Libertad (poema socializado)

Antes de que la devastación de los días reduzca a escombros nuestros luminosos cuerpos de ayer. En la lejana memoria de aquella primera noche en la playa en que me abriste por primera vez, de par en par, las puertas de tu cuerpo y saciaste mi sed en cada uno de sus manantiales.

Sobre esas feas fotos de niños de corta edad condenados a limpiar las lunas de los automóviles de alta gama en las grandes ciudades, sobre las de aquellos que se ven forzados a sobrevivir en los basurales del Mundo; sobre las fotos de los que trabajan en los talleres clandestinos de India, en las tintorerías del Magreb; sobre todos los niños desescolarizados y sobre los niños soldados…

sobre la mujer salvajemente violada, sobre la que es cruelmente maltratada, aquella que fue asesinada, la lapidada, la joven que fue a su pesar prostituida; sobre el sándalo de tu aliento, sobre la bóveda de tu boca, allí donde nace la llama de las palabras que se alzan sobre la asamblea universitaria…

sobre la condena de la Iglesia romana al divorcio, al uso del condón, a las relaciones entre personas de un mismo sexo, en tanto en el continente africano millones de criaturas mueren de SIDA; sobre ese complicado entramado de arterias: ríos, océanos, los azules arroyos que adivino en tu mano…yo te nombro, Libertad.

Sobre los vertidos de crudo en los océanos, sobre los bosques devastados, sobre los ríos contaminados; sobre el monte calcinado, sobre la turbina que presiento bajo tu piel cuando mi mano descansa sobre tu seno izquierdo, sobre el vigoroso poema de Mayakovski y los nombres de todos los poetas suicidados…

sobre el animal rejoneado para divertimento de unos pocos y el enriquecimiento de otros tantos, el que es sacrificado para adornar con su piel el esbelto cuello de una dama o el magnífico salón donde se escancian los buenos vinos y se habla de alta política y de jugosos negocios, aquel que es rematado a garrotazo; sobre la vasta llanura de tu espalda desnuda…

sobre los derechos sindicales pisoteados, el sindicalista asesinado, el mendigo vapuleado; sobre el inmigrante exterminado, sobre el que cayó en el infierno de la droga para no levantarse más, sobre la palabra extinguida y sobre el cálido acantilado de tu garganta…yo te nombro,  Libertad.

Sobre las aldeas incendiadas, sobre las caravanas de hombres y de mujeres hambrientos y huyendo aterrorizados por las guerras, sobre los costosísimos y veloces yates de lujo y un niño esnifando pegamento en una esquina, mientras el semáforo cambia eternamente del rojo al verde, nuevamente el ámbar para volver a empezar: rojo, verde, ámbar, verde, ámbar…; sobre la vertical de la Revolución bolivariana, sobre el murmullo de tu ropa deslizándose sobre tu piel y sobre el maravilloso charco del vestido a tus pies cuando te desnudas en la oscuridad…

sobre el beneficio desmesurado, sobre el que duerme en el rigor del invierno en el quicio de la puerta de una tienda de Nike; sobre el homosexual humillado, el violento golpe de la culata del fusil en el hombro del soldado y el acre olor de la pólvora en la mañana, el día que fusilaron al camarada. Sobre la memoria del camarada que se desvaneció tragado por la niebla de la larga noche estaliniana y sobre la imagen del legendario guerrillero extraviado entre los hilos de lluvia, las milenarias peñas y la bruma de los montes de León…

sobre todo ese mundo de “videntes”, espiritistas, echadoras de cartas,“sanadoras”,“santeras”, parapsicólogos; sobre la espuma de tu risa, la maravillosa convicción y firmeza de las palabras ¡NO PASARÁN!, pronunciadas en el invierno del Madrid miliciano; sobre el gris espectro de las ruinas de Stalingrado, aquí y ahora…yo te nombro, Libertad.

Sobre la “prensa amarilla”, la “prensa del corazón”; sobre todos los libros de “autoayuda”, los “fondos de reptiles”, los periodistas dóciles y sometidos; sobre los escritores serviles, sobre la “telebasura” y el maestro de escuela republicano depurado; aquel hombre que, cubierta la cabeza con una boina, vestido con una chaquetilla raída, pantalones remendados y calzando unas zapatillas de esparto, camina cargado de un saquete hasta la puerta del cine del barrio, donde extiende su mercancía en el suelo: majuelas, piñas, piñones, ante el asombro de los chicos y las chicas que sacan las entradas para la última película de Tyrone Power, en programa doble con otra de Jonny Weismuller.

 sobre los inmorales desahucios, sobre la especulación inmobiliaria, sobre los “paraísos fiscales” y las mentiras oficiales; sobre los “daños colaterales”, sobre la roja bandera del proletariado, sobre los relojes descompuestos y una teoría herética sobre la eternidad y el tiempo detenido entre la voracidad de sus agujas…

sobre la espesa capa de polvo de los carros pesados que avanzan sobre la ciudad sitiada, sobre el pequeño orificio en el casco de acero del soldado, por el que tal vez penetró la muerte, y por los melocotones madurando entre la felpa de las toallas y el retor de las sábanas en la penumbra del ropero; sobre el hilo de humo que asciende verticalmente hacia el azul en la aldea de un solo habitante, mientras nieva fuera y entre las ascuas hierve el garbanzo en el puchero de barro…yo te nombro, Libertad.

Sobre el anciano desprotegido, sobre las pavorosas cifras de parados y desesperados en el mundo y sobre las cenizas de los sueños de los que fueron derrotados en las numerosas batallas por la dignidad; sobre la devastación del alzheimer y el grillo desgranando su canción en la penumbra de la celda delbote oxidado…

sobre los muros de las lucrativas fábricas de armamento del mundo y sobre la pizarra de los nobles monasterios castellanos; sobre la llamada de la sirena de la fábrica a los obreros, sobre el hoyo de tu cuerpo en el lecho, el vino de tu voz derramándose en la estancia, la llama de tu deseo encendiendo la llama de mi deseo; sobre las huellas de tus manos en el barro artesano y en la masa del pan cotidiano…

sobre la imagen de esa niña sometida a un proceso de ablación en el clítoris, la que fue vendida para traficar con sus órganos y la que lo fue para servir de esclava sexual a cualquier poderoso señor…yo te nombro, Libertad.

