“¿No matan a los caballos también?”

Veo esta magnífica peli (una y otra vez), en estos tiempos en que igual se sortea un puesto de trabajo que se prodigan los casting para los numerosos concursos de televisión; convocatorias varias para un puesto de trabajo para toda la vida en la administración del Estado; en estos días en que millones de jóvenes se lanzan desesperados a las calles a la caza de un empleo, por mínimo que éste sea; y no puedo por menos que evocar aquí también aquel final de la cinta La jungla de asfalto, del maestro John Houston; aquel formidable pero también demoledor final en el que el protagonista expira, rodeado de caballos que jamás poseerá ya, de unos pastos y una granja que no van a requerir de sus cuidados jamás: nunca figurarán a su nombre, en ningún registro oficial, tras el frustrado atraco; observando aquellas nubes que navegan en el azul del cielo que contempla, mientras se le escapa la vida por momentos a través de las heridas. Dos momentos cinematográficos para acercarnos al final del sueño americano.

Desde hace años vivimos aquí la realidad de aquel efímero sueño español en el que se nos prometía el estado del bienestar para toda la familia española. La realidad, tras esos cuarenta años de firmar y pagar letras de cambio por ese coche, ese piso, esa nevera, aquel primer frigorífico; tras esa breve escapada de fin de semana a Elvas para comprar toallas, tras esas breves vacaciones en un apartamento en Benidorm, tras perder el importe de las primas del seguro de vida, porque ya no llega el sueldo para cubrirlas; la realidad…esos jóvenes aprendiendo alemán para intentar la aventura de saltar al paraíso de la señora Merkel, como aquellos españolitos de hace 50, 60, 100 años; ahora, eso sí: más preparados que nunca. Mientras, se sugiere la posibilidad de una jubilación ¡a los setenta años! Y digo yo…si éstos que hoy trabajan no se jubilan pasado mañana, ¿cuándo van a heredar el puesto los que sueñan con un jodido empleo, si siguen cerrándose empresas?

Cómo ponerse uno aquí ante el ordenador, cómo salir a la calle, ir a un cine; cómo dar un paseo por el parque e ignorar esa terrible realidad de jóvenes viajando en el Metro, en la guagua, a lomos de sus propias bicis; quizás con los diez euros que, como único capital en el bolsillo, le sacaron a la madre, al abuelo…-¡los últimos que te doy este mes, galán!-.

 ¿Qué pasará cuando muera esta vieja, que hace milagros en la cocina con los cuatrocientos euros de la ayuda del Estado, si yo no encuentro un curro, no puedo pagar el alquiler y me veo en la puta calle, fuera de esta habitación donde conviven en armonía el afiche del Che con los deformados zapatos de las entrevistas, que asoman debajo de la cama? Aún podría vender en el Rastro los pocos CD´s de los cumpleaños y las Navidades, la treintena de libros del Círculo, el mínimo equipo de música… ¿Pero dónde me van a comprar la más que ajada ropa que guardo en el armario, la que se amontona sobre la silla?; ¿dónde voy a ir para que me compren las veinte chapas, anarquistas, comunistas, la del ¡no a la guerra!, la que exige la legalización de la maría, que compré en las fiestas del PC y en Tirso de Molina, esa pequeña estantería que recogí una noche de la calle; ese descolorido Guernica, la misma bandera de Cuba, que viste la pared más cascada de este jodido y mínimo cuarto, que es también mi jodido y único mundo, si quito las birras con los compas, después de las manis y compartir unas caladas de algún que otro canuto con ellos? La última vez que arrastré a una chica para escuchar las canciones de Silvio hasta mi habitación, aún tenía en el bolsillo nueve euros para poder comernos una pizza entre los dos, y hacer después algo que se parece mucho al amor.

¿Acabaré, como tantos otros desgraciados, en un acogedor centro de acogida municipal, donde apenas si se puede dormir y asearse?, ¿acabaré yo también haciendo como esos seres sin empleo que hacen cola para un bolsa de alimentos, sin familia, sin otra cosa que la bolsa donde guardarán seguramente el jabón con el que se asean en las fuentes, el periódico con que se cubren en las noches al raso, los papeles que acreditan que no son unos delincuentes, sino tipos que un día tuvieron una familia, un domicilio, un curro decente? ¿Acabaré yo también mis días deambulando por estas malditas calles?, eternamente arrastrando un carrito con mis cuatro pertenencias, como esos pobres miserables que ya no parecen pertenecer a este Mundo, que no son esperados en ninguna mesa en esas tradicionales Navidades; nadie se acuerda de ellos en el día de sus cumpleaños; por no tener, ni siquiera tienen un domicilio donde recibir la papeleta para votar en este circo al que otros llaman democracia. Pobres gentes…, los miserables de todos los tiempos, los desahuciados de esta sociedad, que no perdona a los perdedores; ese excedente humano para el que no son nunca pensadas las campañas publicitarias, ni las de El Corte Inglés ni las de Vitorio y Luccino. Ellos no son esperados en ninguna parte, ni en las mañanas de niebla, en los grises días de cierzo; en esos días en que hasta el cielo mismo parece desplomarse sobre uno, en forma de lluvia torrencial; en los cálidos ambientes de los VIP, donde le puedes decir a la camarera boliviana…-unos espaguetis a la carbonara, una pepsi y un arroz con leche así de grande-. Ellos no son esperados en ninguna parte, ni en las exposiciones del Prado, del Thyssen, del Guggenheim, en la Ciudad de las Ciencias esa.  

No es para ellos que los creativos muchachos del anuncio de la Lotería Nacional se mesarán los cabellos y se estrujaran los sesos buscando las imágenes impactantes que este año, de nuevo, nos harán creer que, por unos euritos de nada, cualquiera de nosotros, humildes parias, podemos salirnos de este infernal círculo de miseria en que nos han introducido para incorporarnos de pleno derecho al club de los multimillonarios. No es para esos pobres diablos que volarán por el aire las risas, las bellas piernas femeninas, el lujo y el glamour, las burbujas de ese Codorniú con el que se recibirá en muchas casas un año peor que el que dejamos atrás; no será pensando en los que bucean en las noches en los contenedores de deshechos de los supermercados, los que  escarban en los basurales del Mundo, los que limosnean en los semáforos del Mundo, a las puertas de los templos de la católica Iglesia, a las puertas de Mango, de Nike, de MacDonald, de ese cine de la Gran Vía, la joven, o menos joven, que ofrece su cuerpo al pié del imponente edificio de Telefónica. No será pensando en ellos que se elabore el spot de Ferrero Rocher, ni siquiera cuando se diseñen las líneas maestras del discurso del ya inminente fin de año, de nuestro señor el Rey.

Mientras en varios millones de hogares españoles algunos se conmoverán estas Navidades, una vez más, con las imágenes del Qué bello es vivir, del entrañable Frank Capra, probablemente en otros tantos sus gentes se verán en la triste realidad de vivir los dramáticos momentos de Las uvas de la ira, Surcos, Los lunes al sol, Ladrón de bicicletas, El pisito, Los olvidados, La balada de Narayama, Pa negre, Tasio…

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