La cara oculta de la primera globalización

Nònimo Lustre*. LQS. Septiembre 2019

Este año de 2019, España y Portugal festejan la salida de la flota de Magallanes-Elcano que dio la primera vuelta al mundo y, dentro de tres años, festejarán el Quinto Centenario de su regreso al mismo puerto andaluz del que zarparon. Por ahora, no son fastos populares pero las autoridades quieren utilizarlos para deslizar una idea polémica: que aquel periplo dio origen a la Globalización. A nuestro juicio, aquella expedición pasó desapercibida porque sólo fue lo que hoy llamaríamos una ‘exploración de mercados’. Por tanto, bautizarla como una Primera Globalización nos parece un eurocentrismo sinsentido. Pero, como se centró en lo que hoy es Indonesia donde sus islas Molucas eran productoras de las carísimas especias, quizá convenga recordar que, un siglo antes de la invasión ibérica, el almirante Zheng He –que no era chino Han sino Hui, musulmán-, navegó por el Mar de China Meridional y por el océano Índico llegando hasta Mozambique –algunos creen que incluso circunnavegó la Tierra-. Y lo hizo en unos colosales juncos que llegaron a tener 200 m. de eslora y 40 de manga, unas dimensiones que sí les permitían comerciar. Cada uno de aquellos Barcos del Tesoro podía albergar en su sentina a los cinco cascarones que componían la flota española. Así pues, si aceptamos el término ‘globalización’, cabe sostener que la Primera, buena o mala, fue china y no ibérica.

¿Otro quinto centenario? Pues sí, este año toca el de la Primera Vuelta al Mundo. Fastos y más fastos para celebrar la gesta de dos delincuentes, Magallanes y Elcano, que consiguieron pasar a la Historia mediante el acrisolado método de matar a la inmensa mayoría de sus propios compinches. Pero, antes de entrar en el comentario sobre el origen del blasón Primus cincumdedisti me (El primero que me circunvaló) que la Corona española otorgó a Elcano, conviene apuntar que, si en el V Centenario de 1992, las élites europeas y latinoamericanas se olvidaron de los siete indígenas caribeños que seguro llegaron a España con Colón, en éste de 2019 nadie se acuerda de los dos ‘patagones’ y los tres ‘malayos’ que quizá llegaron a Andalucía y Castilla. Nada se sabe de la suerte que corrieron estos cinco expatriados forzosos.

De pillo a pillo

Los Héroes que hoy son idolatrados en España y Portugal eran unos delincuentes antes de que la Corona les encomendara el mando de una gran flota. Ejemplos: Magallanes se exilió de Portugal acusado de algunas malignidades perpetradas durante un viaje suyo a India donde vendió un ganado ajeno, volvió sin permiso a su patria e incluso fingió una cojera. Pero Elcano no le fue a la zaga puesto que, en Italia, hipotecó su nave de 200 TM a unos mafiosos saboyanos saltándose la ley que prohibía vender barcos de guerra al enemigo; incurrió, pues, en el gravísimo y antipatriótico delito de Alta Traición.

Pero esos delitos, mayores o menores, se quedaron chiquitos durante su vuelta al mundo. A los pocos meses de navegación, cuando la flota armada todavía no había llegado al sur de Sudamérica, Magallanes condenó a muerte por ‘amotinamiento’ a una quinta parte de los expedicionarios, Elcano incluido. Pero, cómo no podía quedarse sin marinería, al final se limitó a fingir que levantaba bandera blanca para degollar “por el garguero” a un oficial superior rebelde. Y luego, completó su matanza conmutando la pena de horca al criado de otro alto oficial a condición de que decapitara a su amo. Los dos cadáveres fueron descuartizados y expuestos a la intemperie para, como su mismo nombre indica, “aviso a los navegantes”.

