La policía cubana y las elucubraciones de Don Nicanor Cifuentes

2-de-julioArturo Seeber Bonorino*.LQSomos. Agosto 2015

Nicanor Cifuentes nicanorsin@gpail.com
Asunto: ¡SOCORRO!

Hermano querido:
Estoy refugiado en la sala de Internet del hotel escribiéndote este email. Necesito tu ayuda, mi vida corre peligro. Yo sé que, desde España, y con tus relaciones, podrás mover los hilos para que me extraditen, sano y salvo, a mi país.
Cometí la mayor tontería de mi vida. Ya sabes tú que soy muy acomplejado y muy miedica, que eso es lo que hay, y mi psicoanalista me viene diciendo desde siempre que mis miedos son puro fruto de mi fantasía, que no son reales, que por eso a los miedos de los vence enfrenándolos. Así, un día, inflado de coraje, decidí tomar al toro por las astas, que no quiero pasarme otros treinta años de psicoanálisis y seguir como siempre.

Entonces, dije para mí: tengo que aprovechar esta viaraza de valentía y tomar una decisión radical. Y decidí no andarme con chiquitas, y me dije: voy a ir al lugar más peligroso del mundo, a la dictadura más sanguinaria, que si salgo vivo de allí, tendré superados todos mis problemas. Y me vine para Cuba.

Tomé entonces un avión y bajé en Santiago de Cuba, que sin duda es el peor sitio de la isla, pues allí se fraguó la revolución comunista que, según me contó mi amigo Saturnino, que tú conoces porque es el que tiene la tienda de ultramarinos en la esquina de casa (sí, ya sé lo que me dirás, lo mismo que me decía madre, que no me junte con esa clase de gente, que somos de otra condición social) que, a pesar de ser un simple tendero, es hombre muy lector de periódicos, que aquellos a los que llamaban los barbudos asesinaron a miles de millones de personas.

Traspuesta la puerta de salida del aeropuerto, esperaba ver, según también me informó Saturnino, centenares de policías armados con ametralladoras y tanques de guerra moviéndose por todas partes. Pero no te cuento lo que fue mi sorpresa, que no había nada de eso.

NO HABÍA NADA, TE DAS CUENTA. Eso fue lo peor. Sí, porque me di cuenta que el enemigo se oculta (el enemigo de la democracia, ya sabes tú, por lo tanto, enemigo nuestro), que no da la cara. Y si al enemigo no se ve, uno no tiene forma de defenderse, uno está expuesto a ser asesinado a traición.

Recogiéndome sobre mí mismo, con la vana ilusión de pasar desapercibido, tomé un taxi y le di al conductor la dirección del hotel en donde tenía reserva.
−¿Primera vez que viene a Santiago? –me preguntó.
−¡SÍ, SÍ! –respondí, aterrado, consciente de que cualquier cosa en mis palabras que le resultase inconveniente podría significar una denuncia ante el partido comunista, y de allí al paredón de fusilamiento sólo habría un paso. Porque en una dictadura, ¿cómo puede uno saber lo que gusta y lo que no?image035
−¿Lo trae algún negocio, o de paseo, nomás? –insistió en su interrogatorio.
−NO, NO, de turista, de turista… −me precipité en responder−. Soy un hombre tranquilo, un simple trabajador como usted. Un proletario, que le dicen. Vengo en son de paz…
El taxista sonrió, cínicamente, antes de agregar:
−Mejor que venga en son de paz porque aquí guerra no va a encontrar.
Increíble poder de disimulo −dije par a mí−. Es, desde luego, un espía muy bien entrenado. Quien no estuviera en el país en que estoy, diría lo más confiado quede es un taxista como cualquier otro, charlatán y queriéndose enterar de vida y milagros de sus pasajeros. Pero no, esta no era una simple conversación, se trataba de una investigación en toda regla, como ya se habrá dado cuenta el lector.

Y así preguntón siguió todo el viaje y yo, a cada respuesta que le daba, no sabía si me estaba salvando o sentenciando.
Llegué al hotel, al borde de un ataque de nervios. Con cínica hospitalidad me atendió el conserje, quién ordenó al botones que me acompañase, llevando mi maleta, hasta la habitación. ¿Sería una habitación corriente, o la cámara de gas? Ante la incertidumbre quise huir, pero las piernas me flaquearon y cayó mi cuerpo, vencido por el terror, sobre una de las paredes.
−¿Le pasa a usted algo? −me preguntó, y sosteniéndome con sus brazos me obligó a caminar hacia el patíbulo.
Quise buscar consuelo en la fe. Por si a aquel hombre le quedara aún algún sentimiento humanitario, a punto estuve de solicitarle que llamara a un sacerdote para que me diera la extremaunción, pero al punto me dije: ¿Pedir un sacerdote, en un lugar en que los mataban a miles por día, sería, quizás, mi muerte inmediata? No, no, debía hacer tiempo, tiempo, de la forma en que fuera.

