La Trípoli libanesa: capital desencantada de la revolución

La Trípoli libanesa: capital desencantada de la revolución

Por Thomas Abgrall*. LQSomos.

Las elecciones parlamentarias del 15 de mayo en Trípoli, la segunda ciudad del Líbano, eran imprevisibles. En la gran ciudad portuaria, que alberga al 80% de la población musulmana suní y minorías como griegos ortodoxos, maronitas y alauitas, no estaban representadas tres grandes figuras que desde fines de la década de 1990 dominan la escena política tripolitana

Saad Hariri, el ex primer ministro que había conseguido la mayoría de los escaños durante el último escrutinio en 2018, decidió retirarse de la vida política. Najib Mikati, el actual primer ministro, no se presentó y apoyó a una lista que logró la elección de un solo candidato. Otro que tiró la toalla es Mohamad Safadi, quien había sido designado primer ministro por el Parlamento luego del movimiento de protesta que sacudió al Líbano a fines de 2019, pero quien luego tuvo que renunciar al cargo frente a la presión popular.

La derrota del “heredero” Karami

Faisal Karami, el único sobreviviente de una histórica familia de la política de Trípoli, fue derrotado. Durante la campaña había hecho referencia en repetidas ocasiones al pasado de su opulenta familia en la escena política libanesa a partir de la década de 1920. Su abuelo, Abdel Hamid Karami, una de las principales figuras de la oposición tripolitana al mandato francés y cercano a los nacionalistas sirios, fue uno de los artífices de la independencia y primer ministro en 1945. Rashid, su tío, fue primer ministro en varias oportunidades hasta su asesinato, en 1987. Omar, su padre, que tomó el relevo, sería percibido durante mucho tiempo como “el hombre de los sirios”, algo que también puede atribuirse a Faisal, que en 2018 fue elegido diputado.

Si bien en la contienda política nacional fueron eliminadas otras figuras fieles a Damasco, el motivo de la derrota del heredero Karami no parece haber sido la afinidad con el régimen baazista. De hecho, su lista cosechó una cantidad similar de votos a 2018, pero los electores prefirieron a otro candidato, Taha Naji, miembro de la asociación Al-Ahbash, una organización de beneficencia islámica pro-Siria originaria de Etiopía e implantada en el Líbano desde la década de 1980 que posee numerosas organizaciones caritativas.

Para el politólogo Nawaf Kabbara, la derrota simbólica de Karami marca, “como en el resto del país, una retirada de las figuras tradicionales”. De manera irónica y absurda, los pro-Siria se han visto fortalecidos con el resultado de las elecciones en Trípoli debido a las peculiaridades de la ley electoral y a la total falta de coherencia de las lis-tas. En efecto, un candidato totalmente desconocido como el alauita Firas Al-Salloum, que figuraba en la lista del hombre de negocios Ihab Matar asociado a la Jemaah Is-lamiya –el brazo libanés de los Hermanos Musulmanes–, fue elegido con 370 votos y celebró su victoria con cantos en honor a Bashar al-Ásad.

El rechazo de Hezbolá

Salvo esa sorpresa, la principal característica de la elección en la metrópolis suní ha sido el rechazo de Hezbolá, con el ascenso de Ashraf Rifi, exministro y virulento detractor del “Partido de Dios”. Rifi aplastó a sus competidores con 11.500 votos. “Ashraf Rifi representa la opinión radical suní pro-Hariri, pero que no lo sentía tan radical frente a Hezbolá”, explica Nawaf Kabbara. Su lista obtuvo tres escaños de diputados sobre los ocho en juego, pero parece poco probable que Rifi sea designado primer ministro (en el Líbano siempre tiene que ser un musulmán de confesión suní) debido a su fuerte hostilidad a Hezbolá, en un sistema político que se distingue por la transigencia.