Sobre los muros del lujoso palacio que el sanguinario general te regaló a su muerte, tras una cruel guerra civil y una no menos cruel dictadura; sobre la presión de tu boca sobre mi boca, aquella tarde en que yo bebía en cada una de las fuentes de tu cuerpo, mientras en la calle los botes de humo y las sirenas de la Policía describían su parabólica y amenazadora trayectoria sobre las cabezas de nuestra gente…

sobre el nombre del heroico guerrillero asesinado, sobre el campamento de refugiados arrasado, sobre la memoria del presidente constitucional derrocado; sobre el níveo teclado de tu dentadura, sobre la que ruedan, cabalgan las palabras amor, patria, libertad, revolución…

sobre el pueblo desinformado y manipulado, sobre los “espaldas mojadas”, los “sin papeles” y los desheredados; sobre los oscuros abismos de los lagos de tus ojos, allí donde en las tardes se asoman a beber dos ciervos asustadizos…yo te nombro, Libertad.

Sobre los mármoles oficiales de los ministerios, de las audiencias y los juzgados; sobre los frescos de Miguel Ángel y los tesoros del Vaticano; sobre la suave planicie de tu vientre, en el que igual se manifiestan los espasmos del orgasmo que los de la “picana”…

sobre los ecos de los coros de Nabuco y los cuerpos perfumados, sobre las hermosas composiciones de Beethoven, de Mozart, de Gustav Mahler, de Mark Knopfler, John Lennon, Lluís Llach…,sobre los líquidos acantilados de tus caderas y la memoria de Chico Mendes y Diane Fossey…

sobre la tos del anciano desahuciado, sobre los países intervenidos y los castigados por el bloqueo, sobre las bendiciones de papas y prelados, repartidas por igual entre humildes campesinos, reyes y tiranos; sobre la fascinación de las banderas y de los himnos nazis y la memoria de los días del exterminio del pueblo armenio…yo te nombro, Libertad.

Sobre los cirros y los cúmulos de nubes, sobre los copos de nieve, las libertades pisoteadas, las fosas comunes y los consejos de administración; sobre las inquebrantable solidez de los juicios de Eduardo Galeano, la inextinguible solidaridad de Saramago y Albert Camus, la ternura de Benedetti y de Julio Cortázar frente a los halcones de Wall Street, del FMI, del BCE…

sobre los trenes de residuos radiactivos, la comida basura; sobre la memoria de los esclavos de Franco, los millares de desaparecidos en la Sima de Jinámar, en Fuencaliente, en aquellos campos tantas veces cantados por Jorge Manrique, San Juan de la Cruz, Emilio Prados, Federico García, Rosalía y Pedro Garfias…

sobre la memoria de mi padre y de todos los fieles soldados que en aquellos días -entre julio y octubre de mil novecientos treintaiocho- defendieron los valores republicanos en el Ebro, sobre la figura del británico, que se recorta sobre el azul del Pirineo para ir a incorporarse a las Brigadas Internacionales…yo te nombro, Libertad.

Sobre las imágenes de todos los horrores y todos los guernicas, todos los hiroshimas, todos los auschwitces del Mundo; sobre las manos encallecidas, sobre las especies animales extinguidas, sobre las vegetales formaciones de olivos en los campos de Grecia y de Jaén, sobre las marciales alineaciones de cruces de todos los caídos en las innumerables guerras, sobre los vegetales campos de vino del Rin…

en el recuerdo del río de tus cabellos desbordándose sobre las suaves colinas de tus hombros, del breve bosque de tu pubis destacándose sobre el cálido horizonte de tu vientre, de las admirables cúpulas de tus senos, del arco de tu boca cuando se distiende para gritar contra esto y aquello en Syntagma, en Sol, ante Wall Street, en el Sáhara ocupado por Marruecos; sobre los nombres de los jueces tuertos…

sobre los blancos lienzos de las sábanas tendidas al sol, sobre aquellos inmigrantes que, buscando el anhelado paraíso, solo hallaron el naufragio de la patera y ahora buscan galeones cargados de onzas de oro en el fondo del Océano, sobre la honda de tu brazo en el acto de lanzar las piedras del desprecio sobre los uniformados israelíes…yo te nombro, Libertad.

Sobre los abismos de la Tierra, allí donde el Hombre extrae los codiciados minerales y le es negada la luz, sobre el silbido de esa sirena que anuncia una nueva tragedia en el pozo; sobre la semilla en el surco, las cuerdas de la guitarra que enmudeció desde que los militares silenciaron tu voz en el Estadio Nacional; sobre los pedestales de los héroes y el tibio sol del invierno…

sobre esa colección de localidades de las desaparecidas salas de cine de mi remota infancia, los infiernos de Guantánamo, Abú Ghabri, Barran, la Cárcel Negra de El Aaiún; sobre los sin voz ni voto, sobre los alabastrados pilares de tus muslos, sobre el cadáver del estudiante tendido en los fríos adoquines que tal vez en el pasado fueron testigos de heroicas luchas obreras…

sobre la herida corteza del abedul, testigo del tiro en la nuca, del avance de los “panzers” y más tarde de los carros soviéticos; sobre el campo en barbecho, los campos roturados, los campos de lavanda, los campos de trigo de Castilla, los campos de girasoles de las manchegas tierras, los campos de arroz de Vietnam, los campos de algodón de Mississippy y los oxidados raíles de las estaciones abandonadas…yo te nombro, Libertad.

Sobre las alfombras de hojas derribadas por el otoño sobre el asfalto de los grandes bulevares, en el bosque de Iratí y en la fraga gallega; sobre los campesinos masacrados en El Salvador, sobre el hermoso rostro de Jean Seberg, sobre los libros quemados, el poema censurado, la canción prohibida, los labios sellados y la escultura mutilada…

sobre los números impares, los números primos, los “numerus clausus”; sobre la sangre del obrero asesinado en Badajoz, en Granada, en Málaga, en Salamanca en Segovia, en Almería, en Montjuich; sobre la memoria de los “mártires de Chicago”, de Sacco y Vanzetti, de las 130 mujeres calcinadas en la fábrica Cotton de N. York, en 1908…

sobre el anuncio de la Coca Cola y los bombardeos selectivos, sobre tu figura en la oscuridad, recortándose tras los cristales de la ventana iluminada, sobre los cadáveres de las vanas promesas electorales; sobre esa vieja maldición de políticos corruptos, sobre esa casta de empresarios y banqueros depredadores y desaprensivos…yo te nombro, Libertad.   

