La retirada de Estados Unidos y su derrota en Iraq

Ya es oficial. Todas las tropas estadounidenses uniformadas serán retiradas de Iraq el 31 de diciembre de 2011. Hay dos formas importantes de describir esto. Una es la del presidente Obama, que dice que con esto cumple la promesa electoral que hiciera en 2008. La segunda es la de los candidatos presidenciales republicanos, quienes han condenado a Obama por no hacer lo que, ellos dicen, quieren los militares, que es mantener algunas tropas después del 31 de diciembre como entrenadores de los militares iraquíes. Según Mitt Romney, la decisión de Obama fue el resultado de un desnudo cálculo político o simplemente la mera ineptitud en las negociaciones con el gobierno iraquí.

Ninguna de estas afirmaciones tiene sentido y únicamente representan argumentos autojustificativos dirigidos al electorado. Obama hizo todo lo que pudo y lo hizo en conjunción total con los comandantes militares estadounidenses y el Pentágono, hizo lo propio por mantener las tropas ahí después del 31 de diciembre. Pero no falló por ineptitud, sino porque los líderes políticos iraquíes forzaron a las tropas de EE.UU. a retirarse. La retirada marca la culminación de la derrota estadounidense en Iraq, comparable a la derrota en Vietnam.

¿Qué fue lo que pasó en realidad? Por lo menos en los últimos 18 meses, las autoridades estadounidenses han hecho todo lo posible por negociar un acuerdo con los iraquíes para deshacer lo firmado por el presidente George W. Bush: retirar todas las tropas el 31 de diciembre de 2011. Fracasaron, pero no por no haberlo intentado todo lo posible.

En cualquier definición, los grupos iraquíes más pro-estadounidenses son los sunitas, encabezados por Ayad Allawi, un hombre con notorios vínculos cercanos con la CIA, y el partido de Jalal Talebani, el presidente kurdo de Iraq. Al final, ambos hombres dijeron, sin duda con renuencia, que era mejor que las tropas estadounidenses se fueran.

El líder iraquí que más intentó arreglar que las tropas de EE.UU. permanecieran en Iraq fue el primer ministro Nuri Maliki. Obviamente, creía que la poca capacidad de los militares iraquíes para mantener el orden conducirían a unas nuevas elecciones en las que su propia posición se vería debilitada gravemente, con lo que probablemente dejaría de ser el primer ministro.

Estados Unidos hizo concesión tras concesión, reduciendo constantemente el número de tropas que permanecerían. Al final, el punto irritante fue la insistencia del Pentágono en la inmunidad de los soldados estadunidenses (y de los mercenarios) ante la jurisdicción iraquí por cualquier crimen del que pudieran acusarles. Maliki estaba dispuesto a aceptar esto, pero nadie más. En particular, los sadristas dijeron que retirarían su respaldo al gobierno si Maliki aceptaba. Y sin su respaldo, Maliki no tenía la mayoría necesaria en el Parlamento.

¿Quién ganó entonces? La retirada estadounidense fue una victoria del nacionalismo iraquí y la persona que ha venido a encarnarlo no es otro que Muqtada Sadr. Es verdad que Sadr encabeza el movimiento chiíta, que históricamente ha sido antibaazista violento, lo que para sus seguidores significa, por lo común, ser musulmán antisunita. Pero desde hace tiempo Sadr se movió de su posición inicial para hacer de sí mismo y de su movimiento político los campeones de la retirada estadounidense; ha buscado a los líderes sunitas y kurdos con la esperanza de crear un frente nacionalista paniraquí, centrado en la restauración de la plena autonomía de Iraq. Él ha ganado.

Por supuesto, Sadr, como Maliki y otros muchos políticos chiítas, ha invertido mucho de su vida en el exilio en Irán. ¿Es entonces la victoria de Sadr una victoria para Irán? Es indudable que Irán ha mejorado su credibilidad en el interior de Iraq, pero sería un error analítico importante creer que lo que ha ocurrido es que Irán ha reemplazado de algún modo a Estados Unidos en la dominación del escenario iraquí.

Pero esto es afín a lo que ocurrió en la relación entre Estados Unidos y Europa occidental después de 1945. La fortaleza geopolítica de Estados Unidos forzó a un viraje en la relación cultural entre ambos lados. Los europeos occidentales tuvieron que aceptar la nueva dominación cultural y política de Estados Unidos. Y siguieron en ello, pero a los europeos occidentales nunca les gustó. Y ahora intentan retomar su posición de mandamás cultural. Así ocurre entre Irán e Iraq. En el último medio siglo, los chiítas iraquíes tuvieron que aceptar la dominación cultural iraní, pero nunca les gustó. Y ahora trabajarán por retomar su posición de lider cultural.

Pese a sus declaraciones públicas, tanto Obama como los republicanos saben que Estados Unidos fue derrotado. Los únicos estadounidenses que no creen realmente esto son unos cuantos marginales de la izquierda que, de algún modo, no pueden aceptar que Estados Unidos no siempre gane geopolíticamente en todas partes. Esta pequeña franja marginal, que disminuye, está demasiado volcada en denunciar al gobierno como para tolerar la realidad de que el país norteamericano está en una seria decadencia.

Este grupo marginal argumenta que nada ha cambiado, porque Estados Unidos simplemente cambió a su jugador clave en Iraq, del Pentágono al Departamento de Estado, el cual está haciendo dos cosas: trayendo más marines para que proporcionen seguridad a la embajada estadounidense y contratando entrenadores para las fuerzas policiacas iraquíes. Pero traer más marines es un signo de debilidad, no de fuerza. Significa que aún la bien resguardada embajada estadounidense no está lo suficientemente a salvo de los ataques. Estados Unidos ha cancelado los planes para abrir más consulados justo por la misma razón.

Y en cuanto a los entrenadores, parece que estamos hablando de unos 115 asesores de la policía que necesitan ser protegidos por miles de guardias de seguridad privados. Yo garantizaría que los asesores de la policía van a ser muy cautelosos, de nunca dejar las instalaciones de la embajada y que va ser difícil de contratar a suficientes guardias de seguridad privados, dado que ya no cuentan con inmunidad.

Nadie se sorprenda si, después de las próximas elecciones iraquíes, el primer ministro sea Muqtada Sadr. Ni Estados Unidos ni Irán se regocijarán.

* Publicado en el diario “La Jornada”. Traducción: Ramón Vera Herrera

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