Hasta aquí, nada extraordinario sino un espectáculo habitual en la Armada española. Judicialmente hablando, fue más grave que, en la misma bahía de la Patagonia donde aplastó la sublevación, el irascible capitán (ex)portugués se atreviera a condenar a muerte a Juan de Cartagena, Veedor de la flota y delegado imperial de Carlos V. Pero esta vez Magallanes cuidó las formas: en lugar de hacha, cordeles u horca, abandonó en un islote a “su conjunta persona” del Emperador. Y, como prueba de su magnanimidad, hizo que le acompañara un fraile. Y hasta les regaló “sendas taleguitas de bizcochos e sendas botellas de vino”.

Del excelentísimo Veedor y del fraile, nunca más se supo pero podemos imaginar la escena: ¿pelearon el primer día para decidir avant la lettre quién era Robinson y quién Viernes?, ¿se amaron en la desventura o en el hambre? No nos interesa. Porque, a todo esto, ¿qué hacían los numerosos espectadores indígenas? Seguro que huir de las sangrientas ceremonias castellanas. Sabia prudencia porque, abundando en su vesania, Magallanes apresó a dos patagones (probablemente, tehuelches, aonikenk, tsonekas o chonkes) dizque “para llevarlos a España como obsequio al Rey” –también intentó secuestrar a varias mujeres pero fue derrotado por las amazonas patagonas.

Meses y meses después, Magallanes se inmiscuye en una pelea interna entre dos sultanatos malayos y es acribillado en Mactán (hoy, Cebú, Filipinas) Hay que subrayar su ignorante osadía porque, en la batalla, a Magallanes y a los cincuenta soldados que le siguieron en el desembarco, no le rodeó un puñado de caribeños –como los que rodearon a Colón- sino un poderoso ejército señorial. Para mayor escándalo, no podía alegar ignorancia del poder de aquellos sultanes puesto que tenía a Enrique, un su esclavo medio liberto, quizá moluqueño, que conocía Europa y las lenguas insulindias y que fue realmente el primer hombre que dio la vuelta al mundo porque, cuando Elcano prosiguió las singladuras tras la muerte del tiránico (ex)portugués, Enrique se quedó en su tierra de “Malacca” –un topónimo generalista- adelantándose en varios meses a la llegada de Elcano a España.

Lucky Elcano

Para Elcano, Mactán fue el principio de su fortuna. Para empezar, porque tuvo la astucia de no desembarcar con Magallanes –“ese día estaba enfermo”, declaró en España-. Y luego porque tuvo la suerte de eliminar -¿cómo?- a los tres o cuatro marinos que le aventajaban en el escalafón. Y es que, al zarpar la flota desde Sanlúcar de Barrameda (Andalucía), Elcano era sólo el Maestre o segundo de a bordo en una de las cinco naves y no precisamente en la nao capitana. Después de Mactán, Elcano todavía ocupaba el cuarto puesto en la general y, aun así, se hizo con el mando de la Victoria, alto bordo de 100 TM, la peor nao que les quedaba y la única que regresó.

Elcano fue un conspirador con suerte pero, ¿fue un gran marino? Veamos: entre marineros e indígenas insulindios, zarpó de Tidore y Timor con unos 60 hombres de los que sólo 18 llegaron a Sanlúcar. ¿Podemos considerar un buen profesional al capitán que, navegando por mares bastante transitados –las costas de India y África-, pierde dos tercios de su tripulación sin ser atacado por nadie? Encima, los aduladores de Elcano se permitieron propalar el bulo de que “durante dos meses… murieron veintiún hombres. Cuando los arrojábamos al mar los cadáveres de los cristianos se hundían con el rostro hacia arriba y los de los indígenas con el rostro hacia abajo.” Esta observación náutica, la enésima prueba del ánimo científico que poseía a los expedicionarios, ¿nos enseña por qué los ilustrísimos náufragos de primera en el Titanic se hundieron cantando al Sol mientras que los pobretones de tercera se ahogaron ensimismados con las algas?

