La crisis de la que no se habla

Juan Gabalaui*. LQS. Septiembre 2020

La irrupción de las redes sociales ha empobrecido el debate aunque se haya universalizado. Ahora podemos hablar con cualquier persona del mundo pero predominan los titulares, los juegos de palabras y las frases llamativas y brillantes frente al análisis en profundidad y el debate serio

Aunque a veces tendamos a analizar lo que sucede a nuestro alrededor como algo exclusivo y propio de nuestra idiosincrasia, no es un fenómeno local. Es un fenómeno mundial. Estamos en plena embestida cultural y moral de la derecha. No consiste en un debate de ideas sino en aplastar al enemigo, desacreditarlo y deshumanizarlo. No importan los medios. Vale cualquier cosa que sirva para menoscabar al adversario ideológico. Se podría decir que esto no es algo novedoso. La confrontación ha sido, en muchos momentos de la historia, cruenta. Ahora estamos viviendo una nueva época, intensificada por la crisis económica y social que sufrimos desde 2008. La inseguridad, la incertidumbre, la precariedad y la desconfianza han sido factores que han favorecido que determinados planteamientos reaccionarios se impongan, en contraste con aquellos que defienden la justicia social, la igualdad o la defensa de los derechos humanos. Estos planteamientos se identifican fácilmente porque suelen ir contra los derechos de alguien. Se manifiestan, por ejemplo, contra las leyes que persiguen la violencia machista, por el endurecimiento del código penal, contra el bilingüismo o contra los refugiados e inmigrantes.

Esta beligerancia se ha visto reforzada por la irrupción de las redes sociales que han permitido amplificar y difundir sus discursos a un mayor número de personas. La proliferación de perfiles en Facebook y Twitter, con gran actividad y muy militantes, distorsionan la realidad. Consiguen parecer que son más de lo que realmente son. Pero sobre todo consiguen condicionar el debate público, en complicidad con los medios de comunicación y partidos políticos aliados. Así el anticomunismo, el nacionalismo español y la moralidad carpetovetónica vuelven a formar parte de los debates. Fundamentalmente porque no habían desaparecido. De aquellos rescoldos, estas llamas. Es el contexto actual de inseguridad el que ayuda a que determinadas personas se vuelvan a agarrar a ideas caducas que, de alguna manera, les da seguridad. Un enemigo reconocido en el socialismo y los que atentan contra España. Un entorno al que se atribuye estabilidad, con la policía como garante de la ley y el orden y la recuperación de una moralidad antigua, apoyada fundamentalmente en la relación hombre-mujer, que permita desactivar las conquistas sociales conseguidas por las mujeres en las últimas décadas. Éstas son las bases de su discurso, una idea rígida de España, el autoritarismo y una concepción de las relaciones basada en la desigualdad.

La irrupción de las redes sociales ha empobrecido el debate aunque se haya universalizado. Ahora podemos hablar con cualquier persona del mundo pero predominan los titulares, los juegos de palabras y las frases llamativas y brillantes frente al análisis en profundidad y el debate serio. No solo se ha tuiterizado la política sino nuestra propia vida. Hablamos y pensamos con límites de caracteres. Se han impuesto los argumentarios, los lugares comunes o clichés y los zascas. Estamos sin duda en plena crisis cultural, de la que no se habla porque no se reconoce. Lo que teníamos no nos vale y ante la falta de algo diferente nos agarramos a algo conocido. Aunque sea malo. Trump, Duterte o Bolsonaro no representan nada nuevo. Todo lo contrario. Nos retrotraen a lo peor del pasado. Pero son hábiles en la detección de los miedos e inseguridades de su población y les dan lo que necesitan. Les hablan con un lenguaje que entienden y refuerzan valores conservadores. De esta manera ponen de moda el autoritarismo, la violencia, la discriminación, el odio hacia el diferente, la desigualdad y la represión. Para esto no necesitan grandes debates. Necesitan la superficialidad y la simpleza del mensaje directo y por esto las redes sociales son una herramienta ideal para su difusión.

Esta crisis cultural nos conecta con una crisis moral. Hablar de moral es actualmente un debate de viejos. A nadie parece importarle. Sería interesante reflexionar sobre a quién le beneficia que no hablemos de moralidad. Que no reflexionemos sobre nuestros actos y sus implicaciones. Correríamos el riesgo de preguntarnos qué tipo de sociedad es aquella que permite que un chico de 17 años dispare contra manifestantes antirracistas, o que un policía dispare siete veces por la espalda contra una persona afroamericana. Nos podríamos preguntar cómo es posible que una persona que está a favor de la tortura sea elegido presidente de su país. O que una persona alardee de asesinar a drogadictos y camellos de poca monta y le apoyen mayoritariamente. Qué podríamos decir de una sociedad que permite que nueve de cada diez personas gitanas se encuentren en situación de exclusión social o que cientos de personas acudan diariamente a los comedores sociales. Qué podríamos decir de las muertes en el mediterráneo o de los campos de concentración de refugiados en Europa. El relativismo moral nos lleva a que ante la disyuntiva de dejar morir a personas inmigrantes en el mediterráneo o ayudarles, la respuesta sea depende. Esta es la crisis de la que no se habla.

Imagen: Barco de papel, de Yasser Ameur
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