 Sobre los ferrocarriles, la universidad,  el agua y toda la línea de servicios privatizados en aras de un mayor número de policías; sobre la abultada nómina del político que ayer nos pedía el voto para un proyecto de socialismo en libertad y hoy figura en la nómina de una multinacional cuyo nombre me callo….

sobre ese naipe, ese cartón de bingo, sobre la insaciable voracidad de esa máquina tragaperras que devora la última moneda y te devuelve otra vez con el carrito de la compra vacío a la demoledora soledad del hogar; sobre la soez minuta del notario, el registrador de la propiedad, del abogado matrimonialista, que se bebió íntegra la nómina de este mes por gestionar la separación legal, cuando ya hacía años que los cuerpos habían sancionado la realidad…

sobre la crueldad de los teléfonos mudos hasta el último segundo, ya con el bote de Veronal vacío sobre la mesilla de noche; sobre el efectivo control policial sobre los pueblos, frente a la fragilidad de las relaciones humanas. Sobre las “dietas milagrosas”, sobre la tiranía de los escaparates de Serrano, sobre el costosísimo tarro de crema que ya no te devolverá la juventud que hasta ayer te hacía la mujer deseada por los hombres de tus veinte años…

Sobre la goma elástica, la aguja hipodérmica, la cuchara sucia aún de la última dosis, que yacen junto al poemario de Goytisolo, sobre la desolación de la mesa camilla, tras el último “viaje”. Sobre los perros ahorcados en las ramas de los centenarios alcornoques, en tanto las criaturas del África devoran tortitas hechas con arena…

sobre ese trozo de papel que -sin mencionar a todos los sanguinarios dictadores, los que ni siquiera merecen ser citados aquí por sus nombres, sin devolvernos la memoria de los seres amados- condena expresamente a los que en un pasado más o menos cercano secuestraron, asesinaron y desaparecieron a las personas  y  nos devuelve la fe en la Justicia Universal…

sobre la mancha azafrán de tu “melfa” sacudida por el violento siroco y desdibujándose en la “hamada”, mientras yo me pregunto si vas o vienes: si vas por dátiles, si vas por sémola para preparar el “couscous”, si regresas de tomar el té con los ancianos, si retornas de la región de las dunas color cobre; si vienes del lejano pozo, cargada con el precioso líquido; si fuiste a por leña, si regresas del  tedioso pastoreo, de una asamblea del Frente POLISARIO, de una sesión de gena para la inminente boda, de un encuentro amoroso clandestino. Sobre la oxidada cámara de fotos, la superficie de los arruinados espejos, que conservan íntegra, archivada entre el azogue y el complejo mecanismo de su memoria, la presencia de los rostros de los seres amados y eternamente desaparecidos, los rostros y los gestos de los déspotas de otros días, los gestos de amor; memoria de las horas de las pieles tersas y de los rubios y luminosos cabellos; memoria de aquella primera bofetada, un día aciago; memoria del sexo precipitado en el desahuciado sillón o sobre las deslucidas baldosas, memoria de los días de los cuerpos reducidos a escombros por el parkinson y por la edad…

Libertad y…ya pasaron los “nacionales” el Manzanares.

Libertad y…madre, déme usted un cacho pan.

Libertad y…me han despedido.

Libertad y…hoy setenta y cinco años que se me lo llevaron los falangistas.

Libertad y…se lucha en Asturias, en León, en Madrid, en la Universidad…

Libertad y…ochenta y un años de la proclamación de la República.

Libertad y…los rusos ya entraron en Berlín.

Libertad y…le cayó la “pepa”.

Sobre las coloridas “polleras” -copiadas de los prados y de las cromáticas mariposas- de las mujeres que acuden en manadas a liberar los baldíos campos en manos del terrateniente, en días de machetes y de canciones; aquellas que se agolpan en el Zócalo y en las plazas públicas del Mundo para apedrear con sus reivindicaciones al gobierno reaccionario; sobre ese acogedor espacio que se abre entre tu cuello y tu hombro, donde deposito todo mi cansancio en los días en que el desaliento rompe todos los diques, sin preguntarme siquiera si otro hombre buscó refugio en el puerto de tus brazos horas antes…

sobre el cuerpo de esa mujer que camina derrotada, en solitario, hurtándole el cuerpo al miedo y al frío de la noche, de regreso al hogar, tras una agotadora jornada en la maquiladora donde se confeccionan los “levis 501” que quizá darán la vuelta al Mundo antes de que aparezcan en el lujoso escaparate de una tienda de Australia. Sobre los juguetes desechados, sobre el rumor de los pasos en el oscuro pasillo de los seres queridos hace tiempo fallecidos y por Rachel Corrie…

sobre esa estela que se inicia en el primer hombre y la primera mujer y se prolonga en el tiempo hasta ese joven “camello” que trapichea en el barrio. Sobre la cola para devorar un hamburguesa y una “cocacola” en el McDonald de la Plaza Roja postsoviética, a pocos pasos del lugar de descanso definitivo de John Reed; el joven recluta con un pie en el estribo del autocar que le conducirá al cuartel para incorporarse a filas, mientras del tubo de escape del coche emana un embriagador olor a gasolina, mientras gobierna la Junta Militar que asoló el país tras el último golpe fascista…

