Lienzo en blanco

Un relato de Manuel Salguero. LQSomos.

Sentado en el café dispuesto a escribir, podía escabullir mi miedo al folio en blanco. ¿Miedo?, eso es de pintores, pensaba, y su miedo al blanco del… no me acuerdo ahora como se llama donde pintan, a mí no me pasa.

Tras siete cafés sin escribir un párrafo empecé a plantearme el problema, no me venía como se llamaba donde pintaban los pintores. Aquello me estaba impidiendo el poder escribir, ¿Cómo no podía imaginar una historia? Yo, yo. Que había escrito historias de corrido y habían sido todo un éxito.
Ni siquiera las piernas de la camarera terminada en su falda corta que cortaba un proyecto ascendente, era capaz de recordarme el maldito nombre de donde pintaban los pintores.

Comencé a odiarles. ¿Quiénes se creen? ¿Qué se creen, que superan al mundo, que son capaces de meter el mundo en un cuadro?
Velázquez, ¿se cree que puede superar al Quijote? ¿Se cree capaz de hacerme salir de mis casillas? ¿Y ese?, el de las fusilaciones del 3 de mayo, que no fueron el 2 de mayo como se cree, que ahora no me acuerdo como se llama.
¿Se creerán que pueden superar a Calderón? ¿Cómo pintar “La vida es sueño”?

Comenzó un aire a adueñarse de la terraza con su olor a tierra mojada, trayendo mi infancia a mi memoria, con ella el rio y los árboles, la hierba y las simples y bellas flores.

Seguía sin acodarme de como se llamaba el soporte donde pintaban los pintores, incluso la palabra soporte era más difícil que el maldito nombre, lo sabía.
Empezó a caer una fina lluvia que en Bilbao la llamaban… no me acuerdo ahora.
Bueno, aquella lluvia me recordó tiempos de mi juventud, corriendo a protegernos y ocultarnos y besarnos, bellos tiempos.

De pronto empecé a preguntarme ¿qué hacía allí?, me gustaba ver las gotas rebotar en el suelo y sonar en ese concierto sin compás al chocar contra el suelo, o al hacer esos redondeles en los charquitos que ellas habían formado en el suelo y el repiquetear en el toldo que protegía la terraza.
Miré alrededor a la gente que estaba en la terraza y parecían mirarme, ¿sabrán que no me acuerdo del maldito nombre donde pintan los pintores? Por un momento estuve a punto de pedirles disculpas, si no hubiese sido por un par de gorriones que piando como si discutiesen se posaron en una mesa de al lado disputando un trocito de tostada que desviaron mi atención. Que belleza salvaje mostraban.

Me levanté con la intención de irme hacia la pensión, notaba las finas gotas caer en mí y noté que sonreía, me sentía niño. – Eh, Oiga, no ha pagado sus cafés- Me grito el camarero al que pagué y me disculpé.

Llegué a la pensión, cogí el ascensor y subí al segundo piso donde tenía mi habitación, al abrirse la puerta del ascensor me sorprendió que había un anciano que yo creí que estaba esperando el ascensor, pero en lugar de eso se puso a andar por la planta en la misma dirección que yo tenía que ir a mi habitación. Tenía un aspecto y complexión parecida a la mía. Fui tras él y me dejó sorprendido verle que abría mi habitación y entraba en ella.
Me paré en seco. No comprendía, pero era mi habitación, llegué a la puerta y tras dudar me armé de valor, abrí la puerta y entré, busqué, pero no había nadie. Me senté en el viejo sillón a reflexionar y no logré acordarme de como se llama el soporte en el que pintan los pintores, ni sabía que hacia allí, ni donde estaba, ni quien era.

En Vallekas, un 10 de agosto de 2016

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