hay que atravesar la Ciudad Colonial, donde preside el espectro de Eugenio María de Hostos (1839-1903) en el Panteón Nacional, y cruzar el Río Ozama.

Después, se precisa costear hacia el este a lo largo del Mar Caribe, pasando por San Pedro de Macorís hasta llegar a La Romana; ciudad en la cual las referencias al ensayista-crítico literario y cultural Pedro Henríquez Ureña ceden su espacio al escritor-político Juan Bosch (1909-2001), amigo de Julia de Burgos y de su enamorado dominicano, y autor de “La Nochebuena de Encarnación Mendoza” (1949).

Cuento en el cual el protagonista jornalero de la caña, Encarnación, mata al cabo Pomares el Día de San Juan (23 de junio), después de que el cabo, borracho, abofeteara a Encarnación. Incidente que convierte a Encarnación, un hombre bueno, amante de su mujer y de sus hijos, en un pobre jornalero en fuga, que lleva seis meses prófugo huyendo del ejército hasta que, en un cañaveral a un poco más de dos horas de regresar a su casa el día de Nochebuena, el ejército le cobra la vida por la muerte del cabo.

Cuando los soldados dan con Encarnación en los cañaverales de la zona norte, entre Macorís y La Romana, le caen al cuerpo del pobre fugitivo de la injusticia militarizada, quince tiros; el primero de los cuales le destroza la columna vertebral:

“Estaba muerto Encarnación Mendoza. Conservaba las líneas del rostro, aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa, no en el batey, vivo o muerto. Comenzaba a llover, y el sargento estaba pensando algo. Si él sacaba el cadáver a la carretera, que estaba hacia el poniente, podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán; si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a la Romana, y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche, tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís.”

IV
Militarizado hasta el tuétano, el patriarcado dominicano que muestra Bosch en su cuento de crítica social, hace mierda a Encarnación, un pobre jornalero pobre cuya carnicería, tras quince tiros, no satisfizo al militar: “El sargento quería algo más.”

Emblemático de la brutalidad que, no contenta con el asesinato, añade crueldad de género contra la madre-esposa de Encarnación, el sargento la expone ante el cuerpo destrozado de su esposo:
“El muerto estaba empapado en agua, sangre y lodo, y tenía los dientes destrozados por un tiro, lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible.
La mujer miró aquella masa inerte; sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura; y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente, hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba:
-¡Hay m’shijo, se han quedao güérfano… han matao a Encarnación!”

Crítica al militarismo, inspirada en la realidad que vivió la República Dominicana, la cual obligó a Bosch al exilio (1936), durante los treinta y un años (1930-61) de dictadura de Rafael Leonidas Trujillo (1891-1961). Crítica que alcanza su máximo esplendor en el ensayo, El pentagonismo, sustituto del imperialismo (1967), que Bosch escribió después de la pesadilla: haber ganado las elecciones presidenciales de 1963 bajo el Partido Revolucionario Dominicano y haber sido depuesto del poder el mismo año —lo que le ganará un segundo exilio, esta vez a Puerto Rico— tras un golpe militar orquestado por las oligarquías dominicana y usamericana. Esta última, determinada a cortar de raíz el surgimiento de todo lo que le pareciera una segunda Cuba.

Según Aritz Recalde en “Bosch y el pentagonismo” (2017), como el imperialismo, interesado en “extraer materias primas, obtener mercados compradores e invertir capitales sobrantes,” el pentagonismo plantea, además, cuatro dinámicas nuevas en el ejercicio del poder:

“1. No se explota meramente a las colonias, sino además a «su propio pueblo» que también financia la guerra. Se busca un beneficio donde se «fabrican las armas, no donde se emplean» y el «pueblo pentagonista es explotado como colonia, puesto que es él quien paga a través de los impuestos los aviones de bombardeo que enriquecen a sus fabricantes» (Bosch 1968: 21-22).
2. La guerra es más rentable que la explotación económica imperial y «rinde varias veces más, y en tiempo mucho más breve, un contrato de aviones que la conquista del más rico territorio minero» (Bosch 1968: 21). Bosch destacó que la guerra era un negocio excepcional y que los vendedores de armas cobran «antes aun de que los equipos militares hayan sido puestos en uso» y no importa el resultado del proceso bélico sino solamente el cumplimiento del contrato de los proveedores.
3. El poder militar controla al gobierno civil. La sociedad de los EUA designaba presidente, gobernadores o legisladores «pero no puede elegir ni a los generales ni a los coroneles que disponen de sus bienes y de su vida. Tampoco puede el ciudadano elegir a los jefes de la CIA» (Bosch 1968: 33). La tarea del gobernante derivaba en una actividad burocrática en el marco de un sistema político carente de líderes y de programas. Más allá de lo que ocurra en las elecciones, los dirigentes estaban obligados a implementar la política exterior impuesta por el pentagonismo.
4. Se justifica la agresión en nombre de la libertad y a los soldados norteamericanos se les «hace creer que están yendo a la muerte para beneficiar al país atacado, para salvarlo de un mal» (Bosch 1968: 21).”

V
Entre una novela — Ritos de cabaret (1986) de Marcio Veloz Maggiolo (1936-2021)— que hilvana los últimos años de la dictadura trujillista, la Guerra Civil de 1965 y la ocupación usamericana del mismo año; y un libro de cuentos malditos —Buffet para caníbales (acrílica y sopa de hongos) (2002) de Pastor de Moya— seducido por la perversidad literaria, demasiado literaria:

“vuelo a vestirme pero ya es tarde porque me doy cuenta de que unos paramédicos me llevan en una camilla y me dicen que he dado a luz unos pájaros negros muy hediondos y que ellos presumen que son cuervos.”

Entre ambos libros irrumpe un poemario feroz —Postales (2004) de Frank Báez— que se mueve de la degradación posmoderna del sujeto-poeta a la solidaridad intersubjetiva transmoderna, en tercera persona, desde una dominicanidad a pie:

“A Patria que se fue en yola a Puerto Rico con todos sus ahorros, trabajó y trabajó hasta llegar a Nueva York, alguien la preñó, sudó el lomo bailando encuera en Queens, limpiando toilets en Manhattan, cocinando en un restaurante polaco, luego en uno italiano y finalmente en Burrito Buggy, donde le pagan más.”

Desde la novela de crítica social, los cuentos protervos y el poemario autocrítico que termina en prosa intersubjetiva, la literatura dominicana contemporánea (Veloz Maggiolo, de Moya y Báez) cortocircuita. Chisporroteo intertextual; estallido que se engancha con el ruido del siglo XVI dominicano de Fray Bartolomé de las Casas (1484-1566), a través del libro que hizo temblar el Caribe durante la década de los años noventa: La isla que se repite. El Caribe y la perspectiva posmoderna (1989) de Antonio Benítez Rojo (1931-2005). Vuelta a la plaga de hormigas que asolaron La Española (1519-21) después que Fray Bartolomé, para frenar el abuso contra la esclavitud indígena, propuso traer esclavos negros que hicieran el trabajo que mataba a los taínos.

Para Benítez Rojo, en el segundo capítulo de La isla que se repite, “Bartolomé de las Casas: entre el infierno y la ficción,” esa justificación de la esclavitud africana le costó a Las Casas un trauma psicológico que lo llevó a ficcionalizar aspectos de la plaga para ocultar el sentido de culpa que lo albergaba por haber legitimado el pecado contra la humanidad negra: “miedo al Padre Divino, a la Ley Divina […] mideo al castigo absoluto del Infierno: objetivación escatológica del Edipo” (Benítez Rojo).

VI
Fue en la biblioteca de la Universidad de Cincinnati, Ohio, durante la primera mitad de 1980. De una de las estanterías en la sección de literatura latinoamericana, un librito de ensayos primero y una novela después, intersecan. ¿Chisporroteo intertextual? ¿Ficcionalización patológica de la realidad?