Sobre la comunión de los cuerpos, el Internacionalismo Proletario, las tesis leninistas, los tres volúmenes deEl Capital de Fondo de Cultura Económica apilados sobre la mesilla de noche, colmada de medicamentos, gafas, notas que quizá nadie llegará a descifrar después, en la habitación ya cercada por la muerte; sobre esa línea imposible de determinar que une a la joven prostituta que ofrece su cuerpo en el anonimato de la noche, en la Casa de Campo, con las figuras de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo; el recuerdo de aquellas dos niñas de corta edad atrapando con sus manos el bote de leche condensada que les ofrecí, una noche en un pueblo cuyo nombre olvidé, en Perú, mientras tal vez el presidente cenaba con el embajador de EE.UU. y el ejecutivo español de Telefónica que ha venido a “tender lazos fraternales” entre la “madre patria” y el país de nacimiento del “cholo” César Vallejo, entre brindis con buen vino del país por los “buenos negocios” y por la “estabilidad en la región” y “deliciosas” baladas de la estrella del momento, en tanto los maestros de escuela y los obreros se manifiestan en las calles contra las medidas de ajuste del Gobierno, vigilados muy de cerca por los sabuesos de la policía…

por los oscuros héroes de Roma, ciudad abierta, las mujeres al pie de la bocamina de La sal de la Tierra, los viejos filmes en blanco y negro de Eisenstein, Satyajit Ray, Jean Rendir, Chaplin, Kurosawa, Fritz Lang, John Houston, James Cagney, John Garfield, Billy Wilder, Max Ophüls, John Ford,  Fred Zimmerman, Fellini, Visconti, Buñuel, Rossellini, De Sica…; por las viejas salas donde se besaban por última vez el antifascista de Casablanca y la hermosa Ingrid Bergman; los blancos lienzos donde el Shane enamorado de la mujer del granjero de Raíces profundas se aleja herido hacia la bruma de las azules montañas, tal vez para morir, apoyada la espalda sobre una roca, mientras los buitres sobrevuelan el lugar a la espera del tránsito…

por el prado de La jungla de asfalto sobre el que agoniza un Sterling Hayden abrazado a la hierba de la granja con que soñó y que nunca pudoalcanzar, en tanto los caballos pastan a su alrededor; sobre la sólida figura del sheriff de Solo ante el peligro –trasunto de los diez de Hollywood y la “caza de brujas”-, la pareja de antinazis de La Reina de África y el irreductible Dalton Trumbo;  por los campos de fútbol a la orilla del río donde yo, niño, saciaba la sed de los hombres con el agua de un botijo a cambio de unas perras, en tanto un hombre pelaba a un obrero sentado sobre una sencilla silla, mientras otros consumían gaseosa en el quiosco de tablas cercano y en los receptores de radio se seguían seriales anticomunistas como Lo que nunca muere, mientras en los paredones de esta España, ante la indiferencia del Mundo, caen Cristino García y los oscuros resistentes de la Sierra y en el exilio mejicano fallecen los poetas de la  España leal…

Sobre torturador tableteo de metralleta del tubo de escape de la motocicleta en la noche, mientras una mujer, tras los cristales de la ventana, intenta concentrarse en la lectura del poema de Luís Cernuda o en la carta que recibió de la hermana que está presa en Ventas por difundir información del Partido…

sobre la hermosa bandera republicana que tapizaba el techo de mi caseta de la Feria del Libro de Madrid y que hoy paseo por las calles y plazas de esta isla: contra los recortes sociales, contra el paro obrero, contra la guerra, contra los desahucios, contra el despotismo instalado en el poder, contra el cáncer del olvido…

sobre las manos torturadas de extraer piedra para erigir la cruz del Valle de los Caídos, mientras aún se dejan oír en las plazas públicas las canciones de victoria del Régimen y el grito de ¡Gibraltar, español!; sobre los atormentados píes de los viejos camareros en el verano de la España de 1950, mientras sirven aquí y allá, en terrazas, en bares donde don Antonio Machado extendía ayer su ejemplar del periódico El Sol sobre el mármol blanco para leer un artículo sobre don Manuel Azaña…

Sobre la foto de soldado, esa lápida en la que, en el Cementerio del Este de Madrid, entre otros nombres, puede leerse un estricto:

MIGUEL ESCARPA SANZ

1908-1997

 sin nada más que hable de que… nacido en Caspueñas – provincia de Guadalajara-, emigró de muy niño con sus padres y sus hermanas a Madrid, a bordo de un carro arrastrado por una bestia y huyendo del hambre; que recogió colillas y vendió el periódico El Heraldo de Madrid por calles y plazas; que vendió teas en la calle de la Ruda, que en cierta ocasión marchó caminando desde esa ciudad hasta Vigo, trabajó de aprendiz de fontanero, y en una vaquería que entonces había en la calle Monteleón, que, cuando le tocaron unas perras en la lotería se escapó a conocer mundo y conoció al artista Maurice Chevalier, en París; que ”sirvió al rey”, que trabajó de peón en la antigua Fábrica de Gas Madrid del Paseo de los Olmos, que abandonó para combatir desde las primeras horas a los fascistas, en Madrid, en Somosierra,  para, más tarde, hacerlo en Teruel, en Lérida, en Sierra Pandols; que escapó a Francia tras el hundimiento de los frentes, donde fue recluido en el Campo de concentración de Barcarés, desde donde fue trasladado al Campo de la Bota para ser “depurado”, que una vez liberado regresó a Madrid, donde pudo volver a la fábrica a palear carbón, pero sin reconocérsele los años trabajados anteriormente “…y si no, no haber ido a la guerra”, que fue despedido por una nimiedad, yendo a morir muchos años después en una residencia de ancianos, a unos pasos de uno de aquellos búnkeres de los tiempos heroicos, tras su paso por otros trabajos en la construcción, en fábricas y trabajos ocasionales. Que en las últimas horas, hasta el momento de ser depositados sus restos en el lugar donde descansan sus padres y su hermana, su cuerpo estuvo cubierto con aquella gloriosa bandera que él había defendido en el pasado…

sobre los colores de esas camisetas del Real Madrid y del Barcelona que exhiben esos jóvenes, esos niños de los campos de refugiados que se pasan la pelota uno a otro con los muñones que dejaron las “bombas de racimo” -tal vez fabricadas en España-, quizás soñando con jugar un día en “la roja”;la revista París Hollywood de nuestra adolescencia oculta bajo el colchón, que provocaba aquellas frecuentes manchas tan pocovistosas en las sábanas; el breviario de la vieja que atraviesa la plaza del pueblo con el reclinatorio bajo el brazo para sumergirse en la penumbra del templo a la hora de la “novena”…