Su importante cosecha de votos incluso permitió la elección de un miembro de las Fuerzas Cristianas Libanesas, un hecho sin precedentes en la historia moderna de Trípoli. “Las Fuerzas Libanesas están en las antípodas de la identidad de esta ciudad suní, por su pasado antipalestino y las acusaciones de haber asesinado al ex primer ministro Rashid Karami, pero su férreo rechazo de Hezbolá sedujo a los tripolitanos”, analiza Raphaël Lefèvre, autor del libro recientemente publicado Jihad in the City: Militant Islam and Contentious Politics in Tripoli (Lavoisier, 2021).

Trípoli fue uno de los bastiones de las milicias palestinas durante toda la guerra civil libanesa (1975-1990), y en diciembre de 1983 fueron evacuados de la propia ciudad Yasir Arafat y más de cuatro mil combatientes palestinos. Para movilizar al electorado contra las Fuerzas Libanesas, Karami, el heredero, hizo todo lo posible por resucitar la figura tutelar de Rashid, su tío asesinado, instalando en la plaza Al-Nour –el lugar de las manifestaciones populares– una enorme pancarta con el rostro de Rashid que decía: “No dejen que me asesinen por segunda vez”. Pero no fue suficiente. Como al nivel nacional, el partido cristiano es uno de los grandes vencedores del escrutinio.

Clientelismo y compra de votos en masa

En un contexto de extrema pobreza, el clientelismo también jugó un papel importante en Trípoli. Aunque no existen estimaciones recientes en la ciudad, ya el 60% de sus habitantes vivía bajo el umbral de pobreza antes del estallido de la crisis económica que asola al Líbano desde hace dos años. De unas veinte personas interrogadas por Orient XXI durante las elecciones en los barrios desfavorecidos de la metrópolis (Bab el-Tebbaneh, Qobbé, Abi Samra), el 95% afirma haber sido remuneradas por partidos tradicionales o haber obtenido “favores” a cambio del sufragio. Es una vieja costumbre en la ciudad, donde los megamillonarios (Hariri, Mikati, Safadi) inyectan desde la década de 1990 sumas colosales de dinero durante las elecciones. Una joven madre interrogada el día de la votación asegura que votó por Faisal Karami porque le pagó los gastos de hospitalización por su parto (8 millones de libras libanesas, es decir, aproximadamente 378 euros). La familia Karami posee un importante hospital de la ciudad portuaria y varios dispensarios, y está fuertemente vinculada al Ministerio de Salud libanés. Por su parte, un joven de unos treinta años dice que votó al futuro diputado Karim Kabbara, quien después de algunos llamados telefónicos le permitió reducir su pena de prisión a nueve días, cuando en un principio debía durar seis meses. La familia Kabbara es conocida por su influencia sobre la justicia local y posee una potente red de abogados pergeñada por el padre de Karim, el exdiputado Moha-med Kabbara. También hubo compra de votos a mansalva, por un precio de entre 100 y 200 dólares (entre 93 y 187 euros) por cabeza. “A pesar de la fuerte crisis económica, las inyecciones de enormes sumas de dólares frescos de parte de los partidos tradicionales durante la campaña plantean interrogantes”, se alarma Ayman Mhanna, director de la fundación Samir Kassir. Las Fuerzas Libanesas, que recibieron importantes cantidades de fondos de los saudíes –a tal punto que llenaron de carteles electorales la autopista entre Beirut y Trípoli–, recurrieron al dinero para atraer a los votantes, pero no han sido los únicos.

La irresistible ascensión de Ihab Matar

Así, gracias al dinero en efectivo y a una campaña muy bien organizada en Australia (donde la diáspora tripolitana está bien arraigada), obtuvo un escaño en la Asamblea un desconocido ilustre, el hombre de negocios libanés-australiano Ihab Matar. Durante el ramadán, el candidato se destacó por efectuar enormes distribuciones de pan con su efigie.

