La jodienda no tiene enmienda

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

De una serie de seis collages sobre la reproducción animal y humana…

El Hypoplectrus nigricans es un pez teleósteo ‘hermafrodito simultáneo’, subsubespecie en la que tanto hembras como machos ovulan y fecundan alternadamente –como también ocurre en bastantes plantas angiospermas, animales invertebrados y hasta algunos peces. En el caso de esta especie de Hypoplectrus, cuando un/una individuo tiene óvulos-huevos, emite feromonas que atraen para fecundarlos a un ‘macho’; en la siguiente etapa, los papeles de género se invierten, la ‘hembra’ pasa a ser ‘varón’ y viceversa y así sucesivamente.

Hemos supuesto que este proceder ictiológico es parejo al de la, tan afamada como mentada, Monja Alférez a quien la crítica soi-disant postestructuralista la cita como ejemplo de la inestabilidad y relatividad de la noción de género en la construcción de la identidad de un individuo. Pero dejemos los academicismos y vayamos a los hechos:

A los 15 años de edad, esta lesbiana -por más señas, temprano fue descubierta «andándole entre las piernas» a una virgen-, para escapar del convento huyó de su casa disfrazada de varón, se cortó el pelo y quemó su hábito de novicia. Estas travesuras que hoy siendo delictivas en algunos países –la Turkiye actual equipara todo lo trans con el terrorismo-, fueron seguidas por una vida salpicada de robos y asesinatos: tras un intento de abuso sexual, la ex monja Catalina tomó dinero del doctor que la había hospedado con aviesas intenciones y se fugó con un arriero. Cuando fungía como hombre, unas (supuestas) sobrinas de un canónigo le pidieron en matrimonio pero terminó huyendo sin casarse con ninguna de ellas –eso sí, conservó sus dotes y las telas de holanda que la más ardiente le regaló en prenda de amor.

A la postre, este desmesurado personaje de los siglos XVI-XVII, marchó a las Yndias donde, dando pruebas de su recia hombría –se había “secado los pechos con un ungüento secreto”-, asesinó a innumerables amerindios. Su vesania alcanzó incluso hasta su familia pues mató a su tío de un disparo para robarle 500 pesos y, ya en el disparadero, asesinó a su hermano Miguel de Erauso en uno de sus frecuentes duelos de honor. A pesar de tan tremendo prontuario delictivo, fue perdonada por el rey español, regresó a las Yndias con su rango militar –alférez-, y allí murió, damos por supuesto que ‘en extrañas circunstancias’.

Hoy, basándonos en el arcaico prejuicio de que una religiosa no puede empuñar las armas, creemos que eso de ‘monja alférez’ es imposible. Es obvio que nos olvidamos de las Vírgenes legionarias, de las Órdenes Militares Religiosas, de las monjas trabucaires y de las sores que, amparadas por el Régimen militar, comerciaban con bebés robados. Todas ellas, son las verdaderas brujas y no las médicas rurales que otrora terminaban en la pira.

En honor dellas, la monja alférez nos recuerda a las brujas de la Antigüedad, aquellas intrusas en el gremialismo varonil de los médicos que pululaban por los jardines de Mecenas en el Esquilino adonde acudían por haber sido un cementerio -quede esta anotación como aviso sobre los peligros del mecenazgo, alter ego del humanitarismo de las oenegés.
Ilustración: En un dibujo contemporáneo, campea la Monja Alférez (Catalina de Erauso y Pérez de Galarraga, c. 1585 o 1592-c. 1650) Arriba a la derecha, asoma un mirón que la contempla espantado. Abajo a la derecha, las magas Canidia y Sagana cocinan a un bebé en una de sus brujerías.

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