Desde el ensayo poético, Iván Silén, en El llanto de las ninfómanas (1981), se duplica: The Wail of the Nymphomaniacs.

Desde la novela irreverente, Severo Sarduy (1937-93), en De donde son los cantantes (1967), asume como respuesta —no como pregunta: ¿de dónde son los cantantes?— la melomanía literaria cubana.

Los cantantes son de la loma, dice el emblemático son cubano que Sarduy estampa en su novela, y cantan en llano.

Las ninfómanas lloran, según Silén, porque la madre, bajo las garras del estado, traiciona al hijo poeta.

VII
Fue en la biblioteca del Recinto Universitario de Mayagüez, Puerto Rico, durante la última mitad de 1970. De una de las estanterías de la sección de literatura latinoamericana, un poemario con título centrípeto, Hay un lugar en el mundo (1949) de Pedro Mir (1913-2000), reclama la mirada:

“Hay un país en el mundo colocado
en el mismo trayecto del sol,
Oriundo de la noche,
Colocado en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.”

Desde la costa oeste de Puerto Rico, el lugar en el mundo que el poeta pone en el trayecto del sol, la República Dominicana, queda, al cruzar el Canal de la Mona, frente a Mayagüez.

A través de Isla de Mona primero y de Isla Saona después se llega a las costas de La Romana, por cuyos cañaverales anduvo Encarnación Mendoza en el cuento de Juan Bosch; narrador, ensayista y político para quien el poemario de Pedro Mir, Hay un lugar en el mundo (1949), marcó la llegada del “poeta nacional” que el país necesitaba:

“Hay un país en el mundo
donde un campesino, breve y agrio
muere y muerde descalzo su polvo derruido,
y la tierra no alcanza para su bronca muerte.
¡Oídlo bien! No alcanza para quedar dormido.
Es un país pequeño y agredido. Sencillamente triste,
triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije
sencillamente triste y oprimido.”

El puente literario entre La Romana y Mayagüez, útil, demasiado útil para evitar las tragedias de emigrantes en yola brutalizados por el neoliberalismo que los expulsa de su país, por el mar que se los traga y los tiburones que se los comen, o por las agencias federales usamericanas que, muchas veces desde la Isla de Mona, los deportan a la República Dominicana; ese puente literario, cruzado en el siglo XIX por Eugenio María de Hostos y Ramón Emeterio Betances (1827-98), lo han cruzado, para conjurar la violencia desde el análisis, libros contemporáneos como Los dominicanos en Puerto Rico: migración en la semi-periferia (1990) de Jorge Duany, y, sobre todo desde el capítulo III, “De ilegales a indocumentados: la inmigración dominicana a Puerto Rico,” Caribe Two Ways: cultura de la migración en el Caribe insular hispánico (2003) de Yolanda Martínez San Miguel.

VIII
Cultura de la migración en el Caribe hispánico que, de República Dominicana a Puerto Rico, estalla en la década neoliberal, demasiado neoliberal de 1990, manchando el Pasaje de la Mona de yolas fúnebres. Éxodo que se le haría difícil de entender al autor de Hay un país en el mundo, en cuya República Dominicana de 1949 había poco más de dos millones de habitantes (2.135.872), casi la población de Puerto Rico en 1940 (1.869, 255); por lo que la escasez poblacional resuena en el poema que cartografió a la República Dominicana de la primera mitad del siglo XX:

Es un país pequeño y agredido. Sencillamente triste,
triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije
sencillamente triste y oprimido.

No es eso solamente.
Faltan hombres
para tanta tierra. Es decir, faltan hombres
que desnuden la virgen cordillera y la hagan madre
después de unas canciones.
Madre de la hortaliza.
Madre del pan. Madre del lienzo y del techo.
Madre solícita y nocturna junto al lecho…
Faltan hombres que arrodillen los árboles y entonces
los alcen contra el sol y la distancia.
Contra las leyes de la gravedad.
Y les saquen reposo, rebeldía y claridad.
Y hombres que se acuesten con la arcilla
y la dejen parida de paredes.
Y hombres que descifren los dioses de los ríos
y los suban temblando entre las redes.
Y hombres en la costa y en los fríos desfiladeros
y en toda desolación.
Es decir, faltan hombres.
Y falta una canción.”