Las manchas de humedad del dormitorio infantil, que mantienen en vela al niño que imagina caras, lugares, cúmulos de nubes, las islas remotas y las dunas de sus lecturas de los libros de R. L. Stevenson y de Emilio Salgari; el gesto de esa brigadista británica que, sesenta años después de acudir a la llamada de los milicianos de la España republicana, pide que sus cenizas sean arrojadas, desde el Puente de los Franceses, sobre las aguas del río Manzanares, el río de su juventud…

las gloriosas ruinas de los flácidos senos femeninos, las varices, los abultados vientres y los deformados cuerpos por los partos de la mujer del Valle Sagrado, que tal vez no alcanzará a conocer jamás de cerca las maravillas de las alturas de Machu Picchu, en su propio país, tal vez nadie le lea, aunque sea a la luz de una vela, un poema de amor de Pablo Neruda; el bastidor, el encaje de bolillos, el complejo entramado del bordado, la complicada labor de ganchillo de esa mujer en la fresca sala, mientras florece el almendro en el Valle del Jerte y madura el “tuno”, el “millo” y la uva en las planicies de Fuerteventura y Lanzarote…

sobre ese himno proletario que entonan los hombres y las mujeres que avanzan cogidos del brazo, sobre un fondo de banderas obreras y sobre los azules adoquines encharcados de luz y de presagios; por el “lápiz rojo” del censor y por todas las películas de Jaime Camino, Jaime Chavarri, Víctor Erice; de Aristarain, de Bardem, Berlanga, Martín Patino…los valientes filmes de Costa Gavras y de Kubrick, el rimero de libros de Ruedo Ibérico, los dramas sociales de Valle Inclán, Max Aub, Arthur Miller y de Buero Vallejo; los entrañables relatos de Ignacio Aldecoa, el mural de Genovés, la “otra” historia de España, vista a través de las viñetas de Carlos Giménez; sobre esas imágenes, ese tema de guitarras de Maurice Jarre para Morir en Madrid

Sobre los nombres de todas aquellas herramientas y aquellos aperos de labranza, aquellas expresiones que aprendimos un día lejano para no olvidarlos jamás, cuando fuimos niños: la collera, el cedazo de cerner, la horquilla, el “mozo”, la parva, el trillo, el ronzal, la rienda, el bocado, la albarda, aventadora, hoz, siega, cantarilla, yunta, pinar, pajar, sobrado, trébedes…

en el recuerdo de aquel  ya remoto…”llueve ahí fuera…quédate esta noche” de uno de los dos, cuando ya el otro iniciaba sus pasos hacia la puerta; el embrutecedor cansancio de aquel interminable día, envuelta en sudor bajo la tela de la tienda de la enfermería del campo de refugiados, remendando pieles, diagnosticando enfermedades de improbable curación, haciendo recomendaciones a la joven madre, proporcionando el ya inútil consuelo para aquel que, irremediablemente, no conocerá una nueva primavera, administrando los exiguos medicamentos, el exiguo pan, la exigua agua, las exiguas vendas, la exigua luz; el exiguo muro donde tú enseñas a leer y escribir a los niños, mientras las feroces huestes del oficial rebelde se hayan a tan solo una jornada del campamento y los hombres y las mujeres, en los lejanos “greens”, en las pistas de tenis y de “squash” de los “países civilizados”, sudan y broncean  sus bien alimentados cuerpos…

sobre la rotunda y diáfana línea azul acerado del horizonte, allí donde se pierden la mirada, los grandes transatlánticos y las ávidas plataformas de las prospecciones petrolíferas de REPSOL que patrullan las aguas de este archipiélago; sobre el viejo “cachorro” que reposa en la mesa, al pie de la ventana, sobre la que se derrama, se precipita toda la luz que viene rodando, como un torrente, desde la poderosa montaña…

Sobre la armoniosa arquitectura de la araucaria, sobre el jacarandá, el maravilloso despliegue vegetal de ese generoso flamboyán, el erecto tajinaste, la humilde retama, ese laurel de Indias, y todos festoneando el nacimiento de esa cadena montañosa, como en el primer día de sus orígenes, frente a la colorida buganvilla, el milenario drago, la áspera aulaga, la diminuta y solitaria flor de la tabaiba que desafía con su amarillo al hostil viento que proviene del desierto; frente al petroglifo grabado en la roca por los antiguos aborígenes de estas islas, a los pies mismos del Teide, de Tindaya, de la Montaña del Fuego, del faro de Puntagorda, del Roque Agando  y del Roque Nublo…

sobre ese efluvio de mediterráneas naranjas que vas dejando tras de ti cuando caminas, por los días luminosos que jamás se repetirán para nosotros dos; también por los días sin pan y sin lumbre, sin techo, de aquellos chiquillos del poema La Cruzada de los niños, de Bertolt Brecht…

sobre los oficios extinguidos, la nasa y el noray, la red y todas las artes de pesca y todos los pescadores y los barcos sepultados bajo las aguas mientras faenaban en Terranova; la pedrada sobre las artísticas vidrieras de la iglesia de ábside románico; sobre el remoto recuerdo de los muertos de Casas Viejas y de la ira desatada en Castilblanco y en Arnedó; las viejas fotografías de los niños muertos tras el bombardeo de la escuela de Getafe, de aquellos que se despiden del padre y de la madre, en 1937, desde las ventanillas del tren que les llevará a la URSS, a Inglaterra, a sembrarlos por el Mundo tras los devastadores bombardeos de las ciudades y los más humildes pueblos…

Por aquella lejana y “apasionada guerra”, resumida por el poeta oriolano en un no menos apasionado…

“Jornaleros: España, loma a loma, es de gañanes, pobres y braceros.

