La esperanza de los pueblos

Nunca he pretendido negar que Ernesto Guevara cometiera actos violentos durante sus años de guerrillero en Sierra Maestra. Los testimonios de esa época coinciden en señalar que se ocupaba personalmente de atender a los prisioneros enfermos y no consentía que se les maltratara. Eso no impidió que ejecutara personalmente al guerrillero Eutimio Guerra. Eutimio reveló su posición a las tropas de Batista. Su traición se utilizó para aniquilar a decenas de combatientes y situar a Fidel Castro al borde del fracaso. Es fácil condenar este acto cuando sobrevivir no es un problema diario y el adversario respeta las leyes de guerra, algo que no hacía el ejército de Batista, aficionado a la tortura, la mutilación y el asesinato. No es posible acabar con una dictadura sin derramar sangre. Es algo terrible y moralmente dañino para la humanidad del que se implica en una confrontación de esta naturaleza, pero la violencia revolucionaria no es un capricho, sino una necesidad que nace del propósito de luchar contra odiosas injusticias.
 
Me parece escandalosamente hipócrita indignarse ante la pérdida de vidas humanas en un contexto de lucha y rebelión popular, sin reparar en que la globalización es una forma de imperialismo económico (y militar) que está propagando la miseria y la desesperación por todo el planeta. Si alguien cree que esta nueva agresión contra la clase trabajadora y los países del Tercer Mundo se detendrá con consignas pacíficas, no sólo se equivoca, sino que además incurre en una indeseada complicidad, pues el dogma de la no violencia ya forma parte del discurso oficial de las clases dominantes y se ha convertido en una poderosa herramienta para desarmar a los humillados y oprimidos. El derecho de rebelión es perfectamente legítimo cuando millones de hombres, mujeres y niños se hunden en la pobreza y la marginación, sin otra esperanza que la caridad privada o una muerte invisible y anónima. 
 
La revolución cubana
 
Nadie ignora que Ernesto Guevara fue el máximo responsable de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, donde se juzgó por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad a los principales responsables del aparato represivo de Batista. Se dictaron y ejecutaron algo más de 500 sentencias de muerte. El Che admitió estos hechos ante la Asamblea General de Naciones Unidas el 11 de diciembre de 1964. No soy partidario de la pena capital, pero en este caso se plantea el mismo problema moral que en los juicios de Núremberg o el proceso contra Adolf Eichmann en Jerusalén. Hannah Arendt y Primo Levi aplaudieron el ahorcamiento de uno de los principales arquitectos de la Shoah. Si alguien objeta que no se puede comparar el nazismo con la dictadura de Batista, les recordaré las palabras del historiador norteamericano Arthur Meier Schlesinger y asesor de John F. Kennedy hasta la invasión de Bahía de Cochinos, cuando presentó su dimisión por no estar de acuerdo con la operación: “la corrupción del gobierno, la brutalidad de la policía, la indiferencia del régimen de Batista hacia las necesidades de la población en materia de educación, atención médica, vivienda, justicia social y económica constituían una invitación abierta a la revolución”. Schlesinger no es un radical, sino un partidario del multiculturalismo y el reformismo, pero no ignoraba que Batista se había aliado con la mafia para beneficiarse del juego, la venta ilegal de drogas y la prostitución. El dictador se enriqueció obscenamente. Favoreció a las multinacionales y a los grandes propietarios de las plantaciones de azúcar, sin preocuparse por el bienestar de su pueblo ni por la soberanía nacional. Exterminó a sus adversarios con notoria crueldad y cuando la derrota se hizo inevitable, huyó de La Habana con 100.000 millones de dólares. Murió de un infarto en Marbella y está enterrado en el cementerio de San Isidro de Madrid .
 
