¡Que inventen ellos!

Son 147 miserables millones los que el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) para seguir adelante con sus líneas de investigación en 2.013. Los científicos piden una oportunidad para no arrojar los avances a la basura, contribuir con su trabajo a hacer país y no verse obligados a colocarse la penosa pegatina de la fuga de cerebros, marchándose sin volver la vista atrás. Los científicos de élite se tropiezan con la pereza nacional y el descreimiento en su callada labor de laboratorio. Son más vistosas las procesiones y más espectaculares los toros bravos, la copla y el faralaes. Eso nos distingue como país que es la reserva espiritual del creacionismo. La retrógrada iglesia católica parásita al Estado no menos de 11.000 millones de euros e impone sus supersticiones y sus dogmas majaderos bajo palio. Pero la ciencia se ve obligada a salir a la calle para mendigar el chocolate del loro.
 
Los científicos no están solos en los adoquines de la protesta airada contra la sinrazón y el retroceso a la época de la inopia. También están los médicos y personal sanitario intentando que la salud pública no se convierta en un simple negocio de vampiros; los abogados, fiscales, jueces que se oponen a la instalación ministerial de una justicia sólo para pudientes, los profesores pretendiendo que la Enseñanza no sea un coto exclusivo e involucionista del Opus Dei…los únicos colectivos que no están en la calle de la Protesta son los políticos institucionales, los curas y los banqueros. En cuanto a los gastos esperpénticos militares no se han recortado sino que aumentan en un 11%, para aventuras como Irak, Afganistan, Mali, escudo de misiles en Rota o lo que salga, a las órdenes del Tío Sam.
 
Pero no importa el clamor contra las mentiras gubernamentales y su comportamiento político-social de ultraderecha rancia. Tienen la cara tan dura e impasible como el mármol. Aguantan lo que les echen, esgrimiendo el sancta sanctorum de su mayoría absoluta. En buena hora. Y quedan tres masoquistas años más.
 
El gobierno de Rajoy no respeta la Ciencia, sólo respeta las órdenes de la cancillera Merkel y su monomanía sobre el déficit público. Sólo le preocupa alimentar a la banca privada, a la que inyecta ciegamente cantidades estratosféricas de liquidez, en un intento obsesivo por taponar los choriceos constantes y de hacer flotar el tarugo de unas prácticas financieras ancladas en éticas autárquicas o cuando menos especulativas y abusivas.
 
A la ciencia española la persigue como una maldición el famoso y desgraciado grito atávico unamuniano “¡Que inventen ellos¡”. Siguiendo esa línea folklórica recalcitrante, el ministerio Wert subvenciona las corridas de toros y las dehesas latifundistas de lo toreros, que son más vistosas y definen mucho mejor la tradición, es decir, la traición al raciocinio, de la Marca España. Investigar no importa, aunque crea una brutal dependencia y una sangría de dinero para pagar por las patentes de productos y descubrimientos que investigan otros.
 
Es tal la situación que han dejado las probetas para enarbolar las pancartas de protesta por las calles de Madrid. Los científicos españoles prefieren no tener que emigrar, pero a la mayoría, después de formarse en las universidades españolas ¿eso no es tirar el dinero? Se ven obligados a coger las maletas. Qué despilfarro.
 
 
 

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