¡No permitáis que el rico se la coma, jornaleros!”

 por esa hoguera de agosto que esta noche, con su acre olor a madera incendiada, nos evoca al camarada Cesare Pavese, a Pasolini, a Curzio Malaparte, Anna Seghers, Peter Weiss, Christa Wolf; por el tañido de esa campana en la llanura castellana, que en nuestro recuerdo nos evoca a aquellas otras que lo mismo anunciaban una muerte que un incendio, la hora de maitines, vísperas, la hora de la oración que sorprendía a las humildes gentes en las labores de la siega o en la era, la hora de arrimarle el chorizo y el tocino al cocido castellano, la salida de los zagales de las escuelas, el regreso del ganado de los campos…

por el piolé hundido en el cráneo del viejo león revolucionario, sobre el violento crepitar del martillo neumático sobre el asfalto, la montaña horadada y más tarde abandonada, que exhibe sus heridas de granito al aíre; sobre la rotunda horizontalidad de la línea del horizonte en el punto de encuentro donde se confunde el azul del cielo con el verde enlosado del mar…

 Por todos los intelectuales que apoyaron a la España leal desde el Congreso de Intelectuales Antifascistas en los todavía esperanzadores momentos de las victorias en Madrid, en Barcelona, Guadalajara, en la Sierra, pese a la cruel indiferencia internacional y al bloqueo de la Sociedad de Naciones; sobre los inmortales nombres de los carros que tomaron París en aquel verano de 1944, conducidos por los españoles de “la Nueve”:..Don Quijote, Teruel, Madrid, Belchite…

sobre los descampados de la memoria, donde descansan Gerda Taro, Robert Capa, Tina Modotti, Agustí Centelles, Lilian Hellman, Álvarez del Vayo, Barceló, los Barea, los Ascaso, M. B. Cossio; por Alvah Bessie, los Tagüeña, José Díaz, Américo Castro, Salinas, Corpus Barga; por León Felipe, García Oliver; por don Francisco Giner de los Ríos, González Peña, Emil Kléber, Langdon-Davies, Largo Caballero, Enrique Líster, “Modesto”, Luigi Longo, Malraux, Mangada; todos los generales y oficiales, todos los periodistas y escritores que se mostraron leales en la hora de la verdad para el pueblo y la República. Por Juan Negrín, Gustav Regler, “Ludwig Renn”, R.J. Sender, Eduardo de Guzmán; el general Walter, Arthur y Lise London, Pablo de la Torriente -caído en el frente de Majadahonda-, Bergamín, Trifón Gómez; el recuerdo de Antonio Coll y de los valerosos milicianos que, con cócteles molotov, destruyen los tanques y rechazan en el barrio de Usera a los facciosos de Varela que quieren tomar Madrid…

 sobre los incendiarios discursos de Buenaventura Durruti, la Montseny y Pasionaria; sobre la encomiable labor de aquellos misioneros de Las Misiones Pedagógicas, los deLas Guerrillas del Teatro,La Barraca; por La Residencia de Estudiantes, La Institución Libre de Enseñanza, La Alianza de Intelectuales Antifascistas…y las mujeres muriendo reventadas por la metralla de los “fiat” en las colas de“las bolas de Negrín”, los chicos recogiendo proyectiles aún calientes en la “avenida de los obuses”…

Sobre las amarillentas cartas de amor atadas con una cinta tricolor, y las afiladas púas de las alambradas de las trincheras, sobre los muros de las penitenciarías y de las cárceles; de los desaparecidos penales del franquismo donde tú purgabas condena, en compañía, tal vez, de Carlos Álvarez, Marcos Ana, Gregorio López Raimundo; por Julián, cuyo ejemplo de combatividad permanece y descansa desde aquel siniestro día de abril de 1963 en un rincón del cementerio Civil…escribo tu nombre…

y el recuerdo de madre poniendo una lamparilla alimentada con aceite la “noche de los difuntos” en la ventana, poco antes de fallecer ella también; sobre la musical arquitectura de la hoja del flamboyán y de la palma, de esas dos tumbas, en tierras francesas, donde descansa la memoria de aquella España que asesinaron en mitad del parto los mismos que hoy se oponen a la interrupción del embarazo; sobre la antigua y sagrada ceremonia de la ascensión del sol sobre el líquido horizonte del mar y su posterior naufragio hacia poniente…

sobre el nombre de todas aquellas unidades heroicas y de todas las publicaciones antifascistas de la época:

El Quinto Cuerpo de Ejército

El Quinto Regimiento

La 149 Brigada

El “Batallón de Acero”

El Batallón “Edgar André”

La Brigada Lincoln

 El Batallón André Marty

Batallón ”Comuna de París”

El Liberal

Claridad

El Pueblo

El Socialista

El Sol

La Batalla

Mundo Obrero

Hora de España

El Mono Azul

Octubre

Caballo Verde para la Poesía

Solidaridad Obrera

Política

sobre las heroicas proyecciones en las salas cinematográfica donde se pasaban El acorazado Potemkín,Seisdedos, Tiempos Modernos, Los marinos de Cronstadt…,mientras en las calles de las ciudades, sobre los palacios de los duques y los hogares de los más humildes, llueven las “pavas” y el acero de los aviones que llegaron de la remota Alemania nazi penetra hasta en los túneles del Metro, allí donde se refugian los evacuados de Toledo…

Sobre el mono azul de esa joven miliciana de la JSU, con fusil al hombro, que vigila los cielos de las ciudades en espera de los aviones Heinkel, Junker y Caproni de los rebeldes, que anuncian con su tenebroso ronroneo las devastadoras cosechas de acero descendiendo sobre la población civil; sobre los valerosos pilotos de Hidalgo de Cisneros: Larios, Tarazona…, de la “Gloriosa” y sus escasos “chatos”;  aquel vetusto cañón de las guerras de los antepasados, bautizado “El Abuelo” y emplazado al pie de las artísticas verjas del recinto del Retiro…

por los jóvenes atletas antifascistas que acudieron a los Juegos Olímpicos de julio de 1936, en Barcelona, para luego incorporarse a las Milicias Antifascista con los miliciano; por los combativos y coloristas carteles de los numerosos Bardasano, Jusep Renau, Prieto, Bayo, Cantos…que, con las consignas del Frente Popular y el comisario político que con su pistolón al cinto recorría las trincheras, mantuvieron siempre alta la moral de los dignos combatientes por la Libertad…

por el extinguido y estridente chirriar del acero de las ruedas de los desaparecido tranvías sobre los raíles de las ciudades de nuestra infancia, los casi olvidados pregones de la calle…¡buena miel y buen queso, de la Alcarria, mieeel!¡el lañadooor, se arreglan pucheros, palancanas, sartenes, cacerolas!¡el colchonero!¡hay tabaco de colillas!¡de mechero piedras, a real piedraaas!¡don Nicanor, tocando el tambor!¡hay agua, fresquita el agua!¡Informaciones, Pueblo y Madrid!¡lotería para pasado mañana!¡los treinta y cuarenta iguales, para hoooy!¡Goleadaaa, con los resultados de las quinielas!¡al Bernabeu!¡a Chamartín!¡a los toros!¡al Parque Sindical!¡requesón de Villalón!¡melones de Villaconejos!¡El Caso, ha salido El Caso!¡el paragüerooo!¡obleas, barquillos!

