La isla en llamas

Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer…

Julio Cortázar

Ese primer bregar es un saber hacer que denota habilidades y destrezas en el trabajo. Está entre el arte y la técnica.

Arcadio Díaz Quiñones

 

Cámara. En medio de un documental sobre la llamada Guerra Hispanoamericana (1898), ante una mesa atestada de mojitos, tapas y algunos libros de Casa de las Américas y de Anagrama, tanto los cubanos como los españoles que se llevaron las manos a la boca ante el asombro de lo que pasó, se pusieron inmediatamente en pie. Simbólicos, demandaron Igualdad, Fraternidad y Libertad. A su vez, y por encima de los antagonismos explorados en el estudio sobre la migración caribeña, Caribe Two Ways(2003), puertorriqueños y dominicanos se miraron con complicidad de reojo. ¿El asombro de todos? Estados Unidos había desconectado de golpe y sin avisar la proyección del documental para evitar que se vieran las imágenes del epílogo, en las que el perfil ectoplásmico de Mark Twain le hacía sombras al imperialismo cristianocapitalista: ¡War, War, War!

Dos años después de la guerra, estalló desde Uruguay una bomba de humo que cubrió a la América Latina de verde, Ariel (1900); un ensayo que le daba clorofila cultural a los que estaban dispuestos a resistir, en un siglo tan joven, la Diplomacia del Dólar y la Política del Garrote. La consigna de Rodó en Ariel planteaba mitigar desde lo estético y lo espiritual el golpe del animal pragmático.

Un poco después de la independencia cubana (1902), tras muchos coletazos en las Antillas y en Colombia, se inauguraba el Canal de Panamá (1914); año éste en que Méjico, República Dominicana y Haití sintieron de cerca el calor y el color del fuego nórdico. Mientras los puertorriqueños se convertían en ciudadanos estadounidenses (1917), Sandino se levantaba en Nicaragua (1927). A partir de 1930, el trujillato dominicano quemará todo el incienso que había sobrado desde el renacimiento de Cristo, celebrado en 1845 con el Destino Manifiesto.

El de la época fue un panamericanismo a pelo, listo a mutar en buenvecinismo a lo Carmen Miranda. Como si le faltara aceite a la historia, según se calentaba el siglo XX con sus dos embestidas mundiales, la maquinaria del positivismo decimonónico aumentaba el chirrido de sus piezas. En Centroamérica y el Caribe se escuchó el roce del metal con el metal, un ruido dolarizado que se sacó de la manga al Estado Libre Asociado de Puerto Rico (1952) y que provocó dentera en la Guatemala con un golpe de estado en 1954.

A la Revolución Cubana (1959) le tocará replantearse la problemática de la llamada Guerra Hispanoamericana. Esta vez la isla lo apostará todo en contra de otra Enmienda Platt (1902-34). La victoria revolucionaria acercará a cubanos y españoles: los gallegos que resentían el atropello imperialista del 98 se hicieron aliados de la Revolución. A su vez, el Estado Libre Asociado de Puerto Rico (1952) —esa vitrina del progreso capitalista de la que ha hablado Ramón Grosfoguel en Colonial Subjects (2003)— quedará como todo lo que la izquierda latinoamericana no quería que le pasara al resto de Latinoamérica.

Bad apple(una manzana podrida).

En uno de los muchos ensayos que escribió durante el año 2008, Fidel corroboraba la óptica cubana de la Guerra Hispano-Cubano-Americana: mediante el triunfo de la Revolución, decía Castro, la izquierda peninsular se curaba (solidaria, vicariamente) de la agresión usamericana del 98, la cual terminó con el imperialismo español en las Américas. De esa manera, Cuba volvía a ser para la España zurda la antilla favorita que fue para toda la península durante el siglo XIX. Pero esta vez —¿o no?— fuera del marco colonial y sobre todo paternalista.

Acción. A partir de la interrupción abrupta del documental que silenció la crítica ectoplásmica de Mark Twain, se prendió en fuego, un cortocircuito a distancia, viral, la biblioteca de un boricua diaspórico residente en Connecticut (pero no en Hartford, 1990).  Una isla en llamas. Sin embargo, a pesar del fuego que se prendió de la madera de la estantería, sólo uno de los libros se quemó, Para leer en puertorriqueño (1981); un acercamiento a la obra de Luis Rafael Sánchez, autor de La guaracha del Macho Camacho (1976), novela cuya escritura, según La raza cómica del sujeto en Puerto Rico (2002), bailaba críticamente las tempestades de la modernidad isleña. Lo que quedó del libro quemado —desde 1999, a raíz del movimiento “Paz para Vieques,” guardado con más celo— vale la pena comentar.

Por un lado, del lomo achicharrado del libro, reparado caseramente con cinta adhesiva —ahora seca—, sólo se leía esta parte: “para leer en”. Por otro lado, en la tapa, cubierta de hollín negro, donde antes del fuego se veía la imagen en claroscuro de Luis Rafael, ahora se leía “orriqueño” (¿un puertorriqueño sin salida al mar?). Sin contratapa (devorada en el incendio), el libro atacado por “el fuego sordo de la noche” —¿contra quién se prendía Cortázar?— parecía un texto con el culo al aire. 

En pelotas, sí, pero no por eso vulnerable. El libro quemado inscribía una lectura puertorriqueña en su propio devenir fogoso. Por eso, subrayaba la propuesta callejera, siempre heteroglósica, del mundo diaspórico, nuyorican u “otrorriqueño” (OtherRican), al terminar la oración en español (para leer en) con esa preposición, movida que sugería una aposición lúdica con el inglés. Como si esa aposición fuera un gerundio “trabajador,” “erótico” y (sin excluir lo individual) “espiritualmente” gregario, la brega del libro quemado quedaba enmarcada en una discursividad, para leer en, más que en una esencia. Dinámica ésta que el texto cremado planteaba desde su propio devenir flamígero como una llama boricua (otra manera de sacarle chispas a la literatura).

Corte. Del “fuego sin color que corre al anochecer,” salió un humo sordo del libro que ennegrecía el archipiélago (décadas después vendrá, en octubre de 2009, la explosión de la refinería en Bayamón, Puerto Rico). Ahora, desde sus páginas ennegrecidas, el libro en pelotas de Efraín Barradas, autor de Para leer en puertorriqueño —un ejemplar que, para releerlo, había que ensuciarse las manos de hollín—, le pedía cuentas al sector de la izquierda iberoamericana que, un tanto ciego ante la micropolítica criolla —lo subraya siempre Yván Silén—, perdía de vista, ignorándola, la brega política boricua.

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