Larra, profeta

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2020

A Larra le quedaban poco más de tres meses de vida cuando escribió este artículo, ya que se suicidó el 13 de febrero de 1837, a los 27 años…

Es muy citado el artículo de Mariano José Larra “El día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio”, publicado ese día en El Español con una bonita ilustración, en la que aparece en primer término un hombre sentado, se supone que será el autor, contemplando el Palacio Real, y unos pocos viandantes, bajo un cielo nuboso, propio de un 2 de noviembre. Lo más significativo del artículo es su declaración respecto a que Madrid era un gran cementerio poblado por muertos. Parece que el coronavirus se está empeñando en darle la razón.

En este de abril de 2020 las calles de la Villa y Corte se hallan vacías de viandantes y de automóviles y autobuses, en tanto el número de madrileños muertos a causa de la pandemia asciende al mediodía a 5.136, cifra en aumento continuo. El Cementerio Municipal del Nuestra Señora de la Almudena está a tope, ha sido necesario habilitar dos morgues improvisadas para acoger provisionalmente los ataúdes, el horno crematorio es incapaz de atender tanta demanda como se le presenta, y no se permiten duelos de más de tres familiares. No es el cementerio aludido por Larra, ya que fue inaugurado en 1884 como Necrópolis del Norte, aunque después se puso bajo la advocación de la patrona de Madrid.

A Larra le quedaban poco más de tres meses de vida cuando escribió este artículo, ya que se suicidó el 13 de febrero de 1837, a los 27 años. Sus restos morales pasaron por tres cementeros hasta quedar depositados en la Sacramental de San Justo, San Millán y Santa Cruz, un cementerio inaugurado en 1847 en el Cerro de las Ánimas. Alrededor de su tumba suelen celebrarse sesiones literarias. La visión que describió en el artículo de aquel Madrid el 2 de noviembre de 1836 era desalentadora:

Vamos claro, dije yo para mí. ¿En dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.

El ánimo del pobre Fígaro se hallaba desanimado. Sus relaciones con la esposa y con la amante no podían continuar, carecía de solución un conflicto amoroso provocado por él mismo, al enamorarse de una mujer casada estando también él casado y con hijos. Vivía en pleno romanticismo, y padecía sus consecuencias, como una versión española del desventurado joven Werther goethiano. El amor romántico descrito en novelas o poemas era tan apasionado que resultaba imposible realizarlo, de modo que su única salida inevitable era la muerte de al menos uno de los amantes, de preferencia los dos. Pero en el caso de Larra no se trató de literatura, sino de una realidad trágica.

Una época de corrupción dinástica

Por si fuera poco, la situación política española era, como de costumbre en nuestra historia, lamentable. Ocupaba la regencia María Cristina de Borbón y de Borbón, la viuda alegre, con motivo, del tirano Fernando VII, alias Narizotas. Y lo hacía ilegalmente, porque dejó de ser viuda al casarse en secreto con un guardia de buena presencia, Fernando Muñoz, dos años más joven que ella, quien periódicamente la embarazaba, sin que nadie en palacio advirtiera los cambios físicos producidos en la figura de la regenta.

Si los diez últimos años del reinado de Fernando VII, alias también El Rey Felón, son denominados en los memoriales de historia “la década ominosa”, la regencia de su viuda resultó un desastre político, social y económico, soportado estoicamente, para no decir estúpidamente, por el pueblo español domesticado. Aquel año de 1836 se sucedieron tres gobiernos, presididos por Juan Álvarez Mendizábal, Francisco Javier Istúriz y José María Calatrava, incapaces de poner remedio al caos, según costumbre tradicional de los gobernantes españoles.

El Palacio Real era desde muchísimo antes una casa de lenocinio, por decirlo suavemente, con aquella siniestra pareja de Carlos IV y su lasciva esposa María Luisa, y el hijo de ella y de alguien que no era su esposo legítimo, el conocido en un principio por el alias de El Deseado, hasta demostrar sus criminales instintos y quedar como el Rey Felón ya para siempre. Por ello, al ver Larra el edificio en su callejeo entre difuntos, meditó:

¿Qué monumento es éste? –exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio–. ¿Es él mismo un esqueleto inmenso de los siglos pasados o la tumba de otros esqueletos? “¡Palacio!” Por un lado mira a Madrid, es decir, a las demás tumbas; por otro mira a Extremadura, esa provincia virgen… como se ha llamado hasta ahora. Al llegar aquí me acordé del verso de Quevedo: “Ya ni los v… ni los diablos veo”. En el frontispicio decía: “Aquí yace el trono, nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado.”

Una exageración, porque el trono borbónico no ha muerto todavía, aunque padezca una pésima salud. En La Granja de San Ildefonso, en donde veraneaba la familia irreal, la pública y la secreta (a voces), el 12 de agosto se pronunciaron los sargentos de la Guardia Real a favor de la Constitución promulgada en Cádiz en 1812, negada primero, jurada después y por fin abolida por Fernando VII. Convencida por el argumento de las armas esgrimidas contra ella, la reina gobernadora firmó al día siguiente el real decreto ordenando que la Constitución de 1812 quedase restablecida.

En la gran ilegitimidad

La autoridad de la regenta quedó así completamente descalabrada, aunque Larra pecó de optimista al suponer que con ese acto iba a desaparecer el trono borbónico. Todavía le quedaban unos pocos años en pie, hasta que la Gloriosa Revolución lo desmanteló en 1868. Sigamos leyendo la descripción del Palacio Real según creyó observarlo Fígaro en el artículo:

En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. “La Legitimidad”, figura colosal de mármol negro, lloraba encima. Los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí muestras de la ingratitud.

Carlos IV y su hijo putativo Fernando VII renunciaron a sus derechos dinásticos a favor de Napoleón Bonaparte, durante una histriónica sesión celebrada en Bayona en 1808. Por ese motivo escribió Larra que la estatua de la Legitimidad había sido mancillada por los muchachos, al carecer de sentido en el Palacio Real madrileño.

Lo cierto era que en aquel Madrid de 1836 el trono borbónico estaba caduco y caído, y el día 2 de noviembre los madrileños parecían cadáveres andantes. En este Madrid de 2020 el trono es una miseria hundida en la corrupción económica, y el cementerio no tiene capacidad para aceptar a todos los muertos que debieran ser inhumados o incinerados, por la negligencia de un Gobierno inepto. Lo imaginó Larra con visión de profeta.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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