Sobre el dril ferroviario del lampista, las vistosas gorras y los rojos banderines de los jefes de estación del Mundo, que dan salida a las poderosas locomotoras; sobre el arco de la puerta por donde abandonaste la casa por última vez, escoltado por dos falangistas armados de groseros modos y boina colorad; por encima de los enormes manojos de rojos y amedrentadores yugos y flechas que adornaban las entradas de los pueblos, “para aviso de caminantes”…

sobre la ética, la estética y la dialéctica; el que, en manos de la policía franquista, las de Petain, de la GESTAPO o de cualquier otro cuerpo represivo, fue incapaz de resistir los duros interrogatorios y tuvo que delatar a los camaradas, en los remotos días del maquis, de  la metralleta y el morral, del Valle de Arán, en Francia, cuando ya todo estaba pactado entre las potencias y Franco era más útil en el Palacio del Pardo que en Nuremberg; por aquel que, no resistiendo el interrogatorio y la tortura de los sicarios del dictador, delató a los camaradas de la guerrilla o de la célula y arrastró de por vida la maldición de la cobardía y la delación, mientras Trujillo, Batista, Somoza, Stroessner o cualquier otro degenerado asalariado del dólar conversaba con la señora del embajador norteamericano…

la memoria de las duras horas de la Plaza de la Tres Culturas, en 1968, con sus 500 cuerpos abatidos por las balas; en Yakarta; la Plaza de Tiananmén  y aquel joven enfrentándose en solitario a los carros de los generales. Memoria de los viejos y artísticos cartelones de los cines con los hermosos rostros de María Montez, Jean Marais, María Félix, Jorge Negrete, Marina Vlady, Alfredo Mayo, Michele Morgan, Joel McCrea, Joan Fontaine, Ray Milland, Jean Simmons, Brando, la Dietrich, Jorge Mistral, la Bacall, Burt Lancaster, Blanca de Silos, Jef Chandler, Ana Mariscal, Robert Preston, Claire Bloom, Charles Boyer, Simone Signoret, Alan Ladd, Mickey Rooney, Errol Flynn, Randolph Scout, Merle Oyeron, Lana Turner…También los rostros de los “malísimos” Boris Karloff, Bela Lugosi, Lon Chaney, Wallace Berry…

 Por tu rebeca fucsia, expuesta como una bandera en el balcón, para decirle que ya no suba, que ya “él” regresó de prisión; por el vaso del amargo vino de la derrota, bebido al fondo de las tabernas de los largos días de la posguerra y de la represión; por los días del peón, las canicas, el tirachinas de matar pájaros asomando en el bolsillo de atrás, el juego de las chapas sobre el bordillo de las aceras de calles sin un solo coche, el paquete de cromos en el bolsillo del peto y el pelo cortado al cero, “por la caló”, o por las liendres, mientras en la radio se dejan oír las voces del dictador, de Gardel, de Juanita Reina y Concha Piquer, Irma Vila…

sobre los elefantes asesinados, el poemario de Rafael Alberti dedicado por el poeta una tarde en el Retiro; por las letras de las canciones de Brel y de Carlos Cano, de Moustaki, de Paco Ibáñez, de Yupanqui, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Pablo Guerrero, Mercedes Sosa; por el carné del sindicato ilegalizado, los documentos “comprometedores”, los periódicos clandestinos, las banderas de las ya prohibidas manifestaciones, las monedas y los ya inservibles billetes bancarios…

los concursos radiofónicos de Boby Deglané, los matrimonios civiles invalidados, por aquel ya lejano “…ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan…” tras el triunfo fascista, mientras en los lienzos de adobe y de ladrillo de los cementerios de media España, los hombres y las mujeres caían bajo las balas del “nuevo orden”; en el recuerdo del cantante republicano “Angelillo”, de los barracones de las ferias de provincias y de las verbenas con el humo de los churros,“tiro al blanco”, magreo en las barcas de choque y en el baile y canciones de Tomás de Antequera flotando sobre el polvo…

La imagen de aquel hombre allí tendido y en espera de un forense -1950-, sobre el suelo del paseo del Retiro, con sus ropas empapadas y aquel Libro de Familia con las abiertas y encharcadas páginas al sol, recién sacado de las aguas del estanque, donde se arrojó, quién sabe por qué razón; aquel hombrecillo que recorría los barrios a pie y con un extraño artefacto montado sobre un trípode cargado al hombro, que nos mostraba escenas de películas de Sabu por una perra…

madre, encendiendo una lamparilla en la ventana la “noche de difuntos”, poco tiempo antes de su propio fallecimiento; el recuerdo imborrable de aquella mañana de 1997 compartida con los sobrevivientes de las Brigadas Internacionales, en aquel edificio neoyorquino, con palabras del actor Harry Belafonte, canciones y fotos con la bandera tricolor y vivas a la República; las horas de entusiasmo compartido con los campesinos de la Nicaragua sandinista de aquel verano de 1986, en un asentamiento para los campesinos desplazados por la guerra, donde europeos llegados aquel verano desde distintos países levantábamos planchas de hormigón para improvisados alojamientos…

por las soleadas tardes de verano y sin escuela, con tebeos extendidos sobre la acera del barrio y en espera del chico que nos cambiara uno de Roberto Alcázar y Pedrín por otro de El Guerrero del Antifaz que no teníamos; por aquel pequeño paraíso de la lejana infancia, aquellas tardes de recoger casquillos de balas de la pasada contienda entre el barro de los caminos para transformarlo en sabrosos orejones en la tienda de ultramarinos, tras convertirlo en unas perras en la desaparecida chatarrería de la esquina…