Juan Sebastián Elcano, ¿por qué arriesgó tantas vidas ajenas cuando estaba próximo a culminar su periplo? El Catecismo histórico no lo admite pero la verdad es que, navegando ilegalmente por aguas portuguesas, Elcano temía ser apresado… y que le decomisaran el cargamento de especias que atesoraba la nao Victoria. Entonces, ¿por qué recaló en las islas de Cabo Verde cometiendo el burdo error de pagar unos bastimentos con un puñado de clavo, nuez moscada, canela y otras especias? Porque Elcano, pillo de cabo a rabo, creyó que engañaría a los portugueses caboverdianos pero era tan obvio que venía (ilegalmente) de las Islas de la Especiería, que los lusos no se tragaron tan tosca especie y Elcano tuvo que huir a todo trapo de aquel archipiélago.

Más fastos quinientistas

El resto del ibérico Catecismo Patrio nos lo están inyectando en este año y lo peor es que volverán a la carga cuando, dentro de tres años, los archipatriotas celebren el regreso definitivo de la nao Victoria: honores mil, blasones que no cuestan un maravedí a la Corona y la promesa de una sustanciosa pensión para Elcano… pagadera cuando regresara de la segunda expedición a las Molucas –de pillo a pillo, nadie más pillo que la Corona. Pero Elcano nunca volvió de su segundo viaje a aquellas Islas de la Especiería pues murió en ellas de escorbuto –“les crecían las encías encima de los dientes y no podían comer”- o de ciguatera demostrando una vez más que no era tan buen marino cuando murió de las enfermedades náuticas más conocidas de la época.

En lo que atañe a la teoría que sustentó el proyecto de expedición a las Especierías cruzando el océano Pacífico, es evidente que la idea no tenía nada de original pues era exactamente la misma que llevó a Colón a tropezarse con las Yndias. En todo caso, lo fundamental es reconocer que la flota magallánica-elcánica sabía que las Molucas eran propiedad portuguesa desde el Tratado de Tordesillas, cuando el Papa regaló el Planeta a España y Portugal. Lo sabían de sobra porque así figuraba en el documento que convenció a Carlos V para financiar parte de la expedición: el mapa de Martin de Bohemia que Magallanes había copiado clandestinamente en la corte de Lisboa, mapa y/o globo donde, además, se señalaba el sendero a seguir en el Estrecho Patagónico –luego llamado de Magallanes, un falso ‘descubrimiento’ que se adjudicó gratis al (ex) portugués. Este robo de información estratégica pudo haber sido uno de los motivos por los que Magallanes salió huyendo de Portugal.

Por tanto, su objetivo no era ‘descubrir’ el archipiélago de las Molucas que ya estaba invadido por los portugueses sino atacarlo por la espalda y arrebatárselo a los vecinos lusos. Pero la jugarreta les salió mal y de ahí que los eruditos españoles lleven cinco siglos peleándose con los cosmógrafos portugueses al mismo tiempo que despliegan eruditas cortinas de humo para no estropear la inmarcesible imagen castellana.

Apéndice

Los indígenas que Magallanes se empeñaba en secuestrar aparecen en las primeras Crónicas con los nombres de indios o moros y, en cronicones posteriores, como malayos. Nos preocupa no saber qué ocurrió con los tres malayos que llegaron a Sanlúcar en 1522. Como provenían de climas cálidos, ¿sobrevivieron a la meseta? Lo único que podemos leer es que, ochenta años después de la Gran Vuelta, escribía de oídas un cronista generalista: “Llegaron vivos algunos Indios que deseaban ver al Emperador, y estos Reynos, y entre ellos uno tan agudo, que lo primero que hazia era inquirir, quántos reales valia un ducado, y un real quantos maravedis, y quanta pimienta se daba por un maravedi, y iba a informarse de tienda en tienda del valor de las especias, y con esto dio causa que no tornase a su tierra, aunque bolvieron los otros.” (Herrera, Década III, año 1601)

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