La Purísima Constitución

Se celebro en toda España el Día de la Constitución. Es preciso decir que, solamente en un país con vocación surrealista y sustrato esperpéntico se puede tender un puente entre la letra laica escrita de la Carta Magna y la realidad ultraclerical del culto a la Purísima Concepción. Un culto que le cuesta al erario público no menos de 11.000 millones de euros; una cantidad inmoral, cuando existen millones de ciudadanos españoles con serias dificultades para sobrevivir en el día a día.

Afuera en las calles están los gritos de rabia y de dolor de las minorías con sus pancartas, las gentes engañadas y las gentes severamente perjudicadas por las aberrantes decisiones e indecisiones del Ejecutivo católico de Mariano Rajoy. Dentro de la esfera, el nuevo orden politicoide baila el mambo la verborrea sin ton ni son. En este ámbito lo normal es que donde dije digo, digo Diego. El disimulo de las cuestiones básicas, con la intromisión de lo anecdótico como cortina de humo, es hábito parlamentario que permite ir tirando “y luego Dios dirá”…

Mentir es un acto tan automático como respirar. El presidente Rajoy se ha convertido en el enemigo número uno de lo público. Tiene la misma misión que tuvieron años atrás otros cantamañanas de corte tercermundista que se creyeron importantes, como su homólogo Carlos Menem, allá en la lejana aunque cercana Argentina. La misión encomendada por las alturas es vender el país a precio de saldo. Los compradores se aprestan a comprar y todos se conocen; son los consorcios económicos y las sectas espirituales del capitalismo consolidado.

Y para ello tiene que tomar medidas contra la mayoría silenciosa que le votó. Y lo está haciendo a conciencia. Pero no se puede estar a la vez y mucho rato con los ricos que se lucran y con los pobres a los que expolias. Sin embargo, aquí sí; el cinismo y la faz de cemento lo permiten y lo amparan. Por desgracia, la gente debería saber cual es su lugar en el patio, para no esperar milagros y perder el tiempo con vanas esperanzas. A los que expolian y explotan hay que retirarles el saludo y el diezmo. Son malos tiempos para contemporizar con las alimañas que no dejan de la mano ni siquiera las basuras.

El panorama es que los que pueden lo hacen, esquilmar el país; se lo permite la historia y la irreflexión masoquista de los españoles, su empecinado empeño en sustituir el cerebro por los cojones. la costumbre es echar mano de los atributos viscerales. esta su desmedida pasión por la mediocridad y el oportunismo picaresco, ya reflejado en la mejor literatura de siglos atrás; la huida de la ética y la dignidad más elementales bajo el conjuro de frases fatalistas. Una conducta residente en un refranero maldito que lo resume todo: “Que cada palo aguante su vela” y “si no lo hago yo lo hace otro” o “Si yo estuviera en su lugar haría lo mismo”. Así proliferan los políticos venales, las miasmas, los aristócratas parásitos y los lombrices clericales que se nutren de los intestinos del Estado en aguda descomposición.

Los banqueros sanguijuelas propician la inmovilidad física de la economía. El purpurado Rouco va ejerciendo de cardenal Richelieu de alpargata, oficiando ese pánico que llaman religión.

En la España carpetovetónica están marcados con hierro dos gloriosos episodios nacionales que han vertebrado una mentalidad de timorata escayola: el levantamiento contra el invasor Bonaparte y la Cruzada del Alzamiento nacional de Franco con sus patrocinadores los banqueros y terratenientes. contra los rojos de la II República. A todos los echaron a mandobles y pólvora. Luego de eso, los caciques se quedaron solos con España. Y comenzó el saqueo que no cesa.