En breve marcha enfrentamos al fin la puerta de la cámara de gas. Por morir honrosamente, me liberé de sus brazos y quedé en pie, por mis propias fuerzas.
−¿Ya se siente usted mejor, o prefiere que veamos a un médico?
¿Un médico, un doctor Menguele, quizás? –me dije.
−Mejor… muy bien… mejor que nunca… −respondí.
−El viaje tan largo, seguramente, el cambio de clima… Es que en Cuba siempre hace mucho calor.
¿Calor? ¿Calor? ¿Pero estará diciéndome este hombre que ahora queman a sus enemigos en la hoguera, como en la Europa del Medioevo?
¡Oh, Dios mío, me arrepiento de todos mi pecados, pero por tu misericordia, has que mi muerte no sea dolorosa!
Y la puerta aquella se abrió.
Atisbé en su interior. Había allí una cama, una mesilla con una lámpara, una mesa y una silla. Miré al techo por ver dónde estaba la salida del gas. Nada la había, estaba completamente llano.
Persa del pánico, y tras cerrar con llave la puerta tras de mí, me eché sobre la cama, vestido como estaba. La mucha tensión vivida me sumió en un profundísimo sueño, sólo hecho de pesadillas. Horripilantes monstruos me perseguían, como una suerte de enormes insectos barbudos que corrían tras de mí, unos armados con hoces, otros con martillos.

2372012100083957161ufpm2Desperté con un terrible dolor de cabeza.
¿Qué hacer?, me pregunté. ¿Encerrarme en aquella habitación o salir? ¿Y es que había alguna diferencia? ¿No corría el mismo peligro dentro que fuera? Porque comprendí (oh, mi intuición y mi sentido de la observación siempre han sido infalibles) que si no había visto por la noche policías armados hasta los dientes y con tanques era porque, sencillamente… se habían ido a dormir. Es claro, cumplen un horario. ¿Qué necesidad tienen de trabajar las veinticuatro horas si tiene al pueblo bajo su dominio? ¿Acaso esas demoras no les brindan el placer de alargar el sufrimiento de la gente?
En un inusual acto de coraje dije para mí más vale morir de pie que vivir de rodillas, y saltando del lecho enfilé para la calle. Al pasar frente al conserje me dijo algo del desayuno, que no atendí. Como un autómata franqueé la entrada del hotel y, cerrados los ojos, esperé la descarga. Pasaron varios minutos, no sé cuántos, y yo allí, en pie, en una insufrible espera. Entonces, desesperado, caí de hinojos solicitando piedad. Al punto, unos fuertes brazos, cogiéndome de los hombros, me pusieron en pie.
−¿Se siente usted mal? ¿Lo llevo a ver a un médico?
−¡Menguele! –salió de mis labios en un grito, y echando cachas huí de allí tan lejos como pude. Sentado al fin en el banco de un parque y jadeante, miré a mi alrededor. ¿Las armas, los policías, los tanques, dónde estaban?
NADA, ALLÍ NO HABÍA NADA.
Pero estarían en alguna parte. Anonadándome, recorrí la ciudad mirando solapadamente el interior de las casas, abiertas en su mayoría a causa del calor. No vi ninguno, por lo que opté por pasar por algunas varias veces, por ver si no se ocultaban tras algún mueble.

Se hizo entonces claridad en mí y lo supe. Los policías acechaban desde los techos. Los policías, en Cuba, son francotiradores.
Retorné a toda prisa al hotel y saqué de la maleta, que por precaución había puesto, el casco y el chaleco antibalas. Me los coloqué y salí a la calle nuevamente. Desde luego, no les iba a poner las cosas tan fáciles. Volví a internarme por las callejuelas de la ciudad, y vi que, a mi paso, la gente se tornaba para verme. Pero estaban todos desprotegidos. Insensatos –quise gritarles¬−, ¿tan cobardemente os habéis resignado a vuestros destinos, que no sois capaces de hacer nada para torcerlos? Como corderos vais al matadero… En estas reflexiones me hallaba, cuando escuché la voz de un niño que decía:
−Papá, papá, el payaso del circo –mientras me señalaba con un dedo.
¡Oh, por Dios! Hasta los niños están aquí adoctrinados. Porque aquel niño me humillaba, me humillaba con el fin de minar mi moral.
Así es que, echando cachas, volví al hotel y me refugié en esta mesa, ante el ordenador con el que te escribo. ¿Pero es esto un ordenador? No será una cámara camuflada, que permanentemente envía imágenes de los reaccionarios a las altas esferas del poder?

Salvador Cifuentes salvacif@gpail.com
Asunto: Tranqui, que no pasa nada
Querido Nicanor:
Que tú lo has dicho, que eres un miedica. Y además un exagerado, igual que la solterona de nuestra tía Gertrudis, que las cosas se heredan.
Policía hay, y se la ve. No está llena Cuba de policías, pero hay, y hasta llevan su uniforme. Lo que pasa es que, para el que no conoce, resulta difícil identificarlos, pues no llevan ni casco, ni chaleco antibalas, ni porra y ametralladora como en el mundo civilizado. Ya sabes tú que Cuba es un país subdesarrollado: la policía está en la primitiva etapa de defender al ciudadano de los delincuentes.

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* Arturo Seeber es miembro de la Asamblea de redacción de LQSomos

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