Impunidad versus impunidad

La tortura es aceptada por los gobiernos de turno.
 
Digan lo que digan sus voceros, sus cómplices, sus charlatanes.
Evidencias sobradas tenemos, testimonios que desangran las conciencias, personas que han sido detenidas rubrican el espanto de saber que cualquiera de nosotros que se queje, haga un guiño de desobediencia, o patalee puede sufrir la picana, ser violada o ese largo etcétera de horrores que se ponen en práctica durante los cinco días de incomunicación.
Impunidad sobre impunidad.
Impunidad para aterrorizar con el puño o con  el hambre.
Esta es la democracia.
Y los silenciosos parlamentarios que hacen oídos sordos a esto, que no se estremecen con los relatos, que ponen en duda una y otra vez la veracidad, que no denuncian, que no protegen, que no aúllan son igual de verdugos que los ejecutores.
Juegan el juego más sucio que se puede jugar en un parlamento: el silencio.
Y cualquiera que vote estos silencios, cualquiera que aplauda, mueva los hombros, desacredite a las víctimas, justifique, niegue, esta verdad que tanto duele  está ensañándose con una democracia herida  al nacer de muerte.
Si la tortura existe,  todas las violencias de estado serán posibles.
 

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