La indiferencia de los Incendios

A uno le resulta francamente difícil de creer que, en plena canícula y reseco extremo del verano, todavía haya homínidus tabaquensis que arrojen sus colillas al suelo del bosque sin pensarlo y sin apagar. El Alt Empordá catalán, La Palma y la Gomera en Canarias, la Comunidad Valenciana…No se apaga un fuego arrasador cuando ya se inicia otro. Bosques, Parques Naturales…desaparecen calcinados por el fuego intencional o bien el descerebrado. Las barbacoas de la frivolidad echando chispas. Alegría, que son dos días y hay que olvidar la crisis. Sorprende sobremanera que, demostrado que una buena parte de las quemas son deliberadas, no se persiga y castigue a quienes los perpetran y, más todavía, a quienes en la sombra pagan el cerillazo de los pirómanos. Los promotores de los incendios urbanísticos y los que comercian con la madera tostada. Los beneficiarios de la catástrofe de todos los veranos. Muy a menudo se sabe quiénes son, pero duermen tranquilos. Sin embargo, quemar un bosque es un crimen contra la vida del planeta y contra la humanidad. Pero todo eso nos cae demasiado lejos, demasiado abstracto. Lo concreto es tener la libertad de prender el cigarrito cuando y donde queramos y poder hacer el gesto automático de salpicar la pava lejos de uno.

Las brigadas antiincendios trabajan hasta la extenuación, muchas veces con riesgo de su integridad personal. En su furor de recortes, el gobierno ha dejado en chasis los servicios de montes y de urgencias biosféricas. El 112 ya no es lo que era.

bomberos desmoralizados
muertos de incendio
reactivado incendio canario

Protección civil sigue alertando en estos días de sequía, por el extremo peligro de que se levanten las llamas intempestivas. Todo administrativamente bienintencionado, pero el bosque se quema. El bosque arde para no volver, pero la mentira sí vuelve y se instala como una mala plaga de cinismo.

Rajoy en su embustera campaña electoral: "Si soy presidente, plantaré 500 millones de árboles en 4 años"…

Luego están las talas ingentes que no cesan, en Brasil, en Indonesia, en México, en Perú, en todas las selvas donde se explotan las maderas preciosas, el petróleo, las minas de minerales estratégicos para el mundo industrial. Se tala a velocidad de bulldozer, se asesina a indígenas y activistas ecológicos. El hombre ordeña la Tierra como si fuera una teta inacabable. El ritmo es infernal. En el siglo XX y lo que va del XXI se ha explotado más recursos naturales que en toda la anterior historia y prehistoria juntas. El hombre de neandertal hizo el fuego primigenio hace 30.000 años para alumbrarse, comer caliente y protegerse del ataque de los predadores. Desde que se inició la era moderna el mayor depredador es él y el fuego le sirve para destruir todo lo que le incomoda.

Los científicos independientes, y algunos de los otros "anticatatrofistas"que ya van sintiendo miedo o vergüenza, están advirtiendo sobre el calentamiento acelerado de la atmósfera. El homo sapiens sapiens del siglo XXI destruye su casa a un ritmo vertiginoso. No hay ningún otro animal que lo haga, y menos aún por sistema. Somos el animal con el cerebro más voluminoso y en algo se tiene que notar.

En estos días se celebra en el imperio de la tecnología punta el éxito del artilugio “Curiosity”, explorador del planeta Marte. Destruimos la Tierra para colonizar Marte. Eso es muy inteligente, digno de un cerebro altamente desarrollado. Una vez colonizado ese planeta rojo, sin duda se repetirá la historia, como reflejó magistralmente el escritor Ray Bradbury en sus “Crónicas marcianas”. Sin destrucción no hay construcción, ese es el axioma humano.

Hemos inventado el fuego, la rueda, la religión y la caja fuerte. Como alquimistas perversos, transformamos lo concreto (el patrimonio natural) en abstracto (los dígitos económicos de la Bolsa). Somos dioses, somos los amos. Se destruyen mesetas, montañas, océanos y se hacen guerras para que los ricos tengan su jardín, su piscina y sus colecciones de automóviles.

El problema es que cuando se tala o destruye un árbol no sentimos nada. Vemos los árboles con la envidia de un enemigo que nos sobrevive. Tenemos una irresistible tentación de convertirlo en madera. Unos lo talan para comer caliente y no padecer frío, mientras otros lo arrasan para fabricar muebles inútiles o palillos de hurgar los dientes.

Cuando hayamos acabado con todos y cada uno de los bosques planetarios, ya no tendremos sombra protectora, material ni simbólica. Habremos acabado con la civilización que pudo ser y no fue, y volvemos a tiempos poblados de bárbaros. Entonces volveremos los ojos al cielo de los errores y este nos devolverá la ceguera del deslumbramiento. Colillas sin apagar, talas indiscriminadas. Candela. El hombre tiene un secreto ansia de infierno. En ello estamos.

Los muertos, en los incendios, que nadie nombra…

* Director del desaparecido semanario "La Realidad"

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