La Fiera

Hace unos días recibí el último número (en papel) de La Fiera Literaria. Igual a muchos blogueros no les suene de nada el nombre de esta publicación y otros hayan oído hablar de ella en términos seguramente despectivos. La Fiera Literaria ha sido, lo adelanto ya, una revista mítica (técnicamente, ni siquiera llegaba a eso: de panfleto se calificaba orgullosamente), y sobre todo un líbelo (valga también la expresión, si se quiere) que durante muchos años ha jugado un papel primordial en el mundo de la literatura española. Yo estuve muy cerca, durante varios años, de su redacción y puedo hacer, creo, con bastante conocimiento de causa este breve pero sentido obituario.

La Fiera nació, no recuerdo la fecha, como algo espontáneo, como una hoja de papel que se fue repartiendo entre algunos amigos interesados en esto de los libros. Poco a poco, el panfleto fue ganando páginas, suscriptores, adeptos e incluso adictos. En esencia, La Fiera nació como una protesta, humilde pero cargada de argumentos, contra los vicios literarios que entonces (y me temo que todavía) viciaban nuestras literatura. Hablaban del excesivo mercantilismo que guiaba a las editoriales… pero eso, al fin y al cabo, es la tendencia natural de un negocio, y las editoriales lo son. Lo grave no era tanto eso como que la crítica literaria hubiera (haya) abjurado vergonzosamente de su misión, que es discernir y juzgar con rigor e independencia los libros más señalados, ateniéndose a criterios estilísticos, intelectuales… lo que cada quien considere, pero en último caso criterios artísticos. En su lugar, los críticos se habían puesto de perfil y calificaban los libros de acuerdo a si vendían más o menos, si el autor era más o menos simpático, si gustaba a los jóvenes, a las amas de casa, si el argumento era divertido o si se leía de un tirón… Cosas así. Pero, sobre todo, los críticos se plegaban a las exigencias de las editoriales, que a su vez eran propietarias de los periódicos en que trabajaban y que podían ponerles de patitas en la calle (de hecho, se dio el caso) si se atrevían a criticar o a no subrayar como "imprescindible" un libro de la casa.

Por no hablar del engaño que suponen los grandes premios literarios en nuestro país,o el hecho de que tres grandes fortunas, que para colmo se infatúan de progresistas, dominen todo el cotarro como su cortijo. Todo lo cual (el hecho de que se vendan como maestras obras que no lo son, o que se encumbre a escritores que realmente lo único en lo que destacan es en las relaciones públicas) necesariamente habría de redundar en la formación lectora del público, habría de menguar su criterio cultural, su capacidad de educarse en la lectura hasta poder establecer por sí mismos un juicio literario.

Durante muchos años La Fiera ha sido la única publicación (humilde, fotocopiada, pero por ello mismo independiente de verdad) que denunciaba los falsos valores. Que demostró mediante ejemplos de indudable calidad crítica cómo se encumbraba a falsos valores literarios. Como cualquiera puede suponer, todo eso hizo que a La Fiera le llovieran las críticas por parte del establishment cultural. El principal argumento que empleaban los denostados (advierta el lector la profundidad del pensamiento) es que "los feroces" eran unos envidiosos, unos resentidos, que lo que les reconcomía era que ellos no ganaran dinero y los otros sí. "Chincha rabiña", sólo les faltaba firmar así sus pliegos de defensa.

Yo no sé si a "los fieros" les movía la envidia, el resentimiento o qué. No puedo hablar por todos ellos, por los que conocí al menos. Puedo jurar que a muchos (catedráticos, abogados, novelistas con un prestigio ya detrás)no, pero en todo caso es que esto es lo de menos. ¿Qué más da por qué lo dijeran? El caso es que decían la verdad. Que los grandes premios literarios eran, y son, un chanchullo es cierto; que algunos que están en la cima apenas si saben gramática o que su idea de la novela es decimonónica, también. ¿Qué importa si lo dice uno movido por los celos o porque de pronto ha visto la luz andando por un prado? Es la verdad. Y la verdad es lo que cuenta.

Y con esa verdad La Fiera Literaria estuvo a punto de triunfar. A punto. Hubo un momento, de veras, en que los jerifaltes y las vacas sagradas de esto se sintieron como los romanos ante la llegada de Anibal, o como el Ejército aliado en Dunquerque: acorralados a la espera del golpe final. Y aquí fue cuando, cómo en aquellos momentos históricos, La Fiera de pronto paró la mano.

De repente, y no sabría decir por qué, La Fiera comenzó a meterse en cuestiones políticas. Y, tampoco sé muy bien por qué pero parece ser la norma, La Fiera tuvo el prurito de significarse como de izquierdas, izquierdas, tirando a… lo más posible. Nadie, que yo sepa, les había pedido que se decantaran hacia un lado o hacia el otro, el objetivo de la revista había sido siempre el cultural (¿a alguien le parece poco?) y ante esto lo grave no fue que muchos colaboradores se quedaran atónitos y sin saber que decir, sino que colaboradores que habían escrito con una lucidez tremenda sobre cuestiones literarias de pronto enristraban, uno detrás de otro, lugares comunes e ideas precocinadas sobre Palestina, Cuba, Bush, Iraq… Articulos chatos y previsibles. Aburridos. Llegó un momento en que la revista, antes que literaria, parecía una colección de Cartas al Director de airados lectores de El País. Y así, más o menos, hasta este mes, que me ha llegado el último número en papel. A partir de ahora pasan a la Red, donde todo se enmaraña más todavía y acaba por desaparecer.

Para muchos será una buena noticia la retirada de La Fiera Literaria, para los que la tildaban de maledicente, envidiosa, cutre… Estoy seguro que para mucho otros será una pérdida considerable, si conservamos el recuerdo de sus buenos y más feroces tiempos: la pérdida del único medio literario-cultural que ha habido en la última década realmente combativo, certero e independiente.

* http://mundo-es-oblongo.blogspot.com/

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