El businessman también financió los gastos de escolaridad anuales en la universidad libanesa en Trípoli de quienes se inscribían en una página de Facebook. Según varias personas interrogadas el día del escrutinio, el candidato pagó 4 millones de libras libanesas (187 euros) –el doble de un salario mensual de un militar libanés– a quienes lo promocionaban o hacían de inspectores el día de la elección. Esos “delegados” se encargaban de vigilar las mesas electorales o de ir en busca de electores. En realidad, muchos de ellos pasaron la jornada electoral vestidos con remeras con los colores de los candidatos, una forma de corrupción disfrazada pero permitida por la ley electoral libanesa.

“Ihab Matar podría conocer un destino similar a Mohammed Safadi, que surgió de la nada a fines de la década de 1990, aunque parece tener menos capitales”, señala Samer Tannous, presidente de la Facultad de Educación y de Psicología de la Universidad de Balamand. “Desde el final de la guerra civil, en Trípoli predomina un modelo en el que priman los valores mercantiles y gerenciales (…) mientras que los valores tradicionales y religiosos ya no constituyen la base de acceso al rango de notable”, escribe el investigador Bruno Dewailly.

Ihab Matar también tuvo la inteligencia de asociarse a la Jemaah Islamiya en una ciudad que sigue siendo conservadora y religiosa. Porque el dinero no siempre es suficiente. Bien lo sabe Omar Harfouche, otro millonario con una reputación de incendiario que cayó como paracaidista en Trípoli. El franco-libanés, que había participado en el reality show “Soy una celebridad, sáquenme de aquí”, solo cosechó mil votos, a pesar de haber comprado votos y de haber empapelado la ciudad con sus afiches. El partidario laico de una “tercera República” fue incluso blanco de burlas en los barrios populares debido a su pasado sensacionalista en el mundo del modelaje. Una anécdota que los tripolitanos relatan con deleite lo ha marcado a fuego: el candidato había prometido dinero para todos los que concurrieran a su acto de campaña. Al final los participantes no recibieron el pago, así que se robaron todas las sillas de plástico de la sala.

“Comprometido con la revolución”

Otra característica del escrutinio: la elección inesperada de un candidato proveniente del movimiento de protesta contra la clase política del 17 de octubre de 2019. El movimiento nació en Beirut tras la decisión gubernamental de crear un impuesto sobre la aplicación de mensajería WhatsApp y durante varios meses estuvo en auge en Trípoli, lo que le valió el sobrenombre de “comprometido con la revolución”. Sin embargo, dos años y medio más tarde, el movimiento se desdibujó. Muchos tripolitanos le reprochan su falta de radicalismo –“no se hace una revolución bailando dabke” es algo que suelen criticarle– y lo señalan como responsable del deterioro de la crisis económica, ya que el movimiento es concomitante con la quiebra financiera del país. “La ausencia de Saad Hariri permitió el ascenso de una lista encarnada por Rami Finge, un dentista que logró popularidad por su detención mientras distribuía alimentos a los manifestantes. Fue elegido gracias a los votos de la juventud educada de Trípoli y de la diáspora”, argumenta Samer Tannous. Su triunfo refleja el modesto viento de renovación que permitió la entrada al Parlamento de una docena de candidatos que no pertenecen a partidos confesionales.

En la ciudad portuaria, los resultados electorales suscitaron sobre todo indiferencia y una tímida esperanza de cambio. La abstención fue muy fuerte y alcanzó el 61% en la región, una cifra similar a la de 2018. La población intenta sobrevivir en un contexto económico que empeora día a día. La libra libanesa ha perdido más del 90% de su valor, la inflación se dispara, el precio del pan sube y el coste de las telecomunicaciones se espera que se quintuplique. En la gran ciudad del norte, durante los próximos meses las miradas se volverán nuevamente hacia el Mediterráneo. Durante el verano boreal se esperan nuevos y peligrosos cruces hacia Europa. Desde hace dos años son cada vez más frecuentes. El 23 de abril último desaparecieron decenas de personas en el naufragio de un barco que zarpó de Trípoli con destino a Italia.

* https://orientxxi.info/es
– Líbano en LoQueSomos

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