IX
Fue en la biblioteca de la Universidad de Bowling Green, Ohio, durante la década de 1990.
De una de las estanterías de la sección de literatura latinoamericana, un ensayo de identidad cultural, El ocaso de la República Dominicana (1990) de Manuel Núñez, hace temblar la biblioteca desde la representación de lo haitiano. ¿Chirrido de dientes? Entre los libros que caen de las estanterías a causa del torbellino antihaitiano, se destaca La isla al revés (1983) de Joaquín Balaguer (1906-2002) —intelectual cuya imagen de escritor-político-dictador es radicalmente opuesta a la del escritor-político-revolucionario de Juan Bosch— .

Desde la pintura dominicana, en El perro lambón y su doble en el espejo de Borges (1997), la propuesta literaria del artista José García Cordero —autoexiliado en París para alejarse de las garras del presidente Balaguer en 1977— hace temblar los libros de poesía y de narrativa al hablar de lo humano, malamente humano (el adulador, el lacayo, el alcahuete político), desde lo animal: lengua larga de un perro que cuelga de la nada como si fuera un racimo de plátanos pudriéndose en la asimetría de la impunidad, de la que se beneficia a todas luces la figura humana que nos desafía desde la imprecisión.

Desde la otra isla boricua, una colección de ensayos, No llores por nosotros Puerto Rico (1998) de Luis Rafael Sánchez, transcribe este grafiti de una de las calles de la Ciudad de Nueva York: “los dominicanos son el peor tipo de puertorriqueños.” Como quien dice, ¿sorprendido por la genialidad de la perversidad?, Caribe Two Ways abre los ojos y la boca.

X
De Gazcue al Parque de Independencia en la Zona Colonial, RD. A partir de la Puerta de El Conde en el extremo este del parque, transitar por la famosa y literaria vía peatonal con el mismo nombre, Calle El Conde —en el mapa, la línea entrecortada marrón— .

Pasar la Calle Hostos y en la próxima intersección, Calle Arzobispo Meriño, detenerse en la Cafetería El Conde/Conde de Peñalba frente al Parque Colón, contiguo a la Catedral Primada de América: Nuestra Señora de la Encarnación (1546).

De la cafetería a la catedral y después al Convento e Iglesia de los Padres Dominicos, frente al Parque Duarte, al lado del Parque Fray Bartolomé de las Casas, para contemplar el Jesús desamparado (2017) del escultor canadiense Timothy P. Shmalz durmiendo en un banco a la intemperie, cubierto con una manta como cualquier sin techo empobrecido por el neoliberalismo.

Por la Calle Padre Bellini, entre la Arzobispo Meriño y la Hostos, el escritor y crítico literario dominicano Fernando Valerio-Holguín, autor del artículo “Pedro Henríquez Ureña: el intelectual mulato postcolonial” (2013), habla con el filósofo y escritor costarricense Rafael Ángel Herra sobre el perfil no visibilizado suficientemente de Henríquez Ureña:

“Mi propósito en este ensayo consiste en examinar cómo el prestigioso intelectual dominicano Pedro Henríquez Ureña elabora, en sus principales textos, una estrategia escriptural de “silencios” con respecto a las culturas indígena y negra, como forma de lidiar con su condición de intelectual mulato poscolonial. La quiebra de los silencios revela, en los intersticios de sus escritos, una ideología clasista, racista y patriarcal. El silencio o la negación de algunos aspectos de la cultura popular latinoamericana llevarán a Henríquez Ureña por el camino de la hispanofilia. El crítico dominicano siente admiración y orgullo por la invasión y colonización del continente americano por parte de España. Sus reflexiones sobre el Santo Domingo colonial lo sumergen en una nostalgia, a través de la cual trata de vincular su linaje al surgimiento de la nación dominicana, por lo tanto a España, país del cual buscó reconocimiento. Como intelectual mulato poscolonial, Henríquez Ureña tuvo que luchar no sólo con la ansiedad del reconocimiento por parte del Otro hegemónico, sino también con la indeterminación racial de su mulatismo que lo llevaría a imaginarse como blanco, basado en su apellido y prestigio social, asociados a una identificación con el ideal europeo” (FVH).