Por aquella muchacha medio tullida que, con un huevo de madera y una aguja, les  cogía en su casa los puntos a las medias de las mujeres del barrio; las colas en La Gota de Leche, donde morían las mujeres reventadas por la metralla de los bombardeos franquistas, al pie mismo del viejo edificio y de las mercancías de los ropavejeros del Rastro del Campillo del Mundo Nuevo; por el lacónico “me marcho”, escrito precipitadamente en un trozo de papel abandonado sobre la cómoda, junto a un billete de cien pesetas…

por todas las láminas arruinadas por la humedad y por el aceite de los guisos, todos los calendarios de nuestras dilatadas vidas: el de la Unión de Explosivos de Río Tinto, el de los ciervos pastando en las verdes y nevadas montañas de Canadá, la naturaleza muerta, los cisnes navegando en el espejo de las aguas de un lago y la nota a lápiz: comprar Pelargón; la moneda en la mano o en la latita del mendigo lisiado, del rumano con un cartón donde se puede leer: SOY UN PADRE ENFERMO CON CUATRO HIJOS. UNA AYUDA POR EL AMOR DE DIÓS, al pie mismo del cajero automático donde retiramos dinero, o se nos rechaza éste por falta de liquidez…

las medallas “por méritos de guerra”, los billetes y los sellos de correos de Lenin, Marx, Pablo Iglesias, inservibles por el paso del tiempo o por el cambio de régimen; el retrato del último dictador, arrimado contra una pared desconchada, la porcelana desportillada, la jaula a la que se le murió el pájaro, la alianza de recién casados, los carteles publicitarios de los tiempos en que se combatía en las tierras y mares de medio Mundo; y todo expuesto sobre el cemento de la acera de una calle, sobre la reducida geografía de la humilde mesa de un mercadillo de Madrid, de Portobello, en Moscú, en París, en Barcelona…

Sobre el cadáver del perro fiel, el único ser que alegraba las horas de la anciana tras la remota muerte  del compañero en el frente y tras el dilatado y obstinado silencio de aquellas cuatro paredes; los frigoríficos vacíos, por el suministro de la luz y del teléfono cortado, la nota del casero bajo la puerta:”…me debes tres meses. Si no me pagas, avisaré al juzgado”; el lacónico…le queda, máximo, un año de vida; es cáncer, es sida, esta embarazada…este niño debe comer carne y pescado, y tienen que mandarlo a puerto de mar para que le de el aire…ante la insistente y angustiada pregunta: ¿qué tiene, doctor?…

el pulcro uniforme de ese oficial del ejército rebelde que lee, impertérrito, el bando de guerra en la plaza de Zocodover, al pie de los entoldados de la sastrería, la tienda de mazapanes de Toledo y del estanco, testigos mudos del pronunciamiento y del golpe de estado del pasado; la oda del poeta comunista británico John Cornford, muerto en el frente de Jaén con solo veintiún años; la fotografía del activista vietnamita ejecutado por un oficial en las calles de Saigón, como escarmiento ante los crecientes avances de los comunistas de Ho Chi Minh…

por los luminosos y lejanos días de aquellas primeras lecturas de Kipling, P.C. Wren, Julio Verne, Mark Twain, Jack London, Zane Grey, J.O. Curwood,  mientras “Manolete” moría en la plaza de Linares; el cura que, harto de la doctrina de la romana Iglesia, toma un día en sus manos un rifle para sumarse a los que defienden las justas reivindicaciones del campesinado…

Sobre las palabras y la coherencia de aquel hombre que, hace 39 años, a través de las ondas y de Radio Magallanes, y aún cercado por los militares facciosos, aún tiene la autoridad moral para mandarle un último mensaje al Mundo: ”Trabajadores de mi patria…Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

¡Libertad para los de Asturias!..¡libertad para los Rosenberg!..libertad para España!..¡libertad para Vinader!..¡libertad para Albert Boadella!..¡libertad para Marcelino Camacho y los del proceso 1001!.. ¡libertad para los del Proceso de Burgos!..¡libertad para Santiago Carrillo!..¡libertad para Mandela!..¡libertad para los 5!..

Escribo tu nombre en las paredes, sobre los aéreos puentes de hormigón, que cruzo con alados pasos cuando acudo a tu encuentro, sobre la página ensangrentada, sobre las arenas del Sáhara, una vez liberado, sobre la memoria de Gómez Gayoso, de Gladys del Estal, de Antonio Seoane, Juana Doña, Rosario “La Dinamitera”, Roza; de Violeta, Larrañaga, de Diéguez, de Victoria Kent, Agustín Zoroa, de Eva, Girón, Constanza de la Mora, Ramón Vila, Quico Savaté, Lina Ódena, Juan García, Manuela Sánchez, Eduardo Suárez, María Teresa León, Javier Verdejo, Clara Campoamor; sobre la memoria de todos y cada uno de los ejecutados, en esa larga nómina, por las ideas de Progreso y por la sola Justicia, desde Padilla, Juan Bravo, Maldonado y el general Rafael del Riego, hasta los cinco últimos asesinados por el franquismo; desde “El Pernales” hasta los abogados de Atocha, pasando por Salvador Puig Antich, Carlos Palomino, Juanita Rico, Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido; desde Ferrer Guardia, Galán y García Hernández hasta los cinco obreros asesinados por la Policía en la iglesia de Vitoria; desde Mariana Pineda hasta Enrique Granados y Pedro Patiño, los que lo fueron por esas fechas en Granada; por Lluís Companys, Fernando Egea…

en el recuerdo y la memoria viva de aquellos 13 nombres allí clavados, en el muro de un cementerio de Madrid, para ejemplo de las generaciones…

CARMEN

MARTINA

BLANCA

PILAR

JULIA

ADELINA

ELENA

ANA

JOAQUINA

DIONISIA

VICTORIA

LUISA

VIRTUDES

…escribo hoy tu nombre, Libertad.

 * “Yo te nombro, libertad” es un poema de Paul Èluard escrito en 1942. Los versos de este poema fueron lanzados desde los aviones ingleses sobre la Francia ocupada de la época.   

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