Quiere la risa amarga que el mítico levantamiento del español-español contra los franceses en 1808, contra el invasor de la Ilustración José Pepe Botella Bonaparte, fuera una lucha a favor de la caspa que nos obnubila el entendimiento. Fue un levantamiento irracional, favorable al absolutismo del nefasto Fernando VII Borbón. como es sabido, éste se apresuró a abolir la Constitución liberal de Cádiz, cuya disecada nostalgia bicentenaria se está conmemorando en este año que fenece.

A la cabeza dela conmemoración ha estado, sin temor a la paradoja histórica, el actual rey Juan Carlos Primero. Naturalmente ha habido banquetes a base de fino marisco y excelentes caldos embotellados de la tierra. Hay cálculos que señalan el coste de estas efemérides a mesa y mantel. Muchos euros. un despilfarro suntuoso más, en época de profunda crisis económica, donde se nos llama cada día a rebato para que nos apretemos el cinturón al máximo. No hay dinero, dicen. Lo esgrime como coartada un gobierno que lima hasta las entretelas de la Sanidad Pública, seca al aire mefítico las tripas de las pensiones y decide que los enfermos crónicos y dependientes pueden convertirse tranquilamente en jabón de tocador.

Desde que el voto otorgó mayoría absoluta para lo descendientes de la calaña que se levantó contra la II República. Los abusos de poder, lo fracasos administrativos, los despropósitos y los agravios a la ciudadanía se han convertido en el pan de cada día. Nunca se creyó posible llegar a este estado de postración, para complacer a las instancias internacionales acatadas por Rajoy como supremo acto de fe. El gobierno actúa como si la mayoría absoluta fuera una patente de corso para hacer lo que le da la gana. Miente como un filibustero borracho de mal ron y no parece tener límites a la hora de destruir las cosas públicas.

Acumuladas las flagrantes injusticias y la consiguiente corrupción, la gran pregunta es ¿Cómo librarse de un gobierno que se ha deslegitimado a sí mismo con sus constantes y graves trapacerías?

Si los mecanismos parlamentarios se muestran impotentes, tal vez haya llegado el momento de mirar hacia Egipto. Como buenos turistas, siempre hemos admirado las grandiosas pirámides pero, en nuestra “civilizada” y “democrática” prepotencia , no podíamos sospechar edificantes lecciones y ciertos paralelismos negativos. Los integrismos religiosos van al copo del poder. Los Hermanos Musulmanes han colocado a un presidente Morsi de talante autoritario, que pretende consagrar una Constitucion a su absolutista medida. Los Hermanos Musulmanes son la equivalencia nacionalcatóĺica del Opus Dei en el corpus estatal. Los opusdeístas y miembros del falangisterio azul llevan ventaja: ya gozan de una Carta Magna a su medida desde 1978. Y no precisamente conforme con la de la esencial separación de poderes del Estado propugnada por Montesquieu.

Esta peculiar y sacramental Constitución se ha impuesto y no parece que se quiera modificar en ningún momento. ¿Por qué la iban a cambiar? Con ella le ha ido como Dios al búnker de la continuidad tardofranquista y, por extensión, a todo el acomodado mundo del conformismo oficial. Con su dolosa pasividad, nos han dejado desnudos y a la intemperie, listos para el advenimiento de cualquier Rajoy con las rebajas de derechos adquiridos y los recortes al bien común.

La diferencia entre ambas situaciones está en la Plaza de Tahrir. Allí se ha hecho presente la presión popular y su afán democrático, por encima del miedo. Saben lo que se juegan y ocupan incesantemente la calle para ejercer presión contra los designios fácticos. Por el contrario, en España todavía predomina un presente atemorizado y un fatalismo paralizante de murmuraciones anónimas. En el ambiente predomina un sordo pesimismo y la extrañeza por lo que pasa pulula a media voz. No es de extrañar el envenenado elogio del delirante Rajoy a la pastueña mayoría silenciosa que acata sus paridas sin reaccionar. Frente a una precaria minoría vociferante, el cinematográfico silencio de los corderos.

 

* Director del desaparecido semanario "La Realidad"

 

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