La Revolución cubana no es la realización histórica de la Utopía, pero ha conseguido grandes avances en sanidad, educación y bienestar general, pese al bloqueo comercial, económico y financiero que soporta la isla desde 1960. La caída de la Unión Soviética agravó ese cerco. Con las puertas del crédito internacional cerradas, la ayuda de la Venezuela de Hugo Chávez constituyó un importante balón de oxígeno. Los 105.000 barriles diarios de crudo no constituyeron un regalo, sino un intercambio comercial con un trato preferencial (la mitad del valor del crudo se paga en 90 días y el resto en 25 años con una generosa tasa de interés del 1%). En 2009, el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas situó a Cuba en el puesto 50 de una lista de 177, superando a México y Brasil. Cuba fue el primer país de América Latina que erradicó el analfabetismo y el único sin desnutrición infantil ni “niños de la calle”. Actualmente posee la tasa de mortalidad infantil más baja del continente, por debajo incluso de Canadá y Estados Unidos, y ha enviado a más de 160.000 cooperantes al Tercer Mundo en campañas de alfabetización y asistencia médica. Sus políticas a favor del medio ambiente y los derechos de la mujer se encuentran entre las más avanzadas y su programa de operaciones gratuitas de reasignación de sexo cuestiona su presunta homofobia. Las supuestas 70.000 víctimas de la Revolución cubana son poco creíbles. La Corte Penal Internacional no ha abierto ninguna causa al respecto y en 2007 Naciones Unidas borró a Cuba de la lista de los países que violan los derechos humanos.
 
Es cierto que la supresión de la pena de muerte y la libertad de expresión son las grandes asignaturas pendientes de la Revolución cubana. La pena de muerte no se aplica desde 2003, pero la libertad de expresión aún sufre limitaciones. La Ley No. 88 de Protección de la independencia nacional y la economía de Cuba proclama en su primer artículo que se considerarán delictivos “aquellos hechos dirigidos a apoyar, facilitar o colaborar con los objetivos de la Ley Helms-Burton, el bloqueo y la guerra económica contra nuestro pueblo, encaminados a quebrantar el orden interno, desestabilizar el país y liquidar al Estado socialista y la independencia de Cuba”. Conviene recordar que la Ley Helms-Burton aprobada por Bill Clinton en 1996 establece que cualquier compañía extranjera puede ser sometida a represalias legales por mantener relaciones comerciales con Cuba y sus directivos pueden perder el derecho a entrar en Estados Unidos. Esto significa que las compañías internacionales deben escoger entre comerciar con Cuba o Estados Unidos. Es evidente que cualquier empresa apostará por el mercado más rentable y el país más poderoso. Es normal que este clima de hostigamiento afecta a la libertad de expresión. En 2003, se condenó a penas de entre 20 y 15 años a 75 periodistas durante lo que se llamó "Primavera Negra", aplicando la Ley Nº 88. Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Reporteros sin Fronteras los consideran presos de conciencia. No voy a justificar el proceso ni la condena, pero no creo que los 75 presos sean ajenos al espíritu de las Damas de Blanco, un grupo que le hace el juego a Estados Unidos para desacreditar a la Revolución cubana y forzar una supuesta transición que implicaría la liquidación de sus logros sociales. Hebe de Bonafini, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, ha repudiado cualquier semejanza entre ambas organizaciones: “Las llamadas Damas de Blanco defienden el terrorismo de Estados Unidos y las Madres de Plaza de Mayo simbolizamos el amor a nuestros hijos asesinados por tiranos impuestos por Estados Unidos”. El triste desenlace de la Revolución sandinista es la mejor prueba de la situación de excepcionalidad que ha soportado la Revolución cubana desde sus inicios. Acosada por Estados Unidos y sus aliados, la Cuba de Fidel Castro ha sobrevivido a duras penas, con sus luces y sus sombras, pero con grandes conquistas sociales en un continente caracterizado por la desigualdad, la pobreza y los genocidios cometidos contra la población civil por dictaduras militares al servicio de los intereses norteamericanos.
 