El filósofo tico, autor de una gastronovela sin parangón, D. Juan de los Manjares (2002), concuerda. Mientras caminan por la Calle Padre Billini en dirección al restaurante Falafel, la presencia afrocostarricense en la costa del Caribe, en la literatura de Quince Duncan o en el calypso de Manuel Monestel, lo conectan con la crítica del dominicano. Al cabo de la cena en Falafel, el filósofo, proclive a la realidad de lo efímero, transcribe en una de las servilletas del ambigú —que al final de la cena deja en la mesa junto a la propina— este poema de su poemario La brevedad del goce (2013):

“Se fuga el sol hacia la noche,
grita el día con voz de ocaso;
no te vayas, sol,
detente, espera,
voy a cabalgar contigo,
quiero bañarme en tus rayos,
amar la hora santa de tu fuego;
no te vayas, sol,
detente, necio;
pero ya es tarde
(el sol es necio cuando le hablo),
se ha hecho tarde
y la luz también se va
mientras llora el día.”

XI
Aeropuerto Internacional de las Américas, Santo Domingo. Vuelo 787. Regreso a Puerto Rico.
Sobrevolando el Canal de la Mona, la novela de Freddy Prestol Castillo (1914-81), El Masacre se cruza a pie (1973), llena de humo el avión al representar la llamada Masacre del Perejil (1937), en la cual Trujillo mata a miles de haitianos en la frontera del Río Dajabón.

A la misma vez, el tema del pianista Michel Camilo, “Rice and Beans” (2011), suma la tambora dominicana al jazz latino.

Tierra. Cuando llega al Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín de Puerto Rico, la literatura aterriza en la novela de Pedro Cabiya, Rainbou (2017), escritor puertorriqueño que desde hace varias décadas reside en Santo Domingo, en cuya novela vuelve, en una de las vertientes narrativas, a la ocupación usamericana de 1965. Basada en su hijo, “una persona especial” que, ante “la adversidad,” vive “una vida de optimismo,” Rainbou modela otro de los personajes en la figura del “poeta nacional” Pedro Mir, según le dice Cabiya a la escritora dominicana Glenda Galán en la entrevista (2017):

“Yo conocí a don Pedro cuando vine al país y ese personaje principal que se llama Puro Maceta es modelado a partir de él (intelectual, políticamente muy motivado, físicamente no apto para el combate, pero con mucho corazón).”

En la misma entrevista, desde la librería El Mamey de la Zona Colonial, Cabiya contesta una pregunta clave que vale para ponerle fin a este periplo quisqueyano:

“-¿Qué te ha dado la ciudad de Santo Domingo como escritor?
-Yo diría que un sentido de pertenencia y un vocabulario. Como escritor eso era muy necesario y no lo tuve en Puerto Rico.

¿Por qué?
-No sé. Quizás la misma cuestión colonial me impidió apropiarme de los espacios. Cada escritor tiene que saber cómo hablar del espacio que habita y yo nunca aprendía a hablar de Puerto Rico en Puerto Rico. Llegar a República Dominicana –quizás por la distancia y ver las cosas de una manera fresca- me permitió adquirir las palabras, el vocabulario y la forma para describir, sobre todo, la Zona Colonial.

Yo viví en Los Minas y en otros espacios y adquirí el vocabulario para escribir la ciudad y no solamente la ciudad en Santo Domingo sino, también, para escribir Puerto Rico. Yo creo que eso es uno de los aportes más importantes que adquirí aquí.”

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua castellana, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014). Miembro de LoQueSomos

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