El nuevo orden mundial
 
La desmovilización política que se produjo en Europa y Estados Unidos a partir de los setenta ha desinflado el activismo y ha neutralizado el socialismo, escarneciendo su interpretación de la historia y ridiculizando sus metas. Noam Chomsky afirma que los activistas norteamericanos, que en el pasado “lucharon valiente y provechosamente a favor de la justicia social y los derechos humanos, se encuentran ahora desesperanzados, desmoralizados y aislados” (World orders old and new, 1994). Al margen de la violencia real y objetiva que ejercen los Ejércitos y las Fuerzas de Seguridad del Estado, hay una violencia psicológica que se aplica cotidianamente en la escuela, los trabajos, los medios de comunicación e incluso las familias, que responsabilizan a los ciudadanos de sus problemas laborales y sociales. Se repite constantemente que los desempleados y desahuciados se han comportado de forma irresponsable y negligente. No han sido capaces de reciclarse, optimizando su rendimiento y justificando su permanencia en sus puestos de trabajo. Ahora les toca sufrir y expiar sus errores. Algunos sucumben a esa retórica y se suicidan, huyendo de la marginación y el estigma del fracaso personal. El sentimiento de culpa se extiende a los países del Sur de Europa, presuntamente despilfarradores y corruptos. Las voces que cuestionan este discurso están excluidas de los grandes medios de comunicación. Casi nadie sabe que la crisis forma parte de una guerra económica desatada por Estados Unidos para integrar a Europa en un Bloque Atlántico bajo su liderazgo y disputarse con el BRIC (Brasil, Rusia, India y China) el control del mundo. Bajo la dirección de Christine Lagarde, el FMI sólo es una prolongación del poder norteamericano. Todas las decisiones del FMI son dictadas por Estados Unidos. Con 16% de voto, es imposible alcanzar la mayoría fijada (70%) sin su aquiescencia. El Presidente Obama, inverosímil Nobel de la Paz, es el máximo responsable de la nueva arquitectura internacional. Mediante su apelación a la gobernanza mundial, ha exigido a la UE que baje los sueldos de sus funcionarios, reforme las pensiones y disminuya el gasto público. Sin las inyecciones de capital del FMI, el euro desaparecería y la consiguiente apreciación del marco desplomaría las exportaciones alemanas. Al ceder su defensa a la OTAN mediante el Tratado de Lisboa, la UE renunció a su autonomía militar y política. La independencia del BCE sólo es una argucia para ocultar su condición de lobby de la banca alemana. El BCE sabe que el euro no tiene futuro sin el apoyo del dólar o, lo que es lo mismo, del FMI. Por eso, habla entre bambalinas de la dolarización del euro mediante una paridad que encadenaría definitivamente a Europa a los designios estadounidenses. Cuando Dominique Strauss-Kahn, anterior director del FMI, intentó crear una moneda internacional de reserva, con el apoyo de Angela Merkel y el coronel Gadafi, que ofreció la enorme liquidez del dinar libio como fondo de garantía, se desató un complot que acabó con Strauss-Kahn esposado y acusado de violación y con Gadafi linchado por una multitud. Merkel hizo mutis por el foro, haciendo gala de su gran cintura política. Este vodevil fue el último acto de un proyecto de absorción de la UE por Estados Unidos, que venderá su maniobra como una alianza contra el terrorismo internacional. Los ajustes impuestos (y los que aún vendrán) significarán el fin del modelo social europeo. Wall Street y la City londinense son el corazón de esta verdadera revolución neoliberal. Son espacios fortificados que jamás tolerarán una regulación capaz de frenar la especulación y la creación de nuevas burbujas financieras. Reagan y Thatcher soñaron con cambiar el mundo con una agresiva terapia de shock, pero han sido sus sucesores quienes han ejecutado su sueño, una auténtica pesadilla diseñada por el complejo militar-industrial y las grandes corporaciones para consolidar sus privilegios y su “derecho de injerencia” en cualquier economía nacional.
 
La esperanza de los pueblos
 
La clase trabajadora se ha instalado en la derrota, el escepticismo y la resignación. No soy optimista y no aprecio una alternativa a corto plazo, pero me rebelo contra la criminalización de las protestas y la retórica democrática que condena a escoger entre socialdemocracia y neoliberalismo, ocultando que la voluntad popular y la soberanía nacional ya sólo son fetiches retóricos. Ser violento no es hablar de revoluciones y utopías, sino aceptar que el Tercer Mundo sea un escenario de pobreza, explotación laboral y guerras neocoloniales. Ser violento es admitir que la sociedad europea se deslice hacia los cuadros de precariedad del siglo XIX, con niños malnutridos, familias arrojadas a la calle, un ejército de desempleados y leyes que amparan los malos tratos y la tortura. Ser violento es realizar una irresponsable apología de la no violencia que contribuye a consolidar un orden social profundamente injusto y represivo. El Che, Sandino, José Martí o Simón Bolívar emplearon la violencia y eso no les deshorna ni les mancha. Sólo muestra que los cambios sociales raramente se producen de forma incruenta. Eso sí, su violencia sólo fue una respuesta a una violencia previa y por esa razón se les considera libertadores. Los libertadores suelen tener finales trágicos, pero su ejemplo y su coraje son la última esperanza de los pueblos. No consintamos que nadie difame su recuerdo.
 
 

 

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